Los límites del crecimiento y las catástrofes globales

ESTAS FUERON SUS PALABRAS

Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso tanto de la población como de la capacidad industrial.

(D.L. Meadows y otros, Los Límites del Crecimiento, 1972)

¿Existe un final? ¿Hay un límite al crecimiento, una barrera imposible de atravesar? Algunos científicos afirman que  estamos corriendo hacia un precipicio y que debemos interrumpir inmediatamente nuestro esfuerzo de crecimiento. Otros anuncian catástrofes globales de diverso tipo a corto o medio plazo como consecuencia de la actividad productiva humana.

El Informe Meadows

En 1970, el Club de Roma, una asociación privada compuesta por empresarios, científicos y políticos, encargó a un grupo de investigadores del Massachusetts Institute of Technology bajo la dirección del profesor Dennis L. Meadows, la realización de un estudio sobre las tendencias y los problemas económicos que amenazan a la sociedad global. Los resultados fueron publicados en marzo de 1972 bajo el título "Los Límites del Crecimiento".

En el estudio se utilizaron las técnicas de análisis de dinámica de sistemas más avanzadas del momento. En primer lugar se recopilaron datos sobre la evolución que habían tenido en los primeros setenta años del siglo XX un conjunto de variables: la población, la producción industrial y agrícola, la contaminación, las reservas conocidas de algunos minerales. Diseñaron fórmulas que relacionaban esas variables entre sí —la producción industrial con las existencias de recursos naturales, la contaminación con la producción industrial, la producción agrícola con la contaminación, la población con la producción agrícola, etc.— y comprobaron que esas ecuaciones sirvieran para describir con fidelidad las relaciones entre los datos conocidos que habían recopilado. Finalmente introdujeron el sistema completo en un ordenador y le pidieron que calculase los valores futuros de esas variables.

Las perspectivas resultaron muy negativas. Como consecuencia de la disminución de los recursos naturales, hacia el año 2000 se produciría una grave crisis en las producciones industrial y agrícola que invertirían el sentido de su evolución. Con algún retardo la población alcanzaría un máximo histórico a partir del cual disminuiría rápidamente. Hacia el año 2100 se estaría alcanzando un estado estacionario con producciones industrial y agrícola per cápita muy inferiores a las existentes al principio del siglo XX, y con la población humana en decadencia.

El equipo del MIT introdujo entonces modificaciones en los supuestos iniciales para estudiar cómo podría ser modificado ese resultado final. El supuesto de que las reservas mundiales de recursos quedasen multiplicadas por dos o por cinco tan sólo significaba un retraso de apenas diez o veinticinco años en el desencadenamiento final de la crisis. Esta vendría acompañada de tasas de contaminación mucho más altas y la mortandad consiguiente reduciría la población humana incluso a niveles inferiores a los de la secuencia tipo. La introducción de controles sobre el uso de recursos, la producción de contaminantes y la natalidad, tampoco conseguirían impedir el colapso final.

La única modificación de los datos introducidos en el ordenador que conseguía eliminar la crisis consistía en la igualación inmediata de las tasas de natalidad y mortalidad en todo el mundo, la detención del proceso de acumulación de capital y el destino de todas las inversiones exclusivamente a la renovación del capital existente, modernizándolo para un uso más ahorrador de recursos y menos contaminante. Pero ese frenazo brusco en el crecimiento de la población y del capital debía producirse, según los autores, inmediatamente, antes del año 1985.

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La subida de los precios del petróleo en los años setenta estimuló la investigación de nuevos campos, explotaciones y técnicas, permitiendo que en la actualidad haya muchas más reservas petrolíferas que entonces.

Poco después de publicarse el informe del Club de Roma los precios del petróleo y de las materias primas se dispararon y los países occidentales se hundieron en la crisis económica más grave y prolongada que habían conocido desde la Segunda Guerra Mundial. Muchos pensaron que aquellas sombrías previsiones estaban a punto de cumplirse, antes de lo estimado. Fue la época del nacimiento de un gran número de organizaciones ecologistas y de teorías sobre el crecimiento cero. Los libros del tipo "Cómo sobrevivir una familia explotando dos hectáreas de terreno" alcanzaron los puestos más altos en las listas de ventas.

Sólo recientemente las aguas han vuelto a su cauce. La crisis de los años setenta fue mala pero no fue la última. Los precios del petróleo y las materias primas subieron, bajaron, volvieron a subir y volvieron a bajar. La subida de los precios estimuló la explotación de nuevos yacimientos y la investigación de técnicas ahorradoras de energía. El aumento de la oferta y la contracción de la demanda han hecho desaparecer el fantasma del agotamiento de los recursos. En el año 1973 la producción mundial de petróleo fue de 2.836,4 millones de toneladas mientras que las reservas estimadas eran de 86.096 MT por lo que se podía calcular mediante una simple división que sólo durarían 30,35 años, es decir, hasta el 2003. En el año 1990 el ritmo de extracción de petróleo había aumentado hasta los 3.257 MT, pero como las reservas conocidas eran mucho mayores, 136.478 MT, el plazo hasta su agotamiento había aumentado a 42 años más, es decir, hasta el 2032.  En 2002 la estimación era que quedaban en el mundo entre 990.000 millones y 1,1 billones de barriles de crudo por extraer por lo que al ritmo actual de consumo mundial estas reservas se agotarían hacia el año 2043. Y los descubrimientos de nuevos pozos y reservas no cesan.

El petróleo no se agotará nunca. Es cierto que la cantidad de petróleo existente en el planeta es limitada y fija. Es cierto que el consumo de petróleo ha estado creciendo ininterrumpidamente desde su descubrimiento. Pero esas dos certidumbres no se contradicen con la certidumbre de que es imposible que el petróleo se agote. Imagínese una situación en la que sólo quedara un litro de petróleo en el mundo; resultaría tan caro que estaría dedicado a un uso no consuntivo, por ejemplo, a ser contemplado en algunos museos. Imagínese que sólo quedara un pozo de petróleo en explotación; su dueño estaría cobrando tanto por cada barril que sólo podría utilizarse para algo muy importante y en lo que fuera absolutamente insustituible, quizá en la fabricación de alguna medicina exótica. Imagínese que sólo quedaran una decena o un centenar de pozos en el mundo; por supuesto que los coches tendrían que funcionar con baterías o biocombustibles y la energía eléctrica procedería totalmente de fuentes alternativas.

Es más, mientras el petróleo siga sometido a las leyes del mercado, no escaseará nunca y toda su demanda será satisfecha. La paulatina contracción de la oferta provocará una lenta subida de precios y el consiguiente ajuste de la demanda. Al estar repartidas las reservas petrolíferas por varias zonas del globo, su mercado puede funcionar de forma eficiente. Los movimientos bruscos en su precio se han debido a razones políticas coyunturales por lo que han resultado temporales. En cualquier caso las técnicas alternativas de producción de energía están ahí. Si algo se puede deducir de la historia de la tecnología es que no hay ningún factor ni ningún recurso insustituible. Hay sólo factores productivos y bienes intermedios cuyo precio varía con respecto al de otros. Nada más. Y las producciones se han adaptado y seguirán adaptándose a esa realidad.

El agujero en la capa de ozono

En los años 80, una vez superado el terror causado por el catastrofismo del Informe Meadows, la preocupación de la opinión pública se dirigió hacia el agujero en la capa de ozono. En una de las capas superiores de nuestra atmósfera hay una concentración de gas ozono que absorbe o refleja los rayos ultravioleta procedentes del sol. La desaparición de esa capa de ozono provocaría la modificación del ADN, aparición generalizada de cáncer de piel y calentamiento del planeta.

En los años ochenta los satélites artificiales iniciaron la medición de la capa de ozono en todo el planeta y detectaron un agujero de la capa en la zona de los polos. La del polo sur notablemente mayor que la del polo norte. Durante algunos años el agujero aumentó de tamaño y las alarmas se dispararon.

El científico mexicano Mario J. Medina demostró que la destrucción del ozono se debía a las emisiones humanas de Clorofluorcarbonos (CFC), gas usado en los aerosoles y en la industria frigorífica. En 1995 recibió el Premio Nobel de Química por este descubrimiento.

Los líderes mundiales firmaron en 1987 el Protocolo de Montreal comprometiéndose a reducir las emisiones de CFC. En 1990, en Londres, se comprometieron a acabar con la emisión de CFC para el año 2000. Y lo cumplieron. Esto ha sido posible por la sustitución de CFC por HCFC, una variedad que no daña al ozono.

La capa de ozono sigue fluctuando de un año para otro. Algunos estudios científicos afirman que la interrupción del uso de CFC solo será detectable cuando pasen entre 30 y 50 años. Otros estudios afirman que los CFC no han afectado de forma notable a la capa de ozono y que sus variaciones se deben casi exclusivamente a causas naturales, el mar, los volcanes y el sol.

En cualquier caso, el miedo al agujero en la capa de ozono se ha olvidado.

El calentamiento global de la atmósfera

Cuando se olvidó el problema de la capa de ozono, a finales de los 90, se generalizaron los informes sobre el calentamiento global de la atmósfera, lo que se ha convertido en la mayor amenaza de catástrofe mundial. Según estos informes, la actividad productiva y especialmente la emisión a la atmósfera de CO2 y otros gases industriales, provoca un "efecto invernadero" como consecuencia del cual aumentará la temperatura global de la biosfera.

Efectivamente, las mediciones precisas que se hacen desde algunos decenios registran un crecimiento de temperatura media del planeta. No es un crecimiento uniforme ya que en algunas zonas suben las temperaturas y en otras disminuyen, pero la media de las mediciones está indudablemente creciendo. También es notable el retroceso y disminución de volumen de los glaciares.

Las consecuencias que se anuncian serán cambios climáticos, huracanes más fuertes y, sobre todo, disminución de los hielos polares y crecimiento del nivel del agua.

Al Gore recibió el Premio Nobel de la Paz y el Oscar de Hollywood por su lucha contra el cambio climático y el documental "Una Verdad Incómoda". En ese documental afirma, entre otras cosas, que el nivel del mar ascenderá hasta 6 metros en los próximos 50 años.

Sin embargo, las mediciones más precisas demuestran que entre los años 1993 y 2003 el nivel del mar ha aumentado a un ritmo de 3,1 mm anual. Eso significa un centímetro y medio cada cien años. Al ritmo actual se tardarían 4.000 años en alcanzar los seis metros que predice Al Gore para los próximos 50 años.

Algunos científicos afirman que el crecimiento de la temperatura global se debe a la actividad humana. Otros afirman que la influencia de la actividad humana es prácticamente nula y que el crecimiento se debe solo a las variaciones en la actividad solar. De hecho sabemos que las variaciones en la temperatura del planeta han sido muy grandes en el pasado, no solo en los períodos glaciares e interglaciares, sino incluso en períodos más breves, como la llamada "pequeña edad de hielo", entre los siglos XIV y XIX.

El doctor en economía, el checo Vaclav Klaus, presidente de la República Checa y presidente de turno de la UE de enero a junio de 2009 es uno de los más escépticos respecto al cambio climático. Considera que mucho más grave que el potencial daño del aumento de la temperatura es el daño que se está haciendo a la sociedad mediante su anuncio catastrofista. Los acuerdos de Kyoto que comprometen a las empresas a reducir sus emisiones  implican un encarecimiento de los productos y hacen inviables muchas empresas. Los países pobres, que necesitan energía barata para desarrollarse, ven limitada su posibilidad de crecimiento. Los fondos públicos para investigación se están destinando a los científicos que estudian el cambio climático y, discriminadamente, a los que anuncian resultados más catastróficos. El objetivo de los catastrofistas, afirma Vaclav Klaus, es que el estado controle la producción y el consumo limitando nuestra libertad: "los ecologistas no quieren controlar el clima, quieren controlarnos a nosotros y a nuestra sociedad".


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Ver, en este mismo sitio web:
Crecimiento económico sostenible y "desarrollo"
de Marleny Cardona Acevedo y otros

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Esta página ha sido actualizada por última vez el 26 de marzo de 2009

Para citar este artículo en cualquier documento puede utilizar el siguiente formato:
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Martínez Coll, Juan Carlos (2001): "El crecimiento económico" en La Economía de Mercado, virtudes e inconvenientes; http://www.eumed.net/cursecon/18/index.htm consultado el (poner fecha de consulta).


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