LOS HUERTOS FAMILIARES EN UNA PROVINCIA DEL SUBTROPICO MEXICANO

José Isabel Juan Pérez

Importancia etnoecológica de los huertos familiares


El estudio de los huertos familiares o agroecosistemas debe entenderse en un contexto sociocultural, esto en virtud de que en su manejo intervienen diversos factores, tanto naturales como socioculturales. El estudio de los sistemas de conocimiento, prácticas y creencias que los diferentes grupos humanos tienen sobre su ambiente se denomina etnoecología (Toledo, 1988). Esta disciplina fue utilizada inicialmente por Harold Conklin a lo largo de los años 1950 en sus estudios sobre los Hanunoo de las Filipinas. Este científico planteaba que ciertos pueblos horticultores tradicionales poseían un conocimiento particularmente detallado de su entorno natural, aunque subordinado a unos sistemas de conocimiento y de clasificación claramente diferenciados del modelo científico occidental (Conklin, 1954; Durand, 2002).

La etnoecología ha pasado a lo largo del tiempo de focalizarse en el estudio de los sistemas indígenas de clasificación al estudio del conocimiento ecológico local, entendido como una forma compleja de adaptación y modificación del hábitat, fruto del proceso de coevolución entre cultura y naturaleza (Berkes et al., 2000); por lo tanto, la etnoecología estudia la contribución de este conocimiento local a la conservación de los recursos y patrimonio natural en sistemas de manejo tradicional y su potencial para lograr un uso sostenible de los recursos en las sociedades modernas (Reyes-García y Martí 2007).

La coevolución es un fenómeno de adaptación evolutiva mutua producida entre dos o varias especies de seres vivos como resultado de su influencia recíproca. Por ejemplo, la relación evolutiva que se ha establecido entre los hombres y las plantas; como el maíz (Zea mays), el cual es base de la alimentación del pueblo mexicano, y en donde la planta ha llegado a depender tanto del hombre, hasta para su propia dispersión. El maíz es una planta importante, de ésta se obtiene muchos productos para la alimentación y la industria alimenticia.

Resultados de investigaciones recientes muestran que el conocimiento ecológico local (etnoecología) contribuye a la generación y conservación de la agrobiodiversidad (Olsson et al., 2004) y la mejora de la productividad agrícola (Brush, 2000). Existe también un creciente interés en identificar las contribuciones potenciales del conocimiento ecológico local a estrategias tanto de manejo sostenible del agua (Gunnell y Krishnamurthy, 2003) como de adaptación al cambio climático (Berkes y Jolly, 2002; Pandey et al., 2004).

La etnoecología puede definirse y estudiarse desde varios enfoques. Hernández X., (1976) define a la Etnoecología como el estudio de las interrelaciones que se establecen entre la sociedad, los componentes socioculturales, el conocimiento local y las plantas. En este caso, se incluye la interpretación del conocimiento, significación cultural, manejo y función de los elementos de la flora por un grupo humano caracterizado por su propia cultura. La etnobotánica favorece la comprensión de los conocimientos y alcances del manejo de los recursos naturales locales, ya que, independientemente de elaborar listados de usos tradicionales de las plantas, esta disciplina estudia la relación existente entre la cultura de las sociedades, su vida social, economía y los recursos vegetales existentes en el ambiente, siendo éstos, los ecosistemas naturales o los huertos familiares.

Actualmente, la etnoecología es una disciplina importante para comprender las relaciones entre los componentes del ambiente, el conocimiento ecológico local y el manejo de los recursos vegetales en diversos momentos de las sociedades rurales, indígenas o campesinas, como en este caso, el conocimiento de la multifuncionalidad de los huertos familiares en la Región Sur del Estado de México. La aplicación de los fundamentos de la etnoecología ha favorecido la generación de diversas líneas de análisis, por ejemplo: a) los sistemas locales de conocimiento ecológico, b) las relaciones entre diversidad biológica y diversidad cultural, c) las relaciones entre desarrollo económico y bienestar humano, d) los sistemas de manejo de los recursos naturales, y (e) las relaciones complejas entre la diversidad cultural y la diversidad biológica (Reyes-García y Martí 2007).

Paralelamente al desarrollo de la etnoecología, surgen otras disciplinas que tienen por objeto de estudio el análisis entre las interacciones entre las sociedades humanas y las particularidades del medio ambiente. Dos de estas disciplinas son la etnozoología y la etnobotánica. La etnobotánica como disciplina científica surge desde 1845, cuando el botánico Harshberger estableció los fundamentos para definirla como el estudio de las plantas usadas por la gente primitiva y aborigen.
 
Para el siglo XX, esta definición fue retomada por Caballero (1976) y Barrera (1976), y la conceptualizan como el estudio de los usos tradicionales de las plantas; sin embargo, la etnobotánica al ser una ciencia multidisciplinaria, va más allá del estudio e interpretación de los conocimientos, realiza inventarios de los recursos disponibles, así como la explotación de aquellos que poseen un mayor valor económico promisorio, es decir, construye la vía más adecuada de estudiar el valor potencial de los recursos vegetales (Caballero, 1987).

Investigaciones recientes, demuestran que el principal objeto de la etnobotánica es el estudio de las sabidurías sobre el uso de las plantas y las diferencias culturales; no sólo entre comunidades étnicas, sino entre clases sociales y aun dentro de ellas. Un aspecto que influye en la diversidad, y por lo tanto, contribuye a diferencias en el conocimiento de los vegetales, son los regionalismos que pueden ser enmarcados horizontalmente en el ámbito geográfico, y a los que, de modo vertical son determinados por la división del trabajo y el estatus social de los miembros de la comunidad, sus actividades y su vida comunitaria, de manera que el modo de vida influye en el conocimiento sobre la flora (Barrera, 1976). Por ello, la investigación etnobotánica debe ser eminentemente regionalista, tomando en consideración su contexto sociocultural, ambiental e histórico y sobre todo, bajo la premisa de que son necesarias muestras representativas de los conocimientos de las diferentes culturas y de las mezclas entre ellas (Barrera, 1976).

Los estudios etnobotánicos desde finales del siglo XX han aportado datos referentes a la enorme importancia que las plantas tienen en la subsistencia de cualquier grupo indígena o campesino, al proporcionarles no únicamente alimento, sino además, fibras, colorantes, venenos, curtientes, leña, maderas, vestido, medicina, entre otros (Caballero y Cortes, 2001). Dentro de esta inmensa riqueza de conocimientos etnobotánicos antes mencionados, los estudios sobre plantas medicinales son una regla en la investigación, debido a que independientemente del tipo de hábitat, aproximadamente el 50% de la flora utilizada por las comunidades es usada en la medicina tradicional para el tratamiento de personas enfermas, y no para alimento o alguna otra necesidad básica; lo que podría ser un reflejo no tanto de la frecuencia, sino de la diversidad de enfermedades existentes, así como del amplio cuadro de remedios vegetales empíricamente desarrollados a lo largo de la historia (Caballero y Cortes, 2001;Toledo, 1988).

Con base en lo expuesto anteriormente, es importante tener presente que las plantas medicinales no sólo se usen para curar, sino que muchas de ellas son utilizadas como parte de la dieta diaria, llegando a funcionar de manera preventiva. Esta prevención tradicional muchas veces no es consciente, sin embargo, es muy constante, de esta forma el uso de una amplia variedad de plantas, como comestibles y condimento, que a la vez, se consumen como medicinales es una particularidad de la alimentación en México (Linares, 1996).

En la actualidad, México dispone de más de siete mil especies de plantas útiles (Caballero y Cortés, 2001); de las cuales, aproximadamente unas cinco mil son usadas como medicinales, la gran mayoría de éstas son herbáceas y cerca del 99% son silvestres, arvenses o ruderales (Osuna et al., 2005); la mayoría de estas plantas útiles corresponden a organismos anuales o perennes, debiéndose, por lo tanto,  promover medidas para controlar y evitar la depredación y el exterminio de especies nativas y silvestres por la sobreexplotación, garantizando de esta manera, la existencia de los recursos medicinales y un control de calidad para los mismos, debiendo aplicarse las medidas desde su colecta, transporte, almacenamiento y venta al público (Hersch, 1996), esto hace que sea indispensable recopilar de manera sistemática y clara el conocimiento tradicional de los recursos vegetales que actualmente están siendo utilizados en la medicina tradicional mexicana (Osuna et al., 2005).

En el establecimiento, cuidado y manejo de los huertos participan activamente los integrantes de la familia, de esta manera se tienen hojas, frutas, semillas, flores, tubérculos, tallos, cortezas y muchas plantas comestibles durante todas las estaciones del año, y que no se encuentran fácilmente en los mercados locales y regionales. Las mujeres influyen en el manejo del huerto, pues son las responsables de la preparación de los alimentos y el cuidado de la salud de la familia, por lo que conocen los espacios más adecuados para la siembra y vigilancia de las plantas, además son quiénes permanecen por más tiempo en la vivienda. Con relación a la participación del hombre y la mujer en actividades de subsistencia, (Harris, 2000), dice que en la mayor parte de los pueblos cazadores y recolectores, los hombres ¡kung san están especializados en la caza mientras que las mujeres ¡kung san están especializadas en la recolección, aunque a veces las mujeres traen animales pequeños al campamento y los hombres ayudan a transportar las pesadas cargas de nueces.

La asociación de fundamentos teóricos de la ecología cultural, la agroecología, la geografía ambiental y la etnoecología permitió el análisis de los huertos familiares en la Región Sur del Estado de México, espacios geográficos que no deben estudiarse de manera aislada, sino interrelacionada, ya que en éstos, existen interacciones entre los componentes físicos, biológicos y socioculturales, los cuales permiten su existencia. Con la geografía ambiental se analizó el espacio que ocupan los huertos y las condiciones fisiográficas de los 24 municipios, en el contexto de la Provincia Sierra Madre del Sur. La ecología cultural, fue útil para estudiar las relaciones entre los huertos, los componentes del ambiente y los beneficios para la familia. Con la agroecología se comprendió la estructura, organización y funcionamiento de los huertos como un agroecosistema; y finalmente, la etnoecología, permitió el análisis del conocimiento de uso de las partes de las plantas.

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