La Esencia del Dinero Título original Das Wessen des Geldes publicado en 1908

 

Traducido directamente del alemán por
J. Pérez Bances
de la 3ª edición fechada en 1921.

 Editado electrónicamente en 2004 por  
eumednet
según la edición de 1926 de
Revista de Occidente.

Texto completo, para imprimir, en formato PDF (57 páginas, 377 Kb)

 

 

 

Prólogo a la edición electrónica

 

Friedrich Bendixen (1864-1920) fue un economista alemán ligado a la llamada “Nueva (o Joven) Escuela Histórica Alemana”. Además de publicar varios libros de teoría monetaria, fue durante veinticinco años director del Banco Hipotecario de Hamburgo, desde 1895 hasta su muerte.  

Su experiencia y trabajo cotidiano le hizo prestar una atención especial a las posibilidades de aplicación práctica de los desarrollos teóricos de Georg Friedrich Knapp (1842-1926), especialmente de su libro Staatliche Theorie des Geldes, (Teoría estatal del dinero), publicado en 1905. La Escuela Histórica Alemana es una antecesora directa de las escuelas institucionalistas y su forma de abordar la teoría monetaria, el nominalismo, es metodológicamente institucionalista, de ahí su extraordinario interés actual.

La obra de Knapp es ampliamente conocida en la actualidad ya que es un fundamento imprescindible del keynesianismo que Keynes reconoció explícitamente. La obra de Brendixen, sin embargo, a pesar de enriquecer claramente a la de Knapp y proporcionarle su aplicabilidad práctica y política, ha pasado más desapercibida posiblemente debido al hecho de que no fue traducida al inglés en su momento. Por ejemplo, Bredixen otorga la consideración de dinero a las cuentas corrientes o las letras de crédito en circulación, cosa que Knapp negaba.

Si Brendixen levantara la cabeza hoy se sentiría posiblemente muy satisfecho de los sistemas monetarios actuales. Podría decirnos "¡Yo tenía razón!, ¡Os lo dije!". Efectivamente, cuando en 1971 se suspendió definitivamente la convertibilidad del dólar en oro, se acabó para siempre la relación entre oro y dinero que Bendixen había denunciado como ilógica, innecesaria e inconveniente. También se sentiría muy satisfecho con la política que utilizan los bancos centrales de todo el mundo para determinar la cantidad de dinero que debe circular en un país; o que sigan subiendo los tipos de interés como instrumento para 'moderar el espíritu de empresa de la nación'.

Para esta publicación electrónica nos hemos basado en la edición que hizo la editorial Revista de Occidente en 1926 (por tanto tres años después de su fundación por Ortega y Gasset). El placer que proporciona lo arcaico nos ha inducido a mantener con fidelidad en esta edición la curiosa puntuación y ortografía original. Así, por ejemplo, en las múltiples ocasiones que el texto se refiere al Banco del Imperio (el banco central de Alemania) utiliza indistintamente mayúsculas y minúsculas en las iniciales de una u otra palabra. Hubiera sido fácil homogeneizar la grafía en todo el texto, o adaptar la acentuación de las palabras a las normas actuales de la Real Academia, pero hemos preferido respetar el original. En caso contrario ¿Dónde parar? ¿Deberíamos haber sustituido también la expresión 'dinero giral' por 'efectivo' o 'dinero circulante'? ¿Deberíamos haber sustituido la palabra 'curso' por la expresión 'tipo de cambio'?

Si embargo hemos modificado ligeramente el orden, poniendo en primer lugar el índice, y también hemos modificado la forma de aludir a las notas al texto, para poder aprovechar la comodidad de los enlaces electrónicos.

 

 

Málaga, agosto 2004

Juan Carlos M. Coll

ÍNDICE

 

Prólogo a la segunda edición

Prólogo a la tercera edición

 

l. - Las ideas tradicionales acerca del dinero y su naturaleza estatal

§ 1. Las ideas tradicionales acerca del dinero

§ 2. Teoría estatal de Knapp

§ 3. El cambio internacional

§ 4. Emancipación de los pagos con respecto al oro. El dinero giral

§ 5. Consideración jurídica y económica del oro

 

II. - La naturaleza económica del dinero y la creación de dinero

§ 6. Problemas de una teoría económica del dinero; doctrina de la creación de dinero

§ 7. La función económica del dinero

§ 8. El dinero en la formación de capital

§ 9. Los capitales de explotación

§ 10. El dinero clásico, la letra y el billete de banco

§ 11. Continuación: el dinero giral

§ 12. El dinero sin cobertura en la concepción del tráfico

 

III.- Crítica monetaria y reforma del Banco Imperial

§ 13. Progresivo conocimiento de la esencia del dinero

§ 14. Critica de los patrones metálicos

§ 15. Crítica de la creación de papel moneda. La moneda divisionaria

§ 16. La crisis de 1907. Concentración del oro

§ 17. Reforma del Banco Imperial

Resumen

 

Notas y complementos

 

 

PRÓLOGO

A LA SEGUNDA EDICIÓN

 

El presente trabajo procede del otoño del año 1907. Entre profanos y prácticos obtuvo cierto éxito; pero en los círculos de especialistas pasó casi inadvertido al principio, a pesar de que contenía algunos pensamientos nuevos.

Entretanto, las experiencias de la guerra han dado un fuerte impulso al interés de profanos y teóricos, por la teoría del dinero y la política monetaria, y más de un Saulo metalista se ha trocado en San Pablo nominalista. Han surgido con gran abundancia nuevos libros sobre el dinero, y se han buscado antiguas manifestaciones que podían servir para. enjuiciar las circunstancias presentes, gracias a lo cual se agotó este libro, y la casa editorial hubo de pedirle al autor una nueva edición.

Aparece, pues, por segunda vez el trabajo, adicionado con una serie de notas y complementos; pero, por lo demás, sin modificar en el concepto ni en la letra la primera edición, publicada en el año 1908. He mantenido la primitiva redacción literal, para demostrar con ello una vez más que las proposiciones de carácter práctico y político que hice, especialmente en el escrito «Política monetaria y teoría del dinero», publicado en 1916, no eran debidas a las impresiones del momento, ni tenían una existencia temporalmente condicionada, sino que constituían el resultado necesario de pensamientos teóricos, expuestos ya públicamente hace varios años, en plena paz, y que han sufrido durante la guerra la prueba de su verdad.

 Las «notas y complementos» tienen principalmente por objeto servir de enlace espiritual entre esta obra y el resto de mis publicaciones, e indicar los pasajes donde el lector puede encontrar, detenidamente tratadas, las cuestiones que aquí se tocan. Excediendo de esta finalidad, las notas a los apartados 2, 7 y 10 se han convertido en pequeños trabajos independientes.

Hamburgo, 1° de Mayo de 1918.

 FEDERICO BENDIXEN

 

* * *

 

PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN

El 29 de Julio de 1920, a las diez y media de la mañana, terminó su vida de trabajo Federico Bendixen. Que sus obras le sobreviven, demuéstralo esta nueva edición -tercera- de su primer libro.

Noviembre de 1921.

CARLOS ELSTER

 

I LAS IDEAS TRADICIONALES ACERCA DEL DINERO Y SU NATURALEZA ESTATAL

 

§ 1.

 

Las ideas tradicionales acerca del dinero. Todo comercio fué primeramente comercio de trueque, y el dinero se originó del medio de trueque preferido. Esto nos enseña la historia de la civilización; esto nos enseña la ciencia del dinero.

¿No será hoy tampoco el dinero otra cosa que el medio de trueque preferido? Las gentes dicen que el dinero es una mercancía, y con esto resuelven afirmativamente la cuestión. Entendiéndolo así, los contratos de compraventa no serían en el fondo sino trueques, en los cuales uno de los objetos sería la mercancía «dinero», mientras que el otro podría ser una cosa cualquiera.

Pero, además, se impone a todo el mundo otra propiedad del dinero. El dinero es, al mismo tiempo, el instrumento general que mide el valor. No podemos representarnos ningún valor sin que, en pensamiento, lo traduzcamos en dinero.

De estas condiciones del dinero, es decir, las de ser el medio general de trueque y el instrumento general que mide el valor, ha deducido, no sólo el sentido común, sino también la ciencia, la consecuencia de que el dinero tiene que tener valor propio; tiene que estar elaborado con materiales valiosos. ¿Quién -se pregunta- aceptaría a cambio de objetos valiosos la mercancía dinero, si en sí misma ésta careciese de valor? Y ¿cómo podría servir el dinero para medir el valor, si él, por su parte, no tuviera valor? Del mismo modo que no serviría para medir longitudes una medida sin longitud; ni para pesar, un peso sin peso. Por esta razón -dice un prestigioso economista de nuestra época-, hay que admitir que sólo lo que tiene por sí mismo valor sirve para medida del valor.

Desde este punto de vista, el papel moneda canjeable por oro, como nuestros billetes de banco, es como dinero en oro; justamente por esa posibilidad de canjeado. ¿Pero qué ocurre entonces con el papel moneda, en los países en que no se canjea por dinero metálico? Nos encontramos aquí con un dinero que no representa ningún valor propio. ¿Sigue siendo dinero? La cuestión no tiene ningún interés para el profano en Alemania. Según nuestras leyes, éste puede exigir siempre dinero en metálico; no necesita tomar papel moneda y, por tanto, no tendrá que quebrarse la cabeza pensando en el carácter del papel moneda extranjero. Pero la ciencia, que no está ligada a las fronteras de su país, no ha podido eludir esta cuestión. Consideró, pues, que la fuente de todas las emisiones de papel moneda está en el desconcierto de la hacienda pública; que, por consiguiente, el papel moneda lleva implícito un elemento patológico, que no puede ser aprovechado para la definición conceptual del verdadero dinero, y declaró que el papel moneda no convertible, es un dinero impropio, degenerado (1).

Pero la historia de la política monetaria, en los últimos decenios, ha producido manifestaciones ante las cuales hubieron de sentirse algo inseguros los menospreciadores del papel moneda no convertible. El más interesante de estos fenómenos se produjo en Austria. En el año 1878, el gobierno austriaco suspendió la acuñación libre de plata, lo cual tuvo por efecto que las guldas papel, cuyo valor estaba en baja en el extranjero, se mantuvieran en adelante firmes. Si Austria se hubiera decidido por la aceptación del patrón oro, se hubiera visto en ello el motivo del mantenimiento del valor de la gulda. Pero Austria no hizo nada de esto. Conservó su moneda de papel, y la gulda papel mantuvo en Alemania un valor de alrededor de 1,65 marcos, mientras al mismo tiempo el valor de las guldas de plata que continuaban en circulación, descendió hasta ponerse por debajo de un marco. De modo que, por decirlo así, el papel valía más que la plata. Catorce años después, Austria, siguiendo la corriente de los tiempos, creó la corona, basada en el oro. Pero en el día de hoy no ha introducido aún la conversión en dinero metálico. Aún hoy, los billetes del banco del Estado austriaco son papel moneda no convertible; es decir, con curso forzoso legal. Sin duda, existen también monedas de oro en circulación; pero el poseedor de un crédito no puede exigir el pago en oro, y, lo que es más extraño, la circulación mira estas monedas de oro con evidente repugnancia, hasta el punto de que en su mayor parte se han retirado a los sótanos del banco del Estado. Por consiguiente, en Austria la circulación no le da ninguna importancia al valor específico del dinero (2).

El que reflexione sobre la esencia del dinero, no puede pasar por alto este fenómeno, pues Austria es un Estado que se encuentra a un alto nivel de cultura, y tiene una hacienda en buen orden. Si los hechos demuestran, pues, que el dinero sin valor específico presta los mismos servicios que nuestra moneda oro, habremos de preguntarnos, si no existe un error en nuestra idea tradicional del dinero.

 

§ 2.

 Teoría estatal de Knapp. - Hace apenas dos años (es decir, en el año de 1905) se publicó un libro titulado La teoria estatal del dinero, de Jorge Federico Knapp, profesor de Ciencias políticas en la Universidad de Estrasburgo. El libro hizo mucho ruido en el mundo de los especialistas, y encontró muchos contradictores. Por cierto que si algo resulta apropiado para demostrar la escasa consistencia científica de la doctrina hasta entonces dominante, y su incapacidad para explicar diversas manifestaciones de la vida real, son, sin duda, las recensiones de la obra, hechas con criterio de oposición, especialmente en la primera época que siguió a su aparición. Desde entonces se han acallado las críticas, sobre todo desde que Lexis, nuestra máxima autoridad en las investigaciones sobre el dinero y la política monetaria, ha reconocido y declarado los méritos del libro (3).

Para decirlo desde luego, hay que tener en cuenta que Knapp es un teórico y no un hombre dedicado a la política monetaria. Quiere contribuir al mejor conocimiento, y no señalar nuevos caminos a la política monetaria. No ataca al patrón oro; antes por el contrario, se cuenta entre sus partidarios.

Knapp enseña lo siguiente: La teoría «metalista» hasta hoy dominante, que define la unidad de valor (marco, franco, gulda, rublo) como una cantidad determinada de metal, no puede explicar todos los sistemas monetarios, y, por tanto, no es bastante general, y, por consiguiente, es falsa. La prueba de ello está en la gulda austriaca:, que hasta 1892 estaba desprovista de toda base metálica. La unidad de valor es una creación de orden jurídico, y se define simplemente por su referencia a la unidad anterior (por ejemplo: el marco es la tercera parte del taler; la corona, la mitad de la gulda). Por consiguiente, la unidad de valor no se define metalística, sino «nominalmente», y esto, lo mismo en los países de patrón oro que en los de papel moneda. Para el concepto del dinero es indiferente que se emplee o no el metal en la elaboración del instrumento de pago (4).

La gran importancia de la nueva teoría está en el aserto de que también en los países de patrón oro, la unidad de valor es «nominal». Esto es lo que se nos hace difícil comprender. Fácilmente nos convencemos de que es nominal la unidad de valor en los países de papel moneda, la gulda austriaca anterior a 1892, o el rublo ruso antes de la reforma de Witte. ¿y cómo no habíamos de convencernos de ello, si no nos queda otro recurso? Pero nos resistimos a creer que el marco alemán y la libra esterlina inglesa sean, en su existencia conceptual, independientes del oro con que están elaborados. Y es que en nuestras ideas tradicionales, oro y dinero van emparejados. No obstante, la teoría de Knapp es palmariamente cierta. Basta con preguntarse si, por ejemplo, en Inglaterra, con el acta de Peel, que suspendía temporalmente la cobertura en oro de los billetes de banco, quedó suprimida también la unidad libra esterlina. Basta con que, por otra parte, nos preguntemos si el marco alemán dejaría de existir como unidad de valor cuando, en caso de necesidad, los billetes del Banco Imperial fuesen declarados instrumentos legales de pago y se eximiese al banco imperial de la obligación de cambiarlos por metálico. No cabe duda de que hay que responder negativamente a estas preguntas. Se seguiría pagando y contando por libras esterlinas y marcos, aunque desapareciesen las monedas de oro y fuesen sustituídas por billetes (5). Pero entonces no hay que obstinarse en negar que el concepto del dinero es independiente de la materia en que aparece, y que la diferencia de materias sirve tan sólo de base para las subespecies bajo el concepto más general. La cuestión acerca de la materia con que está compuesto el dinero no pertenece al concepto del dinero, sino al capítulo de los signos monetarios.

Pero la consecuencia necesaria de esta noción es que no debemos buscar en el metal el fundamento para la valoración del dinero. Y, en efecto, en los países bien ordenados financieramente a base de papel moneda, como lo era, sin duda alguna, Austria hacia el año 80 del siglo pasado, encontramos la misma confianza en el valor del dinero, aunque faltaban las monedas de oro y la cobertura metálica. Quien quisiera suponer que la estabilidad de la gulda austriaca en la circulación interior sólo vivía de la esperanza de que tarde o temprano se introdujera el patrón oro, sería víctima de una ilusión que asombraría a un austriaco. Pues nadie en Austria, aun hoy, atribuye la menor importancia a que los billetes sean o no convertibles en metálico. Así se explica que entre los austriacos no haya encontrado ninguna resistencia la teoría de Knapp. Sabían de antiguo que la esencia del dinero no está en la materia de que se compone.

¿Qué es, pues, lo que presta al dinero su valor, si no es la materia de que se compone? Knapp responde: la «proclamación» del Estado. El dinero es el instrumento de pago, sancionado por el Estado. Todo el mundo tiene que pasar porque sus créditos sean pagados en las monedas o cédulas que el Estado ha proclamado como dinero válido. De esto no puede dudarse. Pero hay que advertir que con esto Knapp no resuelve sino la cuestión del valor nominal y validez jurídica del dinero; pero no explica la razón de su valor en el sentido de su potencia adquisitiva.

Si, teniendo en cuenta los resultados adquiridos hasta ahora, volvemos al punto de partida de nuestra consideración, nos encontramos con que la supuesta verdad trivial de que el dinero, como medio de trueque y medida de valor, ha de tener a su vez un valor específico, es sencillamente un error. El instrumento de pago proclamado por el Estado no necesita tener ningún valor material; lleva en si mismo su valor, por virtud de la autoridad del Estado. Pero ¿cómo -preguntan profanos y especialistas- puede servir de medida de valor el dinero sin poseer un valor específico? Con la autoridad del Estado no se pueden medir valores. Por consiguiente, aunque renunciemos al «instrumento de trueque con valor específico», no por eso podréis convertirnos en partidarios de la medida de valor sin valor.

Los que así hablan parecen creer seriamente que en cada compra se establece una comparación entre el valor de la mercancía y el del oro que por ella se pide, entre las comodidades que puede proporcionar la posesión de la mercancía y el goce que supone la de la correspondiente cantidad de oro. Naturalmente, ésta es una idea errónea. Nadie, al comprar algo, compara el valor de la cosa con el valor del oro. ¿Quién sabe en el pueblo lo que vale el oro? Del valor del dinero todo el mundo tiene una idea; del de oro, sólo los pocos que saben que el Banco del Imperio paga por una libra 1.392 marcos y amoneda 1.395. Pero aun estos pocos no poseen una representación primaria del valor del oro, sino una representación secundaria; es decir, miden el valor del oro por el dinero, y no al contrario. Es esto tan claro, que apenas hace falta decirlo. Todo el mundo puede experimentarlo por sí mismo, examinando su proceso mental, cuando quiere comprar una cosa o simplemente darse idea de su valor. No ha nacido todavía el hombre que ante un hotel que cuesta 70.000 marcos, piense en una barra de oro de unas cincuenta libras de peso.

¿Pero qué es entonces el valor del dinero si no es idéntico al valor del oro? El valor del dinero es una representación que se forma tanto en el individuo como en la comunidad y que procede de una suma de experiencias. Pero el objeto sobre que versan estas experiencias no es el oro, sino los precios. Como resultante de todos los precios conocidos, se forma en cada cual la idea del valor del dinero. El que calcula el valor de una cosa no la mide con oro; lo que hace es establecer una comparación entre los precios (6).

 

§ 3.

 

El cambio internacional. - Podrá parecer lamentable a los amigos del oro, pero no cabe negar que, en la circulación interior, el dinero-oro no presta más servicio que el papel moneda no convertible. El ejemplo de Austria lo ha mostrado prácticamente y la teoría sabe hoy explicar el fenómeno. Pero ¿qué ocurre con la circulación exterior?

Indudablemente, el país tiene interés en que el valor de su dinero conserve estabilidad internacional; en que, comparado con las divisas extranjeras, el dinero nacional no baje de valor. La estimación de una divisa extranjera se expresa en el curso de los efectos que circulan sobre el país extraño, y el curso es el resultado de la oferta y la demanda, cuyo volumen está determinado en cada caso por la balanza comercial o, mejor dicho, de pagos. En esta esfera es en donde triunfa el patrón oro. Si los dos países, Alemania e Inglaterra, por ejemplo, tienen patrón oro, el cambio no podrá subir ni bajar - o lo hará de un modo insignificante - de cierto límite (el punto del oro); porque resulta más barato enviar oro, que pagar los créditos por encima del punto del oro. De esta manera, la posibilidad del pago en oro impide que la divisa nacional pierda valor en el mercado internacional. No obstante, éste no es un remedio absoluto. Si un país continúa aumentando su deuda respecto de otro, poco a poco irán agotándose las existencias de oro, tanto en los bancos como en la circulación, y, finalmente, la cotización de la divisa extranjera subirá por encima del punto del oro. Pero antes de llegar a ésto, el banco central habrá apretado «el tornillo del descuento»; es decir, habrá elevado el interés del dinero para moderar el espíritu de empresa en la nación y mover, por el espejuelo del mayor interés, a los capitales extranjeros a permanecer en el país. Así se protegen las existencias de oro y así se procura la vuelta de las circunstancias normales. Sólo en épocas de catástrofes económicas y políticas puede fracasar alguna vez el remedio.

El provecho que el patrón oro procura en el comercio internacional es tan considerable y evidente, que Austria y Rusia han tenido el sabio pensamiento de aprovechar tales ventajas, sin modificar, sin embargo, su sistema monetario. Ambos Estados han conseguido su objeto, y ello por diversos caminos. El banco del Estado austro-húngaro regula la divisa Londres en Viena, vendiendo y comprando a un cambio determinado efectos sobre Londres. Rusia encarga la regulación de sus cambios a la casa de banca Mendelssohn, de Berlín, por medio de la negociación de sus billetes. Así se combina el papel moneda nacional con la estabilidad del cambio exterior.

¿Cómo se presenta ahora la relación internacional entre el dinero y el oro? El dinero es la unidad nominal de valor, determinada por el Estado, y, en su concepto, no necesitada de incorporarse a ninguna materia. El oro es una mercancía transformable en signos monetarios, según disposiciones legales, y, por tanto, firme en su precio. El Estado, que tiene el patrón oro, es un negociante de supremo poder, que compra y vende el oro a precio fijo, y lo exceptúa así de las alteraciones de valor que sufren las demás mercancías por virtud de la oferta y la demanda. El oro es, pues, una mercancía que, por su existencia abundante y su valor fijo, se presta como ninguna otra para saldar las deudas de país a país, y forma, por tanto, el lazo de unión entre los sistemas monetarios que, por su naturaleza estatal, están ligados a las fronteras nacionales. Pero es preciso no olvidar que la posibilidad de emplear el oro como instrumento internacional de pago no depende de que este metal sea susceptible de acuñación, sino que produciría el mismo efecto conque funcionara en cada país un establecimiento que aceptase y entregase oro con arreglo a precios fijos, cambiándolo por papel moneda nacional (7).

 

§ 4.

 

Emancipación de los pagos con respecto al oro. El dinero giral. - ¿Puede atribuirse también valor práctico a la nueva concepción teórica? Ciertamente, del conocimiento teórico a la política práctica hay una gran distancia. El teórico puede moverse libremente en las esferas del pensamiento puro, sin obedecer más que al imperativo de la verdad. El político tiene que determinarse en vista de los hechos; ha de sacrificar lo absolutamente bueno a lo asequible; ha de tener en cuenta costumbres y prejuicios, si no cree poder vencerlos. Sin embargo, una verdad hallada por la ciencia tiene valor para el práctico, en cuanto enriquece sus motivos; y la justificación teórica de una situación en que se encuentra satisfecha la población de una gran comunidad pública, no es en modo alguno indiferente para la consideración política. Ya no le es lícito a nadie considerar imperfecto el sistema monetario austriaco porque carezca del pago en metálico. Pero también desde las alturas de la nueva teoría cae una luz favorable sobre la política monetaria alemana y sus esfuerzos por restringir el empleo del oro.

Desde que en todos los países civilizados ha quedado decidida la victoria del oro sobre la plata, nos encontramos en el curso de una nueva evolución: en la circulación, los pagos van emancipándose del oro (8). También en este punto es Inglaterra la nación que más ha progresado. Según los cálculos del director americano de la Moneda, la circulación total de oro en Inglaterra, en el año 1905, ascendió a unos 1.500 millones de marcos, a los que hay que añadir unos 800 millones guardados en el Banco de Inglaterra. En Alemania la reserva reunida en los bancos y cajas públicas era algo menor que en Inglaterra, y en cambio circulaban entre nosotros más de 3.000 millones en oro, es decir, el doble que en Inglaterra. Es esta una riqueza muerta, que demuestra nuestro atraso en este punto; el banco del Imperio persigue constantemente el fin de libertarla para que actúe eficazmente.

Sabemos cuál es el instrumento de pago que representa preferentemente en Inglaterra el papel que entre nosotros la moneda de oro: es el haber en cuenta corriente. Cumple éste las funciones del dinero en tal grado que, en el sentido económico (no en el jurídico), puede considerarse como dinero. De hecho, el haber en cuenta corriente, en un banco de emisión, es tan semejante jurídica y económicamente al billete de Banco, que se confunde con él. Teniendo esto en cuenta, podremos designarlo con el calificativo de “dinero giral” (9).

Pero hay una cosa en la que raras veces se para la atención, a pesar de que es, indudablemente, de la mayor importancia para la economía monetaria de un país, y es que estos créditos carecen casi de cobertura metálica. Y entonces surge la pregunta siguiente: ¿en qué consiste la ventaja del sistema inglés de cheques, respecto del pago con papel moneda no convertible, tal como está establecido en Austria? ¿En la posibilidad de cambiarlo en oro? Pero esta posibilidad es sólo apariencia y únicamente subsiste mientras casi nadie hace uso de dicha facultad. En todo caso, para la totalidad no existe. Compárese la suma de los depósitos ingleses (15.000 millones) con el oro existente en los bancos, deduciendo el destinado a cubrir los billetes (unos 300 millones). No creemos que se pueda basar nada sobre una cobertura en oro de un 2 por 100.

Es el mismo fenómeno que en Austria. Del mismo modo que Austria se maneja con papel moneda inconvertible, Inglaterra lo hace con dinero giral no cubierto, y ello sin poner en peligro la confianza pública. Ciertamente en algunos momentos ha vacilado esta confianza y los depositantes han pedido tumultuosamente su dinero. Pero también este caso lo han previsto los ingleses con su sentido práctico. En Inglaterra, los billetes del Banco de Inglaterra son instrumentos de pago legales; no se les puede rechazar y pedir oro en cambio, como ocurre en Alemania con los billetes del Banco del Imperio (10). Por otra parte, como es natural, el Banco de Inglaterra está obligado a pagar en oro sus billetes y lo que sucede es que en épocas de crisis los bancos y banqueros, apurados, pagan exclusivamente con billetes. Entonces el Banco de Inglaterra es liberado, por una resolución del Parlamento de la reserva metálica, y cuando ha pasado la tormenta y se ha restablecido la confianza, el banco vuelve a restablecer a su vez su reserva metálica.

Cuántas calamidades hubieran podido evitarse si los americanos hubiesen imitado esta manera de proceder durante las crisis. Como no poseen un banco central, es el Secretariado del Tesoro a quien en su lugar corresponde poner en circulación dinero, mediante una emisión a corto plazo de billetes del Estado con curso forzoso.

 Alemania no puede pasar de repente a régimen de cheques y giros según el modelo inglés (o, mejor dicho, hamburgués). Puede aprender de Inglaterra que no es preciso que el tráfico esté saturado de oro, como ocurre entre nosotros, para mantenerse sólido; pues no lo exigen ni la esencia del dinero ni las necesidades prácticas.

Por de pronto no necesitamos ser más ingleses que el país clásico del patrón oro, Inglaterra, privando a los billetes del Banco del Imperio de curso legal. Para mantener el patrón oro basta, tanto entre nosotros como del otro lado del canal, que el banco central esté obligado al cambio de los billetes en oro. Los billetes pequeños se impondrían mucho más rápidamente en el comercio si no pudieran ser rechazados en el tráfico privado. Es el miedo a que sean rechazados los billetes lo que induce a los cajeros a preferir el oro, tanto para los cobros como para los pagos. Cierto que fuera de desear que los billetes pequeños tuviesen un formato reducido y cupiesen con un solo doblez en el portamonedas, y, sobre todo. . . ¡que estuviesen limpios! El Banco de Inglaterra no da por segunda vez un billete que toma. Los billetes alemanes son a veces tan sucios y malolientes como los papeles y documentos de un vagabundo.

Pero mientras la circulación «saturada de oro» (como se dice inexactamente) no haya entregado una parte esencial de su oro al Banco del Imperio, cabe pensar si los preceptos referentes a la cobertura metálica no podrían ser aliviados, al menos para conseguir que los billetes llenen la función que en Inglaterra desempeñan las cuentas corrientes o cheques no cubiertos. Me refiero especialmente al movimiento de capitales, a los pagos de intereses y alquileres al vencimiento de los trimestres, en cuya época se sacan del Banco Imperial, poco antes del término, grandes sumas que, a poco, vuelven a las cajas del banco. Estaría perfectamente justificada una disposición legal en virtud de la cual los preceptos referentes a la cobertura fuesen en esos días menos severos (11).

Y todavía queda un punto que merece ser considerado aquí. Una vez que se ha visto que el patrón oro es ventajoso, de preferencia, por no decir exclusivamente, en el tráfico con el extranjero, y que el dinero existente en el Banco del Imperio no puede encontrar mejor aplicación que servir para regular la divisa Londres, en caso de exceder sobre el punto del oro, impónese el pensamiento de cuán adecuado sería transformar una parte de la reserva de oro en una existencia de efectos sobre Londres, con lo cual el mercado de cambios dispondría de un material conveniente para evitar el peligro de que fuese traspasado el punto oro. De este modo el resultado deseado se conseguiría con más seguridad y mayor rapidez que lanzando oro al mercado, y además se tendría la ventaja del interés producido por los efectos. Naturalmente habría que procurar entonces que estos efectos oro fuesen declarados legalmente tan aptos para la cobertura como el oro metálico.

 

§ 5.

 

Consideración jurídica y económica del oro. - Pero la significación de la obra de Knapp no está propiamente en su aplicación inmediata al campo de la política monetaria práctica. Pues para fundamentar las proposiciones que acaban de formularse, no se requieren conocimientos previos teóricos especiales; basta con observar atentamente la política monetaria de los países vecinos y tener capacidad para deducir la aplicación provechosa de los fenómenos dados. El mérito verdadero de Knapp está en el campo de la ciencia pura. A pesar de la abundancia de los trabajos teóricos a ella consagrados, la doctrina del dinero ofrecía en conjunto un cuadro muy confuso, poco apropiado para suministrarnos un conocimiento profundo de lo que cada cual sabía ya del dinero, merced a las enseñanzas de la vida. Leyendo a Knapp sentimos que se afianzan nuestros pies. La construcción mental que nos presenta nos hace el efecto de una arquitectura clara, cuyos componentes responden a circunstancias evidentemente bien observadas. Gracias a él sabemos en qué consiste la esencia del dinero y vemos cómo las diversas manifestaciones del dinero se subsumen sin esfuerzo bajo el concepto directivo.

Esto no obstante, el libro representa más bien el comienzo que el remate de una evolución científica. Knapp no ha resuelto el problema del dinero y la política monetaria, sino que le ha dado una nueva formulación. Se limita al análisis y construcción de lo existente, y ni critica el patrón oro, ni investiga los principios que rigen o deben regir para la creación del dinero. Más aún: hasta el valor del dinero, tal como se lo representa el cerebro humano, y la cualidad del dinero como medida de valor, quedan fuera del campo de sus investigaciones. Por eso Lexis, a pesar de su aprobación, no ha podido reprimir una leve censura por haberse limitado Knapp a examinar el aspecto «formal» del dinero. Pero lo que aquí Lexis llama «formal», no es, en verdad, lo que se opone a material, sino que se refiere a la consideración jurídica frente a la económica. 

La obra de Knapp tiene un carácter eminentemente jurídico, lo que ya en el título se manifiesta. Y se comprende que el manjar jurídico no pueda saciar los estómagos económicos. Los economistas no tienen más remedio que aceptar la idea de Knapp, de que el metalismo no basta para explicar la naturaleza del dinero; pero tampoco les satisface por completo la nueva teoría, que les escamotea los «valores», sin los que no pueden vivir. Donde antes se hablaba de metal y de crédito, domina ahora el imperativo del Estado, es decir, una cosa económicamente impalpable. Se comprende, pues, la sensación de insuficiencia que la teoría de Knapp ha despertado. ¿Cómo puede remediarse?

N o cabe negar que la teoría de Knapp necesita un complemento. La consideración jurídica del dinero no excluye en modo alguno una consideración económica del mismo, sino que más bien la exige. Pero se equivoca quien alimente la esperanza de insinuar de contrabando, por este camino, las falsas ideas superadas por Knapp sobre el valor específico del dinero, valor necesario desde el punto de vista del concepto. Estas ideas están desechadas y seguirán estándolo. La consideración económica habría, pues, de enfrontarse con la relación entre el dinero y los valores (bienes), e investigar aquellas cuestiones que Knapp, justificadamente, desde su punto de vista, deja a un lado.

Consideración jurídica y consideración económica. Esta contraposición merece ser explicada. Es sabido que hay muchas cosas en la vida del tráfico que presentan diverso aspecto según se las considere desde el punto de vista económico o desde el jurídico. Así, por ejemplo, un crédito indudable jurídicamente, es aquel que indudablemente me sería reconocido ante los tribunales. Pero el que sea también indudable, desde el punto de vista económico, depende de la solvencia del deudor. Está, pues, justificado, cuando se trata de estas cuestiones, preguntarse si se habla de una verdad jurídica o económica. Otro ejemplo; de una letra readquirida por el que la ha extendido, acaso para utilizarla más tarde, dice el jurista que la obligación duerme, pero que no obstante subsiste; en cambio, para el economista la obligación no existe, y es indiferente para él que el documento se conserve o se haya destruido; así, por ejemplo, no figurará en un balance que quiera reflejar la verdad económica. Otro ejemplo: un crédito hipotecario, lo que corrientemente se llama una hipoteca, es jurídicamente un derecho de crédito asegurado por un derecho de prenda sobre un inmueble. Económicamente es una participación en el inmueble y sus productos. ¿Dónde está en todos estos casos, el punto esencial en que se basa la diversa consideración? No cabe la menor duda. El jurista se preocupa de la ley, de los derechos y los deberes; el economista, de los valores.

Lo propio acontece con el dinero. Para los juristas, el dinero es un instrumento de pago sancionado por el Estado, un instrumento para cancelar obligaciones jurídicas. Al economista no le interesan las obligaciones jurídicas, y, por tanto, tampoco los medios que sirvan para cancelarlas. Lo que le importa es la función del dinero en el encadenamiento de la vida económica. No pregunta tampoco por los imperativos del Estado, ni por su sanción. Lo que económicamente funciona como dinero, lo que en la circulación se acepta como dinero, eso es para él dinero. Por tanto, lo serán también las compensaciones en cuenta corriente, que, según la teoría estatal, no son dinero, sin duda, pero que económicamente constituyen dinero, dinero giral. El dinero estatal y el giral, vistos en una perspectiva económica, no son sino manifestaciones diversas del dinero «económico».

Para el habituado a la Bolsa, nada nuevo se dice con esto. La mercancía del mercado monetario, que se negocia diariamente al término que sea, manifiéstase principalmente en efectos girables.

Hasta en la época más moderna parece que la línea directiva, en la consideración científica del dinero, no ha sido la distinción consciente entre el punto de vista jurídico y el económico. Por el contrario, no faltan en la literatura económica disquisiciones en donde ciertas ideas económicamente exactas son «refutadas» con argumentos jurídicos. Así, por ejemplo, la opinión, económicamente acertada, de que en el dinero hay un crédito de su propietario sobre ciertos bienes, es contradicha por un escritor de mentalidad jurídica, con explicaciones sobre la fuerza canceladora del pago y sobre la naturaleza jurídica del crédito; lo que viene a ser una confusión como la de la Torre de Babel.

Desde que Knapp ha elaborado aguda y claramente la estructura jurídica del dinero, cabe esperar que, en lo sucesivo, nos veremos libres de confusiones conceptuales del género mencionado. La línea divisoria entre lo jurídico y lo económico está netamente trazada; el campo está deslindado y puede ya construirse una teoría económica del dinero, junto a la que establece jurídicamente sus bases en el Estado.

 

II

 

LA NATURALEZA ECONÓMICA DEL DINERO Y LA CREACIÓN DE DINERO

 

§ 6.

 

Problemas de una teoría económica del dinero; doctrina de la creación de dinero. - Sólo la consideración económica del dinero descubrirá la esencia íntima de éste. El conocimiento de su evolución histórica, arrancando de su condición de instrumento de cambio valioso, no nos da aún noticia alguna de sus funciones en la vida económica. Tampoco el descubrimiento de Knapp, que nos muestra su figura dogmática como una unidad económica decretada por el Estado, resuelve el aspecto económico del problema del dinero. Se trata de investigar qué papel desempeña el dinero en la vida económica, para determinar después los fines a que sirve, y para darse cuenta de los defectos de que adolecen los sistemas monetarios dominantes.

Pero ¿quién no se da cuenta del enorme progreso que representa .la obra de Knapp, incluso para el conocimiento económico del dinero? Mientras la ciencia acataba el axioma de que el dinero había de poseer un valor específico, tenía que parecerle el patrón oro el punto culminante de la evolución. Su crítica era, a lo sumo, posible desde el punto de vista de los partidarios de la plata o de los bimetalistas. Sólo desde el momento en que Knapp ha equiparado lógicamente al papel moneda, hasta entonces tan desdeñado, al dinero metálico, pisamos terreno firme para asentar sobre él una crítica monetaria fecunda. E inmediatamente surge la duda de si será en realidad más exacto, teóricamente, vincular el nacimiento de dinero nuevo a las contingencias de la producción metálica, o dejarlo a cargo de un establecimiento del Estado, que actúe movido por principios claros.

Conviene repetir aquí lo que ya se ha indicado arriba: que el nuevo conocimiento teórico no puede ni debe traducirse sin más ni más en política práctica. Lo más insensato que pudiera hacerse, sería destruir por razones teóricas el patrón oro y considerar como quantité négligeable la profunda confianza del pueblo en el oro, en el cual ve el alemán el polo fijo en el fluir de los fenómenos de valor. Cada época tiene sus prejuicios y errores; el hombre de Estado no debe compartirlos, pero tiene que contar con ellos, si no quiere desencadenar graves daños. Y habrán de transcurrir varias generaciones antes de que las ideas groseramente intuitivas que el pueblo se forma, de la naturaleza del dinero cedan el puesto a otras más exactas y espirituales. Pero esto no quita para que la ciencia se, esfuerce en sacar las últimas consecuencias y en preparar el triunfo gradual del conocimiento verdadero.

Por consiguiente, el problema de la teoría económica del dinero consistiría en determinar cuál sea la esencia del dinero, según su función económica, y en desarrollar, partiendo de ella, los principios de la creación del dinero. Pero no de la creación del dinero tal como hoy se hace, sino tal como debiera hacerse para producir dinero clásico. Es dinero clásico el dinero que no está sujeto a alternativas de valor, y que, por tanto, no influye en los precios; de manera que, al producirse alteraciones de precio, haya que buscar el motivo por el lado de las mercancías y no por el lado del dinero.

Estamos, pues, buscando el dinero clásico, de valor absolutamente inalterable (12). La historia enseña que el papel moneda ha experimentado las más enormes desvaloraciones. Esto, no obstante, en Austria, en el año 1878, se ha visto que era superior a la plata en permanencia de valor. Por consiguiente, el fundamento de aquellas desvaloraciones no estaba en el material, sino en el exceso de producción de papel moneda. Pero también el exceso de acuñación lleva a la desvalorización del dinero metálico. La plata lo ha demostrado en nuestros días; en épocas anteriores, la revolución de precios en el siglo XVI, se refiere a las grandes cantidades de metal que vinieron de América. El concepto de inflación -esto es preciso notarlo- se aplica lo mismo a la inundación del mercado con signos metálicos, que a la exagerada actividad de las prensas productoras de billetes.

 

§ 7.

 

La función económica del dinero. - La elaboración completa de una teoría económica del dinero, no sólo rebasaría con mucho los límites de este trabajo, sino también las fuerzas del autor. Pero no parecerá demasiada osadía desarrollar algunos razonamientos que acaso sirvan de material de construcción a la obra futura de quien esté llamado a ella.

Si queremos descubrir la acción del dinero, hemos de hallar los principios sobre que se asienta, en los tiempos presentes, la vida económica, que lleva el nombre de «Economía monetaria» (13).

Si se pregunta cuál es la característica de nuestra vida económica, suele responderse usualmente con las palabras «división del trabajo» y «cambio de productos». Pero ninguna de las dos expresiones abarca exactamente el aspecto económico de la cuestión, que es, sin embargo, lo que importa. La división del trabajo es más bien un concepto técnico que económico, y el cambio de productos no caracteriza el trabajo económico, sino el acto de entregar sus productos. Estas dos expresiones son designaciones imperfectas del único hecho importante económicamente: que el trabajo está destinado a servir a personas distintas del trabajador mismo, con lo que el cambio de productos se comprende por sí mismo. La característica de nuestra producción es el estar dirigida a las necesidades de «otros», sean los que sean. El individuo trabaja para la comunidad. Todos para todos.

Y lo que aquí se dice del trabajo puede aplicarse también al uso de capitales fijos. El capitalista pone a la disposición de «otros» su inmueble, su barco, sus máquinas, sus capitales, ya los posea solo, ya como copartícipe, accionista u obligacionista. No rinde trabajo, sino uso de capital, lo que económicamente es equivalente en el sistema de producción de la división del trabajo.

Frente a esta producción, que, vista en sí misma, parece efecto de un desmesurado amor al prójimo, se presenta el consumo, en el cual se conceden al egoísmo todos sus derechos. Pues si la producción sólo tiene en cuenta el consumo ajeno, el consumo no se preocupa más que de la propia necesidad. Mientras la producción se pone al servicio de todos, el consumo reclama el servicio de «todos».

Pero ¿cómo se realiza el enlace entre la producción y el consumo? ¿Es que interviene el Estado, señalando a cada cual la parte que le corresponde en la producción dispuesta para el consumo? En esto consiste el sueño de los socialistas, que quieren acabar con nuestra organización económica individualista, con sus supuestas durezas e injusticias. Pero nuestro Estado abandona el enlace entre la producción y el consumo al acuerdo privado.

También en el Estado socialista habría división del trabajo y trabajo de todos para todos. Y todo cuanto se produjese estaría destinado al consumo. Por consiguiente, se daría también en él un equilibrio entre la producción y el consumo.

Lo que faltaría sería el equilibrio individualista. El Estado socialista no se preocupa de que el individuo reciba una recompensa equivalente al valor de su rendimiento. Esta es la diferencia decisiva.

Si entre nosotros el enlace entre la producción y el consumo queda abandonado al acuerdo privado, cada cual debe cuidar por sí mismo de que el valor de su rendimiento esté en armonía con las ventajas que reclama de la comunidad, en forma de habitación, vestido, alimento y demás valores de goce.

La nota característica de nuestra constitución económica es que el individuo puede reclamar a la comunidad la compensación por lo que ha producido. Por la actividad que un hombre desarrolla en las oficinas de una sociedad por acciones, reclama los productos del zapatero y el sastre, del panadero y el carnicero, que no le están obligados y no tienen la menor idea de la naturaleza o utilidad de su trabajo. Basta conque alguien encuentre útiles mis servicios y los emplee, para mover a incontables personas a que me ofrezcan sus servicios, dentro del valor del rendimiento que yo he prestado al otro.

Este maravilloso mecanismo social, este trabajo de todos para todos, bajo el principio de equilibrio individualista del rendimiento de cada cual, tiene dos supuestos: en primer término, la aptitud general para calcular valores, aplicando unidades de valor por todos acatadas; y, en segundo lugar, el empleo de signos que representan estas unidades de valor, y son aceptados por todos como certificación de servicios prestados y del valor de éstos. Estas dos exigencias las cumple el dinero y las cumple incluso en la forma moderna del dinero giral.

Por consiguiente, para conocer debidamente la esencia económica del dinero hay que darse cuenta de las funciones auxiliares que ejercita. Nadie sirve por el dinero mismo, sino por las ventajas que éste ofrece. La importancia que se le da al dinero en el lenguaje corriente no debe oscurecer el carácter sirviente de su naturaleza.

El dinero es el intermediario entre la producción y el consumo. Quien recibe dinero a cambio de cierto servicio, queda satisfecho desde el punto de vista del derecho privado; pero económicamente, con el dinero en la mano, está facultado para reclamar otros servicios correspondientes en su favor.

Así, pues, el dinero, que considerado jurídicamente es un instrumento de pago, económicamente es una participación en la producción consumible, dispuesta para el mercado, participación que ha sido adquirida gracias a servicios anteriores.

Ya de esto parece deducirse una consecuencia importante para el dinero clásico. Sólo los servicios prestados a otros (que los aceptan y los pagan de su caudal de servicios prestados) autorizan para recibir dinero; es decir, para adquirir derecho a las contra prestaciones correspondientes. La idea de adquirir originariamente este derecho, sacándolo de las minas de oro o de un laboratorio químico, equivale económicamente a la falsificación de moneda. Aparece como una creación ilegítima de dinero, creación que lesiona los derechos del que legítimamente posee dinero.

Considerada desde el punto de vista del equilibrio entre el rendimiento prestado y el exigible, la significación económica de la ganancia de dinero se ofrece a una luz particular. Cuando alguien gana en su profesión, digamos 10.000 marcos, se entiende que trabajan para él - en el país y en el extranjero - brazos no pagados, los cuales le elaboran productos por valor de 10.000 marcos.

Esta armonía entre el dinero que se gana y los productos que se elaboran, puede parecer a muchos que está en contradicción con la vida real. Y de hecho, el que hoy gana dinero no puede saber qué y cuánto le darán por él. Entre un momento y otro se interpone la lucha de los precios, que parece ser incompatible con aquella armonía. Pero desde un punto de vista económico más elevado, y como a vista de pájaro, la lucha por los precios no es más que un procedimiento pacífico de valorización con fuerza retroactiva.

Si en un momento dado hiciésemos un corte diametral en la vida económica, hallaríamos que las pretensiones representadas por el dinero están en equilibrio con los medios de consumo dispuestos para el mercado. En equilibrio; pero no se entienda la palabra en un sentido mecánico; sino como resultado de la lucha de los precios y de la competencia.

 

§ 8.

 

El dinero en la formación de capital. – Los resultados de las anteriores explicaciones necesitan de un complemento, en varios sentidos, para acomodarse a las diversas manifestaciones de la vida económica. ¿Es exacto, en primer término, que el dinero, como libramiento sobre productos equivalentes a ciertos rendimientos previos, sólo se reciba para adquirir en cambio objetos de consumo? El dinero que, por ejemplo, se le da a un zapatero por un par de zapatos, no sirve exclusivamente para el consumo del zapatero, pues con una parte del dinero que recibe, éste paga al proveedor de cuero y el trabajo de sus operarios. Esto es indudable. Pero la cantidad de dinero recibida por el zapatero servirá para proporcionar objetos de consumo, si no a él, a aquellos otros auxiliares suyos. El último vendedor es, al mismo tiempo, el que guarda en su caja el dinero, en representación de los que están detrás de él en la cadena de los rendimientos. Esto es tan claro que apenas requiere mención.

En cambio, habrá que determinar qué se entienda por bienes consumibles en los bienes que recibimos, en la contraprestación por nuestro servicio previo. ¿Figurarán entre ellos tan sólo el alimento y el vestido, o también los muebles y otros objetos de uso que nos sirven durante muchos años?

Por otra parte, hemos supuesto tácitamente que cada cual adquiere objetos consumibles, para su propia satisfacción, como contrapartida de sus rendimientos; y por tanto, hemos dejado fuera de nuestra consideración el ahorro y la capitalización. Tenemos, pues, que examinar cómo pueden encajar estos fenómenos económicos en el cuadro que hemos bosquejado.

Finalmente, ¿cómo hemos de representarnos, desde el punto de vista de las consideraciones anteriores, los signos monetarios, para que puedan cumplir su misión de legitimar las pretensiones del que solicita la contraprestación? Porque ocurre pensar que, satisfecha la contraprestación, los signos de legitimación deberían perder su valor y desaparecer. Ahora bien; sabemos que en la economía individual es éste, en efecto, el caso: al recibir la contraprestación nos desprendemos de nuestro dinero. Pero en la economía general, es preciso que el dinero quede en alguna parte.

Examinaremos y contestaremos sucesivamente estas diversas cuestiones, y primeramente trataremos de definir los bienes consumibles.

Para ello es preciso que el concepto del consumo no se tome en un sentido estricto de economía individual, sino en sentido de economía política. Lo que se separa de la circulación de mercancías y pasa al uso privado, queda, desde el punto de vista de la comunidad, consumido, aunque el particular disfrute largo tiempo de su posesión. Por consiguiente, en el sentido que aquí les damos, deben considerarse como bienes consumibles todas aquellas cosas que se adquieren para el uso o tenencia particular, sin consideración a que en la economía privada puedan tener carácter de capital. Y no puede decirse que sea violenta esta definición del concepto. Seguramente ningún economista contará entre los ahorros de la nación el valor de los objetos de uso doméstico y personal.

Si en el cuadro económico antes trazado sólo aparecían como contraprestaciones los bienes consumibles, ello tenía que ser así, pues todos los ciudadanos trabajan unos para otros, sin que se llegue por eso al ahorro y a la capitalización. En el trabajo que forma capital, por medio del ahorro, encontramos un segundo grado de actividad económica, cuyo examen particular se recomienda en interés de la claridad, aunque no se deduzcan de él resultados especiales para el conocimiento de la naturaleza del dinero.

Cuando hablamos de ahorro, no es preciso representarse el método anticuado de guardar el dinero en cajas y sacos. El que acumula dinero produce la consecuencia de que los bienes dispuestos para él aguarden en vano su despacho.

Dificultades de mercado producidas por esta causa, no las conoce ya, afortunadamente, nuestra época.

El ahorro a que nos referimos es el ahorro económicamente útil, la capitalización subjetiva y objetiva (14). Haremos ver en un ejemplo esquemático sencillo, la doble faz de este fenómeno. Un hombre acomodado lleva todos los meses a su banquero la parte de sus ingresos que no gasta. Con el caudal acumulado, el banquero, al cabo de algún tiempo, le procura una hipoteca sobre una casa recién construída. Aquel dinero ahorrado contribuyó a la construcción de la casa. Analicemos el caso. El dinero que el ahorrador lleva al banquero, representa productos consumibles, que la comunidad ha puesto a su disposición como recompensa por sus prestaciones. En vez de consumirlos, los ahorra. Pero ¿dejan por eso de consumirse? En modo alguno. Por intermedio del banquero son consumidos por el contratista de obras, los fabricantes de ladrillos, los obreros; en una palabra, por todas aquellas personas que intervienen en la edificación; en cambio, el ahorrador recibe una participación en la obra terminada. De esta manera, los medios de sustento se han transformado, gracias a su ahorro, en capital circulante, y por su aplicación, en capital fijo, constante. El dinero y las subsistencias se han trocado en hipoteca y casa.

Fácilmente se ocurre hacer una pregunta. Los productos que crea la comunidad para un hombre acomodado, ¿son, pues, de distinta naturaleza, que los apropiados para la satisfacción de las necesidades de un obrero? Esto es en sí exacto, sin duda alguna. Pero la organización económica cuenta con el ahorro, por lo cual produce para el ahorrador y pone a su disposición productos que, no él mismo, pero sí los que perciban sus ahorros, pueden consumir.

Por consiguiente -y éste es el resultado-, también el dinero del ahorrador representa bienes de consumo, y asimismo, hemos de considerar los capitales circulantes como facultad de disposición sobre bienes de consumo. Al propio tiempo queda señalado con esto el puesto que en la vida económica ocupa el trabajo capitalizador. Es éste de naturaleza secundaria; recibe su impulso de segunda mano. El trabajo originario es el servicio mutuo, con fines de consumo. Los panaderos, los zapateros, los sastres, los caseros, así como también los maestros, los médicos y los sacerdotes, son independientes de la potencia ahorrativa de la población. Ganan su sustento, aunque la población gaste todos sus ingresos sin ahorrar nada. Pertenecen al primer grado de la actividad económica. En el segundo grado están las profesiones a quienes el ahorro proporciona ocupación: el albañil, el arquitecto, el constructor de máquinas, etc. Su existencia está ligada a los ahorros de la nación. De este modo, el ahorrador es quien sustenta las profesiones ocupadas en el trabajo capitalizador.

En la confusión de la vida industrial, esta división lógica no se percibe, e incluso las apariencias parecen decir lo contrario. Cuando, por ejemplo, con una cantidad considerable, que hemos ingresado, compramos un crédito hipotecario, nuestro capital circulante se transforma inmediatamente en capital fijo, sin pasar por el grado intermedio de la formación de capital; mientras que, por otra parte, la venta de valores puede transformar en circulante un capital fijo, entretanto que, como es natural, no es posible volver a desmenuzar una casa y convertirla en los objetos consumibles que han servido para el sustento de sus contructores.

La explicación de esta contradicción está en que, lo que desde el punto de vista de la economía privada parece s e r transformación de capital, desde el punto de vista de la economía pública no lo es. Así como el capital fijo no puede convertirse otra vez en circulante (por lo cual las creaciones de dinero, a base de capitales fijos, son un contrasentido), tampoco el capital circulante puede transformarse en un momento en capital fijo. Para la economía pública, en ambos casos, lo que hay es simplemente un cambio de persona, que es indiferente; pero el capital fijo sigue siendo fijo, y el circulante, circulante.

Se comprende fácilmente que en los objetos de consumo, que representa el capital circulante del ahorrador y que recoge el contratista, está contenido, no sólo el sustento de los obreros de la construcción, sino también el de los proveedores. En la mercancía que compra el contratista, recibe éste productos de trabajo elaborados con los recursos del productor; es decir, empleando objetos de consumo que el productor ha tenido a su disposición. El contratista comprador paga con el dinero del ahorrador; es decir, con objetos de consumo, merced a los cuales el productor puede- seguir produciendo. Rige aquí todo lo que queda dicho respecto a los productos de las industrias auxiliares, a que hemos aludido al comienzo de este apartado.

 

§ 9.

Los capitales de explotación. - Si el dinero del ahorro representa los objetos de consumo que se gastan en la construcción del edificio, resulta de aquí que el dinero tiene que desaparecer de la circulación con el mismo ritmo. Para la casa terminada, e incluso para los créditos hipotecarios que representan económicamente participaciones en la casa, no puede haber, pues, en la economía, ningún dinero correspondiente. Pero por experiencia sabemos que generalmente el ahorrador no se presenta en escena a adquirir su crédito hipotecario hasta después de terminada la casa. Por consiguiente, la casa no ha podido ser edificada con sus ahorros. ¿Con qué dinero se ha construído, pues? Llegamos con esto a la cuestión del capital de explotación. El capital de explotación es el predecesor del capital circulante ahorrado. Sirve para la edificación de la casa, prepara el sitio para el capital del ahorro y se retira para nuevas obras, en el momento en que aparece el dinero del ahorrador en forma de préstamo hipotecario.

Al menos así aparecen las cosas, consideradas desde el punto de vista de la economía privada. El capital de explotación es un complejo transeunte de valor, con vida individual. Pero para la economía política es ésta una representación totalmente imposible.

Ya sabemos por qué razón: el capital fijo no puede convertirse otra vez en circulante. El dinero del ahorrador (los objetos de consumo que están a su disposición) no entra en la casa terminada, sino que se convierte en nuevo capital de explotación con que el contratista sustituye al antiguo ya consumido.

Pero no todo capital circulante está destinado a convertirse en capital fijo. Los medios de explotación de todas aquellas industrias, que tienen por objeto la elaboración de productos de consumo, son un capital circulante que se transforma a su vez en capital circulante de grado superior. El que quiere instalar una fábrica en un local alquilado, necesita, además de su sustento, los medios para poder pagar durante cierto tiempo el alquiler, las materias primas y los salarios; es decir, que tienen que existir en la economía general, y con la amplitud necesaria, objetos de consumo para el propietario del local, el productor de las materias primas y los trabajadores, y el dueño de la fábrica ha de disponer de dichos objetos (capital circulante). Lo mismo que ocurría con la edificación de la casa, estos objetos de consumo son consumidos mientras se van elaborando los nuevos productos. La comunidad toma estos productos como contra prestación; pone a la disposición del fabricante, en forma de dinero, libramientos contra nuevos bienes de consumo para él y sus auxiliares. Con esto el empresario adquiere, desde el punto de vista de la economía pública, nuevo capital de explotación; al paso que desde el punto de vista de la economía privada, suele decirse que le ha dado una vuelta a su capital de explotación.

No nos veríamos obligados a mencionar los capitales de explotación, si no se interpretase con tanta frecuencia mal su naturaleza económica, deduciéndose luego consecuencias equivocadas sobre la esencia del dinero. Para comprender la naturaleza de los instrumentos de explotación hay que considerar el dinero como representante de bienes.

La opinión, que se atiene a la naturaleza sensible del dinero, no puede comprender el verdadero sentido de los instrumentos de explotación. Viendo cómo el dinero se transforma en mercancías y éstas a su vez en dinero, cree, según su experiencia, que la prosperidad general es tanto mayor cuanto más aprisa «rueda» el dinero. Así se explican tantos quebraderos de cabeza para apresurar la circulación del dinero y fomentar la prosperidad general. Encontramos aquí, una vez más, la confusión tan frecuente entre el síntoma y la causa. Lo que importa no es la rápida circulación del dinero; la velocidad de esta circulación resulta, naturalmente, de la producción y del consumo, exactamente igual que la circulación de las fichas en los juegos de naipes o la teneduría de libros en los negocios. Sólo allí donde todavía se practica el culto del atesoramiento, tienen razón de ser las excitaciones para que se ponga en movimiento el dinero.

La actividad económica no es un ciclo de valores, sino una alternativa de producción y consumo. Ni los años retornan en giro circular, ni los trabajadores inválidos resucitan en forma de muchachos, ni pueden revivir los valores consumidos. Esto es evidentísimo; pero dadas las ideas confusas actuales, en que se mezcla y confunde la imaginación con la realidad, no dejará de ser útil recordarlo alguna vez.

 

§ 10.

El dinero clásico, la letra y el billete de banco. - Estamos ante el problema de determinar la naturaleza del dinero clásico y el modo de su creación. Pero antes queremos resolver una duda. Prescindiendo de las funciones indicadas, ¿no desempeñará, además, el dinero una función especial en los traslados de capital?

Alguien quiere comprar una casa, para lo cual convierte en dinero unos valores; a su vez el vendedor de la casa compra valores con el importe de la venta. Para la economía política no hay aquí más que un cambio de personas en sí indiferente. El capital, circulante ha realizado una función secundaria: ha servido como instrumento de cambio entre la casa y los valores, y, cumplida su misión, se retira. Así y por fenómenos análogos, surge en los vencimientos trimestrales la necesidad de dinero, que producirá a la economía tanto menos trastorno cuanto más se emplee el cheque para los pagos. De aquí no puede deducirse nada que ataña, a la esencia del dinero. No obstante, hay que reconocer que al privar, aunque sea de modo pasajero, de cantidades considerables al mercado del dinero, se producen trastornos en el crédito, cuyo remedio será tanto más fácil cuanto más claramente nos demos cuenta del fenómeno. El capital circulante, que representa objetos de consumo, y con esta cualidad se ofrece en préstamo, queda súbitamente, en los vencimientos trimestrales, desviado de su fin propio durante diez o quince días, y se sustrae al mercado para servir de instrumento de pago en el movimiento del capital fijo. La consecuencia de esto es la falsa apariencia de una falta de capital circulante, y la elevación consiguiente del interés en el mercado monetario. No producirá ningún trastorno en la economía general el crear dinero a plazo corto, con arreglo a la cuantía de lo que, según la experiencia, aumenta la necesidad de numerario en los vencimientos trimestrales, sin alterar el interés vigente.

Pero pasemos a la cuestión que propiamente nos interesa. Según todo lo dicho, ¿qué requisitos han de exigirse al dinero clásico y a su creación?

La creación de dinero debe estar organizada de tal manera que todos puedan recibir dinero en pago de sus prestaciones. Cuando se trata de prestación de servicios personales o de prestaciones auxiliares a la industria, el que presta el servicio ha de entenderse con el que lo utiliza. Por consiguiente, éste es el que tiene frente a la comunidad el derecho a reclamar signos monetarios para aquél. Esto no obstante, el derecho a signos monetarios que tiene frente a la comunidad el propietario de una industria, depende de que sus productos o mercancías estén efectivamente a. la disposición de la comunidad y sean aceptados por ésta. Así quedan excluídos los propietarios de mercancías que no quieren venderlas (porque piden precios más altos) o no pueden venderlas (porque no son utilizables). Una creación de dinero sobre la base de cédulas de abono de almacén (como alguien ha propuesto), no se compagina, pues, con el fin del dinero, porque queda incumplido el requisito de la utilidad efectiva de los servicios o valores ofrecidos. Por consiguiente, sólo las mercancías vendidas pueden servir de base para la creación de dinero.

Pero en segundo lugar, el dinero ha de ser de tal naturaleza que desaparezca al ser consumidos los bienes para cuya creación ha servido. Representando bienes de consumo, no puede sobrevivir a ellos. Si imaginamos la economía general en una situación tal que no haya producción nueva, sino únicamente consumo de lo acumulado, deberá desaparecer, con el último bocado, también la última moneda. Pero ¿cómo sería posible en la economía política semejante desaparición automática del dinero, que en la economía privada se ve con bastante frecuencia? Únicamente porque el dinero se gasta en un plazo que corresponde, aproximadamente, a la duración del camino que la mercancía recorre desde el productor al consumidor.

Existe un dinero de este género, y no ciertamente en los campos de la fantasía, sino perfectamente visible ante nuestros ojos. Es el billete de banco, fundado en las letras sobre mercancías aceptadas.

Representémonos el fenómeno del descuento de letras, en un ejemplo simplificado (esquematizado):

Un fabricante ha transformado en mercancía su capital y ha agotado sus recursos. Para la mercancía ha hallado un comprador; pero éste solicita crédito, porque necesita tiempo para hallar a su vez compradores, y no percibe inmediatamente el dinero. El comprador, en estas condiciones, acepta una letra a tres meses, letra que el fabricante descuenta en el banco. De este modo, el fabricante obtiene de nuevo dinero, puede comprar materias primas, pagar a sus obreros y producir nuevas mercancías. A los tres meses, el comprador satisface su deuda al banco, con el dinero que le ha producido la reventa de las mercancías. Al mismo tiempo se hace cargo de una nueva partida de mercancías, y el juego se repite.

Hay que darse cuenta clara de que el crédito que en este caso pide el fabricante al banco, es muy otra cosa que la ayuda que se le otorga a alguien para salir de un apuro corriente de dinero. Supuesta, como es natural, la confianza en las firmas, la letra aceptada significa que el fabricante ha realizado y entregado un trabajo útil a la comunidad. Esta prestación le da derecho a la contraprestación, y ello inmediatamente, pues al mismo tiempo que él ha dado su trabajo, han sido laborados por la incansable comunidad los objetos de consumo que han de garantizarle el sustento a él y a sus obreros, durante la prosecución del trabajo, y que están esperando el despacho. Si la comunidad niega la contraprestación inmediata, el trabajo del fabricante tiene que detenerse, y la comunidad ha de verse privada de sus productos; los obreros se quedan sin pan, y las subsistencias para ellos dispuestas no se venden. Por consiguiente, el descuento de la letra interesaba, no sólo al fabricante, sino también a la comunidad.

Y no se objete que el fabricante hubiera podido recurrir al capital privado. Aparte de que también los particulares que descuentan tienen abierto el camino del banco oficial, hay que reconocer que aquí se trata de un crédito para cuya satisfacción no se necesita ningún género de capital.

Ahora bien; existe la tendencia a considerar como axiomático el principio de que las necesidades de crédito, sólo con capital pueden ser satisfechas. El que hace a otro un préstamo de dinero, pone a su disposición el derecho que tiene a recibir prestaciones de la comunidad, derecho que de momento no necesita hacer efectivo. Es, pues, preciso que tenga a su disposición más contraprestaciones que las que necesita para su sustento o, dicho de otro modo, tiene que haber ahorrado; es decir, tiene que disponer de capital circulante. Lo mismo ocurre en el caso de que se preste sobre contraprestaciones a plazo. De esta regla no se exceptúa el Estado, cuando aparece concediendo créditos. El Estado no puede conceder créditos sino utilizando los capitales que están a su disposición; es decir, dinero que representa contraprestaciones existentes (objetos de consumo dispuestos para la venta). Si procediese de otro modo y se creyera autorizado para conceder créditos imprimiendo más y más billetes, sobrevendría una situación que podría calificarse de falsificación de moneda por parte del Estado, y que produciría necesariamente las consecuencias de la subida de precios y la desvalorización del dinero.

En el caso de que tratamos, la situación es muy otra. El propietario de una letra sobre mercancías aceptadas, no pide al banco oficial ningún capital de ahorro (que sólo podría concederse si se hubiera producido en alguna parte por el ahorro y estuviera a la disposición del banco), sino que solicita signos monetarios, basándose en que demuestra haber producido y tener a la disposición de la comunidad ciertos valores en la cuantía correspondiente. Sólo pide, pues, dinero; no capital.

Nos encontramos aquí con un derecho de crédito del productor, derecho que, naturalmente, no ha reconocido aún ninguna legislación. Pero de hecho se ejercita, y la dirección del banco oficial compartirá, al menos, la convicción de que en épocas críticas el mantenimiento del descuento de las letras es más importante que el cumplimiento de los preceptos relativos a la cobertura metálica.

Seremos, sin duda alguna., consecuentes si, prosiguiendo el razonamiento sobre esta base, imponemos al Estado o a la central monetaria establecida por éste, el deber de crear dinero. El Estado debe cuidar de que existan signos monetarios, que puedan servir de legitimación de las contraprestaciones, en cuantía correspondiente al de las prestaciones de que aquéllas dimanan. Debe, pues, crear dinero nuevo cuando por el progreso de la vida económica aumente la producción; y en cambio, cuando decrezca la producción, deberá retirar signos monetarios. Y esta misión la cumple el Estado de hecho. Cuando asciende la coyuntura y crece la población, aumenta la circulación de billetes a consecuencia del gran número de descuentos de letras. En el caso contrario, los nuevos descuentos son sobrepujados por el pago al banco oficial, de las letras vencidas, y la circulación de billetes se limita. De esta manera el Estado, representado por el banco oficial y sus reglamentos, cumple su deber de crear o aniquilar dinero.

El deber del Estado de crear dinero nuevo surge, pues, con la necesidad de crédito que sienten los productores. Satisfaciéndola, cumple el Estado con su deber de crear dinero.

La creación de dinero, si ha de estar de acuerdo con la esencia de éste, no debe vincularse a ninguna formación de capital, como, por otra parte, no puede producirse para fines de formación de capitales, o, mejor dicho, de fingimiento de capitales. El concepto de dinero, en su pureza; nada tiene que ver con el capital (15).

 

§ 11.

 

Continuación: el dinero giral. - Hemos hallado, pues, en el billete de banco, cubierto por las letras sobre mercancías, el modelo del dinero clásico, en el cual se manifiesta el equilibrio entre la prestación y la contraprestación, entre la producción y el consumo, no influído por los azares de una arbitraria creación de dinero; del dinero clásico, es decir, de aquel que aparece y vuelve a desaparecer paralelamente al nacimiento y muerte de los objetos de consumo, y que, sin estar afectado por el valor del material que lo forma, realiza su función auxiliar, sin menoscabar por la influencia de su propio valor la proporción de valor entre los objetos dados y recibidos.

Al hablar de la letra sobre mercancías y de su importancia para la creación del dinero, hemos acentuado en el párrafo anterior, un poco parcialmente, el interés del productor. Apenas es necesario indicar que el comerciante tiene en ella un interés, enteramente análogo; el comerciante satisface al fabricante; pero, a veces, no recibe de los que a él le compran más que letras firmadas, en vez de dinero. Estas letras, como es natural, son exactamente iguales que las del productor. También puede ocurrir que la letra sea girada, no al que toma las mercancías, sino a un banco. En cambio, no son apropiadas para fundamentar la creación de dinero aquellas letras que no tienen por objeto un crédito de mercancías, sino de capital; es decir, las llamadas letras financieras de los banqueros, así como las letras que giran los fabricantes sobre casas de banca, para aumentar sus medios de explotación o para adquirir recursos con que ampliar sus edificios. Resulta esto de la diferencia fundamental que existe entre el crédito de capital y el derecho a crédito que tienen los productores, como más arriba hemos establecido.

Equivalente al dinero clásico, son los haberes en cuenta corriente creados por el banco oficial sobre la base de las letras descontadas. En vez de entregar al solicitante en billetes el importe de la letra sobre mercancía, descontada, lo incluye en su cuenta corriente, y el fabricante dispone de esta cantidad por medio de cheques o giros. En esta esfera entran en competencia con el banco oficial numerosos bancos particulares, que deben ser considerados igualmente como creadores de dinero giral. Las existencias de letras sobre mercancías que el banco privado puede presentar al banco oficial, y que ha adquirido de esa manera, puede siempre ser cambiada por dinero, y, por tanto, constituye una reserva de dinero para el caso de que le sean retirados los depósitos.

En el banco oficial los haberes en cuenta corriente acostumbran a disminuir cuando aumenta la circulación de billetes, y al contrario. Esta alternativa muestra la íntima conexión en que están los billetes y las cuentas corrientes. El banco oficial las reúne ambas bajo la expresión «obligaciones que vencen diariamente». Para nosotros ambas son manifestaciones del dinero clásico, en distintas formas. El dinero, en su camino trimestral del banco a la circulación y de la circulación al banco, aparece, según los círculos en que se presente, más o menos, en forma de billetes o de cuentas corrientes. De la transformación se encarga el banco automáticamente, por decirlo así.

 

§ 12.

 

El dinero sin cobertura en la concepción del tráfico. - La consideración teórica del dinero, incluyendo dentro de él los haberes en cuenta corriente, que -hacen las veces de dinero; la ampliación, por consiguiente, del concepto del dinero a todos los valores que la economía considera como dinero, está en oposición con el método usual que habla del dinero y sus «sucedáneos» y trata de deducir su naturaleza de los elementos en que se presenta. De donde resulta que, en Austria habría que fundamentar de un modo muy distinto el valor de veinte coronas, cuando se trata del billete de veinte coronas, que cuando se trata de la moneda oro de veinte coronas. Pero así como estas explicaciones artificiosas, e inexactas además, resultan extrañas e incomprensibles para el hombre sencillo que a diario tiene que manejar dinero, así también el método que aquí hemos seguido puede ostentar la pretensión de responder, no sólo a la naturaleza del funcionamiento económico, sino igualmente a las intuiciones de la vida. El que tiene una cuenta corriente y está habituado a disponer de su importe por cheques o giros, como dispone del dinero de su portamonedas, no comprenderá nunca que su cuenta corriente sea económicamente cosa distinta del dinero metálico. Claro está que, en primer término, para demostrar lo acertado de su manera de ver, dirá que el banco está dispuesto a abonarle en metálico, a petición suya, el importe de su cuenta. Pero aun cuando se le explique la incapacidad del banco para responder ni a una mínima parte de semejantes pretensiones, nó por eso se intranquilizará. Pues hasta los más reflexivos ven con indiferencia la falta de cobertura metálica. ¿Por qué? Porque a simple vista se ve que la máquina económica funciona perfectamente en tal situación, y entonces se piensa que todo debe estar bien arreglado, aunque no se acabe de entender el misterioso mecanismo. En una palabra: el público, o dicho más bellamente, el pueblo, reconoce como verdadero dinero los billetes y las cuentas corrientes, a pesar de la falta de cobertura.

Legos y legisladores se encuentran aquí, en el fondo, ante una alternativa clara; sólo que no quieren reconocerla. La cuestión es sencillamente ésta: o las letras sobre mercancías son apropiadas para servir de base al dinero clásico, y entonces lo son ilimitadamente, sin consideración a su cantidad y a la cobertura en oro que eventualmente puedan tener, o no lo son, y, en tal caso, hasta la más mínima emisión de billetes, a base de letras sobre mercancías, sin plena cobertura de oro, constituye un error de política monetaria, una creación de dinero falso, contra la cual tendrían razón de protestar enérgicamente los poseedores de dinero bueno.

Sabemos que la verdad está en la primera parte de la alternativa, y sabemos por qué. El legislador alemán no quiere tomar ninguna decisión. Pero en la práctica, la circulación sigue nuestra manera de ver, no consciente, pero sí intuitivamente.

Todo el mundo sabe por qué hay que defenderse contra los monederos falsos. Se les castiga con particular severidad, no por el engaño de que hacen víctima a los que toman sus productos falsificados, sino por el atentado que cometen contra la comunidad. Adquieren derecho a bienes dando por él dinero falso; dañan a los legítimos poseedores de dinero, a cuya disposición están exclusivamente las mercancías puestas a la venta; penetran, pues, como intrusos en su círculo.

Un Estado en quiebra, que paga sus deudas con cédulas de curso forzoso, actúa de hecho como un monedero falso. Los legítimos poseedores de dinero tienen que tolerar la intrusión de las gentes con dinero nuevo; las mercancías suben al olor de la demanda; los precios llegan a la mayor altura; disminuye el poder adquisitivo del dinero