PRESENCIA INSTITUCIONAL DE LAS FUERZAS ARMADAS EN PAÍSES DE AMÉRICA LATINA Y SU IMPACTO EN LA CALIDAD DE VIDA DE LA POBLACIÓN

José Leopoldo Montesino Jerez

I. CALIDAD DE VIDA DE LA POBLACIÓN

I.1 Generalidades y aspectos teóricos básicos


En el presente capítulo se examinan aspectos relevantes relacionados  con el concepto de calidad de vida, desde cuestiones de carácter general hasta temas más específicos como el rol que cumplen las Fuerzas Armadas en determinar el bienestar de la población y la eventual interrelación entre variables  que inciden en la calidad de vida del mundo civil. El interés del tema surge en respuesta a la necesidad de continuar y combinar una línea de investigación ya iniciada hace algunos años, sobre calidad de vida de la población en la Región Metropolitana de Santiago de Chile, con la creciente apertura de los institutos armados de Chile y otros países amigos a discutir temas nacionales e internacionales en conjunto con académicos de la propia civilidad. En este caso, se ampliará el estudio de la calidad de vida a la realidad que determinan las actividades de las Fuerzas Armadas en la civilidad de cuatro países de América Latina: Argentina, Colombia, Chile y Perú.
De acuerdo a lo anterior se plantea el presente estudio como parte de un nuevo paradigma, el enfoque de calidad de vida planteado por Amartya Sen y sus seguidores, que se caracteriza por un planteamiento multidimensional en el tratamiento de las variables que inciden finalmente en la calidad de vida. Con este enfoque en mente, este estudio constituye una instancia de carácter exploratorio y práctico a la vez, básicamente un diagnóstico y análisis sobre determinados aspectos puntuales que afectan el bienestar de la población, orientados en función del tratamiento que se recibe de la información sobre las Fuerzas Armadas de países latinoamericanos a través de la prensa escrita.
Si bien se reconoce que, en cierta medida, el solo uso de la prensa escrita como fuente documental prioritaria pueda parecer a los críticos como un tratamiento incompleto, no me ha sido posible extender el estudio más allá de este tipo de medio. Sin embargo, también es oportuno matizar lo anterior, pues el contra argumento es bastante claro: muchas de las noticias seleccionadas se repiten no sólo en los distintos periódicos, sino en otros medios como la radio y televisión. De este modo la opinión pública, respecto a muchas de las noticias que recibe diariamente, tiende a percibir en promedio el mismo tipo de información.
A manera de introducción respecto de lo que se pretende dar a entender con este enfoque, se puede elucubrar sobre las numerosísimas maneras en que el bienestar de una persona puede verse afectado: desde una bofetada que pueda recibir, justa o injusta, por alguna acción impropia efectuada por esa persona, hasta por actos o sucesos triviales, como escuchar un improperio lejano. Las sensaciones de agrado o desagrado pueden ser físicas, que incluyan el dolor físico o placer y también  de naturaleza mental. Por ejemplo una persona que escucha noticias en la radio o las ve por televisión, puede verse afectada en su ánimo interno por el tipo de noticia: agradable, entretenida, desagradable, aburrida. El efecto quizás sea mínimo, aquí no habría dolor o placer físico, sino una mera sensación interior de malestar o bienestar que durará pocos minutos. Más aún, algunos pocos individuos quizás sean más o menos insensibles y tal vez  reaccionen con absoluta indiferencia a lo que ven o escuchan.
Pensemos en una situación particular idealizada para el caso chileno. Al examinar la prensa podemos notar que la calidad de vida de las personas se ve afectada, no sólo por las cosas buenas o malas que hayan hecho las FF.AA. antes o después de ser leídas dichas noticias, sino por el contenido mismo de ellas. En Chile, quienes han sido partidarios del régimen militar del General Augusto Pinochet, tal vez sientan desagrado y hagan “zapping” cambiando de canal de televisión cada vez que aparece una noticia sobre derechos humanos. En el lado opuesto, quienes han sido opositores al fallecido general Pinochet es probable que en su intimidad sientan cierta “satisfacción” por una suerte de ansias de justicia, cada vez que se anuncia un nuevo juicio contra oficiales o ex oficiales del ejército chileno que se vieron envueltos en crímenes o hechos delictivos.
Algo parecido puede ocurrir –de manera inversa- respecto a familias enteras de militares o civiles muertos por atentados o que recibieron lesiones a consecuencia del accionar de grupos armados que han actuado en otros países de América Latina desde épocas pasadas. Este tipo de situaciones que afectan los estados de ánimo de las personas, producto de hechos lamentables relacionados con guerras civiles o conflictos similares, lamentablemente deja secuelas o heridas emocionales muy difíciles de sobrellevar. También en este caso debemos considerar la presencia de personas o familias que les es absolutamente indiferente este tipo de situaciones. 
Ahora bien, los casos o ejemplos anteriores  corresponden solamente a una parte de las numerosas situaciones de los efectos que pueden producir en distintos grupos de población las actividades que realizan las Fuerzas Armadas. En el mundo de hoy el rol de ellas ciertamente que es muy amplio, en constante evolución y cambio. De seguro en el futuro seguirá cambiando, sin dejar de reconocer que el estudio y revisión del pasado es un ejercicio necesario para establecer mejores políticas en el sector y que apunten a elevar el bienestar social.
A partir de un pasado incuestionable, en que las Fuerzas Armadas latinoamericanas han protagonizado numerosos hechos de sangre, se hace aún más indispensable que los cuerpos armados y las civilidades busquen puntos de convergencia definitiva en el más amplio sentido de la palabra, sin desconfianzas de ningún tipo y con claridad del camino futuro que les aguarda en el desarrollo de cada país. Este camino a recorrer debe tener no sólo el apoyo político necesario de rigor, sino el respaldo de la inmensa mayoría ciudadana, incluidas las familias afectadas de diferentes modos por temas de derechos humanos. Las Fuerzas Armadas latinoamericanas corresponden a instituciones de gran influencia en el quehacer cotidiano, no sólo por su enorme tamaño como organizaciones en sí, con cientos de miles de funcionarios que las sirven en amplias áreas de la economía y de la sociedad, sino que además por su condición de garantes de la paz y orden interno del poder político legítimamente constituido.
De este modo, los desgraciados hechos que han afectado los derechos humanos de diversos sectores de la población en el pasado, sólo constituyen una parte de la enorme trascendencia social del rol de las Fuerzas Armadas, tanto en Latinoamérica como en el mundo. Resulta casi evidente, además, que las Fuerzas Armadas y los sectores políticos pueden propiciar puntos de encuentro que faciliten el desarrollo de programas comunes de interés, entre sectores afectados por temas de derechos humanos, pero enfocando estos contactos a generar espacios de confianza cada vez más amplios entre ellos. 
En muchos lugares del mundo en que países vecinos, en algún momento, tuvieron serios problemas de carácter conflictivo, han ido mejorando sus relaciones y han orientado sus esfuerzos y recursos para el desarrollo hacia aspectos más propios del bienestar general, lo que en sí constituye el fin último de toda nación que se dice civilizada. En este escenario de carácter optimista, resulta claro que la orientación futura de las políticas de defensa quedará sujeta, en términos relativos pero crecientes, de “más mantequilla y menos cañones”.
La realidad mundial sigue siendo todavía bastante compleja en cuanto a la conflictividad entre naciones, lo que lamentablemente afecta muy negativamente la calidad de vida de las personas. Las imágenes e información de la de televisión sobre una relativamente reciente irrupción de tropas y tanques rusos en Georgia, con centenares de personas fallecidas, viviendas prácticamente demolidas y personas desconsoladas llorando su tragedia, nos entrega una voz de alarma en una época que, superada la llamada “guerra fría”, parecía haber dejado atrás este tipo de tensiones. Así, la presencia o sospecha de existencia de armas nucleares en países no democráticos, las tensiones por guerras civiles en África, en Oriente Medio y una serie de conflictos potenciales, que incluyen o se entremezclan con problemas de la droga a nivel mundial, es indudable que sugiere a las autoridades de ese tipo de realidades revisar políticas como “la misma cantidad de mantequilla y cañones” o simplemente, según las circunstancias, “menos mantequilla y más cañones”.
La definición que deben enfrentar las autoridades de nuestro continente con relación a lo anterior y pensando en las políticas de las defensas nacionales, involucra importantes decisiones de asignación de recursos que tienen un uso alternativo social bastante relevante. Una buena política de asignación, ciertamente, debe propiciar una mejor calidad de vida a la población, considerando los múltiples parámetros que es necesario evaluar  para tomar tales decisiones.
Un primer aspecto teórico básico que es necesario incorporar a la discusión sobre este tema, desde un comienzo, es la definición misma de calidad de vida. También se hace indispensable destacar el vínculo que existe entre dicho concepto y la participación de las Fuerzas Armadas, especialmente en realidades sociales como las de Latinoamérica.
La revisión de la amplia bibliografía que ya existe sobre el concepto de “calidad de vida”, nos lleva a concluir que es un término francamente difícil de definir, por no decir imposible. La calidad de vida, en mi opinión, representa más bien una idea sobre cómo es posible alcanzar mayores niveles de progreso, de bienestar en el más amplio sentido de la palabra. En cierto modo, la expresión calidad de vida es sinónima de desarrollo económico, pero un contexto más moderno, más propio del siglo XXI recién iniciado, en que la revolución verde o revolución ecológica de fines de los años 80, combinada con el creciente proceso de globalización mundial de los 90, han permitido que sociedades muy diferentes y distantes geográficamente entre sí, comiencen a mirarse, comunicarse y tratar de entenderse unas a otras en una nueva perspectiva.
La definición clásica de “desarrollo económico” es muy sencilla: es el crecimiento del Producto Nacional Bruto real per cápita (P.N.B.) o el ingreso durante un período determinado de tiempo, con incrementos continuos en la productividad per cápita. A pesar de que esta forma de entender e incluso medir el desarrollo de una nación es bastante útil y práctica a la vez, por relativa facilidad que existe en muchos países para disponer de datos estadísticos de producción agregada, presenta una serie de limitaciones.1
La definición nada dice de la distribución del ingreso, de los errores que se cometen al estimar las estadísticas, de los costos no deseados que provocan la contaminación industrial en ciudades, ríos y atmósfera, de los beneficios que reportan las actividades de ocio y tiempo libre, de la pérdida de tiempo que provocan los atochamientos del transporte  en calles de la ciudad ni tampoco del malestar e indignación que sufren los ciudadanos cuando sus casas son saqueadas por ladrones organizados en mafias que constituyen lo que se ha dado en llamar una verdadera industria del robo. Lo anterior lo han hecho notar los destacados economistas Samuelson y Nordhaus:

“Los defensores del sistema económico y social existente a menudo sostienen que la libre empresa ha permitido que la producción real experimentara un crecimiento nunca visto en la historia del hombre. “Mirad -dicen los admiradores de las economías de mercado-, como ha crecido nuestro PIB”. Pero la utilización de estos indicadores ha suscitado una reacción. Los críticos se quejan de que éste representa el excesivo materialismo de una sociedad dedicada a la producción interminable de bienes inútiles. Como dijo en una ocasión un disidente, “no me hable de producción y dólares, del producto interior bruto. Para mí, PIB significa polución interna bruta”.” “¿Qué pensar? ¿No es cierto que el PIB incluye las compras de bombas y misiles de parte del Estado, así como los salarios que paga a los funcionarios de prisiones? ¿No se incrementan las ventas de alarmas antirrobo cuando aumenta la delincuencia, lo que eleva el PIB? ¿O se traduce la tala de irremplazables secuoyas en una producción positiva de la contabilidad nacional? ¿Hace la economía moderna un fetiche de la cantidad a expensas de la calidad de vida?”. “En los últimos años, los economistas han comenzado a desarrollar una “contabilidad nacional ampliada” que corrige los principales defectos de las cifras oficiales del PIB y refleja mejor los productos de la economía que reportan una verdadera satisfacción.” 2
Una nueva concepción que aparece en la literatura económica, que intenta de algún modo incluir las cuestiones antes descritas y mejorar el tradicional P.N.B. (o el P.I.B.) como indicador de desarrollo económico es el denominado “Bienestar Económico Neto” (B.E.N.), que es un indicador ajustado de la producción nacional total que comprende exclusivamente elementos del consumo e inversión que aportan directamente al bienestar económico. El B.E.N. es equivalente al P.N.B. más el valor de la satisfacción que reportan las actividades de ocio y recreativas, más el valor de los bienes y servicios que no son vendidos o producidos en el mercado (como hacer comidas, cultivar tomates en el jardín o educar a los hijos en la propia casa), más el valor que reportan algunas actividades sumergidas o ilegales en que se busca evadir impuestos, más (menos) los beneficios (costos) provocados por externalidades positivas (negativas). Estas últimas son las que deterioran el medio ambiente.3
Este reconocimiento de los expertos en economía sobre las dificultades que encierra la utilización del P.N.B. como indicador de desarrollo económico, así como sus comentarios respecto a maneras alternativas de mejorarlo, es que obliga al investigador  examinar un conjunto importante de temas relacionados con el bienestar social, si es que desea comprender la evolución en el tiempo de tal progreso.
 Los datos para estimar el B.E.N. en Chile y en el mundo todavía no están disponibles, al menos con un grado de confianza mínimo, de manera estandarizada y para diversos países. La llamada “Contabilidad Verde” recién ha iniciado sus primeros avances en el tema a partir del año 1994, específicamente gracias a los esfuerzos del Departamento de Comercio de Estados Unidos. Sus analistas han diseñado nuevos métodos que buscan estimar la contribución de los recursos naturales y del medio ambiente a la renta de un país, comenzando por el aporte de activos que existen en el subsuelo, como petróleo, gas y carbón. Los primeros resultados de la medición comparada entre el valor que reportan los nuevos descubrimientos de recursos naturales y el gasto, consumo o agotamiento de recursos por extracción, han mostrado que ambos tipos de actividad parecen anularse mutuamente. Un cálculo grueso ha señalado que el efecto neto de los descubrimientos como de los agotamientos entre 1958 y 1991 osciló entre -2.000 millones y +1.000 millones de dólares, según el método, lo que debe compararse con un PIB medio de 3,5 billones de dólares alcanzado en el mismo período y a precios de 1987.4
El cálculo a futuro de partidas que incluyan los ítemes que tanto subestiman como sobreestiman el P.N.B. en la contabilidad nacional, contribuirá enormemente a mejorar el sentido de este indicador en relación con la verdadera noción de desarrollo. Sin embargo, por ahora los economistas investigadores estamos obligados a incorporar separadamente varios temas no contemplados en la medición del P.N.B.  (en la práctica se mide el Producto Interno Bruto, P.I.B.), a través de referencias sobre actividades informales, destrucción de fauna, polución ambiental, etc., siendo que nuestro interés es efectuar análisis sobre el progreso nacional en el más amplio sentido de la palabra.
Ha sido justamente en un trabajo anterior que  me he referido a grupos importantes de materias relacionadas con el concepto de desarrollo económico, para el caso de la Región Metropolitana de Santiago de Chile. En mi opinión es más conveniente utilizar la expresión “calidad de vida” para comprender de mejor manera el verdadero estado de progreso de una nación. Empero, dicho término debe ser entendido también como alternativo a “desarrollo económico”, junto al indicador tradicional del P.I.B., pero al cual se debe agregar ajustes por todo lo referente a: el entorno natural en las ciudades; la contaminación hídrica de mares y lagos; la desaparición sistemática de especies vegetales; el maltrato a los animales; el uso del tiempo libre; el derecho a disfrutar de la cultura y recreación; obtener una buena educación; vivir en una casa sólida y digna, ser transportado en buses decentes, contar con seguridad ante la delincuencia, resolver problemas de alcoholismo; acabar con el abandono o el maltrato a niños y mujeres; evitar la xenofobia; mejorar la tolerancia no sólo en lo relativo a grupos étnicos u homosexuales, sino también la tolerancia política, saber actuar frente a discapacitados o deficientes mentales, etc.5
La expresión “calidad de vida” parece haberse extendido mucho más ampliamente en la literatura de los últimos años, en referencia al bienestar que la gente obtiene a partir de las distintas actividades que efectúa cotidianamente. 
Un interesante aporte a la discusión sobre el tema se debe al profesor Luis Razeto, quien se ha referido ampliamente el verdadero sentido del desarrollo económico, planteando de paso la necesidad de establecer un nuevo paradigma que nos permita comprender en mejor forma qué se entiende por “calidad de vida” y cómo es posible alcanzar lo que él denomina “el perfeccionamiento de la economía en el tiempo”.
Este autor nos advierte de una eventual crisis del desarrollo, un estado de cosas en que la expansión de la economía mundial se superpone a procesos y hechos concretos de gran impacto en el bienestar social: (a) incremento de la pobreza, entendida de modo convencional, con insatisfacción de necesidades básicas y carencia de lo mínimo necesario para que las familias lleven una vida digna; (b) desigualdades económicas y desintegración del orden social, agravadas desde hace varias décadas -en países en desarrollo- porque la tasa de crecimiento del empleo  ha sido más o menos la mitad que la de la producción; (c) aumento de la delincuencia e inseguridad ciudadana, tanto en países pobres como ricos y debido a que los Estados reprimen, participan en guerras, se han generado nuevas tensiones étnicas y sociales, han surgido pandillas y mafias que roban o matan a ciudadanos pacíficos, maltratan mujeres e inducen el consumo de estupefacientes; (d)  deterioro del medio ambiente y desequilibrios ecológicos, en que la industrialización intensiva y el rápido incremento de la población han ejercido una fuerte presión sobre los recursos naturales, con pérdidas anuales de entre 8 y 10 millones de acres de bosques, disminución del abastecimiento de agua per capita y desertificación de enormes cantidades de tierra productiva. 6
Según el mismo autor, Luis Razeto, definir calidad de vida y disponer de indicadores apropiados para evaluarla es una tarea compleja. Aún así, piensa que es posible hacer referencia a la evolución de determinadas variables intuitivas que, en conjunto, permiten averiguar lo que está sucediendo:

“La calidad de vida, experimentada subjetivamente por las personas, depende de las condiciones objetivas en que la vida personal y social se desenvuelve, y se manifiesta en los niveles y formas que satisfacen las necesidades, aspiraciones y deseos de la gente, a partir de las más fundamentales: alimentación, vivienda, salud, educación, convivencia, recreación, participación social, etc. En este sentido, lo que se constata actualmente es que, para la inmensa mayoría de la población mundial y no obstante los adelantos tecnológicos de todo tipo, los problemas alimentarios se agudizan, la habitabilidad de los grandes centros urbanos se deteriora, surgen enfermedades nuevas y reaparecen otras que parecían dominadas hace tiempo, la convivencia social se hace más insatisfactoria, la participación social se debilita, el stress, la depresión psicológica, las anomias y otras debilidades psicológicas se agudizan, y cada vez son más las personas que declaran su insatisfacción personal y que no esperan del futuro un mejoramiento real de sus vidas. Lo interesante y dramático a la vez, reside en el hecho paradojal que hemos llegado a un punto en que lo (que) se entiende por desarrollo parece ser el responsable directo de tal deterioro tendencial”. 7
Un estudio preparado por el “World Institute for Development Economics Research” (WIDER), de la United Nations University, bajo la conducción de Martha C. Nussbaum y Amartya Sen (Premio Nobel de Economía en el año 1998), ha demostrado el carácter multidisciplinario que adquiere la expresión “calidad de vida”. En varios trabajos que han aportado un grupo de intelectuales de prestigio internacional, se discuten aspectos teóricos y prácticos que envuelve este término, bajo el prisma que representa una visión proveniente de la filosofía, la economía, la sociología y la medicina. Tal como lo adelanta Lal Jayawardena, director del WIDER, a nivel global se ha criticado la única medida simple que representa el ingreso per cápita como referente, siendo necesario incorporar no sólo la distribución de la riqueza y el ingreso, sino también un conjunto de indicadores que evalúen otras áreas de las actividades humanas para determinar cómo les va a las personas.8
Al establecer algunas ideas básicas para comprender la noción de “calidad de vida”, Martha C. Nussbaum y Amartya Sen se refieren a cuestiones que, para algunos, pueden constituir aspectos muy sutiles, pero que en estricto rigor también es necesario tenerlas en cuenta. Por ejemplo determinar si los trabajadores disfrutan de un trabajo digno; o si los ciudadanos poseen suficiente libertad para conducir sus relaciones personales y sociales; o saber cómo están estructuradas las relaciones familiares y entre géneros, de la forma en que éstas promueven -o dificultan- otros aspectos de las actividades humanas. Agregan que es indispensable averiguar en qué forma la sociedad posibilita a la gente imaginar, maravillarse, sentir emociones como el amor o la gratitud. Los mismos autores intuyen, además, que estos y otros aspectos de la complejidad humana probablemente se han estado debatiendo en campos aislados del quehacer científico y profesional, lo que ha redundado en un escaso flujo comunicativo entre distintos especialistas que trabajan en áreas del bienestar humano. 9
Un paradigma más reciente, respecto a la idea de “calidad de vida”, ha sido desarrollado por el recién mencionado y distinguido economista indio, Amartya Kumar Sen, Premio Nobel de Economía 1998. Creo conveniente referirme al aporte de este intelectual con cierto detalle, dada la importancia que ha adquirido su pensamiento en los medios académicos de todo el mundo.
Sen ha destacado la fuerte asociación que existe entre los conceptos de calidad y bienestar que pueden alcanzar los individuos, estableciendo las bases para un enfoque teórico sobre calidad de vida más amplio que los utilizados hasta ahora. La palabra capacidad, en el lenguaje de Sen, se refiere a la ventaja que puede tener una persona para efectuar actos valiosos. En su terminología, los funcionamientos corresponden a partes del estado de una persona, en particular aquello con lo cual logra hacer o ser al vivir. La capacidad de un individuo muestra combinaciones alternativas de estos funcionamientos que puede alcanzar, por lo que la “calidad de vida” debe ser evaluada en términos de la capacidad para alcanzar funcionamientos valiosos. 10
Sen da ejemplos de estas ideas expresando que determinados funcionamientos son muy elementales, como estar bien nutrido, poseer buena salud, etc., y a los cuales se les puede dar (aplicar) evaluaciones (ponderaciones) altas por razones evidentes. Añade que en algunos tipos de análisis social, en que tratamos con la pobreza extrema en economías en desarrollo, se puede avanzar mucho en su comprensión al considerar un número relativamente pequeño de funcionamientos, como la habilidad para estar nutrido en forma adecuada, tener buena vivienda, posibilidades de escapar de la morbilidad y de la mortalidad prematura. En otros tipos de contexto, deja claro que la lista de funcionamientos puede ser mucho más larga.11
En el mismo artículo anterior, Sen se refiere a los denominados “objetos-valor” y “espacios evaluativos”. Respecto a los primeros, los define como aquellos que tienen ponderaciones positivas y que generan lo que él llama “jerarquía de dominio” (es decir un parámetro para poder comparar si la acción “x“ es por lo menos tan alta como la acción “y”). En relación con los segundos, señala que se requiere de un ejercicio de evaluación adicional en que el espacio de análisis tendría bastante poder reductor (sic) (de síntesis) en sí mismo, tanto por lo que incluye como potencialmente valioso como por lo que excluye. El autor ejemplifica aquí algo medular: debido a la naturaleza del espacio evaluativo, el enfoque sobre la capacidad es diferente al de la evaluación utilitarista, porque deja lugar a una serie de actos y estados humanos como importantes en sí mismos y no sólo porque pueden generar utilidad. Más aún, deja espacio para evaluar varios tipos de libertades, en términos de capacidades.12
Otro aspecto relacionado con el concepto de calidad de vida, y que Sen reconoce como un asunto complejo, es la interpretación del concepto de libertad. Señala que (establecer) las metas sociales, por ejemplo, al no estar unidas necesariamente con la propia individualidad, parecen poner un obstáculo al momento de las interpretaciones. Las comparaciones de libertad provocarían problemas de evaluación, si es que se considera el rango de elecciones que una persona común pueda tener. Sen se pregunta: ¿Cómo podemos juzgar qué tan bueno es un rango de elección independientemente de -o antes de- considerar la naturaleza de las alternativas que constituyen un rango?. Al responder a esto, el autor aclara que es posible efectuar ciertas comparaciones en términos de incorporación de conjuntos, e incluso afirmar que reducir el menú de opciones a elegir no aumentará necesariamente la libertad de un individuo. Según esto, resulta bastante extraño concluir que la libertad de una persona no es menor cuando tiene que elegir entre tres opciones que puede calificar como “mala”, “horrorosa” y “espantosa”, que cuando puede elegir entre tres opciones consideradas como “buena”, “excelente” y “soberbia”.13
En su enfoque, Sen explica también que aún cuando la identificación de los objetos-valor y la especificación de un espacio evaluativo requiere de normas, la naturaleza de éstas dependerá de cuál es el propósito de la evaluación a realizar. Si deseamos estudiar el bienestar, los resultados pueden ser distintos a los de juzgar logros en términos de metas generales de un individuo. Esto es así pues una persona puede tener objetivos totalmente distintos a los de obtener su propio bienestar. Afirma entonces que la libertad alcanzable puede ser incluso mayor, pero con el sorprendente resultado de haber logrado menos. Así, desde el punto de vista del interés evaluativo aparecen cuatro nociones en relación con la idea de ventaja humana (progreso humano): (a) logro de bienestar; (b) logro de agencia; (c) libertad de bienestar  y (d) libertad de agencia. Al definir estos conceptos, en mi opinión, Sen rompe el enfoque tradicional fundamentado exclusivamente en el supuesto de la racionalidad humana, utilizado ampliamente en la teoría del bienestar. El ejemplo siguiente lo aclara:

“Por ejemplo, al determinar si una persona sufre privaciones de una manera que requiere asistencia de otros o del Estado, puede argumentarse que el bienestar de ésta posiblemente sea más importante que su éxito como agente (pongamos este por caso: el Estado podría tener una mejor base al ofrecer apoyo a una persona para superar el hambre o las enfermedades que para ayudarla a construir un monumento a un héroe, aunque dicha persona de más importancia al monumento que a la eliminación del hambre o la enfermedad). Además, para los ciudadanos adultos, la libertad de bienestar puede ser, en este contexto, más importante para la política del Estado que el logro de bienestar (por ejemplo el Estado podría tener razón al ofrecer a una persona oportunidades adecuadas para superar el hambre, pero no para insistir en que debe aceptar esa oferta y dejar de tener hambre)”.14
Por otra parte, Sen plantea la posibilidad de que el bienestar sea evaluado en función del estado de ser de una persona (su propia felicidad), o bien desde el punto de vista de la contribución que esta persona pueda hacer al resto de la sociedad,  coincidiendo de esta manera con las metas generales de la agencia. Por ello, el bienestar de un sujeto puede comprender además la “preocupación por otros”, pues hacer el bien puede permitir que una persona se sienta contenta o realizada y que estos sean logros importantes de funcionamiento. Es de interés la alusión que Sen efectúa en este punto sobre el pensador clásico Adam Smith, al referirse a determinados funcionamientos relevantes para el bienestar. Estos van desde aquellos de carácter elemental, como alimentación, hasta más complejos como alcanzar el auto-respeto, participar en la vida de comunidad y hablar en público sin timidez.15
Al preguntarse sobre el uso de las capacidades en su enfoque y no sólo los logros, Sen se concentra en explicar su propuesta teórica alternativa para evaluar la calidad de vida a través de la capacidad definida como un subconjunto de funcionamientos. Tales funcionamientos están a su vez constituidos por n-tuples (vectores) que combinan “quehaceres” y “seres” de cada persona. De este modo, el nuevo enfoque es mucho más general y apropiado, a pesar de una serie de complejidades que presenta, por cuanto incluso permite evaluaciones parciales o particulares en las cuales, por ejemplo, ninguna noción del tipo de libertad influye en un logro determinado y relacionado con dicha capacidad. Más aún, al procedimiento de igualar el valor de capacidad con “uno” de los elementos (un n-tuple o vector en particular) de ese conjunto, se le ha denominado “evaluación elemental”.  Con esto, se admitirían casos de funcionamiento bastante refinados (sutiles), como por ejemplo el de una persona que decide ayunar, por lo que pasará hambre. Esta situación ocurriría debido a que ella rechaza la opción de comer voluntariamente, lo que debe ser considerado en ciertos contextos sociales en que la preocupación es la de eliminar el hambre.16
Dan Brock, profesor de filosofía y valores humanos en medicina de la Brown University, se ha referido a medidas de calidad de vida en el cuidado de la salud y ética médica. Brock señala que, en buena parte de los estudios filosóficos sobre las teorías del bien para las personas o sobre una buena vida, es posible distinguir tres tipos de teorías:
(a) Las de carácter “hedonista”, que han tenido por objeto desarrollar un concepto de “utilidad” aplicado a asuntos morales que generan ciertas consecuencias. Es frecuente en este tipo de teorías considerar que el bien último de la gente es alcanzar ciertas experiencias conscientes, como placer, felicidad o disfrute de ciertos deseos. De este modo, hechos como de tener pulmones sanos, estudiar filosofía o jugar pimpón sólo serían parte de la buena vida, en la medida que producen una experiencia consciente valiosa; (b) Las denominadas de “satisfacción de preferencias”, que consideran a la buena vida como aquella en que satisface de hecho los deseos o preferencias de las personas.  Así, el deseo de una persona de estar en San Felipe de Aconcagua, el día domingo próximo en la mañana, se satisface plenamente en la medida que la persona efectivamente concurra a aquella ciudad. Sin embargo, el deseo de que nuestros tataranietos estudien, se titulen de profesionales y tengan vidas largas, tal vez sólo se cumpla después de que ocurra nuestra muerte; (c) Un tercer grupo de teorías, la de “ideales para una buena vida”, establece que al menos una parte del bienestar consiste en algo diferente de cualquier experiencia consciente, específicamente en la realización de determinados ideales. Por ejemplo, algunos han afirmado que un elemento que define una buena vida o un mejor bienestar es ser independiente. En la realidad, empero, una persona independiente perfectamente se puede considerar muy infeliz.17
Dan Brock concuerda con Amartya Sen en el sentido de que las tres teorías sobre la buena vida, antes descritas, pueden representar sus componentes de manera independiente en forma de vectores o pueden subdividirse en vectores distintos dentro de cada componente. De este modo, el enfoque de los vectores (de capacidades de Sen) aporta en forma natural la posibilidad de dos sentidos en la comparación parcial de la calidad de diferentes vidas. Según Brock, en el caso de un solo individuo, las vidas alternativas que puede lograr deben ser comparables en función de cada vector para cada una de las vidas, mediante un indicador que señale mayor o menor valor. En cambio, cuando se trata de dos personas, es necesario que exista algún modo de comparación aunque sea parcial de sus vidas, ya sea comparando vectores comunes o cambios en elementos de ellos que apuntan a mejorar su buena vida.18
La medicina y la salud de la gente permiten la aplicación de estas medidas realizadas a través de vectores independientes, según la propuesta de Sen relativa a el papel de la agencia y las capacidades. Más aún, Brock afirma que es oportuno distinguir entre lo importante que puede ser un rasgo o condición particular, un vector específico, en comparación con lo que él denomina “importancia moral más amplia”. Esta idea la aclara con el siguiente ejemplo:
“Un sencillo ejemplo bastará. Una condición que puede contribuir a la calidad o a la buena vida de una persona consiste en su movilidad física. Quizás sea posible especificar aproximadamente un nivel normal de movilidad física para personas de edad similar en una etapa histórica particular, y luego especificar niveles aproximados de movilidad, digamos 25% por debajo y 25% por encima de la norma, tales que el efecto sobre la calidad de vida de una persona al pasar del 25% por debajo de la norma a ésta, es cuantitativamente más o menos el mismo de pasar de la norma al 25% por encima de ella. Aunque el grado de importancia de los dos cambios sobre la calidad o buena vida de una persona puede ser aproximadamente el mismo, es posible, a pesar de todo, afirmar consistentemente que estos dos efectos comparables sobre la calidad de vida de la persona tienen diferente importancia o prioridad moral.  Por ejemplo, puede sostenerse que, basados en la igualdad de oportunidades, hacer que la movilidad de una persona pase al 25% inferior hasta la norma tiene una mayor prioridad moral que aumentar su movilidad desde la norma hasta el 15% por encima de ella. El punto general es que los aspectos de la calidad de vida de una persona pueden desempeñar un papel no sólo en los juicios sobre ella o acerca de qué tan buena es la vida que lleva, sino también en otros juicios políticos y morales distintos, o en la aplicación de principios morales independientes, por ejemplo, un principio de oportunidad igual.”19
Otro tema de interés que discute Brock se refiere a que, en especial en los países desarrollados, la medicina ha aumentado las posibilidades de vida a muchos pacientes que sufren enfermedades, pero que pueden recibir tratamientos alternativos. Esta situación ha llevado a que se extienda la vida de los enfermos, pero en ocasiones bajo circunstancias en que el mayor beneficio del paciente es dudoso, o por decir lo menos, problemático. En el caso de Estados Unidos, esto ha llevado a que los pacientes ejerzan presión para que, a través de diferentes mecanismos, tengan el control de las decisiones sobre sus tratamientos. Se habla así de pacientes “competentes”, los cuales si tienen el derecho a decidir sobre su cuidado, en opinión compartida con su médico, pero con la posibilidad de rechazar cualquier tratamiento que se les ofrezca. Por otra parte, con respecto al paciente definido como “incompetente”, el consenso es que la persona responsable de éste tiene el mismo derecho, incluso de rechazar algún tipo de cuidado que el paciente no hubiese aceptado.20
Otro debate de interés, desde el punto de vista de la calidad de vida en materia de salud y que ha sido ampliamente discutido también en Estados Unidos, se refiere al tratamiento de los recién nacidos con enfermedades críticas. El teólogo moral Richard McCormack, ha sostenido que la vida de un recién nacido es un valor que debe ser preservado sólo si el pequeño tiene algún potencial para desarrollar relaciones humanas con un significado mínimo. Los recién nacidos sin cerebro, por ejemplo, no poseen esa posibilidad, mientras que aquellos que sufren del síndrome de Down o de espina bífida, definen situaciones distintas. 21
Por otra parte, Nancy Rhoden ha propuesto ciertas líneas de acción, en lo referente a tratamientos para mantener con vida a los recién nacidos. En su opinión, el tratamiento agresivo no es obligatorio si es que el bebé: (a) está en proceso de muerte; (b) nunca estará consciente; (c) sufrirá constantemente dolor; (d) solamente es capaz de vivir gracias a una tecnología avanzada, muy restrictiva y que será permanente; (e) no pueda sobrevivir a la infancia y (f) no logra interactuar con humanos debido a un retardo muy profundo.22
En lo referente a medidas sobre calidad de vida para grupos grandes de población, en el área de la salud, los primeros indicadores conocidos se concentraron en las tasas de expectativas de vida, morbilidad y mortalidad en diferentes poblaciones y sociedades. Según Dan Brock, las estadísticas de estas variables han indicado una gran diversidad y han permitido diferenciar  entre países más o menos avanzados, a través del tiempo. Sin embargo, en la actualidad han sido cuestionadas en el sentido de que, para ciertos propósitos, constituyen  indicadores demasiado generales. De este modo han aparecido nuevos métodos en la medición de la calidad de vida: (a) el llamado “Perfil del Efecto de la Enfermedad” (PEE), diseñado por  Marilyn Bergner y sus colegas, cuyo objetivo es cuantificar el efecto de múltiples formas de mala salud sobre la vida de las personas (estar sentado gran parte del día, no comer, no efectuar trabajos hogareños, divertirse menos, necesidad de que me bañe otra persona, etc.); (b) el “Indice de Calidad de Vida” (ICV), elaborado por Walter O. Spitzer junto a su equipo, orientado a medir la calidad de vida de los pacientes que sufren cáncer, a través de un sistema de puntaje que abarca aspectos como actividad (trabajar o estudiar), vida diaria (bastarse a si mismo, requerir asistencia), salud (como se ha sentido), apoyo (relaciones con otros, familia, amigos) y perspectiva (optimismo, confusión, temores); (c) el “Indice de Condición de salud” (ICS), diseñado por Milton Chen, S. Fanshel y otros, el cual estima los niveles de funciones de acuerdo a determinadas dimensiones (movilidad, según capacidad de viajar libremente, con dificultad, etc.; actividad física, caminar con facilidad, limitaciones, en silla de ruedas, etc. y actividad social, participar en clubes, Iglesia, desarrollar o no aficiones, etc.).23
Una dimensión que ha sido poco considerada en el campo de la teoría del bienestar, ha sido el enfoque del fomento de las virtudes del hombre. Esta temática, que ha encontrado una discusión profunda en la filosofía aristotélica, coincide en alguna medida con los componentes de calidad de vida propuestos más recientemente por Manfred Max Neef en una matriz de necesidades y satisfactores: por ejemplo a la necesidad de “protección”, el modo de experiencia “hacer” se traduce en cooperar, prevenir, planificar, ocuparse de curar, ayudar; a la necesidad de “participación”, el modo de experiencia “ser” le asigna los valores de adaptabilidad, receptividad, solidaridad, disposición, decisión, dedicación, respeto, pasión y sentido del humor.24
Según Martha Nussbaum, profesora de filosofía, clásicos y literatura comparada, el concepto de virtud ha estado atrayendo un creciente interés en el debate relacionado con temas que afectan la experiencia humana cotidiana. En un artículo sobre el grado de relatividad que puede alcanzar la noción de virtud, destaca su posición a partir de tres citas que llevan de inmediato a la reflexión:

“(1) “Todos los griegos acostumbraban a ir armados con espadas” (Tucídides, Historia del Peloponeso).
(2) “Se puede decir que las costumbres de los tiempos antiguos eran muy sencillas y bárbaras. Porque los griegos acostumbraban a ir armados con espadas; y tenían por costumbre comprar sus esposas el uno del otro; y ciertamente hay otras antiguas costumbres que son muy estúpidas. (Por ejemplo, en Cyme hay una ley sobre los homicidios, que si un hombre, al hacer una acusación puede presentar cierto número de testigos de entre sus propios conocidos o parientes, el acusado será convicto automáticamente por asesinato). En general, todos los seres humanos buscan no la forma en que vivían sus ancestros, sino el bien”  (Aristóteles, Política, 1268a, pp. 39 ss.).
(3) “Uno puede también observar que en sus viajes a países lejanos, los sentimientos de reconocimiento y afiliación que relacionan a cada ser humano con los demás seres humanos” (Aristóteles, Etica a Nicómano, 1155a, pp. 21-22.).” 25
Martha Nussbaum explica que algunos pensadores modernos partidarios de un enfoque ético basado en las virtudes se manifiestan en favor del relativismo, en el sentido de aceptar que los únicos criterios adecuados para definir un bien ético son los locales, internos a las tradiciones y costumbres de cada sociedad. Algunos especialistas como Alasdair MacInttyre, Bernard Williams y Philippa Foot han expresado que el rechazo a concepciones generales y reglas abstractas sobre qué es y qué no es una “buena vida”, basada en modos específicos de una acción virtuosa, se relaciona con la falta de consenso en torno a definir una norma única de cómo mejora la vida para todos los seres humanos. De esta manera, se fundamenta un tipo de normas cuya caracterización y utilización son de carácter local.26  
La defensa del enfoque aristotélico que sostiene M. Nussbaum sobre la virtud, tendría la particularidad de que permite conjugar cuestiones generales o universales, válidas en un amplio espectro del comportamiento humano y a diferencia de la posición relativista. Un ejemplo de ello sería la hospitalidad que brindan los anfitriones de un grupo de amigos tanto en Londres como en Atenas que, a pesar de sobrellevar costumbres y particularidades distintas mientras dura la recepción, comparten una serie de criterios aristotélicos de amistad en relación con el hecho de disfrutar momentos juntos.27
Otro ejemplo aportado por esta misma autora, sobre la coordinación que puede ser alcanzada entre la aplicación del enfoque aristotélico y los rasgos locales, trata sobre los esfuerzos de las autoridades de Bangladesh por aumentar la tasa de alfabetización femenina en ciertas áreas campesinas.  En este caso el gobierno siguió un enfoque aristotélico, general, fundamentado en que el progreso y bienestar de las mujeres dependía de un mayor nivel de educación: es así como el Estado aportó un programa y materiales. El resultado fue una especie de rechazo de parte de las eventuales beneficiadas que no comprendían la utilidad del mismo. ¿Fue un fracaso el programa? Según Nussbaum, no. Una vez que se detectó que la falta de cooperación entre las participantes y la necesidad de que otras mujeres de su etnia, que conocían y confiaban en las ventajas del proyecto, se las enseñaran bajo su propia modalidad o sistema de vida local, el éxito se alcanzó rápidamente. Así, el enfoque aristotélico sobre las virtudes, al estar acompañado de un complemento adecuado de la realidad particular, posibilitó alcanzar metas importantes respecto a elevar el nivel de vida en aquellos lugares. 28
Christopher Bliss, profesor adjunto de la cátedra Nuffield de economía internacional de la Universidad de Oxford, Inglaterra, se ha referido a otros dos conceptos relacionados: el estándar de vida y el estilo de vida. Sobre lo primero, nos que recuerda la definición de A.C. Pigou sobre bienestar económico: “la parte del bienestar social que puede relacionarse directa o indirectamente con la escala de medición monetaria”, conlleva enormes dificultades en la aplicación práctica respecto al significado del término estándar de vida. Pigou estuvo por la definición mencionada debido a que nunca pensó en la correlación entre su escala de medición monetaria y determinadas situaciones relacionadas con el bienestar difícilmente valuables. C. Bliss pone de ejemplo imaginario el caso de un hombre saludable que acepta le amputen la pierna a cambio de un millón de dólares, situación en la cual claramente observamos que el estándar de vida de esa persona probablemente aumentaría, en términos de que sus problemas de alimentación, vivienda, etc. quedan resueltos, al contrario de aquellos asociados con la salud y felicidad de un hombre realmente sano. 29
Sin embargo, C. Bliss también reconoce la posibilidad de un punto de vista distinto, esta vez propuesto por A. Sen, quien piensa que el estándar de vida debe incluir todos los aspectos de la calidad de vida. El ejemplo aquí es el siguiente: un individuo rico que padece de una enfermedad incurable frente a un pueblo pobre, que padece de enfermedades endémicas. En relación con lo primero, la mala salud se puede considerar como algo más bien accidental, lo que obliga a excluirla de la idea de estándar de vida. Con respecto a lo segundo, la presencia de enfermedades endémicas puede deberse a falta de recursos materiales, por lo que deben ser consideradas como parte de su estándar de vida.30
El concepto de estilo de vida esbozado por C. Bliss surge después de una serie de reflexiones en torno al concepto de preferencias o gustos de un consumidor incluidos en la teoría clásica del bienestar. En general la relajación de algunos supuestos establecidos en dicha teoría, o algunas consideraciones como el que una buena medida del estándar de vida  no sólo se relaciona con las preferencias establecidas por los propios actores (consumidores), sino considerando la opinión de los demás, o la presencia de incertidumbre al momento de elegir, o cuando la equidad se define como ausencia de envidia para definir un estándar de vida semejante o, incluso, la existencia de arrepentimiento después de haberse efectuado una elección, son elementos que conducen a discernir sobre lo que Bliss denomina el estilo de vida. 31
Aunque este término no parece preciso, pensando nuevamente en la teoría clásica del consumidor, pues cada estilo de vida obliga a seleccionar una determinada canasta de bienes de consumo, así como las preferencias, algunos ejemplos aclaran su significado. El estilo de vida de un hippie, por ejemplo, nos muestra un individuo despreocupado de preferencias adquisitivas, pero orientado a una selección de satisfacciones alejadas de una vida de trabajo y relacionadas con sentimientos personales. Un estilo de vida puede ser patriarcal, nómade, urbano, consumista, etc. y resulta cambiante en la medida de que tanto los precios y disponibilidades de recursos en el medio varíe. De este modo una familia puede decidir emigrar desde el campo a la ciudad, transformando su estilo de vida, en búsqueda de una mejor calidad de vida.32
El concepto de calidad de vida también ha alcanzado un particular interés en otros autores que han desarrollado estudios relacionados básicamente con el área de la salud, ya sea psicológica o física. La lectura de algunos de estos trabajos nos lleva a pensar que estamos en presencia de un nuevo enfoque en el diagnóstico y atención  de pacientes ante los nuevos avances y métodos de análisis que se han producido en sus campos respectivos. En el campo de la psicología económica el término “calidad de vida”  presenta ciertas dificultades de definición pues,  aún cuando contiene elementos o características positivas, identificables y/o medibles, mantiene un significado encubierto y hasta cierto punto nebuloso.
Los primeros estudios empíricos en torno a este concepto se deberían a E. L. Torndhike, en un libro titulado Your City y publicado en 1939, año a partir del cual la investigación en torno al tema derivó a una medición del bienestar nacional principalmente a través del sistema de cuentas nacionales, en desmedro de otros indicadores considerados entonces secundarios y de menor importancia relativa. 33
La medición de la “calidad de vida”, por otra parte, habría seguido al menos dos tendencias en la década de los años 80: (a) una de carácter económico, con indicadores sociales objetivos anotados en una investigación del Midwest Research Insitute, que combina una serie de indicadores sobre status individual, condiciones de vida, tecnología, educativo, etc., a lo que agrega un índice global de calidad de vida, (b) la segunda, implementada por el Institute Research de la Universidad de Michigan, que ha encabezado el campo de la investigación empírica sobre calidad de vida a través de vivencias, centrando su enfoque en el individuo como unidad de análisis y utilizando entrevistas que miden el bienestar en términos subjetivos en diversas áreas.34
Una primera revisión sobre los resultados obtenidos con ambos métodos establecería que los indicadores objetivos aportan ventajas al utilizar datos secundarios y generan bastante confianza. Sin embargo, su debilidad radicaría en que presentan algunas interrogantes no resueltas en relación con la forma en que se construyen dichos indicadores.
Los indicadores subjetivos, por otra parte, aunque tienen una mayor validez potencial en relación con las medidas usadas, generan diversos problemas ante la percepción de los sujetos entrevistados. Otro antecedente que aporta la investigación de la “calidad de vida”, en el terreno de la sicología económica, es que los esfuerzos por correlacionar los datos obtenidos a partir de indicadores objetivos con los de indicadores subjetivos, han mostrado debilidad en las relaciones.35
La dinámica del modelo de J. Arndt nos permite apreciar distintas relaciones posibles entre recursos e individuos, lo que es evidencia de que la calidad de vida, entendida como un producto a través de un proceso de transformación, puede variar en el tiempo y en el espacio físico.  Un aspecto destacado de este esquema es que, al discutir sobre bienestar, es absolutamente prioritario incorporar la idea de satisfacción de necesidades de los individuos en sus dimensiones básicas: (a) necesidades físicas, de carácter individual, que incluyen las referentes a aspectos fisiológicos junto a las de nivel de ingreso, empleo, salud y educación; (b) necesidades sociales, relacionadas con la interacción humana y asociadas a la existencia de fluidez en el procesos de comunicación, como las relaciones vecinales, familiares y de amistad y (c) necesidades de auto-actualización,  presentes  en  ámbitos  de  nivel  superior,  como  el  status de las personas, la solidaridad con miembros menos afortunados de la sociedad, la utilización del tiempo en actividades de ocio y la responsabilidad con el medio ambiente. 36
A pesar de las dificultades el investigador J. Arndt, trabajando en campo del marketing administrativo, propuso definir la “calidad de vida” como la satisfacción de deseos instrumentales y de necesidades físicas, sociales y de auto-actualización derivadas de la participación individual en distintas arenas de acción en la vida humana.
Lo esencial de esta definición es que los individuos se encuentran insertos en un proceso que incluye un intercambio de recursos, orientados a la obtención de nuevos recursos (intercambio instrumental) o bien a las satisfacción última (intercambio final). Las arenas de acción son los ambientes o contextos en los cuales se lleva a cabo la transformación de recursos de entrada en recursos de salida o logros finales. La explicación de la definición anterior, que  corresponde a un modelo conceptual para determinar la “calidad de vida”. 37
El modelo de J. Arndt considera, además del plano anterior centrado en la transformación de recursos orientada a satisfacer necesidades, otro esquema relativo a la evaluación de la calidad de vida percibida (o satisfacción total) a través de comparaciones a través del tiempo y en relación con el medio social.

De acuerdo a J. Arndt y explicando la figura 1.2, la satisfacción que obtienen los individuos es el resultado de la superposición de dos zonas de medición que el autor denomina subjetivas y objetivas. Las personas comparan situaciones que ocurren en la vida diaria a través del tiempo, consideran objetivamente el medio ambiente que les rodea, el cual a su vez puede ser subdividido como (a) microentorno objetivo, que incluye su salario y/o rentas individuales, así como la disponibilidad de apoyo en salud y educación cerca de su hogar; (b) macroentorno, que se refiere a la participación del Estado en la economía, las instituciones políticas y sociales, el ingreso promedio de la población y la existencia de infraestructura básica en hospitales y escuelas que, en el agregado, potencian las posibilidades de una mejor calidad de vida.38
La combinación que se produce cuando los individuos comparan experiencias propias y ajenas, en un entorno social que le provee de indicadores objetivos, va generando a la vez diferentes expectativas que influyen en la satisfacción que define la calidad de vida, en un contexto en que la retroalimentación es posible. Según lo señalado textualmente por el propio J. Arndt, la calidad de vida no solamente está determinada por lo que las personas tienen, sino que también por lo que hacen y el contexto social de sus actividades. 39
Al finalizar este primer punto introductorio, cuyo propósito ha sido fundamentalmente tratar de comprender el término mismo de “calidad de vida”, la enseñanza que nos deja esta primera revisión bibliográfica, respecto a los alcances más generales del concepto, es que estamos en presencia de un nuevo paradigma que nos orienta, a mi juicio de mejor modo, con relación a los elementos que definen un mayor bienestar tanto para el individuo como para la población. Los distintos autores antes examinados parecen coincidir en algunas ideas básicas sobre qué es lo que constituye un aporte al mejoramiento de la calidad de vida, reconociendo además que no parece existir una única manera, forma o estado de felicidad permanente, como una meta que establecería un nivel de bienestar máximo y como sinónimo del mejor nivel de vida alcanzable.
En verdad, la definición de “calidad de vida” no puede evitar su esencia relativista, por cuanto estamos de algún modo involucrando relaciones directas e indirectas, tanto físicas como mentales, entre distintos individuos que pueden llegar a pertenecer a sociedades con formas o estilos de vida también muy diferentes. Un ejemplo que tengo en mente es el siguiente: una persona de buena situación económica, dichosa, con una gran familia, etc. (con salud, dinero y amor como el refrán popular), perfectamente se puede sentir acongojada en determinados momentos de su vida, por la desgracia de lo que le ocurre a gentes de zonas geográficas muy distantes.
En caso de que dicha persona tenga una personalidad muy sensible, la pregunta que sigue es: ¿es feliz esa persona, con toda su felicidad individual y familiar, sabiendo que grandes grupos humanos viven en medio de verdaderas tragedias de difícil solución?. Resulta curioso, por otra parte, que a pesar de la dificultad que presenta la definición misma del término “calidad de vida”, el intento por conocerlo mejor, por explorar nuevas estrategias de alcanzar la satisfacción de un mayor número de necesidades, ha llevado a importantes grupos de estudiosos a replantear su visión filosófica del acontecer en el mundo actual.

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1 Salvatore E. y Dowling, E., Desarrollo económico. Teoría y 422 problemas resueltos., (Development Economics) Mc Graw Hill, Serie Schaum, Impresora Publimex S.A., 1ª edición en español, p. 1, México, marzo de 1987. Cabe señalar que en la práctica la medida más aceptada es en realidad el Producto Interno Bruto (PIB), que en el caso de los países latinoamericanos es estimado por sus respectivos Departamentos de Cuentas Nacionales de cada Banco Central.

2 Samuelson, Paul A. y Nordhaus, William D.,  Economía, (Economics), decimoquinta edición, Mc Graw Hill / Interamericana de España S.A., Torán S.A., p. 427, Madrid, España, 1998.

3 Ibid., véanse pp. 427-428.

4 Samuelson, Paul A. y Nordhaus, William D., op. cit., pp. 428-429.

5 Para una reflexión más amplia sobre este punto véase a: Montesino Jerez, José Leopoldo, Estudio Socioeconómico sobre temas pendientes de calidad de vida en la Región Metropolitana 1999-2000, Universidad Santo Tomás,  Escuela de Periodismo, Dirección de Investigación y Postgrado, pássim, pp. 5-40, Ril Editores, Santiago de Chile, junio del 2003.

6 Razeto Migliaro, Luis, Desarrollo, transformación y perfeccionamiento de la economía en el tiempo, Universidad Bolivariana, LOM Ediciones Ltda., 2ª edición,  pp. 12-15, Santiago de Chile, 2001.

7 Ibid., pp. 15-16. Según el autor, el deterioro tendencial de la calidad de vida ya había sido destacado documentalmente por un autor como E. J. Mishan, en su obra “El debate sobre el crecimiento económico”, en la década de 1950. Cfr. pp. 61-62.

8 Jayawardena, Lal, Prólogo (1990) en Nussbaum, Martha C. y Sen, Amartya, La calidad de vida (The Quality of Life, 1993), Fondo de Cultura Económica, Economía Contemporánea, p. 7, primera reimpresión en español, México, 1998.

9 Nussbaum, Martha y Sen, Amartya, Introducción, en Nussbaum, Martha C. y Sen, Amartya (1998), op. cit., pp. 16 y 17.

10   Sen, Amartya, Capacidad y bienestar, en Nussbaum, Martha C. y Sen, Amartya (1998), op. cit., pp. 55-56.

11 Ibid., p. 56. Las palabras en cursiva y entre paréntesis son interpretaciones bajo mi responsabilidad.

12   Sen, Amartya, Capacidad y bienestar, artículo citado, p. 56-57.  Una vez más, las palabras en cursiva y entre paréntesis son interpretaciones bajo mi responsabilidad.

13 Ibid., pp. 58-60.

14 Sen, Amartya, Capacidad y bienestar., pp. 60-61. El concepto de “Agencia” lo interpreto como la participación del Estado a través de alguna de sus instituciones.

15 Sen, Amartya, Capacidad y bienestar, artículo citado, p. 62-63. Según Sen, éste último aspecto habría sido brillantemente abordado por Adam Smith: cita a Cambell, R.H. y A.S. Skinner (compiladores), (1976), Adam Smith, “An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations”, (1776), Oxford, Clarendon Press, volumen II, libro V, cap. 2, sección “Impuestos sobre productos primarios”, pp. 469-471. Ciertamente Adam Smith había hecho notar la multifacética naturaleza del hombre, desde su condición de egoísta y altruista a la vez, pues el ejemplo del mismo carnicero que velaba por su propio interés en los negocios (egoísmo), era a la vez capaz de tener sentimientos de compasión al tratar de salvar la vida a una persona que se ahogaba en un lago (altruismo). Véase a West, E.G., (Liberty Press, Indianapolis, 1976), Adam Smith. El hombre y sus obras., Unión Editorial, p. 91, Madrid, España, 1989.

16 Ibid., pp. 64-65.

17 Brock, Dan, Medidas de la calidad de vida en el cuidado de la salud y la ética médica, en Nussbaum, Martha C. y Sen, Amartya (1998), op. cit., pp. 136-138.

18 Brock, Dan,  op. cit., pp. 140-141. Las palabras en cursiva y entre paréntesis son interpretaciones bajo mi responsabilidad.

19 Brock, Dan., op. cit., p. 141.

20 Brock, Dan., op. cit., p. 143. De esta línea se deriva una pregunta que lleva a una discusión de carácter ético más compleja: ¿qué sucede con aquellos individuos de edad avanzada y extremadamente enfermos que, al mantenerlos con vida, siguen empeorando su bienestar personal y en presencia de mayor dolor físico?. Véanse las páginas 146-147.

21 Ibid., pp. 148-149. El autor hace referencia a: McComrmack, S.J. y Richard, J. (1974), “To Save or Let Die: The Dilemma of Modern Medicine”, JAMA, 229, pp. 172-176.

22 Brock, Dan., op. cit., p. 149. Aquí el autor hace referencia a: Rodhen, Nancy K., (1985), “Treatment Dilemmas for Imperiled Newborns: Why Quality of Life Counts”, Southern California Law Review, 58, pássim, pp. 1283-1347.

23 Brock, Dan., op. cit., véanse pp. 162-175.

24 Ekins, Paul; Hillman, Mayer y Hutchison, Robert, Riquezas sin límite. El atlas Gaia de la economía verde., Editorial Edaf S.A., Mateu Cromo S.A., pp. 46-47, Madrid, España, 1992.

25 Nussbaum, Martha., Virtudes no relativas: un enfoque aristotélico, en Nussbaum, Martha C. y Sen, Amartya (1998), op. cit., véanse p. 318.

26 Ibid., p. 319.

27 Ibid., p. 336.

28 Nussbaum, Martha., Virtudes no relativas: un enfoque aristotélico, op. cit.,  pp. 338-339. 

29 Bliss, Christopher, El estilo de vida y el estándar de vida, en Nussbaum, Martha C. y Sen, Amartya (1998), op. cit., p. 534.

30 Bliss, Christopher , op. cit., p. 535.

31 Ibid., pp. 536-547.

32 Bliss, Christopher , op. cit., pp. 547-554.

33 Fernández, Cecilia; Macuer, Cecilia y Descouvières, Carlos., Psicología económica. Una actualización bibliográfica., en Descouvières, Carlos, Psicología económica, Colección Textos Universitarios, Editorial Universitaria S.A., p. 88, 1ª edición, Santiago de Chile,  noviembre de 1998.

34 Fernández, Cecilia; Macuer, Cecilia y Descouvières, Carlos., op. cit., p. 89.

35 Ibid., p. 90.

36 Fernández, Cecilia; Macuer, Cecilia y Descouvières, Carlos., Psicología económica. Una actualización bibliográfica., en Descouvières, Carlos, Psicología económica (1998), op. cit., pp. 90-92.

37 Ibid., p. 90. En esta parte los autores citan a Arndt, J., Marketing and the Quality of Life, en Journal of Economic Psychology, 1, 1981.

38 Fernández, Cecilia; Macuer, Cecilia y Descouvières, Carlos., op. cit., pp. 92-93.

39 Ibid., pp. 93-94.

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