LA MEMORIA HISTÓRICA DE LOS PUEBLOS SUBORDINADOS

David Charles Wright Carr
Luis Enrique Ferro Vidal
Ricardo Contreras Soto

El derecho a la memoria: Apuntes para la construcción de la otra historia

Cristina Híjar González
Centro Nacional de Investigación,
Documentación e Información
de Artes Plásticas,
Instituto Nacional de Bellas Artes

Resumen

 

La construcción de la memoria histórica de los pueblos subordinados pero también de grupos revolucionarios, alternativos o enfrentados al Estado, presenta múltiples dificultades. Desde el casi nulo registro de los acontecimientos y protagonistas históricos, su manipulación e instrumentación en función del relato histórico legalizado, hasta condicionamientos internos de las comunidades que la cobijan: la poca distancia temporal, las versiones autorizadas, la escasez de testimonios y fuentes documentales e iconográficas, etcétera. Sin embargo, la existencia de una tendencia histórica revolucionaria y de un sujeto colectivo que la emprende y vive, obliga a la reconstrucción de esta memoria, no siempre a través de medios historiográficos habituales sino con la exploración y lectura de fuentes diversas como los testimonios orales, las imágenes visuales, las canciones o los relatos históricos que incorporan la ficción. Esta otra historia se construye cotidianamente y con ella una identidad colectiva no identificada con un sector o grupo social específico sino múltiple y disperso. En estos tiempos oscuros, la construcción y actualización de la memoria histórica resultan indispensables no sólo para conocer el pasado sino para proyectar un futuro alternativo al único propuesto.

Palabras clave: otra historia, memoria histórica, resistencia, sujeto colectivo, identidad colectiva.

Texto

La resistencia…
“es acto de ruptura de la memoria instituida y acto productor de nuevas visibilidades,
 al hacer ‘visible la invisibilidad de lo visible’.
Es, a su vez, un acto de interpretación productor de nuevos sentidos,
al hacer pensable lo impensable,
 al ser capaz de sacar de sus goznes al tiempo, quebrando memorias,
haciendo memorable los olvidos.
La resistencia es un recuerdo del olvido; se empeña en contraer el pasado en el presente
para hacer de este tiempo una contra-acción, un contra-hecho, un acto futuro”.

Ma. Inés García Canal

La memoria histórica no está dada de antemano. Tanto su construcción como su apropiación son procesos permanentes y sus vías muy diversas. En el caso de la memoria histórica legalizada podemos distinguir una fuente principal: la de la historia oficial que nos proporciona una identidad como nación sin distinciones entre los pueblos que conforman este complejo y multicultural Estado-nación que es México. Los mexicanos compartimos una historia como país, construida y alimentada por vehículos concretos como los monumentos, las conmemoraciones oficiales, el calendario festivo, la constitución de archivos especializados, los museos y las colecciones, entre otros. Una memoria construida en gran parte sobre mitos de origen incuestionables que se reproducen constantemente y que no aceptan fisuras. Habría mucho que decir respecto a la construcción y transmisión de esta historia y de esta memoria, o en cuanto a sus alcances ¿realmente nacionales? Por ejemplo, las periodizaciones fáciles y muchas veces arbitrarias o sobre la historia reducida a acciones de hombres y mujeres egregios, iluminados, fuera de serie, pero no es motivo ni lugar para esta reflexión, confiaré en que al menos todos coincidamos en poner en duda a la historia oficial en la que se sustenta nuestra memoria nacional, que debiera ser la más legítima de las memorias colectivas.


      Esta mesa trata sobre el importante asunto de la memoria histórica en los pueblos subordinados, de la inaplazable y urgente necesidad de considerar y atender, ante los desafíos del presente, una memoria mutilada y despreciada frente a la memoria legalizada, oficial y pretendidamente hegemónica. En México, cuando hablamos de pueblos subordinados hablamos de pueblos indígenas y es necesario un paréntesis para mencionar que la atención a estos asuntos es relativamente reciente. A nivel nacional se da a partir de la segunda mitad del siglo xx con la creación de una institución federal dedicada a esta materia y a nivel internacional será hasta los años setenta del siglo pasado cuando los pueblos intervengan en estas discusiones puestas en la mesa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Será la Organización Internacional del Trabajo quien marque un hito en esta historia al aprobar apenas en 1989 el Convenio 169 Sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes, que México suscribe en 1990. Tampoco será motivo de mi ponencia hablar de este proceso incómodo, lleno de triquiñuelas jurídicas y constitucionales echadas a andar por la clase política y los tres poderes en México para seguir irrespetando los derechos amplios de los pueblos originarios. Pero a quien le interese, ahí están del otro lado los acuerdos del Congreso Nacional Indígena y, por supuesto, los Acuerdos de San Andrés. Fue apenas en septiembre de 2007 cuando la Organización de las Naciones Unidas (onu) aprueba la Declaración Universal de Derechos de los Pueblos Indígenas, tras 25 años de discusiones de los representantes de los pueblos con los gobiernos del mundo. Hablamos de 370 millones de personas involucradas a las que en teoría y como pueblos indígenas, se les reconoce como sujetos plenos de derecho. Esto implica derecho a la autodeterminación (autonomía y autogobierno), reconocimiento a sus derechos individuales y colectivos en todos los temas: la cultura, la identidad, el patrimonio cultural tangible e intangible, la propiedad intelectual, el sistema normativo indígena, la participación y representación política en el ámbito nacional, los medios de comunicación e información indígenas, entre otros. Destaca el reconocimiento al territorio indígena y, por supuesto, a todo lo que en él exista, desde la tierra hasta los recursos naturales. Todo esto suena muy bien pero la cruda realidad es otra, sólo recordaremos las múltiples leyes aprobadas por el Estado mexicano, éstas sí obligatorias y no vinculantes como la citada Declaración de la onu, respecto a los transgénicos o a la explotación de los recursos naturales como las devastadoras concesiones mineras, basta con echarle hoy un ojo a Wirikuta declarado en 1999 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (unesco, por sus siglas en inglés) como uno de los catorce sitios naturales sagrados del mundo que deben ser protegidos. A pesar de esto, el gobierno federal otorgó 22 concesiones de manera ilegal a la minera canadiense First Majestic para la explotación de plata. Los impactos ambientales, propios de la minería a cielo abierto, y culturales serán irreversibles. Más del 60 por ciento de la superficie concesionada a la minera se encuentra dentro del área natural protegida y sagrada para el pueblo huichol. Y lo mismo está sucediendo en Chiapas, Guerrero y quién sabe cuántos sitios más. Ahí está el respeto del gobierno mexicano no sólo a los acuerdos y convenios que suscribe sino, y sobre todo, a los pueblos que constituyen este dolido país.
     

Lo que me interesa destacar con esta larga mención es la existencia de un asunto complejo que tiene que ver con historia, con memoria, con derechos pero también con despojos, con mutilaciones y ocultaciones, con instrumentaciones y manoseos políticos por parte de quienes detentan el poder en este país. Porque, sin duda, estamos hablando de relaciones de poder y si esto ocurre con pueblos indígenas ancestrales, qué ocurrirá con grupos y colectividades en resistencia y rebeldía.


      Para entrar en materia de lo que quiero exponer diré que, en algunos casos, las personas no se conforman y sobre todo aquellas en las que hay por lo menos la intuición de su ser social, hay una búsqueda y una serie de elecciones que realizamos para construirnos como individuos con una identidad particular. Habrá casos en que el núcleo familiar oriente estas elecciones pero también la pertenencia se da por adscripción cuando en nuestro camino elegimos, tomamos partido, nos asumimos como sujetos políticos y abrazamos alguna ideología; cuando elegimos pertenecer a una comunidad específica. Al hacerlo nos apropiamos también de la historia de esa colectividad y la asumimos como propia integrándonos a un continuo histórico al que elegimos voluntariamente pertenecer.


      Yo quiero hablar de los riesgos y dificultades de otra historia, la propia de las resistencias y luchas, las escasas victorias y las muchas derrotas, la de la rebeldía también histórica. La que muchas veces no conocemos pero que existe, se reproduce y se comparte por medios no siempre escritos y muchas veces en condiciones represivas. La historia protagonizada por sujetos individuales y colectivos subversivos, opositores al status quo, “enemigos del sistema, de la tranquilidad y la paz social”, como son siempre calificados por el poder; los transgresores cuyos hechos y discursos se mantienen ocultos y subterráneos, cuya historia contradice y se opone a la historia oficial lineal, que constituye otra memoria y otro relato histórico que corren paralelos en el tiempo y en el espacio; vinculada y en ocasiones articulada, con los destinos de los pueblos subordinados.


      Éste es un proceso relevante para los pueblos latinoamericanos, particularmente desde los años sesenta del siglo pasado cuando las luchas de liberación nacional y los procesos revolucionarios inundaron nuestra América. En el caso mexicano, la novela del y sobre el 68 marcó un hito en este sentido memorioso e histórico, lo mismo que la variada producción artística que desataron estos hechos. Sin embargo, no ha sucedido lo mismo, por ejemplo, con la historia de las múltiples organizaciones político-militares surgidas en los setenta, no sólo para conocer los hechos históricos sino también como parte fundamental en la construcción de una identidad colectiva no reducida a un sector social o pueblo determinado, sino a una tradición de lucha colectiva, internacional y transgeneracional de un sujeto múltiple que pervive hasta nuestros días. La labor historiográfica, en este sentido, se ve dificultada por la ausencia de fuentes directas o testimonios físicos documentales o fotográficos, por lo que la necesidad de acudir a otras fuentes en este empeño resulta indispensable: la historia oral, los testimonios y los relatos de vida, las canciones, las imágenes visuales, los relatos históricos que incorporan la ficción, por mencionar algunos. Éste es el marco social en el que se inscribe mi reflexión.


      Considero necesario compartir algunos de los asuntos o puntos principales puestos en la mesa a partir de la rica producción de análisis y reflexiones alrededor de la memoria histórica elaborados desde distintas disciplinas durante la segunda mitad del siglo pasado y a raíz de los muchos momentos de ruptura y crisis vividos a nivel mundial.


      El primero sería la consideración de la temporalidad: ¿cuándo los hechos históricos están en posibilidad de cristalizar como memoria? y ¿en qué dimensión de la memoria? ¿quién determina los acontecimientos? depende y esto tiene que ver con las dimensiones de la memoria. Los acontecimientos son hechos fundacionales, trátese de la historia nacional, de un grupo o colectividad, o de la historia personal. Pero el hecho se torna en acontecimiento cuando rebasa los límites del evento aislado para dar lugar a un proceso. El tiempo juega su papel porque brinda la distancia necesaria para el análisis, la reflexión y la tan importante contextualización. Cuando se presentan sólo los hechos aislados no se contribuye a la memoria sino a la oscuridad. La memoria histórica implica la suma de todos los elementos presentes, la totalización y no la fragmentación, impele a dilucidar las razones históricas de los hechos, los acontecimientos y los procesos rememorados.
    

  Las dimensiones de la memoria tienen que ver con su ámbito, con sus alcances, con lo privado y lo público, con lo individual y lo colectivo. ¿A quién pertenece lo recordado, a quién lo sucedido? Sin duda, todos tenemos una memoria privada que nos constituye, nos afecta y nos hace ser quienes somos, que en ocasiones compartimos con nuestro núcleo familiar o con un pequeño grupo. Hasta el recuerdo más personal está inmerso en una narrativa colectiva. Cuando los acontecimientos dan lugar a procesos históricos que son sujetos de rescate histórico interdisciplinario para su estudio, difusión y divulgación pública, hablamos de una memoria social y cultural compartida por una colectividad. Incluso, en este ámbito se ubican las creaciones y recreaciones artísticas basadas en hechos históricos concretos. La memoria nacional tiene una dimensión política al dotarla de una cobertura institucional y jurídica, tiene una dimensión ideológica, la de la clase política dominante, y una dimensión social que procura, con y a través de ella, la transmisión de ciertos valores y la articulación y cohesión social requerida, generalmente, para mantener un estado de cosas determinado.


      Todos los procesos de memoria, en sus diferentes niveles, implican un reconocimiento, asociaciones e identificaciones. Todas tienen un elemento reivindicativo. En el mejor de los casos, cuando se rememora, se evoca y se evalúa a la luz del tiempo presente, sin embargo, también la memoria correo el riesgo de ser sólo un objeto de museo o un rescate arqueológico externo y ajeno. Estos riesgos son propios, en muchos casos y momentos, de las memorias nacionales legalizadas, acartonadas, carentes de sentido en el presente, a pesar de sus vehículos y rituales echados a nadar con todos los recursos disponibles pero carentes de continuidad y credibilidad para la mayoría.


      La memoria dominante o hegemónica no es incuestionable ni sinónimo de verdadera. El poder económico-político necesita también de una instrumentación y manipulación de la memoria. Requiere de vehículos para su imposición: enormes monumentos, conmemoraciones nacionales obligatorias y calendarios festivos incuestionables, rituales, productos culturales y artísticos, pero no le basta con ello. Para garantizar el “orden social vigente”, es necesaria no sólo la ocultación sino la represión de otras memorias, de otros hechos y procesos históricos. Destacar una historia en blanco y negro, con hechos selectivos, con un necesario y alto grado de ficción para cubrir los requerimientos políticos y de pretendida cohesión social, son prácticas comunes en la historia oficial y en la construcción de la memoria dominante para la constitución de un único y conveniente relato histórico. No sólo es una cuestión de subestimación hacia los pueblos que constituyen una nación, es una política de Estado a la que se opone una resistencia que por lo pronto reivindica su derecho a su cultura, a la información, a las otras versiones históricas, a las otras memorias. Toda sociedad en cada época establece límites no sólo a lo que puede ser dicho sino también a las maneras de decirlo; lo decible y también lo visible se ajustan a dinámicas generalmente paradigmáticas que asumimos sin más a través de la familia, la escuela, la iglesia, etcétera. La resistencia, como modo de pensar y como acción, denuncia esta operación y la pone en duda constantemente afectando los procesos imaginarios de la sociedad, resignificando el pasado, develando nuevos sentidos a la luz del presente y proyectando posibilidades futuras.

“Sólo desde la resistencia es posible crear
nuevas formas de decir y nuevas formas de ver”.

Ma. Inés García Canal

Como tan bien plantea el bello texto bíblico del Eclesiastés 3: todas las cosas tienen su tiempo. ¿Cuándo llega el momento de la memoria? me parece que habría que considerar varios factores. El primero y punto de partida es la justa correlación y la posibilidad de las condiciones subjetivas y objetivas en una situación social dada que propicia el ejercicio memorioso. No olvidemos que partimos de sujetos concretos y en este caso, de protagonistas de un tiempo y un espacio históricos no sólo no legitimados sino enterrados, desaparecidos u ocultados. La distancia temporal es fundamental y llegado el momento, el tiempo de activación para la memoria, el que habla, por el medio que sea, requiere de un escucha que lo cobije y lo albergue.


      En esta otra historia hay tres tiempos fundamentales: el de la acción, el de silenciar y olvidar, y el de recordar y rememorar. El sujeto memorioso asume que sus recuerdos forman parte de una narrativa colectiva, la memoria personal da el salto a la memoria colectiva que tiene como característica inherente la intersubjetividad, es decir, la puesta en relación entre los memoriosos de antes y los de ahora, entre quienes comparten una misma discursividad con conceptos y significados compartidos. Al rememorar, las experiencias pasadas se activan y actualizan en y para el momento presente.


      Paul Ricoeur (1999) denomina acertadamente como “memorias heridas” a aquellas que tienen broncas o enfrentan numerosos obstáculos para constituir su sentido y armar su narrativa. Sin duda aquí se inscriben las que son motivo de esta ponencia en las que el acto de reconstruir una historia a partir del recuerdo de individuos concretos, sujetos a pasiones y emociones humanas, se enfrenta no sólo a la complejidad subjetiva sino a la previsible ausencia de testimonios físicos, documentales e iconográficos.


      Muchos especialistas en el tema coinciden en ubicar a los momentos de ruptura o crisis como propicios para la memoria. Tiempos de activación de la misma desde varios frentes, desde el sujeto que rememora hasta quienes se encargan de organizar lo recordado y procuran estructurar un relato histórico. Ejemplos muy evidentes de esto son los múltiples empeños al respecto en la España posterior a Franco o en el Cono Sur americano después de las dictaduras militares, por mencionar sólo dos. Es entonces cuando la necesidad de transmisión de experiencias y recuerdos encuentra la posibilidad de rebasar la memoria privada y articularse con un proceso histórico determinado y tornarse en hechos memorables al integrar un nuevo sentido en el mismo momento de pasar de la sombra a la luz.


      Esto es importante también por el componente liberador en estos procesos habituados al olvido, al silencio y al miedo. Hay un renacimiento, una reinvención, una reafirmación de identidad, sea individual o colectiva. De esa identidad que nos permite identificarnos o diferenciarnos del otro, integrarnos a una comunidad a partir de nuestra particular subjetividad.

“Se resiste a la instauración del olvido del olvido,
su estrategia consiste en retener trazos y retazos de la historia
 cubiertos por las sombras y sacarlos a la luz, hacerlos presente,
y este simple hecho deja al descubierto las formas de dominio
de una memoria avasallante que busca condenar por siempre
 las sombras a las sombras”.

Ma. Inés García Canal

Lo ideal es contar con las condiciones políticas, jurídicas y morales en el espacio social para la activación de los procesos memoriosos pero como todo, esto es complejo. Sin lugar a dudas, el vehículo privilegiado de estas historias es el testimonio.


      El testimonio es una prueba, una justificación, una comprobación de que algo existió. Pero en el caso que nos ocupa, hablamos de historias soterradas y ocultas por causas diversas: porque se considera que aún no ha llegado el tiempo de hablar; porque aún hay muchas cosas en juego, como la seguridad personal de los involucrados; porque no hay acuerdo respecto a lo sucedido y existen diferentes versiones; porque hay grupos o personas que se erigen como “guardianes de la verdad histórica” y dificultan y descalifican otros testimonios, otras vivencias de lo sucedido. Respecto a esto último, me complace mucho la reivindicación que hace Paco Ignacio Taibo II (2008) con respecto al movimiento de 1968: “La bronca no es que otras generaciones tienen mitos mejores que los nuestros […]. La distancia no es el problema. La bronca es que parecen estarse creando versiones autorizadas. Y eso es lo que hay que destruir. El movimiento no sólo tiene el derecho de las versiones de los participantes, también tiene el derecho de las versiones de los herederos”, para acabar reivindicando, incluso, la validez de la renarración.


      El asunto es que hablamos de personas concretas con su subjetividad presente, en la mayoría de los casos exacerbada cuando de momentos fundacionales se trata o de experiencias crudas y definitorias para sus microhistorias, o de los muchos momentos traumáticos que en estos procesos se viven. Existe un compromiso afectivo no sólo hacia la memoria personal y privada sino hacia la memoria colectiva del grupo al que se perteneció, con todo lo que esto implica. Al testimoniar existe tanto la necesidad como la dificultad para hacerlo por todo lo puesto en juego en el trabajo personal de interpretación emprendido: la validez o certeza de lo recordado, las dudas, lo decible y lo no decible, la elección de las formas y medios para expresarlo o la recepción de lo testimoniado en el otro. Finalmente hay una reflexión nueva, a partir del momento presente, que puede ser incluso instrumento para la reconstrucción individual, tras un momento o etapa de oscuridad, en el tiempo y en el espacio personal. El testimoniar es una acción de comunicación, al igual que optar por el silencio o el olvido, que ubica socialmente al individuo o al grupo.


      El silencio y el olvido son condiciones en las que se sitúa alguien respecto a lo vivido, no siempre de manera voluntaria sino a veces, incluso, por sobrevivencia. En estos estadios no existe el acto narrativo, no hay escuchas, no hay generación de comunidad, no hay lugar para la comunicación pero es indispensable considerarlos en esta otra historia y en la construcción de su memoria histórica que no existe per se ni de antemano.


      Imaginemos por un momento cualquier episodio de resistencia y represión política, recordemos cualquiera de los testimonios que ya han visto la luz en la historia de los movimientos sociales o de las luchas de liberación. Cualquiera de ellos, nunca incluidos en la historia oficial, está plagado de momentos y acontecimientos traumáticos para quienes los vivieron. Siempre se desenvuelven en ámbitos clandestinos, fuera del orden y del estado de derecho, siempre sujetos a la represión en todas sus formas y enfrentados a todo el poder del Estado. El tiempo de la acción no es el tiempo de la memoria, la distancia temporal resulta necesaria para las reconstrucciones y las narraciones pero llegado el momento se enfrenta a las múltiples dificultades ya mencionadas.


      La experiencia individual se torna en otra cosa en el acto narrativo compartido pero tiene que superar muchos obstáculos. El olvido tiene formas diversas, es necesario cuando se transforma en silencio y se impone como única garantía de sobrevivencia en una situación dada que rebasa nuestros límites pero nos incluye y nos condiciona. El olvido evasivo es más íntimo porque actúa frente a todo aquello que hiere a pesar del tiempo transcurrido. Es el que se alimenta de lo no decible, porque pone en riesgo incluso la estabilidad psíquica del memorioso; no es ausencia ni vacío, es dolor profundo frente a los sin sentido, frente a lo que es imposible nombrar y narrar. Lo acontecido existe pero se oculta a través de todos los mecanismos y recursos internos y externos, sean conscientes o no.


      Cuando existen las mínimas condiciones para la memoria pero sobre todo la voluntad de reconstrucción, el olvido y el silencio empiezan a desvanecerse no siempre fácilmente. Hay un enorme trabajo personal de reconocimiento y de interpretación antes de poder compartir algo. El proceso es complejo y está sujeto a contradicciones, a tensiones, a conflictos que lo dotan, todo el tiempo, de un equilibrio precario. En ocasiones, cuando el cambio del momento histórico es de amplio alcance, ayudan los procesos de reconocimiento a través de políticas públicas, de autoridades e instituciones que legitiman y alientan los procesos memoriosos. Este aspecto resulta muy importante si consideramos que son historias no legalizadas, con calendarios y conmemoraciones subterráneas y reducidas a una pequeña comunidad, sin lugares ni espacios físicos para la memoria compartida, con rituales cerrados y desconocidos para la mayoría y muchas veces sin archivos documentales o iconográficos, sin testimonios ni huellas físicas. De todo esto derivan muchos aspectos que es relevante dilucidar al menos de forma general para seguir con los riesgos y dificultades en la construcción de la memoria histórica de los pueblos y de los grupos subordinados, no con el afán de desalentar estos empeños sino de advertir sus condiciones específicas.


      Para narrar no basta con quererlo hacer, primero hay que hacer una elección del objeto de la narración y en segundo lugar, encontrar la forma adecuada para la misma. Habría que considerar lo que el escritor español Javier Marías (1992) advierte a través del personaje protagónico en su novela Corazón tan blanco cuando apunta los riesgos de que cualquier sensación, sentimiento, vivencia o hecho, se traduzca a palabras porque el lenguaje necesariamente traiciona dado que nunca podrá dar cuenta real de lo que pretende hablar, como si el objeto de lo narrado se devaluara y se transformara al ponerlo en palabras y perder ese plus de lo intraducible. Pero ¿cómo nombrar lo innombrable? porque no es sólo es la enumeración de hechos sino las reacciones, las emociones y los sentimientos que su recuerdo desatan. Por supuesto ayuda la existencia de una comunidad afectiva que arrope al memorioso, que no cuestione su credibilidad, que se apropie y comparta su memoria, que lo reconozca y lo reivindique como protagonista y testigo de una historia que en el mejor de los casos, sea asumida como de todos. Esta es una de las principales funciones de los grupos u organizaciones dedicadas al rescate y a la reivindicación de las víctimas, los sobrevivientes, los desaparecidos, los muertos de tantos episodios históricos de las características que nos ocupan y que conforman eso, una comunidad afectiva generada por la memoria colectiva, consciente de la necesidad urgente de crear los espacios que den lugar a estos procesos tan necesitados de reivindicación. Colectivamente se construyen también los vehículos de la memoria, a través de productos culturales y artísticos, y se impulsan los rituales para la activación de la memoria como las reuniones, las conmemoraciones, los homenajes en los que se rememora y actualiza lo vivido.


      Otra dificultad que enfrentan es en la dimensión jurídica. En estos procesos siempre hay un componente reivindicativo y lo deseable es que no se quedara sólo en lo declarativo. La famosa consigna de “Ni perdón ni olvido”, compartida por muchas organizaciones sociales en varios países, es un buen ejemplo porque implica el reconocimiento, la exigencia de justicia, el castigo a los culpables y la reparación de los daños. Pero hemos constatado que la realidad es otra, por lo menos en México hay una serie de candados y condicionamientos jurídicos que impiden lograrlo, por ejemplo, la identificación plena de los torturadores y la existencia constatable de daños y huellas físicas. Un caso reciente y emblemático es el de las compañeras que sufrieron agresiones y tortura sexual en la represión al Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra en Atenco, estado de México, 2006. No todas la denunciaron pero quienes lo hicieron enfrentaron no sólo la burla y el cinismo de los órganos encargados de impartir justicia de este país sino la imposibilidad de identificar a sus agresores que actuaron bajo la consigna expresa de no dejar huellas al taparles los rostros y al realizar las torturas en los traslados, es decir, sin territorio fijo, por cierto, una nueva modalidad de tortura a nivel internacional. La valentía de estas mujeres es mucha, no sólo nombraron lo innombrable sino con una dignidad cobijada en la solidaridad y el acompañamiento de una gran comunidad afectiva, no quitan el dedo del renglón para que se haga justicia. En el mismo sentido quiero citar el testimonio de María Cristina Bottinelli Cardoso, una compañera ex presa política y sobreviviente de tortura de la dictadura militar argentina. Su testimonio, titulado: “Tortura: Ampliación de declaración” forma parte de un valioso e importante libro del Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad, grupo mexicano interdisciplinario que se destaca por documentar y atender a los sobrevivientes de tortura, sus familiares y sus comunidades en México. El texto es una ampliación de declaratoria solicitada por la Secretaría de Derechos Humanos argentina de los hechos sucedidos hace casi treinta años. Su conmovedora argumentación la basa en el absurdo de la “solicitud de pruebas de huellas borradas”. Nos habla del tiempo transcurrido, de la dolorosa vivencia, de las huellas y los síntomas diversos aparecidos a lo largo del tiempo, de los momentos terribles de la revictimización en los largos procesos legales, de lo que “no tiene palabras para nombrarse dado que se juega en las fronteras de lo humanamente posible de vivir y transmitir” para acabar gritando: “yo soy mi prueba” por vía de su sufrimiento, su memoria y su palabra. Por supuesto esto tiene que ver con el dolor, con el silencio y con el olvido, pero también con las identidades rotas o fragmentadas, con la falta de sentido en la continuidad histórica personal, con los sentimientos de pertenencia y como concluye al hablar de la importancia de la validación de estas historias: “que permite pasar de lo privado a lo público, de lo individual a lo colectivo, que funda la memoria histórica y es garante de la no repetición […]”.


      En esta materia no se trata sólo de la necesidad de reconocimiento a “mi” sufrimiento, se trata justo de la socialización de los hechos históricos y de la construcción de una memoria histórica colectiva. Pasar de lo no dicho a la afirmación y a la reivindicación con las deseadas consecuencias a nivel personal pero también social.


      Cuando existe un consenso amplio respecto a la necesidad de estas reivindicaciones, se abren otras posibilidades como el impulso a las políticas de la memoria generadas desde las instituciones. En México, por ejemplo, hubieron de pasar veinticinco largos años para al fin colocar una estela conmemorativa en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco con los nombres de los compañeros caídos en la masacre. Pero estas políticas también son generadas desde los movimientos organizados que se imponen al silencio cómplice. Hoy somos testigos de un movimiento ciudadano, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, que exige, entre otras cosas, nombrar a las víctimas de una guerra absurda, la emprendida por el Estado mexicano contra el narcotráfico. Identificarlas, reconocerlas y nombrarlas, ellos lo han hecho colocando placas con los nombres en las plazas principales. Otro ejemplo destacable es el escrache tan impulsado en Argentina y que consiste en una denuncia pública popular a partir de la identificación de los represores o de aquellos que han violado los derechos humanos, o incluso de lugares identificados como cárceles clandestinas y centros de tortura, para proceder a armar un evento efímero con señalamientos y denuncias concretas, anuncios, pintas, gritos y consignas con el objetivo de poner en evidencia al represor y aunque sea por un momento, robarle la tranquilidad impune. Todas estas acciones suman y todas parten de una persona que rememoró, habló y compartió su memoria privada. El paso de estas huellas, materiales o psíquicas, a la memoria histórica requieren de la evocación que en ese mismo momento les otorga un nuevo sentido compartido por una colectividad, que refieren a algún proceso histórico y que dilucidan razones históricas, porque hay que advertir que sin esta dimensión, las memorias biográficas no son o pueden ser memoria histórica.


      “Hicieron falta veinte años para que la reflexión sobre nuestra historia pudiera llevarse adelante desde la distancia necesaria para que el apasionamiento y el dolor no lo tiñeran todo” es el epígrafe de una bella publicación titulada Buena memoria que contiene un ensayo fotográfico acompañado de breves textos alusivos. Es el catálogo de una exposición fotográfica sobre los desaparecidos del Colegio Nacional de Buenos Aires realizada en ese espacio en 1996. Marcelo Brodsky, el autor y fotógrafo, dedica este trabajo a su hermano desparecido que consiste en realizar un rescate memorioso a partir de su propia foto de generación, ubicando a sus compañeros y estableciendo una relación entre el pasado y el presente. Esto atiende a sólo una parte de los 98 desparecidos identificados que estudiaron en ese Colegio. A lo largo del texto se hace mención a un asunto que considero relevante para el tema que nos ocupa. Los breves textos realizan la constante advertencia sobre los “relatos sin historia”, que ubican como responsabilidad de los recuperadores de memoria. Con ello se refiere a la instrumentación dada a estas historias y a sus protagonistas cuando sólo se habla de sus muertes y no de sus vidas. Un fragmento de un poema incluido de Louis Aragon lo dice todo: “Ya ustedes sólo son, por haber muerto”. La advertencia es grave porque es un mal común cuando se rememora sin análisis, sin contexto histórico, sin considerar las vidas particulares en toda su riqueza. De ahí la obstinación de la memoria bien hecha al nombrarlos, exhibir sus rostros a través de las fotografías, presencia de la ausencia, y a la compilación de recuerdos y anécdotas de sus vidas a la par de la denuncia que constituye su muerte. “Mejor olvidar” no es una opción para nadie y menos cuando se trata de momentos históricos fundacionales a nivel nacional, como es el caso de Argentina.


      Sin duda se corren riesgos. Cuando la intención historiográfica rebasa la pura enumeración de nombres, fechas y eventos y lo que se procura es la construcción de un relato histórico, necesariamente hay que acudir a la microhistoria a través de los relatos de vida, los testimonios orales, los archivos personales, el ámbito privado de los protagonistas y testigos. Esto involucra la subjetividad del testimoniante, su propio proceso frente al hecho histórico y estamos expuestos a los recuerdos creados, a los falsos recuerdos sobre los que tanto advierten los especialistas en el tema de la memoria. Siempre existe una tensión entre la necesidad y las múltiples dificultades de testimoniar. Es un riesgo que hay que correr, no queda de otra, el tiempo transcurrido respecto a lo narrado y el desenvolvimiento de la propia vida en ese lapso temporal en términos de experiencias y vivencias afectan, sin lugar a dudas, al recuerdo inédito. Incluso, en estos procesos también está presente la posibilidad de que fragmentos de esta memoria se tornen en mitos. Tampoco está mal crear nuestros propios mitos pero cuando de acercarse a la verdad histórica se trata, es necesario acudir a fuentes diversas, no siempre formales en estos casos, y proceder a organizar a la memoria. Respecto a las fuentes, me refiero a atender no sólo la valiosa historia oral habitualmente realizada en ámbitos restringidos, nuclear o familiar, cuando de estos asuntos se trata, sino también a los vehículos de la memoria que implican un ejercicio de imaginación y hasta el uso de metáforas en su lucha contra el olvido. Me refiero a las canciones, a las imágenes visuales, a los relatos de ficción, con situaciones y personajes que en ocasiones disfrazan a los verdaderos protagonistas y a sus vivencias, a las leyendas y a los mitos populares, por mencionar sólo algunos.

¿Para qué sirve la memoria?

Más allá de los procesos de reinvención y de reconstrucción de identidad personal y colectiva que la construcción de la memoria histórica conlleva, resulta necesario anclarla a la realidad presente y no ubicarla como un simple objeto en el museo de la humanidad. La memoria y la lucha contra el olvido son siempre por el presente. En nuestras realidades, la memoria está en disputa. Esta memoria que he descrito y ejemplificado se enfrenta y replica a la memoria dominante y hegemónica. Y la memoria sirve, es útil. Tiene varios usos: puede constituirse en instrumento para el castigo y la justicia a partir de la reivindicación de cualquier hecho represivo; es también un elemento en la lucha contra la impunidad y por la defensa de los derechos humanos y colectivos. Puede usarse como elemento de cohesión ideológica y para la comprensión del presente y los procesos históricos. Del mismo modo, tiene varias funciones: sirve para ubicar y recuperar referentes, para dotarnos de sentimientos de pertenencia, para delimitar las fronteras sociales entre colectividades y para definir y marcar las oposiciones. También construye comunidad en el acto compartido. Los ámbitos de la memoria existen desde el núcleo familiar, el grupo o colectivo hasta comunidades enteras que pueden incluso, no reducirse a una nación particular. Los sentimientos y las elecciones de pertenencia e identidad pueden rebasar fronteras y ser transgeneracionales. La memoria histórica es un componente fundamental para la cultura política.


      Para concluir, recuerdo que estamos hablando de una memoria no legalizada que para construirse enfrenta riesgos y dificultades, múltiples obstáculos a vencer, pero es indispensable asumir el reto cuando no nos conformamos con una historia mutilada, en blanco y negro, conveniente para la preservación de una realidad que nos agrede constantemente como individuos, como ciudadanos, como comunidades, como naciones. La rebeldía y la resistencia han existido siempre. En estos tiempos oscuros, la construcción y actualización de la memoria histórica resultan indispensables no sólo para conocer el pasado y resignificar el presente, sino para proyectar un futuro alternativo al único propuesto.

Referencias

Bottinelli Cardoso, M. C. (2009). Subject: Tortura: Ampliación de declaratoria. En Tortura: Pensamiento y acción del Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad, 2004-2009 (pp. 134-141). México: Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad.
Brodsky, M. (1997). Buena memoria. Argentina: La Marca.
Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad (2009). Tortura: Pensamiento y acción del ccti. México: Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad.
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