PROPUESTA DE ACCIONES PARA POTENCIAR EL FUNCIONAMIENTO FAMILIAR EN NIÑOS DIAGNOSTICADOS TRASTORNO DE CONDUCTA

María Isabel Sosa Cervantes
Ondina Medina Arias
Yadelsis Aguilera Segura

mariasc@ult.edu.cu

CAPITULO 3: Análisis de los resultados y PROPUESTA DE ACCIONES PARA POTENCIAR EL FUNCIONAMIENTO FAMILIAR.

A continuación se describirán detalladamente los resultados de las técnicas empleadas en la indagación.

3.1 Análisis de los resultados por técnicas.

Entrevista a profundidad a la familia.

Datos generales (análisis sociodemográfico).

Atendiendo a las madres, su edad promedio es de 36.6 años. El 60.0% se encuentran dentro del rango de 31 a 40 años de edad, el resto no excede los 45. Si tenemos en cuenta la edad de los niños, cuya edad promedio es de 9.8 años apreciamos que las mismas concibieron su embarazo en la etapa de la madurez, específicamente en las edades recomendables para el proceso de gestación.

El 100% de la muestra refieren haber desarrollado un embarazo normal, a término y sin complicaciones, tampoco existieron antecedentes postnatales lo que descarta posible causa biológica en el desarrollo del trastorno de conducta, y refuerza la hipótesis de un manejo familiar inadecuado en la relación que se establece con el menor.

Según el grado educacional de las madres, el 40.0% de la muestra posee nivel primario vencido e igual cantidad, nivel secundario. Si bien es cierto que esto no constituye una barrera para lograr una correcta formación en los hijos, sí consideramos que la instrucción de los adultos en el seno familiar constituye una vía que permite una mejor preparación en el propio contexto y se extiende más allá a la sociedad.

En el desarrollo de la entrevista se conoció que de 5 familias solo 2 planificaron el embarazo, que representa el 40% de la muestra lo que denota la carencia de estados motivacionales para enfrentar el acontecimiento, refiriéndose el 20% “que fue un castigo de Dios” mandarle hijos. De forma general se percibe en sus actitudes durante la entrevista el rechazo que hacen de sus hijos.

En la totalidad de las familias perciben a los hijos como un obstáculo  para el desempeño de su vida  social y de pareja lo que se aprecia en frases como “tengo que ocuparme más de mí”, “no tengo tiempo de atenderlo porque tengo que luchar la vida”, “él es grande y puede cuidarse solo, igual que yo cuando tenía su edad”.

El 100%  de las mujeres no presentan antecedentes penales, aunque en el 80% de sus familias de origen sí existen miembros con estas características los cuales tienen reconocimiento positivo del resto de los integrantes, de lo cual los niños tienen conocimiento.

Esto a nuestro juicio crea reforzamiento en la conducta de los niños, por la exaltación y el reconocimiento que se hace del comportamiento de las figuras familiares con los antecedentes anteriores, todo lo cual coincide con la teoría del aprendizaje cognitivo social de Albert  Bandura  donde el que aprende lo hace por imitación de la conducta que recibe refuerzo.

El 100% de las familias de la muestra no refieren antecedentes psiquiátricos.

Durante la realización de esta técnica se pudo comprobar que el 100% de los niños identificados con trastornos de conducta viven solamente bajo la tutela de sus madres al ser hijos de padres divorciados, los cuales no se ocupan tampoco de brindar afecto, seguridad ni confianza a los niños.

A pesar de lo anterior hay que señalar que el 100% de las madres mantienen relaciones de pareja ocasionales que no se ocupan tampoco de brindar afecto a los más pequeños del hogar sino a satisfacer sus propias necesidades sexuales.

Atendiendo a su nivel ocupacional el 60.0% de las mujeres no poseen vínculo laboral, por lo que tampoco se puede hablar de una entrada económica estable a la vivienda. En relación con la atención que reciben los niños por parte de la figura paterna el 100% reciben la prestación económica todo lo cual repercute en que se satisfagan las necesidades que en el orden económico se puedan presentar aunque se debe reconocer que es insuficiente.

Por otro lado señalan estar preparadas para educarlos siguiendo en el 80 % los mismos métodos que sus antecesores. Aparecen juicios como “a los niños hay que tratarlos con mano dura porque sino no respetan a nadie”, “los golpes son los que enseñan”, “así fue como a mí me enseñaron y no me he muerto”.

Atendiendo a los métodos educativos que utilizan con el menor predominan los maltratos y la permisividad, las madres refieren de forma general no tener paciencia para luchar con “muchachos malcriados”, por tanto son frecuentes en el 100% de las relaciones madre-hijo, los gritos y los golpes, también refieren que cuando no pueden más dejan que hagan lo que quieran. El 100% de los niños no tienen horarios de vida, el 40% de las mujeres  consideran que donde mejor están los niños es en la escuela porque ellas no tienen tiempo de atenderlos.

De forma general se observa en el 100% de la muestra  el incumplimiento de algunas de las funciones básicas que debe cumplir la familia y que se aprecian en la falta de afecto, abandono personal del niño y despreocupación por sus resultados docentes.
Entrevista a la maestra.

Según los criterios de las maestras el 100% de los niños tienen comportamientos diversos y que se manifiestan en forma de agresividad, timidez, indisciplinas, ausencias reiteradas a clase, falta de respeto a los adultos, fugas del aula, incumplimientos de las tareas y deberes escolares.

Atendiendo a su desempeño cognoscitivo, los mismos se encuentran en un segundo nivel, justificado fundamentalmente por el déficit de atención y en mayor medida por la desatención familiar de los asuntos de la escuela.  

En el 100% de los casos no existe atención alguna por parte de la familia para con el contexto educacional,  no asisten a las reuniones de padres. No se logra que interactúen los dos agentes socializadores como son familia-escuela en la educación  y formación de valores en los niños.

Al valorar el aspecto personal de los niños, el 83.3% denotan la desatención de la familia en relación con su higiene, los mismos asisten a la escuela despeinados, con la uñas sucias, sin pelarse, con el uniforme viejo, desaliñados, con los zapatos sucios y en el caso del 50% en ocasiones asisten en chancletas al centro estudiantil.

En el 100% de la muestra se manifiesta despreocupación y abandono  de la situación que presentan los mismos en el contexto escolar por parte de la familia aún cuando sean citados por los maestros.

La bibliografía recoge la importancia de la escuela para el desarrollo de la personalidad de los niños, todo esto sin menospreciar el papel que le corresponde a la familia y la relación que debe existir entre ambos grupos socializadores. El papel que desempeñan las familias en la educación del niño es decisorio para el desarrollo de habilidades cognitivas, afectivas y sociales, brindándole las herramientas para un desarrollo armonioso de su personalidad, teniendo en cuenta el  principio de Vigotsky que la educción es lo que precede al desarrollo.

Modelo de evaluación del funcionamiento familiar.

Dimensión 1: Organización Familiar.

Como parte de la estructura visible y atendiendo a la composición de las familias, atendiendo a su tamaño el 60.0% son pequeñas y el resto mediana y grande con un 20.0% cada una. Independientemente de su tamaño conviven en la vivienda solamente las madres y sus hijos. El 40% de las madres tiene hijos de padres diferentes. El 100% de las familias son nucleares monoparentales y bigeneracionales.

Desde el punto de vista económico, solamente el 40% de las madres tienen vínculo laboral. El resto sólo percibe la prestación económica que recibe por parte de los padres, algo que es común en el 100% de los sujetos investigados.   

A través de la observación se logró un acercamiento más detallado  al micromundo  que significa la familia, espacio donde pasan la mayor parte del tiempo. El 80.0% vive en colgadizos y el 20.0% restante vive en una cuartería. De forma general las condiciones estructurales de las viviendas son malas, estando el 40.0% en estado crítico (pared de madera, piso de tierra, techo de guano, todo en mal estado). El  60.0% de los sujetos vive en condiciones de hacinamiento atendiendo al número de habitaciones y la cantidad de personas que allí convive, aún así consideramos que en el 100% de las viviendas existe falta de privacidad, aspecto este que no tienen en cuenta las madres para sus encuentros casuales de pareja.

El 60.0% de las familias posee los equipos electrodomésticos de primera necesidad (refrigerador y televisor) aunque a partir de las bondades de los Programas de la Revolución el 100% tienen garantizado los módulos de cocina que se les entregaron, lo que le garantiza a la familia un incremento en su calidad de vida.

En relación con la higiene de las familias y los hijos, esta es buena en el 20% de la muestra. En las demás se aprecia la ropa desaliñada, uñas sucias, todo lo cual da la idea de poca preocupación y abandono del aspecto personal de ambos. En el hogar se percibe organización de los medios y recursos con que cuenta en el 60.0% de los casos y se aprecia estética sólo en el 20.0% de los hogares en los que existen floreros, cuadros y cortinas. Como elemento significativo llama la atención que en ninguna de estas viviendas no existen portarretratos de los miembros de la familia.

En el 100% de las familias investigadas se percibe un clima tenso lo que consideramos está asociado a la reacción que provoca en los adultos la presente investigación.

Según Patricia Arés en caso del ambiente, clima o ecología familiar, las familias que disponen de un ambiente higiénico, organizado, no promiscuo, así como clima de apertura y de contención emocional, es más proclive a un nivel de organización mayor.
En relación con la estructura subyacente de esta misma dimensión encontramos que en estas familias la jerarquía es clara y rígida, posicionada en las madres quienes toman las decisiones por el poder que les confiere el hecho de ser las representantes de la vivienda y las sostenedoras económicas del hogar. En este sentido las mismas asumen un liderazgo único, estableciéndose relaciones asimétricas. Dentro de los estilos que utilizan predomina el  permisivo en el 100% de las familias, dejando a los  niños hacer lo que quieran, manifestando  “perder el control y no poder con ellos” ni “saber de qué modo hablarles para que  entiendan”.

En este sentido consideramos que es un estilo al que se han adaptado según las circunstancias,  necesidades y estados de ánimo por los que atraviesen pues cuando los modos de actuación de los niños chocan con estos se tornan autoritarios y agresivos, llegando incluso al maltrato físico, a partir de su posición de poder.

Teniendo en cuenta el desempeño de los roles, existen claramente definido el de madre e hijos. Consideramos que los mismos son confusos en su desempeño pues en ocasiones los niños deben asumir roles que no se corresponden con su género ni su edad y que lo sobrecargan en su desempeño, lo que se ejemplifica con el hecho de que para el 100% de las familias el estudio no es fundamental en la vida de los más pequeños del hogar quienes deben desarrollar actividades propias de la edad adulta.
  
Es común también en la totalidad de la muestra, la desatención por parte de las madres, quienes  están más preocupadas por su propia satisfacción personal que por garantizar los recursos materiales y afectivos que sus hijos requieren.  

A partir de lo anterior los niños incumplen sus deberes escolares, presentan llegadas tardes a la escuela, en ocasiones van sin el uniforme escolar, sin el alimento necesario para garantizar una buena comprensión de los contenidos recibidos. Por otro lado, es utilizado en funciones no acorde a su edad pues deben ocuparse de ayudar a los miembros de la familia a cumplir con otras obligaciones que por mandato social les corresponde. Si esto no sucede, entonces son rechazados, vejados y no se les muestra afecto.

Evidentemente estamos en presencia de un ambiente poco favorecedor del desarrollo de la autoestima, la asertividad y la personalidad en general.

Dimensión 2: Procesos Interactivos y relacionales

La segunda dimensión abarca los procesos interactivos y relacionales. Atendiendo al desarrollo relacional consideramos que no se logra en el 100% de las familias el nivel de autonomía que requiere la etapa del ciclo vital en que se encuentran estas familias (extensión). En la misma existen una serie de eventos que la marcan, en el caso de las familias de la muestra, lo relacionado con la educación y la crianza de los hijos así como la entrada a instituciones escolares.

En este sentido no podemos decir que exista autonomía de los miembros pues a partir de la “autoridad” que emana de la figura materna y el desconocimiento de las funciones que corresponden a cada uno de los miembros teniendo en cuenta su edad, esta se pierde y hace que los más pequeños se adapten a las reglas que impone esta “autoridad”.

En el caso de los niños su misma situación social de desarrollo ha propiciado la evolución de habilidades interpersonales y de interdependencia aunque reconocemos que estas se alejan de lo que se constituye en norma para su edad.

La dimensión relacional incluye la categoría de límites y reglas. En el 100% de las familias estudiadas los límites no están claramente definidos pues se interrumpen frecuentemente los horarios de vida de sus miembros, impidiendo la autonomía e interdependencia de los mismos; tampoco se respetan las decisiones que se toman, sobre todo en el caso de los más pequeños que deben cumplir obligatoriamente la voluntad de los mayores. Esto provoca en los niños respuestas impulsivas y agresivas frente a los obstáculos que se le presentan. En relación con las reglas estas son rígidas e impuestas en el 40.0% de los sujetos mientras que en el resto hay una ausencia de las mismas.

Para Patricia Arés, la familia a través de las distintas fases evolutivas moldea la conducta infantil y el sentimiento de identidad independiente, fomentando el proceso de separación individuación, pero trasmitiendo al mismo tiempo al niño un sentimiento de pertenencia y arraigo.  La resolución con éxito del proceso de separación individuación es fundamental para el desarrollo normal de la personalidad ya que se asocia a una mejor tolerancia ante las frustraciones y ante los inevitables procesos de separación en la vida adulta, facilitando la adaptación y control de las situaciones estresantes y garantizando el fomento de relaciones significativas a lo largo de la vida.

En cuanto a las relaciones psicoemocionales y dentro de ella la expresión de afectos positivos y negativos se pudo apreciar que son escasas las demostraciones en este sentido. El 40.0% de las madres tuvo embarazos no deseados lo que repercute en las relaciones que se establecen con los niños. Como parte de los métodos utilizados para lograr “imponer respecto” dentro de la familia son comunes los gritos, castigos físicos, discusiones; elementos estos que sin lugar a dudas refuerzan los comportamientos rebeldes. Sólo en el 20.0% de la muestra son frecuentes los besos, mimos y caricias. Consideramos que en este sentido las familias no cumplen con la función afectiva.

Se aprecian además acontecimientos potencialmente patógenos en el manejo familiar. En el 100% de las familias encontramos rigidez y autoritarismo, permisividad, rechazo y maltrato que se manifestaban indistintamente a partir del estado de ánimo que predominara en el momento en las madres.

Según la doctora García Morey las actitudes potencialmente psicopatógenas están en relación directa con el grado de funcionalidad familiar, no dependiendo sólo de la aparente estabilidad o la estructura, sino también del tipo de relaciones, vínculos, pérdidas, estímulos, límites, normas y afecto de que está rodeado el sujeto y cuál ha sido su historia personal y las expectativas y representaciones que existían ante de su llegada al hogar. Por estas razones en cualquier familia se puede observar y enumerar varias actitudes potencialmente psicopatógenas y que, por supuesto, la nocividad de su presencia, generalmente, no es de dominio de la familia.

En las familias estudiadas existe poco nivel de empatía lo que se refleja en el hecho de que las mismas desconocen las actividades que el niño debe realizar en relación a su edad cronológica y psicológica, no le brindan apoyo, no reconocen sus logros, hay presencia de críticas negativas. Por el contrario, le exigen al niño por responsabilidades socialmente reconocidas a los adultos, evaluando como tal, el resultado final de la tarea.  

La simbolización es otra de las variables que se incluye dentro de la dimensión relacionada con los procesos interactivos y relacionales. El nivel de simbolización de una familia está determinado por la mayor o menor capacidad de la familia de crear sentidos y significados comunes asociados a su pertenecer y estar en una familia. El nivel de simbolización se relaciona con elementos no totalmente conscientes del grupo familiar pero sí productores de sentidos y vivencias compartidas. También  se refiere al nivel de mediación representacional sobre la realidad familiar,  frente a una serie de procesos cognitivos tales como la interpretación de sucesos y su explicación.

Dentro de la simbolización, un elemento a tener en cuenta es la identidad familiar. Las familias investigadas se caracterizan por no reconocer la figura paterna como un elemento clave dentro de la educación de los hijos; existe una presencia de valores negativos que indirectamente inciden en el desarrollo de la personalidad de los niños si tenemos en cuenta el papel que juega el ejemplo de los adultos en la formación de esta. Un ejemplo de esto es que solamente el 40.0% tiene vínculo laboral, el resto se ha adaptado a vivir de la pensión de los niños, que es baja, o de lo que ilegalmente puedan adquirir. Es frecuente el cambio de parejas y cuando se sienten acompañadas los hijos pasan a un segundo lugar.  

El patrimonio simbólico de estas familias es escaso, no se observan fotos y en entrevistas realizadas, las madres no refieren guardar objetos de valor, cartas y otros pertenecientes a sus familias de origen, tampoco tienen conocimientos de anécdotas ni hechos que se hayan trasmitido de generación a generación, todo lo cual demuestra un desarrollo pobre de la función afectiva y una pobre autovaloración.

Según Patricia Arés, la ausencia de patrimonio pone de manifiesto un déficit en la función afectiva de a familia, así como la socialización en tanto estas producciones simbólicas tienen un gran contenido afectivo y tributan de manera decisiva a la formación de la identidad.

Otra variable de la dimensión anterior es la ritualización que recoge dentro de sus indicadores las rutinas cotidianas, las conductas ritualizadas y las celebraciones, todas con un fuerte componente comportamental.

Las rutinas cotidianas están relacionadas con el ritmo de vida diario que cumple la familia. En las estudiadas se aprecia un cumplimiento irregular en los horarios de sueño, alimentación, realización de tareas domésticas y aseo lo que consideramos influye en la aparición de los trastornos de conducta que se manifiesta en los niños por el desorden en que se ven envueltos que no les ofrece seguridad.

No existen evidencias de conductas ritualizadas lo que se asocia al hecho de la propia desorganización que posee la familia. En relación con las celebraciones, las fechas festivas y generalmente reconocidas, son vistas como acontecimientos formales que siempre han existido pero que para el 80.0% de ellas carecen de significación.

No es posible hablar de procesos interactivos y relacionales sin comunicación. En este sentido los estilos comunicativos utilizados por el 100% de las familias son defectuosos, carentes de apertura, claridad, congruencia e intimidad. Los mensajes valorativos hacia los hijos se caracterizan por ser negativos y amenazantes. En este mismo sentido los conflictos se solucionan a través de golpes, gritos, amenazas, castigos y peleas que agravan los mismos y consideramos que son el resultado del pobre desarrollo personal que han alcanzado estas mujeres que reflejan su inseguridad y su propia historia de vida.

Dimensión 3: Adaptabilidad a los Cambios 

La tercera dimensión, relacionada con la adaptabilidad de las familias a los cambios tiene dos variables fundamentales: las crisis familiares y el potencial de cambio.

Todas las familias en algún momento de su existencia han tenido que ser partícipes de una crisis, ya sea por acontecimientos que marcan su propio ciclo vital o por eventos inesperados que alteran la dinámica familiar. El hecho no está en la crisis en sí, sino en la capacidad de la familia de aprender y adaptarse a ella.

En este sentido, las familias se han adaptado a sus condiciones de vida y a los eventos generadores de crisis y no buscan alternativas para su solución, sintiéndose suficientes como para resolver sus conflictos aunque reconocemos que esto no es de la manera más adecuada por lo que no perciben una necesidad de cambio.

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