ENSAYOS SOBRE LA HISTORIA, LA FILOSOFÍA Y LA SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Carmina García de León

4. Formación de los hábitos del corazón de la “niña santa”: un ideal católico en los siglos XVl y XVll


El discurso de la Iglesia Católica entre los siglos XVl y XVll, con respecto a la niñez, presuponía un ideal de santidad, de vida “ejemplar”, de “niña santa”, como señala la historiadora de las mentalidades Cristina Ruiz Martínez.


      Este discurso religioso se enseñaba por medio de testimonios, biografías, en donde se relatan sucesos y vidas a seguir por su “ejemplar” virtud; el acontecer de éstas, se utiliza como soporte de una narración edificante, en donde los hechos son el vehículo para transmitir ideas morales, formar hábitos del corazón.


      Se les daba consejos a los padres para inculcar este ideal de comportamiento, así como fomentar e influir en la niña el deseo de convertirse en religiosa cuando creciera. Además de estar pendientes, por si reconocían algunas virtudes santas con que Dios había dotado a sus hijas.


     Entre los hábitos del corazón que debían desarrollar las niñas, era la devoción con veneración y fervor religioso, ocupando la oración y la penitencia un primer lugar. Se consideraba que para una vida religiosa, como monja o como beata, no  sería necesaria una educación escolar esmerada ya que sólo algunas monjas, como las del coro tenían que saber latín. Se ponderaba en cambio, que permanecieran en casa teniendo el menor trato y comunicación con la gente, dedicadas a la devoción y a las labores domésticas. Estas enseñanzas las aprendían a través de las lecturas infantiles que eran siempre libros piadosos, devocionarios y vidas ejemplares, unos de los más populares era “El espejo de la consolación”.


      La historiadora Cristina Ruiz nos dice que se les enseñaba que por vía del martirio, de los auto castigos y las humillaciones, se convertirían  en santas e irían al cielo a reunirse con Dios, como lo muestran algunas crónicas y testimonios que aparecen en la “Historia General de los religiosos descalzos de la Iglesia de San Agustín” (1560 a 1621), así como en algunas autobiografías


      “Éramos tres hermanas y nueve hermanos; todos parecieron a sus padres por la bondad de Dios, en ser virtuosos. Tenía uno casi de mi edad: juntábamonos a leer vidas de Santos, como veía los martirios que por Dios las santas pasaban, pareciame compraban muy barato el ir a gozar de Dios y deseaba yo mucho morir así; para gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haber en el cielo; y juntábame con éste mi hermano a tratar que medio habría para esto. Concertábamos irnos a tierra de moros pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen; y paréceme que nos daba el Señor ánimo en tan tierna edad, si viéramos algún medio, sino que el tener padres nos parecía el mayor embarazo. Espantábamos mucho el decir que pena y gloria era para siempre, en lo que leíamos. Acaecíamos estar muchos ratos tratando de decir muchas veces; ¡para siempre, siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad”
                                                           Teresa de Cepeda y Ahumada,
                                                                            1515 – 1582
                                                                            Ávila, España

“Mi padre Francisco de Casteller era de Valencia, y mi madre Luisa de Ayala de Toledo, donde nací día de S. Antonio Abad a diez y siete de enero de mil quinientos setenta; fue mi madrina de bautismo una abuela de mi madre llamada Quiteria de S. Joseph, que estaba concertada de ser monja en un convento de la regla mitigada del Carmen, llamado de la Encarnación, y  acabando de bautizarme se fue a tomar el hábito, que sólo esto la había detenido; buen pronóstico de que el Señor me prevenía de misericordias para ser suya. Paréceme el primer uso de razón que tuve fue amar a Dios, y deseo emplearme toda en servirle. Iba con mi hermana mayor a la maestra donde enseñaban a leer, y labrar, y aprendía muchas oraciones, y en brazos me llevaban por toda la vecindad, donde me daban muchos regalos para que les rezase; paréceme tendría entonces cuatro o cinco años, porque una cuesta que había bajaba a gatas por no caer. Aprendí con gran brevedad a leer, de codicia de saber la pasión de Nuestro Señor, y la lloraba mucho y como oía las vidas de los ermitaños me aficioné a imitarlos. No entendía que había más mundo que sólo Toledo, y que fuera de la ciudad era todo desiertos, y así determiné huirme ser ermitaña, y a pocas calles me perdí y no dejaba de andar pensando que saldría de la ciudad, hasta que fue de noche, y me recogieron en una casa muy lejos, y aunque me preguntaban quienes eran mis padres no lo supe decir. Otro día me oí pregonar: ¿Que quién había visto una niña con un faldellín verde? Y nunca dije porque me había huido.


Aprendí muy presto a leer, y pasé todos los libros de “ Espejo de Consolación” y se me quedaron de memoria, y en los sermones gustaba mucho cuando oía tratar lo que yo sabía. Enseñóme mi padre a leer latín, y quiso aprendiera música; yo no tenía inclinación a ella, y tenía mala voz y desentonaba y así fue tiempo perdido, porque las lecciones que me daban se me volaban presto, porque tenía la memoria bien ocupada. Díjele al maestro me enseñara el arte de la música. Respondió que no era ciencia de mujeres y por lo mismo me dio más ganas de aprenderla.


Deseaba mucho la soledad y tenía por gran dicha cuando todos se iban y me dejaban sola en casa. Como oía decir que Dios no oye a los pecadores, no podía entender cómo era, y viéndome sola le daba de gritos, y lloraba tanto que sentía en el alma consuelo de que me había oído, y oyendo también decir que no ensuciasen las almas, determiné no comer ninguna cosa prieta; digo esto porque como en la niñez se descubren los naturales, se conozca el mío para las ignorancias.


Dormía en una cama con mis hermanas y acostada aguardaba aquellas se durmiesen y me levantaba, poniéndome de rodillas a tener oración; que era estar en una suspensión de voluntad embebida en Dios, sin discurso, que no podía tenerle, ni rezar vocalmente, y en esto me estaba muchas horas alegrándome en Dios con gran deleite.
Vivía junto a las  descalzas  y  oía  a  un  predicador  en  un  sermón lo  que S. Francisco había hecho cuando dejó el mundo, vine a casa, y córteme los cabellos, y di cuantos juguetes tenía, haciendo una determinación de no ponerme cosa galana en mi vida, y así lo he cumplido, porque me ha hecho Dios merced de darme estabilidad, de tal manera, que conocida una cosa por buena, aunque todo el mundo y el infierno se me pongan delante no dejaré de cumplirlo con la gracia de Dios.


Cuando iba a las iglesias me descalzaba por devoción y alargaba el vestido que nadie me viese, que en esto tuve gran recato. Cuando alcanzaba, y me daban, daba en secreto a los pobres, y todo mi entretenimiento era poner altares. Me quedaba elevada considerando en los Santos lo que había padecido por Dios y lo mucho a que su Majestad los había amado, y no me podía quitar de junto a los altares, pidiendo a Dios fuese yo toda suya. Parecíame que me había Dios creado para Santa, y que en siendo monja le serviría, y como si yo sola hubiera de serlo me tenía por más dichosa que la Reina.
Llegados a México me desconsolé viendo no había ocasión de ser mártir ni convento de descalzas ni de entrar luego monja, por venir mi padre pobre. Supe que las monjas tenían mozas y estuve haciendo grandes trazas para sin ser conocida entrar por criada de alguna y mudarme el nombre y no decir de donde era,  para que  mi padre no me hallase, y así podría estar sin jamás ver a nadie, y estaría humillada, y me tratarían muy mal pensando que era alguna mala mujer, deseaba mucho me tuviesen en poco por tener qué ofrecerme como mártir a Dios, pero no hallé traza para cumplir esto. Y hallando burladas mis esperanzas no cesaba de dar quejas a nuestro Señor de que yo le buscaba, y se me escondía, y se iba con quien no le quería tanto como yo, que quería ser santa.”

Juana Inés
Toledo, España,
 1570-?

5 Consejos a una niña mexica para formar sus hábitos del corazón.

La Corona española, desde 1528, estableció colegios para niñas indígenas, con la expresa intención de que ellas, al adoptar la  nueva religión, propiciaron entre los suyos la  fe católica. A mediados del siglo XVI se crearon nueve colegios, el primero de ellos en Texcoco, los cuales fueron atendidos por maestras españolas venidas al nuevo mundo con esa función específica.


La educación católica para las niñas indígenas, se sumaría a su educación mexica, quedando amalgamadas dos tradiciones religiosas. En el mundo mexica antes de la llegada de los españoles, las niñas eran educadas por sus madres en las labores domésticas y la religión. La cultura mexica era profundamente religiosa, toda la vida pública y privada se encontraba dominada por las creencias, mitos y ritos. Para conocer sobre la educación femenina de ese mundo, se cuenta casi exclusivamente con fuentes escritas por los cronistas religiosos, información que fue tamizada por la óptica de estos clérigos, con una intención catequizadora.


Las historiadoras María J. Rodríguez y Julia Tuñón, en sus respectivos libros "La Mujer Azteca" y "Mujeres en México", hacen un estudio de estas crónicas, destacando todo aquello que se relacionaba con la educación, así como muchos otros aspectos de la vida de las mujeres.


Entre las crónicas estudiadas esta "La Historia de los Indios de la Nueva España", escrito por Fray Toribio de Benavente, más conocido por Motolinía, que además de evangelizador fue un curioso investigador de la historia, vida y costumbres de los indios. Las crónicas de Jerónimo de Mendieta, en su "Historia Eclesiástica Indiana", también la "Historia de las Cosas de la Nueva España" de Fray Bernardino de Sahagún, quien fue uno de los primeros franciscanos que aprendió el náhuatl, por lo que “allí de boca de ellos”, recogió abundantísimas noticias sobre las costumbres e instituciones de los mexicas. El vivió en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, centro destinado a la instrucción de los indígenas. Estos cronistas recogen los consejos que se daban a las hijas, lo que reflejaba una sociedad con severas costumbres.


 A las niñas se les enseñaba que la vida era un duro tránsito en el que “Nuestro señor nos dio la risa y el sueño, y el comer y beber con que nos criamos y vivimos, diónos también el oficio de la generación, con que nos multiplicamos en el mundo; todas estas cosas dan algún contento en nuestra vida por poco espacio”. (Sahagún).
Se consideraba que “Acá por este mundo vamos por un camino muy angosto y muy alto, muy peligroso, sobre gran profundidad y hondura sin suelo y si te desviares del camino caerás en aquel profundo; por tanto conviene con mucho tiento seguir el camino. Hija mía, muy tiernamente amada, palomita amada, guarda este ejemplo en tu corazón”.
...”Que en este mundo no hay verdadero placer, ni verdadero descanso, más antes hay trabajos y aflicciones y cansancios extremados y abundancia de miserias y pobrezas”. (Sahagún).


“Mira hija, que de noche te levantes y veles, echa de ti presto la ropa, toma de presto la escoba para barrer, barre con diligencia, no te estés perezosa en la cama; levántate a lavar las bocas de los dioses y a ofrecerles incienso, y mira no dejes esto por pereza. Hecho esto, comienza luego a hacer lo que es tu oficio, a hacer cacao, o moler maíz, o a hilar o a tejer; mira que aprendas muy bien como se hace la comida o bebida, para que sea bien hecha”. (Sahagún).


Desde el momento de nacer, la placenta femenina se enterraba bajo el fogón, porque gran parte de su tiempo transcurría literalmente “sujeta al metate”, porque “la vida de la mujer es criarse, estar y vivir en ella”, “siendo niñas de cinco años las comenzaban a enseñar a hilar, tejer, y labrar y no las dejaban andar ociosas, a la que se levantaba de la labor fuera de tiempo, le ataban los pies, para que se sentara y se estuviera quieta, las hacían velar, trabajar, madrugar” (Motolinía)


Se les decía “no seas perezosa ni descuidada, antes diligente y limpia, endereza tu casa, ten cuidado de hacer bien el pan, guárdate de darte al sueño o a la cama o pereza, sentada que estés o levantada, queda o andando, haz lo que debes...” (G. De Mendieta)
Si eres hábil en la ejecución de las labores caseras “no habría ocasión entonces de que nadie te riña y si por ventura no hicieras nada bien te han de pelear, te han de maltratar”. (Sahagún)


“Las tenían tan recogidas y ocupadas en sus labores que casi nunca salían y si algunas veces era necesario que saliesen entonces lo hacían con mucha y grave compañía”. (Motolinía)


“Iban tan serias que no alzaban los ojos del suelo, y si se descuidaban, luego les hacían la señal que recogiesen la vista y si no obedecían con muy ásperas ortigas les castigaban las carnes cruelmente, las pellizcaban hasta que las dejaban llenas de cardenales”. (Motolinía)


“Para donde vayas hija, ve con mesura, no apresurada riéndote, ni mirando de lado como a medio ojo, ni mires a los que vienen de frente ni a otro alguno en la cara, si encuentras a alguien en el camino y se ríe contigo, tu no rías. (Sahagún)

6  La sonrisa un hábito del corazón: Mora, una chica del humanismo renacentista.

Pero conozcamos a otra chica, una criatura que nace a principios del siglo XVI, más o menos contemporánea de las anteriores niñas, pero ésta surge y se desarrolla en el seno del humanismo renacentista.


Los humanistas se dedicaban al estudio de la vida y de las costumbres del ser humano basándose en autores clásicos, en contraposición con los estudios medievales que ponían en el centro a Dios y a la religión. Los humanistas estudiaban humanidades, es decir se centraban en textos cuyo origen era declaradamente humano y no supuestamente divinos. Dichas obras  escritas en griego o latín clásico poseían una gran elegancia literaria y sus contenidos de ciencia y conocimiento no eran los revelados por la fe.


 “Los humanistas apreciaban las enseñanzas y el intelecto de nuestros ilustres ancestros, especialmente los greco-latinos, en lugar de esperarlo sólo de la divinidad por medio de sus portavoces oficialmente autorizados. Es cierto que también aquellos ancestros griegos y romanos creían en dioses, pero en dioses que no pretendían escribir para imponer su dogmático copy right celestial, sólo escribían los hombres, por lo que sus textos, hasta los más teológicos, fueron siempre decididamente humanos. Y por tanto criticables, refutables y ante todo inspiradores de reflexiones tan decididamente humanos como la suya propia”, nos dice Fernando Savater en su libro “El valor de Educar”
Si los antiguos dioses no escribían ni habían promulgado ortodoxia alguna que debiese ser emulada, cumplida, imitada; de donde sacaban aquellos filósofos y sabios  de tiempos pretéritos su credibilidad intelectual, pues sin duda del respeto racional que inspiraban, ya que dedicaban sus horas, su vida al estudio. Este respeto racional, que es respeto a la razón, al margen de la fe, configura el verdadero punto de partida de las humanidades y del humanismo.


El renacimiento humanista, nos dice el historiador Juan Brom fue relativamente corto, pero liberó por un tiempo al pensamiento humano. Desde la Antigüedad es el primer vuelo audaz de la humanidad hacia la alegría de la vida, hacia el saber, hacia la confianza en sí mismo. El ser humano vuelve a ocupar el centro de la atención.
 Los humanistas se manifestaban por  la libertad de la persona humana, en defensa de la dulzura y el deleite; en oposición al ascetismo medieval que alentaba la mortificación del cuerpo, la autoflagelación. Sus ideales educativos tenían como fin: “enseñar a los seres humanos a gozar completamente de la vida”, como proclamaba Erasmo de Rótterdam
El humanismo trató de desarrollar y alentar la alegría de vivir,  aportó un criterio de goce en esa época, al oponerse a la transposición del sentido de la vida a la ultratumba, subrayando la necesidad de vivir aquí plenamente. Centró también la atención en la belleza de la naturaleza a la que se la consideraba amable para el ser humano.
Y así en esa época en pleno renacimiento humanista, nace en el campo a las cinco de las Idus de junio (9 de junio) del año de 1508, una criatura que llevará por nombre “Mora”, inspirado en el apellido de Tomas Moro, queridísimo y dulce amigo del creador de esta niña, Erasmo de Rótterdam gran humanista holandés. Pero dejemos que sea ella misma quien nos narre sobre su nacimiento, sus primeros sentimientos, pensamientos y hábitos del corazón.


“Sin duda queréis saber en qué lugar nací, cuál es mi patria, puesto que hoy día se estima como principal timbre de nobleza la calidad de la tierra en que el niño da el primer vagido. Os diré que no procedo de la errática isla de Delfos, como Apolo, ni de las ondas marinas del mar undoso, ni de las profundidades de las cavernas, sino de las Islas Afortunadas, en donde todo crece espontáneamente, donde enamoran la vista y deleitan por doquier el olfato, la mejorana, la artemisa, la ambrosía, el lote, la violeta, la rosa y el jacinto. A cualquier lado que se volvieran los ojos podía una creerse en el jardín de Escolapio.
No procedo yo ni del Caos, ni de Saturno, ni de Júpiter, ni de ningún  Dios, sino que descendiendo de mi muy humano padre, que hoy como siempre trastocase desde sus cimientos las cosas sagradas y profanas. Así es mi padre de quien estoy orgullosa, de él nací, pero no me sacó de su cabeza, como saliera  de la de Júpiter la ceñuda Minerva sino que me engendró en Hebe, la ninfa  más alegre y graciosa.
No, yo no vine al mundo por consecuencia de un obligado y forzado débito conyugal, sino de una manera más agradable y hermosa, del fruto de la conjunción del amor: soy hija del amor libre. Nacida entre delicias, no vine al mundo llorando, sino tan pronto como abrí los ojos, sonreí graciosamente a mi madre y  a mi padre.


Diga la gente lo que quiera acerca de mi persona, pero pruébalo claramente que, apenas me he presentado en medio de esta numerosa asamblea para tomar la palabra, una alegría viva  ha brillado en todos los rostros. De repente vuestras frentes se han desarrugado, habéis aplaudido con sonrisas tan amables, que seguramente todos los que aquí estáis me parecéis embriagados con el néctar de los dioses de Homero, mientras que hace un instante, sombríos y llenos de cuidados, os habría tomado cualquiera por individuos escapados del antro de Trofonio. Ahora estáis del mismo modo que cuando el sol matutino muestra a la tierra su áureo y hermoso rostro, o cuando, tras de un invierno crudo reaparece la primavera en alas de los céfiros y al punto todo cambia de aspecto y la Naturaleza rejuvenecida, se adorna con sonrientes colores, del mismo modo se han transformado vuestros semblantes.


Si deseáis saber la causa por lo que hoy comparezca ante vosotros, yo solo diré como no halléis enojosas mis palabras y queráis escucharlas. El discurso que vais a oír no dejara de ser verdadero porque sea improvisado. No creáis que digo estas palabras por hacerme valer y que con ellas me propongo solamente lucir las galas del ingenio, sino por lo que a mi toca siempre me ha causado gran placer y deleite decir todo lo que se me viene a la boca.


Yo soy como podéis ver Mora, pero, para qué necesito decirlo, si alguno se le ocurriera confundirme con Juno  o con  Hera,  hubiera de convencerse al punto de su error con solo mirarme y sin necesidad de que me oyese pronunciar palabra, ya que la cara es el espejo del alma. En mi no hay lugar para el engaño, ni llevo una cosa en el corazón y otra en la boca. Yo no fijo sobre mi rostro un sentimiento que no comparte mi corazón.
Pero me he alejado demasiado y quiero volver sobre lo que me enseñó mi padre: la amistad y el deleite, los supremos bienes. ¡Que sería la vida, si es que pudiera llamársele así cuando se quitase de ella la parte deleitosa? ¿Merecería llamársele vida? Los nuevos dioses no teniendo ya censor de sus acciones se entregaron a la dulzura y el deleite, como Homero dice, viviendo a su placer.


Oh, oh, veo que me aplaudís. Bien sabía que ninguno de vosotros era lo suficiente cuerdo, o mejor dicho, que no había ninguno que hubiese dejado de perder el juicio hasta tal punto, o más bien quiero decir que no fuera extremadamente sensato que no se hallase conforme.


Pero ahora decidme, ¿Puede deleitar a los demás el que para sí mismo se es molesto e insoportable?, ¿Puede divertir a los demás el que esta desesperado por su propio tedio? ¿Es posible acaso que esté de acuerdo con otro quien no lo esté consigo mismo? ¿Puede por ventura amar a alguien aquel que a sí mismo se aborrezca?
 

Tan cierto es que cada uno debe quererse a sí mismo y preocuparse de su estimación antes de buscar la ajena. La principal condición de la dicha, es que cada uno esté contento, satisfecho consigo mismo. De que serviría la belleza de nuestro espíritu principalísimo valor  sino supiésemos  apreciarla en la mayor parte de nuestros actos, tanto los que se relacionan con los demás como los propios, sino estuvieran inspirados por el amor y la simpatía por uno mismo. ¿No es éste uno de los necesarios deleites?
Pero sigamos con uno de los supremos deleites de la vida,  que es el complacerse con el amor y el trato con los amigos, diciendo que la amistad es lo más hermoso, porque es una cosa tan necesaria, que no lo son más el aire, ni el fuego, ni el agua; de la amorosa amistad brota la verdad, la bondad y la belleza. Tan placentera que prescindir de ella valdría tanto como prescindir del sol, y finalmente tan honesta, que los mismos filósofos no vacilan en colocarla entre los más soñados de los bienes, de donde nace la unión, la concordia y la armonía que son los más firmes lazos de la humanidad...”
Y así continúo hablando y sonriendo Mora, con gran placer y deleite, diciendo todas las palabras que se le venían a la mente, tantas y tantas que podrían llenar todas las páginas de este libro

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7.  Espuma, olas, música y poesía para formar los hábitos y ritmos del corazón: Isadora, una niña que bailaba entre ostras y burbujas.


“Antes de que yo naciera, mi madre sufría una gran crisis espiritual; su situación era trágica. No podría tomar ningún alimento, excepto ostras y champaña helada. Si me preguntaran cuando empecé a bailar, contestaría, en el seno de mi madre, probablemente por efecto de las ostras, alimento de Afrodita,  junto con  la espumosa y burbujeante  champaña.


Mi madre estaba en aquellos tiempos soportando una experiencia tan trágica, que solía decir con frecuencia: este niño que va a nacer no será normal, y esperaba a un monstruo. Y, de hecho, desde el momento de mi natalicio, parece que empecé a agitar brazos piernas con tal frenesí, que mi madre exclamó: Ya ven que tenía razón; esta niña es maniática. Pero más tarde, colocada con mis andaderas en el centro de la mesa era el divertimiento de toda la familia y de los amigos, y quería bailar todas las músicas que se tocaban.


Nací a la orilla del mar, y he advertido que todos los grandes acontecimientos de mi vida han ocurrido junto al mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas. Nací bajo la estrella de Venus – Afrodita, que nació también del mar.  Cuando su estrella está en ascensión, me sucede siempre algo agradable, en estos periodos, la vida se me hace más ligera y me siento capaz de crear. Creo también que existe una gran diferencia en la vida de un niño, según nazca junto al mar o en las montañas, el mar siempre me ha atraído, mi vida y mi arte nacieron del mar.
Tengo que estar agradecida al hecho de que siendo yo niña, fuera pobre mi madre. No podía tener sirvientes ni ayas para sus hijos, y a esto debo la vida espontánea que pude expresar siendo niña, y que no he perdido nunca. Mi madre enseñaba música para ganarse la vida, y como daba sus lecciones a domicilio, estaba fuera de casa todo el día y muchas horas de la noche. Cuando podía escaparme de la prisión de la escuela era libre; podía vagar sola, a la orilla del mar, y seguir mi fantasía. ¡Qué lástima me dan los niños seguidos constantemente por sus ayas, constantemente protegidos, cuidados y vestidos con elegancia! ¿Qué vida es la suya? Mi madre estaba muy atareada para pensar en los peligros que pudieran sobrevenir a sus hijos,  y por eso mis dos hermanos y yo podíamos libremente seguir nuestros impulsos vagabundos. Por fortuna, mi madre era deliciosamente descuidada. Digo por fortuna, porque a esta vida salvaje y sin obstáculos de mi niñez debo la inspiración de la danza que he creado y que no es sino la expresión de la libertad. Nunca estuve sujeta a esos continuos,  niña no hay que hacer esto ni lo otro, que hacen miserable la vida de la infancia.


A la edad de cinco años fui a la escuela pública. Me parece que mi madre prevaricó sobre mi edad. Era necesario encontrar un sitio donde dejarme. Recuerdo que en la escuela se me consideraba como una chica asombrosamente lista, y a la cabeza de toda la clase, o como una estúpida sin remedio, en el último extremo de la cola. Todo dependía de un poco de memoria y de si yo me tomaba o no el trabajo de aprender a repetir los temas que se nos indicaba. Pero nunca tenía la menor idea de lo que aquello significaba. Estuviera a la cabeza o a la cola de la clase, el tiempo transcurría muy lentamente y yo no dejaba de mirar el reloj hasta que sonaban las tres, y nos sentíamos en libertad.
Las escuelas han debido cambiar desde que yo era chica. Lo que yo recuerdo de la enseñanza pública es una brutal incomprensión de lo que es la niñez. También recuerdo la tortura de permanecer inmóvil, sentada en un banco, con el estómago vacío y los pies helados en los zapatos húmedos. La maestra me parecía un monstruo inhumano que estaba allí para torturarnos. Los niños no hablaban nunca de estas angustias.
No recuerdo de ningún sufrimiento que tuviera por causa de la pobreza de nuestro hogar. A nosotros nos parecía muy natural esa pobreza. Donde yo sufría era en la escuela, únicamente. Para un niño sensible, el sistema de la escuela pública es tan humillante como el de un penal. Yo siempre estaba en rebeldía.


Mi verdadera educación se realizaba por las noches, cuando mi madre nos tocaba obras de Beethoven, Schumann, Schubert, Mozart o Chopin y nos leía en voz alta pasajes de Shakespeare, Shelly, Keats o Burns. Eran para nosotras horas encantadas. Gracias a mi madre, nuestra niñez estuvo impregnada de música y poesía. Por las noches se sentaba al piano y tocaba durante horas enteras; no teníamos horas fijas para levantarnos ni para acostarnos.


Mi arte ya estaba en mí, cuando era niña y si no quedó ahogado fue gracias al espíritu heroico y aventurero de mi madre. Estoy convencida que todo lo que una persona hace en la vida empieza cuando es muy niño.


Creo que lo que uno está llamado hacer en su vida es claramente expresado en la infancia, desde entonces ya me sentía una bailarina. Un día mi madre se encontró al llegar a casa, con un espectáculo inusitado. Había reunido yo a una media docena de chicos de la vecindad, todos ellos muy pequeños e incapaces de correr, y después de sentarlos en el suelo, los estaba enseñando a mover los brazos. Al pedirme una explicación, le dije que era mi escuela de baile. Mi idea le divirtió mucho y se puso al piano para tocar. Esta escuela continuó abierta y llegó a ser muy popular.
Traigo a colación estos detalles de mi vida porque estas impresiones de mis primeros años tuvieron una tremenda influencia en mis hábitos, en  mi vida, en lo que sería mi carrera artística, en lo que yo soñaba que habría de ser la danza, y como debería ser enseñada.


         Pensaba que el cuerpo era un instrumento armónico y sus movimientos no solo expresaban como en la gimnasia movimientos corporales, sino que expresaban también el lenguaje del alma. Movimientos que coinciden con las aspiraciones más íntimas. Cada movimiento no era solamente un medio para llegar a un fin sino un fin en si mismo, el fin era hacer que todos los días de la vida fueran completos y felices. Todo esto quedaría expresado, cuando muchos años después funde la escuela de baile con  que había soñado tanto tiempo.


      En la escuela los alumnos comenzaban con una sencilla gimnasia de músculos, preparatoria de su elasticidad y fuerza, ya que la gimnasia es la base de toda educación física. Es necesario llenar el cuerpo de luz y de aire, extraer de él todas las fuerzas vitales que contiene, hasta llevarlas a su máximo desarrollo. Luego viene la danza, que consistía en aprender a caminar de manera sencilla, cadenciosa, avanzando lentamente con un ritmo que brotaba de los movimientos de la naturaleza. Los movimientos de las nubes arrulladas por el viento, los árboles que se estremecen, los pájaros que vuelan, las hojas que dan vueltas: todo debía tener para los alumnos un sentido especial. Todas las partes de su cuerpo elástico y bien preparado debían responder al melódico lenguaje de la naturaleza y cantar con ella. Después corrían, lentamente al principio y saltando más tarde seguían ciertos movimientos definidos por el ritmo, así aprendían el lenguaje de los sonidos y al mismo tiempo el lenguaje de los movimientos.
Los niños estaban siempre vestidos con trajes ligeros y graciosos que utilizaban para sus juegos y deportes, en clase y en el bosque. Saltaban y corrían libremente hasta que con la misma facilidad que los otros se expresan por el canto o la palabra, ellos aprendían a expresarse con el armónico lenguaje de la danza…”
                                                                                 Isadora  Duncan
                                                                                    1887 – 1927

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