
"Contribuciones a la Economía"
es una revista
académica mensual
con el Número Internacional Normalizado
de Publicaciones Seriadas ISSN
1696-8360
Salomón
Kalmanovitz
[1]
1. Introducción
La historia económica moderna ha sufrido dos grandes cambios en el último medio
siglo. El primero fue la cliometría que introdujo el análisis econométrico de
series largas de las cuentas nacionales, organizadas de acuerdo con modelos
económicos, para dar cuenta de los procesos de crecimiento de largo plazo, de la
rentabilidad social de inversiones en infra-estructura o de la productividad de
diversas formas de producción o de sectores específicos. La segunda
transformación, más reciente, surge de recurrir a las instituciones para
explicar los cambios históricos y el comportamiento económico de las sociedades,
donde se comenzaron a resolver preguntas sobre el papel de la revolución
democrática en Europa, las instituciones parlamentarias y fiscales así creadas y
el impacto de estas sobre el desarrollo económico de largo plazo, del impacto de
la depredación de los excedentes sociales o de la inseguridad de los derechos de
propiedad en la inversión o de los incentivos creados para la acumulación de
capital por modelos corporativos de desarrollo económico.
Para citar este artículo puede utilizar el
siguiente formato:
Kalmanovitz, S.:
"La cliometría y la historia económica institucional: reflejos latinoamericanos" en
Contribuciones a la Economía,
febrero 2004 en http://www.eumed.net/ce/
También
incluido en este CD-ROM o sitio web:
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En este ensayo me voy a referir en especial al impacto que ha tenido la llamada
economía neo-institucional sobre la historia y su aplicación a los problemas del
desarrollo económico de América Latina y de Colombia, aunque también me ocuparé
de los intentos de la cliometría para establecerse en el país.
El ensayo cuenta con 5 secciones de la cual esta es la primera. La segunda
tratará la naturaleza de las propuestas de la cliometría y la tercera los
aportes del nuevo institucionalismo para la historia económica, resaltando el
trabajo de Douglass
North
y el de Robert Bates, más algunos aportes de
politólogos como Barry Weingast y James Robinson. La cuarta sección
inspeccionará brevemente la historia económica en América Latina y se referirá
al predominio de la teoría de la dependencia que dificultó el progreso de la
cliometría en estos lares, junto con sus expresiones en Colombia. La quinta
sección concluirá.
2. La cliometría.
La cliometría consistió en la aplicación de la teoría económica y de la
econometría al análisis del pasado. Uno de sus gestores fue Simón
Kuznets
quien
desde 1948 había emprendido un ambicioso proyecto apoyado por el National Bureau
of Economic Research y que culminó en su libro aparecido en inglés en 1966,
El
crecimiento económico moderno. (Madrid, 1973) Allí, Kuznets estableció criterios
para analizar los países con base en las categorías de producción, asignación de
recursos, distribución del ingreso, consumo y relaciones externas (los flujos de
conocimiento, personas y capital entre países). La producción se relacionaba con
la población y las categorías de producto o ingreso per cápita pasaron a ser la
vara de comparación de la riqueza entre países. La relación entre insumos y
producto daba una idea de la productividad de los factores y el remanente, que
era fundamental, se le tildaba como la productividad total de los factores. La
distribución se refería a los ingresos del capital, del trabajo y de la tierra.
La idea era la de elaborar series largas de las cuentas nacionales, que a su vez
habían sido deducidas de las categorías keynesianas de consumo, ahorro e
inversión, de distintos países para poder hacer comparaciones informadas. El
crecimiento moderno se refería a un patrón de acumulación de capital rápido y
sostenido a lo largo del tiempo.
Otro influyente autor de la escuela cliométrica fue Robert
Fogel
en su libro Railroads and American Economic Growth: Essays in Econometric History (1964) en
el que trató de calcular el costo beneficio de la inversión hecha en
ferrocarriles en los Estados Unidos durante el siglo XIX. Fogel hizo un número
de importantes innovaciones en la naturaleza de la investigación histórica que
fueron, entre otras, la definición operacional del ahorro social, la utilización
de ejemplos contra factuales de manera explícita, el uso de modelos económicos
para calcular lo que hubieran sido los costos calculados por un agente racional
y, por último, la selección y comprobación de hipótesis sobre el mundo real que
estaban sesgadas en contra de sus hallazgos principales. Sus resultados
indicaron que los ferrocarriles no habían jugado un papel tan importante en el
crecimiento económico de los Estados Unidos como se había creído porque habían
medios de transporte alternativos, como la red de canales y de carreteras
existentes.
El mismo Fogel, en conjunción con Stanley Engerman, publicó en 1974 un polémico
libro sobre la esclavitud norteamericana, Time in the Cross: The Economics of
American Negro Slavery, en el que se cuestionaba todas las posiciones más
aceptadas sobre la institución, como que la esclavitud era una inversión poco
rentable, que estaba en su etapa económica moribunda, que el trabajo esclavo y
la producción agrícola basada en él eran económicamente ineficientes, que la
esclavitud había conducido al estancamiento del Sur de los Estados Unidos y que
había impuesto condiciones de vida extremas a los esclavos.
Hobsbawm observa que el papel de la cliometría ha sido fundamentalmente crítico:
“en la medida en que... obliga a los historiadores a pensar claramente y hace de
detector de tonterías, cumple funciones necesarias y valiosas”. (Hobsbawm, 123)
En torno a los ejercicios contrafácticos ellos pueden ser útiles en cuanto
iluminen lo que evidentemente sucedió, pero no dejan de ser especulativos. La
cliometría falla cuando aplica al pasado modelos de comportamiento de un
capitalismo sin aristas, plenamente desarrollado, aplicando supuestos como la
elección racional o la optimización de la rentabilidad en casos donde éstas no
aparecen claramente en el horizonte del agente económico, sea este un siervo
feudal, un esclavo romano o un terrateniente aristocrático.
Elster cuestiona a fondo la utilización por los cliometristas de los escenarios
contrafácticos, lo que él llama “mundos posibles”, pues su selección tiende a
predeterminar los resultados obtenidos [2] y, en verdad, nunca podrá ser comprobado
el “qué hubiera pasado sí borramos algún evento histórico”. Sin embargo, también
aclara que cualquiera selección de hechos relevantes por parte del historiador
es en cierta forma contrafáctica, porque se están desestimando otros hechos de
la realidad, es decir se fabrica una realidad algo distinta a la que arrojan los
datos, seguramente simplificada.
Los aportes a la nueva historia económica se siguieron consolidando con el
tiempo. En nuestro medio, como se verá, tuvo un aparatoso comienzo y Jesús
Antonio
Bejarano Ávila
llegó a decir que se trataba de una disciplina en decadencia. North afirmaba en 1974 que los cliometristas habían encontrado que la esclavitud
era rentable y que los ferrocarriles no habían sido tan esenciales como
parecían, pero que no habían sabido identificar cuál había sido el impulso al
crecimiento de largo plazo ni entendían cambios en la distribución del ingreso
causados por los cambios históricos. Habían atacado problemas específicos o
instituciones pero no habían incursionado en aclarar la transformación de los
sistemas económicos, es decir del crecimiento de largo plazo. El gobierno no
jugaba ningún papel endógeno y era introducido de manera casuística, ad hoc. El
único análisis que proveían era el de decisiones de mercado, pero dejaban por
fuera el hogar, las asociaciones económicas (gremios) y nada informaban sobre
las decisiones políticas. Y se preguntaba: ¿Cómo puede uno hablar seriamente
acerca del pasado económico sin una explicación de las decisiones que se toman
por fuera de los mercados? Por último, North afirmaba algo que es relevante para
entender la dificultad para que la disciplina avanzara en países con sistemas
universitarios incompletos, que la cliometría no podía ser enseñada en los
cursos de pregrado, ya que no solamente era compleja sino que no iluminaba el
pasado de manera relevante y escasamente incentivaba la curiosidad de los
estudiantes. (North, 1974, 2)
En 1997 North afirmaba que la cliometría después de 40 años había consolidado
sus contribuciones: “la aplicación de un cuerpo sistemático de teoría y
sofisticados métodos cuantitativos a su campo de acción ... (logrando)
substituir o especificar con mayor precisión la mayor parte de las explicaciones
económicas tradicionales que habían sido elaboradas sobre el pasado reciente del
hombre”. Pero seguía presa, en lo fundamental, de la teoría neo-clásica, cuyos
supuestos eran “los de un mundo sin fricciones en el cual las instituciones y el
gobierno no juegan ningún papel explícito”. (North, 1997, 412).
En fin, la cliometría había contribuido a esclarecer muchos eventos y problemas
microeconómicos de la economía capitalista para lo cual contó con un creciente
arsenal de medios técnicos. Los instrumentos estadísticos y econométricos que se
pueden aplicar a la historia han seguido mejorando, tornándose en herramientas
de trabajo más sofisticadas, como los filtros Hodrick-Prescott y el Kalman, que
sustraen las tendencias de largo plazo de las propiamente cíclicas en el
comportamiento de las variables de un modelo y son de una gran ayuda para
discernir cuál es el crecimiento potencial de una economía en el largo plazo y
cómo el crecimiento observado se desvía en distintos momentos cuando lo
sobrepasa o se coloca por debajo del mismo. Los filtros también le restan
volatilidad a una serie y permiten analizarla mejor. Así mismo, modelos de
equilibrio general computable y otros basados en sistemas de ecuaciones han sido
ampliamente desarrollados y pueden ser corridos rápidamente con el gran poder
computacional derivado de la informática moderna. (Kydland, Prescott)
Herman Van der Wee, de la Universidad de Lovaina, dijo en la conferencia
inaugural de la Asociación Internacional de Historiadores Económicos celebrada
en Buenos Aires en 2002 que “la historia económica nunca ha exhibido tanta
actividad y dinamismo como el que muestra en la actualidad, interactuando mucho
más que durante los anteriores períodos con otras ramas de las humanidades y de
las ciencias sociales.” La micro-economía y la micro-historia, dotadas de nuevas
herramientas de formalización como la teoría de juegos, habían contribuido a
entender mejor la relación entre estructura (necesidad), riesgo (amenaza) y la
libertad humana. La historia económica se había re-encontrado con la sociología,
la ciencia política y la psicología experimental, como ya lo habían hecho los
clásicos del pasado, desde Adam
Smith
a Joseph
Schumpeter, para preguntar y
tratar de responder a nuevos interrogantes sociales y a modelar también las
instituciones políticas, de tal modo que contribuía a revelar aspectos de una
realidad socio-económica más compleja. Pero tampoco era una panacea y se
declaraba impedida de atacar los problemas de las transiciones económicas y
políticas y, por sobre todo, le costaba trabajo explicar el crecimiento
económico de largo plazo. Un balance exhaustivo al que remitimos al lector
interesado es el texto de Baccini y Gianeti, Cliometría, en donde hacen un
balance metodológico de los enfoques que compiten al interior de la historia
económica cuantitativa y de los debates subyacentes.
3. La historia económica neo-institucional.
La otra vertiente que transformó la historia económica responde a las
inquietudes formuladas por Douglass North y otros historiadores, que revive una
corriente que tiene antecedentes en la escuela histórica alemana y en los
institucionalistas norteamericanos de principios del siglo XX. Las instituciones
son definidas como las reglas de juego que guían la conducta de los agentes
económicos, los que reaccionan de alguna manera maximizadora para sus propios
intereses pero no necesariamente en forma que impulse el crecimiento económico,
con lo cual se cuestiona el principio smithiano de la confluencia del interés
individual y el social. Las instituciones pueden ser formales y estar escritas
en la constitución, las leyes y los organigramas de las empresas o ser
informales como las normas, las ideologías y las religiones que se constituyen
en guías de acción de los agentes.
En su libro de 1961, El crecimiento de los Estados Unidos 1790-1860, Douglass
North mantenía que el poder subyacente más influyente en la historia era la
evolución de los mercados y se declaraba en desacuerdo con el tratamiento
tradicional de la historiografía norteamericana, preocupada por la descripción y
el cambio institucional, sin entender los procesos de crecimiento económico. (North,
1966, vi) Las instituciones en la historiografía tradicional eran entendidas
como organizaciones y estaban separadas de la dinámica económica, muy
distintamente a como fueron vistas más adelante por el mismo North, como un
entorno de incentivos que fomenta o restringe el crecimiento económico, ofrecen
garantías o no a los derechos de propiedad, y conduce el excedente económico
hacia la inversión o hacia su depredación por el Estado y otros agentes. North
se lamentaba entonces que a la historia le faltaba teoría económica para poder
enlazar los fenómenos adecuadamente, jerarquizarlos y darle un sentido a la
historia. En este libro pionero, North sienta su predilección, que será una
constante a lo largo de toda su carrera, por la teoría smithsoniana del
desarrollo económico. Para los Estados Unidos del siglo XIX afirma lo siguiente:
“La diseminación de la economía de mercado fue una influencia estratégica en el carácter del crecimiento económico. Ejerció un continuo empuje sobre los recursos económicos, atrayendo una creciente proporción de ellos hacia la producción para el mercado y fuera de la autosuficiencia de los colonos. Y el tamaño del mercado fue el determinante más importante del desarrollo manufacturero y de una creciente eficiencia económica... La conducta de los precios de los bienes servicios y factores productivos fue el elemento más importante en cualquier explicación de su crecimiento económico. Las políticas institucionales y los cambios políticos fueron ciertamente influyentes pues ellos actuaron para acelerar o frenar el crecimiento en muchas ocasiones... Pero ellos modificaron antes que remplazar las fuerzas subyacentes de una economía de mercado.” (North, 1966, vii)
De esta manera, los cambios en los precios relativos generan transformaciones en
la conducta de los poseedores de los recursos económicos que desatan, a su vez,
cambios políticos e institucionales. Se trata de un enfoque neo-clásico en el
cual priman el análisis del costo-beneficio y el supuesto de la optimización de
las utilidades como fuerza impulsora del cambio institucional.
Más adelante, North va a replantear sus hipótesis, en la dirección de
desarrollar una teoría de las instituciones y su impacto sobre el cambio
histórico y sobre el desempeño económico de las sociedades. El trabajo en el que
se hicieron sus nuevas propuestas fue el elaborado con Robert Thomas en El
nacimiento del mundo occidental, (North, Thomas, 1973) que subtitularon como una
nueva historia económica (900-1700)en el cual la pregunta fundamental fue: ¿Qué
hizo que por primera vez en la historia humana algunas sociedades obtuvieran
crecimientos de largo plazo y superaran la pobreza abyecta y las hambrunas?
El argumento central de North y Thomas es el de que la organización económica
eficiente fue la clave del crecimiento y que los arreglos institucionales, en
especial la definición adecuada de los derechos de propiedad y su protección,
crearon incentivos para canalizar el esfuerzo económico en una dirección que
acercó la tasa de retorno privada a la social. La estructura política favoreció
a los empresarios pero introdujo a la vez limitaciones al despotismo y abrió el
campo de las oportunidades a más agentes. Las patentes protegieron e
incentivaron la invención y es en este sentido que se entiende mejor el
acercamiento del rendimiento individual – en este caso el monopolio temporal que
genera una renta para el inventor – y el rendimiento social, la reducción de
costos o la mejora en la calidad de vida que surgen de la innovación y que
beneficia a toda la sociedad. Al mismo tiempo, la innovación recibió un fuerte
incentivo que multiplicó las iniciativas individuales.
La atmósfera institucional de Inglaterra y Holanda favoreció entonces la
inversión de capital y la extensión del mercado permitió la realización de
economías de escala; es en este sentido que se precisa la noción de eficiencia,
pues a partir de cierto nivel de producción caen los costos unitarios y se
abaratan los productos. El protestantismo justificó la riqueza como posible
expresión de gracia e indujo una disciplina social en la población trabajadora.
Con ello hubo una legitimación del capitalismo y un aumento en la calidad de los
factores de la producción. El apoyo del Estado y del capital a las universidades
impulsó el desarrollo de nuevas tecnologías. La separación Estado-Iglesia
permitió el libre examen y la investigación científica, mientras que el Estado
se concentraba en impulsar el desarrollo del capitalismo y no en defender o
atacar algún credo.
North enfrenta el problema de las instituciones informales, en particular el de
la religión, en términos muy económicos. Las leyes contra la usura impedían
normalizar los contratos de crédito y medir y acotar adecuadamente el riesgo
crediticio. Ello aumentaba los costos de transacción en el mercado financiero,
que es fundamental en el proceso de desarrollo, y obligaba a que los agentes
diseñaran complejos contratos para evadir las regulaciones morales que imponía
la Iglesia católica. Una vez abolidas las leyes contra la usura, se
desarrollaron a fondo los mercados financieros de Amsterdam y Londres, cuyas
tasas de interés estaban por debajo de las que ordenaba la Iglesia. Pero hay
también elementos culturales que
Weber
destacó y que North descarta: el
protestantismo combatió la mentalidad mágica, justificó la acumulación de
capital y la racionalidad derivada de ella, indujo el ascetismo y la
responsabilidad en la vida diaria e incentivó el perfeccionamiento personal
mediante el trabajo, el estudio y la lectura, lo que contribuyó a que se
extendiera y universalizara el alfabetismo dentro de la población. (Weber,
250-258)
Uno de los aspectos centrales de la teoría neo-institucional es la importancia
que le concede a los costos de transacción. Estos se definen como los costos de
información, los costos de los contratos y la supervisión de su cumplimiento o
sea los costos legales y del sistema de justicia, el costo de los riesgos
implícitos en las operaciones que se reducen por el desarrollo del cálculo de
esos riesgos. El surgimiento de Occidente fue posible por una reducción de las
imperfecciones de mercado o sea con obtención de unos menores costos asociados a
la incertidumbre y a la calidad de la información. En este sentido, surgieron
mercados de letras de cambio y, en la medida en que el comercio aumentaba,
aparecieron agentes especializados en el mercado monetario; cuando se instauró
el mercado de deuda pública, donde el fisco burgués fue impecable en el
cumplimiento de sus obligaciones, surgió un mercado profundo que permitió
transar también deuda privada y eventualmente acciones de las sociedades
anónimas.
La reducción de la inflación fue posible porque se prohibió afeitar y falsificar
las monedas en la forma como lo habían hecho hasta el momento las monarquías
absolutas, lo que también condujo a una mejora notable de la información
contenida en los precios. El mercado de capital y la baja inflación dieron lugar
a tasas muy bajas de interés y a la posibilidad de financiar grandes inversiones
en proyectos densos en capital como metalurgias, ferrocarriles, canales, etc.
Con una mejor información se pudieron medir los riesgos, surgió el cálculo
actuarial y la industria de los seguros.
Hubo cambios organizativos que fueron fundamentales para el progreso de las
empresas, tanto en sus métodos de gobierno como en la transparencia para sus
accionistas que introdujo la contabilidad pública. El surgimiento de las
sociedades por acciones, que eran responsables sólo por el capital invertido en
ellas, redujo el riesgo asociado con las organizaciones industriales pues los
dueños de acciones tenían salvaguardado su patrimonio personal de los efectos de
una posible quiebra.
La teoría neoinstitucional analiza entonces los incentivos que podían conducir a
los individuos a emprender actividades socialmente deseables (generadoras de
comercio y de empleo) o a actividades redistributivas, que capturan las rentas
producidas por otros agentes o depredando sus excedentes. La redistribución del
ingreso significaba que se daban pérdidas para los agentes productivos, como
pudo haber sucedido durante gran parte de la historia humana de imperios y
monarquías, y la vida social se caracterizaba por la monotonía y la ausencia de
iniciativas. En tal sentido había que analizar el cómo estaban definidos los
derechos de propiedad, de que fueran justos y aceptados por muchos y
contribuyeran a la eficiencia, y que fueran efectivamente defendidos en caso de
ser agredidos.
Los derechos de propiedad latifundistas, sobre las personas o sobre las
propiedades de siervos y arrendatarios, eran desafiados por muchos agentes y
contribuían a ineficiencias estructurales en los sistemas de producción y
distribución. Los derechos de propiedad surgidos de reformas agrarias probaron
ser claves en el desarrollo más rápido de muchos países que pasaron por los
cataclismos de revoluciones y revueltas campesinas y a que surgieran
instituciones políticas más aceptadas por la población o sea que contaban con
una mayor legitimidad. (Barrington Moore)
Otro elemento fundamental del crecimiento económico continuo fue el de que las
instituciones incentivaron a que el excedente fuera re-invertido continuamente
y, al mismo tiempo, aumentara como resultado de la eficiencia institucional y de
la contenida en el cambio técnico; en este sentido, las sociedades capitalistas
cumplieron, primero, con la expansión del ahorro y, segundo, con su canalización
hacia la inversión, mientras que las instituciones políticas favorecían el
cambio técnico, a pesar de que éste casi siempre crea perdedores. Las sociedades
que atravesaron por revoluciones socialistas como Rusia y la China mantuvieron
tasas de crecimiento elevadas durante 4 o 5 décadas, invirtiendo una enorme
proporción de su producto anual, pero no fueron sostenibles en el tiempo, entre
otras cosas, porque no favorecían el cambio técnico ni impulsaba la
productividad de sus plantas industriales, que es lo que impulsa
fundamentalmente el crecimiento de largo plazo de los países [3].
En la Unión Soviética colapsaron las reglas de distribución del ingreso y la
férrea disciplina social mantenida por el patriotismo y el terror del Estado; en
China, sus dirigentes cambiaron el modelo de desarrollo antes del agotamiento
del socialismo soviético, seducidos por el éxito exportador del capitalismo en
el Este asiático. No faltaron modelos corporativos de desarrollo exitoso, como
los de Alemania, Italia y España montados sobre fuertes caudillos que
irrespetaron los derechos de propiedad de grandes segmentos de sus poblaciones,
que disolvieron sus instituciones parlamentarias, por lo cual no contaban con
reglas de sucesión conocidas y respetadas por todos los agentes. La segunda
guerra liquidó los regímenes propiamente fascistas, mientras que el falangismo
franquista encontró formas de relevo parlamentarias que eventualmente le
prestaron estabilidad al crecimiento de largo plazo de la economía española,
mediante su apertura e integración al Mercado Común de Europa.
En su célebre opúsculo de 1990, Instituciones, cambio institucional y desempeño
económico (North, 1993) el autor sistematizó en una teoría coherente sus
anteriores aportes a la historiografía. Afirma allí que “ofrece el esbozo de una
teoría de las instituciones y del cambio institucional”... y que centra su
atención “sobre el problema de la colaboración humana, específicamente en captar
las ventajas del comercio.” La colaboración es propiciada por instituciones que
logran resolver los conflictos de interés de manera consensuada, permiten que
los perdedores de los cambios técnicos e institucionales obtengan alguna
reparación, pero aseguran que el cambio exigido por la acumulación de capital
siga su marcha.
En una muy estrecha síntesis, North afirma que las instituciones proveen la
estructura básica en la cual los seres humanos han creado orden y reducido la
incertidumbre del intercambio en la historia. Junto con la tecnología empleada,
ellas determinan los costos de transacción y transformación y, por lo tanto, la
rentabilidad y la posibilidad de emprender la actividad económica. Se descuelga
de la visión neo-clásica para decir que ésta introduce una “característica
devastadoramente limitante para aquellos historiadores cuyo problema central es
explicar el cambio a lo largo del tiempo”, (168) suponiendo “un mundo sin
fricciones” donde las instituciones no existen o no importan. De esta manera, se
olvida el objetivo principal de la historia económica: tratar de explicar los
diversos patrones de crecimiento, estancamiento y decadencia de las sociedades
en el tiempo y el de explorar la manera en la cual las fricciones que son
consecuencia de la interacción humana producen resultados ampliamente
divergentes.
Un autor que complementa las líneas de análisis de North es Robert Bates en su
trabajo Violence and Prosperity. Para él, un sistema judicial o un ejército
pueden cubrir un área y población grandes, reduciendo los costos unitarios de
justicia y protección. “Un conjunto de derechos de propiedad especificados puede
ser extendidos indefinidamente a otras áreas con un bajo costo adicional”. Es
fundamental el paso de la justicia privada que limita la acumulación de capital
y destina recursos a la venganza, a la justicia en manos del Estado puesto que
limita el conflicto intra-social. El período de continuas guerras de la alta
edad media generó crisis fiscales que dieron fuerza a las ciudades, a sus
comerciantes y banqueros.
Las condiciones iniciales para el desarrollo capitalista fueron un espacio
amplio comercial, un mercado interior sin barreras o comercio internacional con
pocas barreras. La protección limita la extensión del mercado y entrega rentas a
los productores protegidos. Estos, a su vez, le restan poder político a los
sectores y regiones que se perjudican con la protección. La mayor extensión del
mercado lleva a una mayor especialización y a aumentos de la productividad. La
entrada al mercado se limita cuando el Estado otorga monopolios, vende puestos
públicos o discrimina a favor de unos intereses – no necesariamente los más
productivos o eficientes – en contra de otros. La educación es importante para
el desarrollo económico porque permite una especialización más compleja del
trabajo y de la producción.
Para North, los casos de Francia, España y Portugal durante la alta edad media
muestran fuertes poderes centrales que se abrogaron muchos derechos económicos,
a partir de los cuales repartieron arbitrariamente privilegios, monopolios y
rentas específicas. “La persistencia de instituciones ineficientes, ilustrada
por el caso de España, fue un resultado de las necesidades fiscales de los
gobernantes que condujo a horizontes acortados de tiempo y, por lo tanto, a una
disparidad entre incentivos privados y bienestar social” [4]. ( p. 7
Institutions)
North aduce que al principio del siglo XVI España e Inglaterra encaraban
problemas fiscales similares y con costos militares crecientes, debidos a la
creación de nuevas tecnologías de guerra. Mientras la primera pudo resolverlo
con base al tesoro de sus colonias americanas, sin tener que recurrir a las
cortes o parlamentos, la segunda se vio obligada a hacer negociaciones con sus
súbditos ricos que eventualmente se convirtieron en ciudadanos que influyeron
sobre la política de la república monárquica.
A la vez que Inglaterra aumentó su poderío estatal y militar, y propiciaba su
revolución industrial, lo que le permitió dominar el mundo del siglo XVIII,
España fue llevada “a crisis fiscales sin solución, quiebras, confiscación de
activos y derechos de propiedad inseguros, en fin, a tres siglos de relativo
estancamiento” (p. 113). España fue testigo de la despoblación del campo, del
estancamiento de su industria y del colapso del sistema de comercio de Sevilla
con el Nuevo Mundo, todos asociados a las políticas de control de precios,
incrementos arbitrarios de impuestos y confiscaciones repetidas. La política no
estaba al servicio del desarrollo económico sino que era un instrumento fiscal
para la depredación de la riqueza privada.
North introduce el concepto de path dependance o dependencia del pasado que
informa que una matriz institucional de una sociedad se reproduce en el tiempo y
aunque va transformándose conserva algunos de sus rasgos fundamentales. En este
sentido “la historia económica latinoamericana... ha perpetuado las tradiciones
centralistas y burocráticas trasmitidas por la herencia española y portuguesa...
permanecen relaciones personales en la base de los intercambios políticos y
económicos” y eso explica en alguna medida la precaria estabilidad política y la
dificultad para apropiar el potencial de la tecnología moderna. En los Estados
Unidos, dependientes de la matriz institucional parlamentaria y propiciadora del
crecimiento económico “se dieron todos los intercambios impersonales más
complejos que le permitió capturar las ganancias económicas de la tecnología
moderna”. (p. 117)
En las sociedades industrializadas, los derechos de propiedad se legitiman
porque dependen de una justicia imparcial, del monopolio de las armas del Estado
y no de la fuerza privada del agente. Es en este contexto en que proliferan los
contratos o intercambios económicos y con ellos el desarrollo y la apropiación
de la tecnología. Para North, “la incapacidad de las sociedades para desarrollar
el cumplimiento obligatorio de los contratos es la fuente más importante del
estancamiento económico y del subdesarrollo contemporáneo del Tercer Mundo”.
Hay situaciones como las de América Latina en las que persisten instituciones
ineficientes porque hay agentes poderosos que se benefician con ellas. Sistemas
financieros distorsionados por el crédito subsidiado y la inflación que tiende a
expropiar a los agentes que viven de rentas fijas y a todos los acreedores,
protecciones altas que otorgan rentas de la población consumidora a favor de
terratenientes e industriales, exenciones de impuestos a la tierra y al ganado
pero altos impuestos al consumo, son todas políticas que defienden férreamente
sus beneficiarios.
North desdeña el elemento religioso como fundamental en su teoría de las
instituciones, en cuanto considera que no sobredetermina a los agentes. Pero hay
que tener en cuenta que la Iglesia católica fue el pilar ideológico del
absolutismo europeo; portaba una ideología que condenaba al capitalismo y a las
virtudes burguesas: ahorro, racionalidad e individualismo responsable.
Igualmente, la Iglesia tenía el monopolio de la educación y de las obras
sociales y por lo tanto se oponía tanto a la educación obligatoria y laica, como
a los impuestos, distintos a la caridad, que financiaran la educación y la salud
de la población. La separación de Iglesia-Estado fue condición necesaria del
orden burgués consensuado, pero la obtención de ella en muchos países
latinoamericanos no logró cambiar en lo fundamental la matriz institucional que
condicionaba su comportamiento económico. La fiebre dogmática de los liberales
radicales latinoamericanos, que reproducía una actitud religiosa, por ejemplo en
la elaboración de los llamados “catecismos liberales”, los que al igual que el
católico debían ser memorizados por los militantes. (Tovar) Esta es otra muestra
que informa la razón por la cual North dice que la religión en sí no determina
los comportamientos de los agentes.
En la América Latina no fue suficiente la adopción de constituciones o sistemas
legales norteamericanos o franceses porque quedaron superpuestos sobre una larga
tradición de controles burocráticos centralizados; la descentralización terminó
pronto con esquemas de re-concentración del poder en todos los estados que se
quisieron llamar federados y que mostraron el carácter paternal de las
transferencias y regalías para sus respectivas regiones. Esta es otra muestra
más de que la historia está anclada en el pasado.
4. La historia económica en la América Latina.
Los elementos críticos hacia la tradición hispánica contenidas en la obra de
North y
Olson, entre otros, han dificultado la aceptación del
neoinstitucionalismo y su historiografía en la América Latina [5]. Es así como la
nueva historia económica, incluyendo su vertiente neoinstitucional, ha sido
repelida por aquellos intelectuales que no ven culpa alguna en haber sido
envueltos en el legado histórico, que sienten una simpatía grande hacia el
estado paternal y una antipatía de magnitud similar contra el individualismo que
acompaña al capitalismo. Este ha sido un lecho propicio para la aceptación del
marxismo y explica en buena parte su éxito relativo. Para muchos científicos
sociales, en general, el enorme poder exhibido por los Estados Unidos, en menor
medida el de Europa, debe ser resistido activamente y sus sistemas económicos y
sociales rechazados con base en algún ideal socialista, lo cual impide analizar
el bosque nacional y sus posibilidades.
En la tradición latinoamericana hay una tendencia a examinar los problemas de
manera dogmática: se creyó que el pluralismo religioso terminaría en la guerra
de creencias y a la condenación eterna o que las esferas políticas regionales y
locales castrarían el poder central si se les permitía alguna autonomía. Y así
también con los debates ideológicos y científicos: la proliferación de puntos de
vista acarrearía el desorden y los puntos ciertos, los nuestros, serían
destruidos. Y así ha sido también con las corrientes que juzgamos como enemigas,
las que no son de nuestra familia y las que riñen con nuestra cultura. La teoría
neoclásica es irremediablemente de derecha y debe ser exorcisada, destruida. Sin
embargo, tiene sus indudables fortalezas – formalización matemática rigurosa,
hipótesis coherentes, comprobación empírica de las mismas, contrastación con las
hipótesis contrarias - y muchos de sus resultados son buenos, indiferentes a su
filiación política.
Cabe preguntarse ahora cual es la filiación política del neoinstitucionalismo,
si es que tiene alguna. En sus orígenes, el institucionalismo fue influido por
la escuela histórica alemana y contó con radicales como Thorstein Veblen y al
socialista Wesley Mitchell. North fue marxista y disidente en su juventud,
objetor de conciencia de la segunda guerra mundial. Su defensa del modo de
desarrollo norteamericano es una convicción que no todos tenemos que compartir,
pero sigue siendo cierto que las democracias liberales son regímenes fuertes
política y económicamente. North es ahora investigador del Hoover Institute que
es de derecha.
Sin embargo, el Estado que hace buenas regulaciones sugerido por North no es el
estado mínimo que propone hoy en día la derecha; los derechos de propiedad
justos y legítimos que le otorgan fuerza significa que las reformas agrarias y
los niveles de tributación progresivos son también parte de un entorno
institucional propicio para el desarrollo económico de largo plazo. North no se
mete a asesorar gobiernos porque considera que su papel es académico y se
lamenta de las precipitadas asesorías de los académicos norteamericanos en la
transición hacia el capitalismo de Rusia; no parecería estar de acuerdo con el
consenso de Washington, en tanto las reformas son adaptadas por las
instituciones y los agentes que son favorecidos por ellas, dejando a sus
arquitectos con los crespos hechos. Conozco juristas de izquierda que se sienten
a gusto con North, mejor que con la vertiente neoclásica del derecho y la
economía. El análisis de agencia le serviría bien a un sindicato y a un crítico
de las corporaciones y grupos financiero industriales; es posible que la
izquierda lo utilice para los fines de justificar ciertas conductas en términos
de defensa clasista o de solidaridad
El neoinstitucionalismo parte del individualismo metodológico y, por lo tanto,
el análisis no se sesgará a favor del colectivo. Sin embargo, podrá tratar sin
problemas conductas sociales y ponderar intereses de grupo. Así como los agentes
ricos pueden ser depredados, el nivel de tributos puede ser tan bajo que el
Estado sea débil e invite a la insurgencia a tomárselo o caer en manos de
intereses particulares. Son temas liberales pero creo que son progresivos, más
que los que enarbolan los marxistas y populistas. Los criterios de progreso
tenían que ver antes con el avance de la libertad política y el de las fuerzas
productivas. En ambas medidas la izquierda contemporánea falla. Tanto la
libertad económica como la política pueden ser sacrificadas en aras de la
igualdad. Por fin, la izquierda considera la eficiencia como una obsesión
derechista pero los sistemas que no la profundizan colapsan (la Unión Soviética)
o reducen dramáticamente el nivel de vida de todos sus ciudadanos (Cuba, Corea
del Norte).
La teoría neoclásica tuvo poco desarrollo en las universidades latinoamericanas
porque se creía que sus supuestos sobre el hombre racional y la ausencia de
fricciones en el cierre de los mercados no aplicaban al medio social local.
Alguna razón tenía esta crítica porque evidentemente no funcionaban de manera
fluida las instituciones que exige el capitalismo para poder desarrollarse y
muchos de los mercados estaban permanentemente obstruidos por malas regulaciones
impuestas por los grupos de poder que se beneficiaban con ellas. En vez de ella,
tuvieron una amplia acogida las derivaciones de la escuela histórica alemana en
sus postulados sobre la necesidad de tener una sociedad orgánica,
industrializada con base en la protección, y economistas como Antonio García
fueron ampliamente aceptados en el continente latinoamericano. La falta de una
tradición liberal y de un pensamiento racionalista también hicieron atractivo el
marxismo para la intelectualidad local.
Pero rechazar la teoría neoclásica trajo también la de alejarse de los métodos
de constatación empírica de hipótesis bien estructuradas y contrastadas e hizo
muy difícil el desarrollo de ciencias sociales basadas en el rigor científico,
muchas de las cuales fueron influidas por la economía y su formalización
matemática. En parte por tales razones, en parte porque los recursos educativos
son no sólo escasos sino precarios y los sueldos de los profesores no recuperan
la inversión en estudios doctorales, la historia económica y la
neo-institucional obtuvieron un desarrollo lento y resistido en la América
Latina.
La teoría de la dependencia que se desarrolló ampliamente en la década de los
setenta del siglo XX tenía como sustento la querella fundamental de que la
división internacional del trabajo les había sido impuesta por las grandes
potencias a la América Latina y que era intrínsicamente injusta. Los precios de
las materias primas bajaban siempre y los de las manufacturas subían
[6]. La
inversión extranjera, a su vez, descapitalizaba a los países sometidos, de tal
modo que quedaban encerrados en la envoltura de un subdesarrollo creciente. Los dependentistas ignoraban el caso de los propios Estados Unidos, de la edad de
oro argentina o de Australia que comenzaron exportando materias primas y
recibieron grandes cantidades de inversión inglesa para desarrollar sus canales
y ferrocarriles u en otras ramas de la economía, con lo cual lograron un grado
importante de industrialización.
De esta manera, la teoría de la dependencia ignoró la estructura social y sus
instituciones que generan fricciones o lubrican el desarrollo económico y que
conducen al orden o al desorden político [7]. Una vez elaboradas las estadísticas de
las cuentas nacionales de los países y hechos cálculos serios sobre su
crecimiento económico, se descubrió que el comportamiento de la América Latina
durante el siglo XX había sido bastante bueno, mucho mejor que el del siglo XIX
que prácticamente se perdió en el desorden político que legó el choque de la
independencia. (Bulmer-Thomas)
Hay varios trabajos importantes de los neo-institucionalistas aplicados a la
América Latina que referiré brevemente. El trabajo Douglass North, Barry
Weingast y William Summerhill, “Orden, desorden y cambio económico:
Latinoamérica versus Norte América”, es una comparación entre la América
colonizada por Inglaterra, que legó sus instituciones democrático-liberales en
el norte del continente, también en Jamaica, y la llevada a cabo por España con
sus correspondientes instituciones monárquicas y corporativas. El tema que
analizan es la forma cómo los dos sistemas reaccionan frente a un cambio
violento de régimen - el proceso de independencia - del cual surge una fase de
desorden político.
El desorden es caracterizado por una anulación de los derechos de propiedad
existentes, el desplazamiento de una autoridad política por una o unas nuevas,
donde “los ciudadanos temen por sus vidas, sus familias, y por sus fuentes de
supervivencia” (North et al, 2002, 10). El orden político es entendido como un
conjunto de instituciones que aseguran una autoridad, cierto nivel de obediencia
de la población a ella, unas bases políticas de apoyo y un respeto relativo a
los derechos de propiedad existentes.
Mientras en el norte el desorden fue superado después de una guerra que fue
también civil por una federación de las 13 colonias cuyas asambleas y ciudadanos
se pusieron de acuerdo en una constitución que articulaba una república de
democracia representativa, en las colonias españolas las federaciones explotaron
rápidamente y se erigieron estados sobre las divisiones burocráticas
establecidas por los españoles, se sucedieron muchas constituciones, cada una
impuesta después de una guerra civil, situación que sólo comenzó a decantarse en
el último cuarto del siglo XIX, cuando ya los Estados Unidos de América se
habían unificado, habían abolido la esclavitud en 1864, avanzaban en una rápida
industrialización y apropiaban más de la mitad de los Estados Unidos de México,
a Puerto Rico y a Cuba.
Daron Acimoglu y James Robinson han trabajado el tema de la dependencia del
pasado para diferenciar colonias de poblamiento que eventualmente desarrollaron
instituciones democráticas y desarrollaron a fondo sus mercados, de las colonias
extractivas que sometieron a la población nativa o importaron esclavos. Esto, a
su vez, lo relacionan con la calidad de los climas que ofrecieron condiciones
salubres o no de asentamiento para las poblaciones europeas. En las colonias
extractivas, la independencia no constituyó un cambio estructural sino que las
antiguas instituciones por medio de las cuales se extraían los excedentes fueron
ocupadas por las capas locales más beneficiadas de la fase colonial. En el caso
de Jamaica, una colonia de tipo plantación, tipo extractiva, con una población
esclava y una delgada capa terrateniente inglesa, no fue posible establecer una
democracia parlamentaria estable. Una insurrección de los esclavos manumitidos
en 1864 dio lugar a devolverle a su estatus de colonia a la que se le entregó
algún autogobierno a partir de 1884, para que solo en 1962 obtuviera su
independencia plena, sin haber logrado un desarrollo económico sostenible.
Otros trabajos importantes son los editados por Stephen Haber en su colección de
ensayos Cómo se rezagó la América Latina, donde se incursiona en las historias
económicas de Brasil y México y se analizan las pautas del desarrollo económico
de largo plazo, la relación entre los transportes y el desarrollo económico, la
profundización alcanzada por los mercados financieros y el desarrollo de la
agricultura y el efecto de las desigualdades sociales en el desarrollo profundo
de Canadá y los Estados Unidos y en el débil crecimiento de la América Latina.
Haber es autor de una importante obra que se titula Industria y subdesarrollo,
La industrialización de México, en el que hace un análisis de la evolución de
los factores de la producción, de la atmósfera provista por la economía
política, del financiamiento de la inversión industrial y de los efectos de la
revolución en el crecimiento de la industria. Encuentra paradójicamente que la
conmoción política no se reflejó proporcionalmente en el desarrollo económico
mexicano de la época, lo cual lo indujo a profundizar el tema. (Bortz, Haber;
Haber, 2003)
Para la Argentina está el trabajo seminal de Carlos Díaz Alejandro, Essays on
the Economic History of the Argentine Republic de 1970 y uno reciente editado
por Gerardo della Paolera y Alan Taylor, A New Economic History of Argentina que se enfoca en el cambio económico de largo
plazo, los desarrollos mayores en la política económica y los cambios
fundamentales en las instituciones y las ideas. La Universidad Torcuato Di Tella
y la de San Andrés, la Fundación Gobierno y Sociedad (http://fgys.org) han
hecho contribuciones sistemáticas a la historia económica moderna. Autores como
Jeremy Adelman, Guido di Tella, Carlos Newland y Robeto Cortés Conde han hecho
trabajos sobre el desarrollo agrícola de ese país. Luis Bértola ha elaborado
trabajos sobre la historia económica del Uruguay. La Revista de Historia
Económica, de 1999, Vol. XVII, a donde remito al lector, trae un balance más
adecuado de la historiografía latinoamericana del que yo pueda hacer en estas
líneas.
4. La nueva historia económica en Colombia
Fue notable el auge de la historia económica en la Colombia de los años sesenta
y setenta. Originada por los historiadores profesionales Jaime Jaramillo Uribe,
Jorge Orlando Melo y Germán Colmenares, quienes construyeron apoyados en los
archivos coloniales y locales las historias de las formas de trabajo coloniales,
de las principales regiones del país y del esclavismo. De los tres, Melo recibió
un entrenamiento anglosajón, mientras que Jaramillo Uribe fue entrenado en
Alemania y Colmenares lo fue por la escuela francesa de Los Annales.
Los historiadores norteamericanos hicieron una gran contribución a la
literatura, destacándose James Parsons, Frank Safford y David Bushnell. Hubo un
relevo por parte de economistas en los años setenta que se dedicaron a tareas
más teóricas, (Bejarano) a cubrir el desarrollo del comercio (Ocampo), a la
historia laboral (Urrutia), del café (Palacios) y de la agricultura (Kalmanovitz).
La visión dependentista orientó el trabajo de José Antonio Ocampo, pero sus
excesos fueron rebajados por el entrenamiento doctoral del autor en los Estados
Unidos, de tal modo que la investigación sobre las series de comercio es muy
rigurosa y las fases de crecimiento y colapso del mismo son explicadas con base
en una combinación de un argumento dependentista – Colombia como país
periférico, sometido a la división internacional del trabajo – y otro argumento
que dice que existe un sustrato social interno, una clase terrateniente
depredadora de los recursos naturales, que sólo puede participar en el comercio
mundial cuando éste genera altas rentas y se debe retirar cuando retornan
condiciones normales de mercado. Kalmanovitz (1985) elaboró una historia
económica de Colombia con un enfoque marxista que combinaba política y economía,
pero también dentro de la tradición empirista anglosajona y partiendo de y
reconociendo la literatura existente.
En 1988 apareció editada por José Antonio Ocampo Historia económica de Colombia
que reunió a los economistas de Fedesarrollo con los historiadores Colmenares,
Jaramillo Uribe, Melo, y Tovar, y con el economista Jesús Antonio Bejarano,
quienes elaboraron una obra que carece de unidad interna en torno al tratamiento
de la servidumbre y del capitalismo. El equipo de Fedesarrollo hizo una historia
macroeconómica, con base en un modelo keynesiano o neo-estructuralista que ya no
tuvo nada que ver con la diversidad de enfoques de los historiadores.
La historia económica como cliometría fue introducida al país por un estudiante
de doctorado de MIT, James McGreevey en su tesis convertido en libro, que en
inglés adoptó el modesto título de An Economic History of Colombia o sea Una
historia económica de Colombia y que en español se presentó simplemente como
Historia económica de Colombia 1840-1930, que fuera publicada en 1975. El libro
presentó modelos econométricos de costo beneficio sobre el impacto de la
inversión en transportes en el desarrollo del país y de otras variables para
terminar explicando de manera incoherente el despegue económico del país en el
siglo XX a partir de la voluntad de los colonos antioqueños.
En el mismo año de 1975 se hizo en Bogotá un seminario sobre esta obra seminal
que terminó siendo una encerrona en la que se desmenuzó y criticó duramente la
obra desde el punto de vista de sus fuentes, sus estadísticas, sus modelos
teóricos, sus hipótesis y sus conclusiones. El embate vino dirigido por los
historiadores profesionales que desconfiaban de las técnicas estadísticas y
econométricas sofisticadas de que hacía gala McGreevey, aduciendo que no podían
sustituir el análisis crítico de las fuentes primarias o cuestionaban las series
desestacionalizadas, acusándolo de invención de cifras para cubrir algunos años
en los que simplemente se extrapolaban las cifras de períodos anteriores de
acuerdo con su tendencia. Adolfo Meisel revisó los cálculos de McGreevey sobre
el costo beneficio de los ferrocarriles y concluye que el razonamiento y los
datos presentados son rigurosos, con lo cual se demuestra adecuadamente que las
inversiones en infra-estructura de los años 20 del siglo pasado fueron positivas
para el país, al contrario de la visión del período, visto como “la danza de los
millones” y dominado por la corrupción y el desperdicio. Otras partes del
estudio si están marcadas por la ingenuidad de las hipótesis – por ejemplo, que
los antioqueños se desarrollaron porque tuvieron la voluntad de hacerlo – pero
una mala aplicación de la cliometría no significa que esta se encuentre
totalmente equivocada, como supusieron, por ejemplo, Jesús Antonio Bejarano y
Marco Palacios.
El libro compilado por Ocampo en 1988 fue la despedida del auge que había
obtenido la historia económica en Colombia. En los ochenta y noventa se
ampliaron los estudios de historia en muchas universidades del país y hubo una
explosión de trabajos, orientados muchos de ellos por teorías post-modernas,
bastante facilistas, pero también en las direcciones de la historia política,
sindical, de las ciencias, del conflicto y regional. Hubo historias de género y
de etnia que sacrificaron la visión general y la pretensión de objetividad de la
ciencia para defender particularismos.
Se lamentaba Meisel de que, a partir de la evaluación tan negativa del trabajo
pionero de McGreevey, la nueva historia económica tardó casi 20 años en poder
levantar vuelo nuevamente con los trabajos de historia monetaria compilados por
Fabio Sánchez (1994).Más recientemente, El crecimiento de Colombia durante el
siglo XX, de Miguel Urrutia, Adriana Pontón y Carlos Esteban Posada, analiza los
motores del crecimiento, hace un nueva estimación de la evolución histórica del
PIB, calcula la tasa natural de crecimiento y el producto potencial, investiga
la relación ahorro-inversión, la tasa de interés y el comercio exterior. El
libro contiene un CD-rom con todas las series estadísticas 1925-2000, algunas
que se inician en 1905, lo que facilita la labor de otros historiadores. Otros
trabajos en una tónica similar se adelantan en el Banco de la República
[8] y en el
CEDE [9] de la Universidad de los Andes. Son de destacar dentro de las corrientes
modernas también los trabajos de Adolfo Meisel y Eduardo Posada Carbó sobre la
historia económica de la costa caribe, los trabajos de Santiago Montenegro y
Juan José Echavarria y las investigaciones de historia empresarial de los siglos
XIX y XX bajo el liderazgo de Carlos Eduardo Dávila Ladrón de Guevara.
Es de resaltar, por último, la publicación en el año de 2002 de la obra de Marco
Palacios y Frank Safford. Colombia. País fragmentado, sociedad dividida. Su
historia, que sigue las pautas de la historiografía clásica de analizar y
enlazar los temas que obtienen relevancia para los objetivos de los
investigadores. El sub-título de la obra, “país fragmentado, sociedad dividida”,
define los dos grandes sustratos en los que está basada: una geografía difícil
de dominar que derivó en costos de transporte excesivos que frenaron la
constitución de un mercado interno hasta entrado el siglo XX y las divisiones en
castas, clases, regiones y creencias que precipitaron al país a una larga serie
de conflictos que no se acaban de disipar en el siglo XXI.
El análisis económico que hace Palacios para los años noventa del siglo XX
informa que el estancamiento económico del país se debe indistintamente a la
enfermedad holandesa – aquella causada por las rentas petroleras y del
narcotráfico que revaluaron el peso colombiano desde los años ochenta - junto
con las reformas “neo-liberales” de los años 90 y, finalmente, por la
inseguridad generada por el conflicto interno. No menciona Palacios el reflujo
de capitales externos que fue determinante para que toda la región
latinoamericana (y asiática) sufriera de una dura recesión en los tres últimos
años del siglo XX, de la cual obviamente no escapó Colombia. Una tercería en el
libro de un economista que utilizara modelos económicos hubiera podido sopesar
cómo cada uno de tales factores afectó el crecimiento económico y se hubiera
aproximado mejor a explicar por qué falló la economía del país al final del
siglo XX. Pero eso es un detalle menor en una obra de largo aliento que es
imprescindible para todo lector que aspire a entender la historia colombiana.
Se podría argumentar que alcanzar el grado de virtuosismo técnico y documental
que caracterizan a la cliometría y a la historia neoinstitucional exige un
sistema educativo riguroso de nivel doctoral que no existe en el país, de tal
modo que el desarrollo de este campo del saber requiere de un mayor número de
investigadores doctorados que se dediquen a la investigación histórica, algo que
es rentable hoy en día en la medida en que constituye un peldaño para entrar en
la política y ocupar los altos cargos del Estado. Las universidades públicas
siguen concentradas en posiciones de izquierda que orientan a la mayor parte de
los estudiantes hacia las áreas de investigación de menor resistencia mientras
que las privadas, con unas 3 o 4 excepciones, no generan la rentabilidad
suficiente como para subsidiar los estudios de ciencias sociales en general y
los de historia económica en particular. Lo anterior puede contribuir a explicar
la escasez de trabajos locales en cliometría. Trabajos metodológicos claves como
la historia monetaria de Milton Friedman y Anna Swchartz o el libro de North de
1961 sobre el crecimiento de los Estados Unidos no han sido traducidos al
español y el sistema universitario local es bastante resistente al bilingüismo.
La novedad del neoinstitucionalismo y la reticencia de muchos investigadores al
mismo, a su vez, ha contribuido a que sean escasas las contribuciones en este
terreno aunque resulta atractivo para los estudiosos de todos los temas, pero en
especial de la agricultura y la historia monetaria. [10]
5. Algunas conclusiones
A pesar de sus tropiezos y malentendidos, la cliometría en sus vertientes
neoclásica y sus modificaciones institucionales muestra algunos avances en los
últimos años. En un ensayo anterior he insistido en que el neoinstitucionalismo
hace parte del paradigma neoclásico, aunque abandona sus supuestos de
racionalidad económica y de la ausencia de las fricciones de mercado (Kalmanovitz,
2003A). Esta variación teórica permite explicar de mejor manera el accidentado
desarrollo económico de la América Latina pues destaca problemas como los
derechos de propiedad extensivos e ineficientes, y los sistemas políticos
centralistas y corporativos, basados en la desigualdad. Tales sistemas tienden a
reposar en el despotismo y en intervenciones estatales sesgadas a favor de
intereses improductivos, que conducen a frecuentes pérdidas de los equilibrios
macro-económicos mínimos que exige cualquier economía para poder crecer de
manera sostenible en el tiempo.
La idea de la path dependance propuesta por North, que parece ser una
explicación fatalista sobre el devenir de las naciones colonizadas por los
regímenes absolutistas europeos, ha sido mal recibida entre la intelectualidad
latinoamericana, que rehúsa verse condenada a un destino de estancamiento, de
inestabilidad y desaliño políticos. Sin embargo, la idea es fructífera, hace
parte del necesario auto-conocimiento de la condición latinoamericana y es
posible aplicarla con cuidado para conocer en qué medida cada país se ha alejado
de su matriz institucional y puede absorber reformas democráticas y económicas
que lo aparten de ese sino trágico legado por España y Portugal en el Nuevo
Mundo. Países como Chile, México, Costa Rica y Brasil han desarrollado
instituciones políticas más consensuadas de las que tuvieron en el pasado;
algunos de ellos han entrado también en rutas de sostenibilidad fiscal de largo
plazo. El régimen político colombiano mismo ha entrado en un terreno más sólido
y legítimo del que tuvo hasta 1991, sobre la base de una constitución
consensuada, y aunque no ha superado sus desequilibrios fiscales, éstos tampoco
han sido tan pronunciados como para hacerlo caer en el abismo de la insolvencia.
El rechazo de la teoría económica neoclásica en la América Latina y el adoptar
la visión de la dependencia y del marxismo fueron factores que propiciaron
culturalmente el aventurerismo de las políticas macro-económicas que culminó en
las fases de hiper-inflación, de las devaluaciones calamitosas, del aumento
exponencial de la miseria y del colapso del crecimiento económico durante varios
lustros. En Colombia se repitió este proceso, pero afortunadamente de manera
menos intensa, quizás porque no hubo una ruptura populista que conjugara los
intereses de una burguesía industrial con los trabajadores, en contra de los
exportadores, de tal modo que los economistas de esa orientación no tuvieron la
oportunidad de conducir la política económica; no se dieron entonces pérdidas
calamitosas de los equilibrios macroeconómicos. Por lo demás, hubo varias
cosechas de economistas entrenados en los países anglosajones que asumió con
bastante solvencia el manejo de las políticas macroeconómicas.
Los aportes de la teoría neoinstitucional en torno a los costos de transacción y
al cambio político contribuyen a ajustar mejor la teoría económica a las
realidades políticas y económicas de las economías con pocas fricciones y
también a las que presentan muchas de ellas, como las de América Latina, a
entender sus orígenes y complejidades, a insinuar de manera aproximada las
reformas que pueden ir en dirección de democratizar sus regímenes políticos y de
profundizar sus mercados y su desarrollo económico. Se requiere entonces, al
igual que en todas las ciencias, de una fuerte vocación autocrítica que permita
despegarse de la perspectiva localista y de la propia matriz institucional, para
así poder entender mejor las leyes de movimiento de las sociedades
latinoamericanas.
NOTAS
[1] Agradezco los comentarios de Juan Carlos M. Coll, Miguel Urrutia y Fernando Tenjo
[2] Elster se pregunta, por ejemplo, cuál hubiera sido el crecimiento económico del sur de los Estados Unidos si nunca hubiera conocido la esclavitud y contara con una estructura social similar a la del norte de ese país. (Elster, 259)
[3] (Easterly, 47) El modelo de crecimiento de Harrod-Domar informaba que el fundamento del crecimiento era la inversión en bienes de capital y construcciones, lo que se volvió la receta básica de todas las agencias multilaterales y marcó los planes de desarrollo de cientos de países pobres durante 40 años. Antes de que se popularizaran, el modelo de crecimiento de Solow, siguiento la visión original de Kuznets, derivaba que el grueso del crecimiento surgía de la mayor productividad de todos los factores y la productividad del cambio técnico que reasignaba todos los recursos de forma más productiva que en el pasado.
[4] North se refiere entre otros al caso de la Mesta que era un derecho de pastoreo que pagaban los ganaderos y que les permitía invadir sembradios para alimentar sus hatos, de tal modo que la contribución para el Rey implicaba el freno al desarrollo agrícola de España. El rey conocía de los daños asi causados, pero su cálculo era que tenía ingresos seguros y no tenía en mente una alternativa para ellos que hubiera surgido de la mayor productividad obtenida en el campo.
[5] La intelectualidad latinoamericana se dividió en el siglo XIX entre pro-norteamericanos liberales y federalistas y conservadores proto-hispánicos que defendían la tradición cultural; para el siglo XX, se dividieron en pro-franceses republicanos pero centralistas en el caso de los liberales y marxistas que quisieron repetir los ejemplos de la revolución bolshevique, de la revolución china o de la cubana. También se dieron las inclinaciones indigenistas que rechazaron tanto el pasado hispánico como toda la tradición de la cultura occidental para reafirmar unos valores autóctonos. Por último, los conservadores del siglo XX fueron receptivos a los modelos corporativos fascistas de España y Alemania y a las ideologías racistas para aducir que el fracaso latinoamericano se debía a la bajas calidades genéticas de los negros, los indígenas y las mezclas de mulatos y mestizos. Cfr. Enrique Krauze.
[6] Que en términos teóricos no es posible, en tanto la productividad industrial progresa más rápidamente que la registrada en los renglones de materias primas y los precios de las manufacturas deben caer por ese motivo más que los precios de las segundas. Pero además el análisis empírico de largo plazo corrobora lo anterior, modificado por condiciones de sobre-competencia; registra, más bién, un ciclo que depende del período de maduración de las inversiones requeridas para aumentar la producción de materias primas.
[7] Yo pude elaborar una crítica marxista en 1971, donde acusaba a los dependentistas de ignorar la existencia de clases y de sus conflictos en la historia. Por lo demás, ellos ignoraban los datos sobre el crecimiento, que reflejaban la fuerte acumulación de capital que había caracterizado a Colombia durante la mayor parte del siglo XX. (Kalmanovitz, 1976)
[8] Roberto Junguito, “Historia fiscal del siglo XX”, María Teresa Ramírez, “La infraestructura en el siglo XX”, Salomón Kalmanovitz y Enrique López, “La Agricultura en el siglo XX”, Mauricio Avella, “La deuda externa colombiana en los siglos XIX y XX”. Cfr. algunos avances en Borradores de Economía del Banco de la República.
[9] Fabio Sánchez Torres, Historia monetaria de Colombia de 1940 a 2000”.
[10] Cfr. Kalmanovitz con Mauricio Avella en 2003B. Una anédota ilustra la resistencia aludida: presentado un balance sobre un trabajo de la agricultura en el siglo XX con esa orientación por este autor en un seminario, uno de los partipantes manifestó que “el neoinstitucionalismo había logrado infiltrarse en el país”.
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Urrutia, Miguel. 1969 Historia del sindicalismo en Colombia, Universidad de los
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