DISCURSOS SOBRE ARTE DIGITAL

José Luis Crespo Fajardo

6. Je tiens mon sujet: polvaredas visuales y ensoñación en Facebook

Más allá de todo lo dicho, pero teniéndolo en cuenta, me interesa entrar ahora en los planteamientos visuales de lo cursi, en una poética para-pictórica, carente de texturas, que invade las redes sociales y se complace en jugar con el enredo del gusto. En cierto modo, nos lleva a la sacralización de ciertos temas reiterativos y previsibles que tienen usos equivalentes en la red a los sancionados en otros lugares, pero necesitan expresarse de un modo algo diverso, traducido en imagen digital. En estos casos se hilvanan conceptos, como, galanteo, amor 54, amistad, niñez, femineidad, celebración, fiesta, juego, erotismo, sexo, con nociones de libertad, educación, enseñanza, conocimiento, belleza, vuelo, despertar, regeneración, nacimiento, nutrición, placer… Para todos ellos se configuran imágenes basadas en la afección, de ternura indiscriminada y de acceso fácil a los sentimientos básicos y a las inclinaciones emotivas más elementales. En algunos casos, las imágenes son tan tiernas que parecen deshacerse en su inclinación de modo inquietante, rayando incluso lo fatal. Es decir, pueden rozar lo ominoso, lo adverso, el mal, que se contiene en un “todo positivo”, en algo que ha sido endulzado en exceso, edulcorado hasta traicionarse a sí mismo teniendo en cuenta que todo ello va dirigido a un público adulto. El objetivo es capturar en sus redes al sujeto poco precavido que sólo puede ver estas imágenes, y no las puede tocar, pero que, incluso así, acabará por mancharse y hundirse en ellas de algún modo. El gusto por lo cursi se sacraliza en esos instantes elegidos, que simulan ternura pero que, al mismo tiempo, nos contaminan la mirada en un tránsito inflexible hacia lo fútil o lo fácil, hacia una banalidad perturbada por valores gráficos insensatos, superficiales, en que se saborean, desposeídos del don de lo sublime 55, algunos de los que pueden ser considerados, siempre desde un tiempo y espacio concretos, los más bajos instintos de la estética. 

Hay que preguntarse qué uso se hace de estos parámetros y comportamientos en el mundo lleno de imágenes y palabras, que circula por las redes sociales y que se aposenta en páginas complejas, donde cada cual puede retener, siempre con algunos límites, aquello que considere pertinente. Compartir como predisposición resulta interesante, porque hallamos lo que queremos hallar, en lo que nos viene dado y que, si bien no siempre resulta del todo claro o acertado, podemos leer en función de nuestro propio interés. En este plano hay que señalar una posibilidad muy tentadora: la domesticación del ridículo y el amaestramiento de lo cursi, focalizado sobre la posibilidad de ejercer un cierto y necesario distanciamiento sobre el querer ser y no ser de algunas imágenes. Querer ser elegante, bello, refinado y no llegar a serlo no impide que se hagan nuevas lecturas y sobre-lecturas de las  imágenes que debieran decir por si solas, pero, que a menudo, no lo dicen todo, o dicen demasiado, o dicen demasiado poco, o dicen mal y despacio, y que, por tanto, precisan ser ayudadas para esclarecerse. Mucho de este proceder puede tener que ver con el desencanto ante lo moderno del que han hablado distintos teóricos, un desencanto que aparece acompañado del declive de las grandes ideologías. Carlos Fajardo, lo advierte como forma de indiferencia, que pone en boca de nuestra época: “relájate y goza (…). No denuncies, descansa: observa actuar el mundo, dándote un baño de espectáculo a domicilio” 56.

Se acaba, o tal vez se ha acabado ya, el tiempo en que “el cursi lleva su cursilería como los demás la piel, sin notarla” 57. El estado de ignorancia aparece superado por un nuevo estado en que la concienciase declara partidaria del encuentro con lo nuevo estridente o con lo cursi. Se pierde la vergüenza 58. Tierno Galván había insistido en “un acentuado carácter femenino”, en una faceta “singularmente mujeril” de lo cursi que advertía en la delicadeza, en sus vertientes de puridad, debilidad y esmero. Los cambios que se perciben hoy en este terreno  quizás no sean tan generalizados y evidentes como muchas mujeres desearíamos, pero la flaqueza de lo cursi se incorpora a la humanidad completa, sin distingos de sexos, cuando se encuentra con un hombre y una mujer distintos, capaces de percibir la complejidad de su situación. En todo caso, Tierno Galván percibe que la cursilería consiste en “la escasez del ser de algo respecto de su sentido”, apuntando el problema relacionado con el significado y los contenidos que nos ha ocupado anteriormente 59. En todo caso, también nos interesa la idea de rumor que genera el medio, en este caso el de Facebook, el medio asociado al mensaje y a su forma de ser comunicado. Otra idea importante, la de “rémora”, no me parece impropia en el terreno de la cursilería, aunque se aplique también a otros 60. En nuestro caso, la evocación de la sanguijuela, imagen utilizada por Félix Duque, se traduce en aquellas imágenes que han chupado la sangre de otras imágenes convirtiendo la nueva propuesta en algo extrañado, pero no carente de referentes.

Las neblinas visuales que tienden a ramificarse y a crear escuelas, marcan la pauta sobre una realidad recreada y sobre una irrealidad creada que puede sustentarse, y batallar con fuerza insólita, en las fronteras de lo estético. Podríamos afirmar que un sueño nunca es cursi, pero al mismo tiempo también se podría decir que, el juego de la ensoñación, la paráfrasis del sueño, su representación visual, afecta la medula misma de la cursilería. Basta con pensar en la fuga del sueño y en una recreación mucho más imposible que aquella que permite idear, transmitir y representar la realidad de la vigilia. Para lograr el estado de ensoñación se añade un determinado uso del color 61, y de las formas, e incluso de los temas. A menudo se aplica un caramelizado, que persiste en lo visual y que evita las aristas, los trasiegos rudos, las asperezas, para quedarse instalado en el azúcar, en la pastelería más sofisticada de los blancos, amarillos, azules claros y rosas; quizá también en los grises sin exceso de contraste. El color actúa en este juego al crear un trasmundo de contradicciones pobladas de puntillas, blondas, desvanecidos y enlaces curvos. Nos basamos en gamas blandas, en colores confabulados con la dulcería más clásica o más abarrocada.

En cualquier caso, las gamas, sean frías o cálidas, nunca enfrían ni calientan desde la inclemencia o la rigidez. Se impone el dulce que lleva a lo amanerado, a lo adaptable, al meandro sin herida, a las niñas sonrientes con alas o a los elefantes con orejas en que se dibujan alones de mariposa. Llegamos así casi al horror de lo divino amaestrado. A un trasmundo hecho de Cielo sin penitencia, en que se advierte el cansancio de los ojos más hechos a la diversidad y a la apertura de nuevos horizontes o al claroscuro dramático. Se han creado tensiones basadas en el placer de ver sin crearse problemas. Todo viene dado, porque lo cursi se retiene como modelo de delimitación en que el espectador va a sentirse seguro y complacido. Sus expectativas deben verse absolutamente colmadas. Por ello se añade más de una frontera que nos impide el paso a lo desconocido y, en este espacio nuevo, en que se comparten contenidos heterogéneos y heterodoxos, tanto mujeres como hombres son presuntos implicados, que actúan sobre los goznes de una estética de raíz y contenidos dudosos por su tendencia manifiesta a entronizar lo aparente, lo que no es, lo que en el decidirse a ser se corrompe o, como mínimo, no puede trascenderse. Por consiguiente, por esta vía es muy fácil generar consentimiento y aceptación frente a un arte más o menos incomprendido que, sólo en algún caso, va a entrar en el juego de lo cursi.

Lo cursi nos permite el tránsito hacia Cielos inexistentes, nos hace creer que existen, que los tenemos a tocar con la mano. Por tanto, nos sitúa en el desvarío al tiempo que nos ofrece seguridad absoluta 62. Se acumula en nuestra mente como una forma de mentira piadosa, de engaño nutritivo (a veces incluso amenazador) en que la flor carece de olor pero pretende tenerlo y aparenta retenerlo. El mensaje es llano y directo. Llegamos a creer que lo tiene. Se nos brindan flores sin destino fotográfico, sin futuro artístico inmediato, pero con penetración ultra real, o en demasía real, por ser substitutivas y no contemplativas o metafóricas. Se nos priva de lo abstracto, más allá del abstracto básico que ya contiene la mirada sobre lo real. O mejor dicho, se nos despoja de la sensación de lo abstracto, convertido en ineludible forma de expresión artística, porque se añade realidad al modelo. Se nos libra a una realidad pretendida y que, al no serlo, hurga en lo ridículo.

Los valores de lo cursi crean guerras dentro de mi (y dentro de usted) al brindarme, y al brindarnos, el desecho de un modelo, al aprisionar querencias e inapetencias en un verdadero desatino visual que, sin embargo, tiene mucho que ver con la belleza, aunque no sea con aquella alta belleza consensuada que se ha llevado al museo o al libro de arte de altos o mayores vuelos. Nada tiene que ver esta manera de proceder con aquella  poussière visuele de la que hablara Henri Bergson en su ensayo sobre el Sueño, un libro donde advierte que “dans le rêve nous devenos souvent indifférentes à la logique, mais non incapables de logique” 63. La cursilería nos pone ante los ojos un mundo ensoñado, no soñado, que no es indiferente a la lógica, al código, pero que acaba careciendo de ella en el plano artístico, o creando múltiples problemas de decodificación en el marco metodológico que nos brinda la Historia del arte. Penetramos en un laberinto en el que podremos descubrir mil extremos que no llegan a unirse, ya sea entre nubes, humos o vapores diversos, que enmascaran una realidad que es difícil de sostener por sí misma.

Las imágenes cursis pasan hoy, como tantas otras cosas, como tantos otros sistemas del arte y del relato, de una página a otra del facebook, se comparten y se utilizan para celebrar  santos y aniversarios, para encomiar, agradecer o para solicitar o reivindicar alguna cosa. Ahora bien, es necesario evidenciar que en el territorio del gusto siempre nos podemos dejar llevar por la ironía, la parodia, y el sentido del humor, formas dignas de confrontar lo cursi. Existen montones de imágenes y de montajes, que destilan cursilería por los codos, que abandonan el equilibrio del buen sentido sin dejar de querer un imposible. En otros casos se sitúan a medio camino, aquel en que la forma, precisa y delicada, crea elasticidades que nos desorientan y nos hacen ceder a ciertos contenidos o a los deshechos de un contenido o figuración más o menos maltratada 64.

Instalados en formas, sólo aparentemente admirables, el contenido también se convierte en una singularizada forma de confusión. Por tanto, la distancia hace de nuestro análisis sea sólo un proyecto, una meditación inacabada que, pese a todo, nos permite rescatar lo más bonito de lo cursi, es decir, su enlace teórico con el arte. Todos esos pedazos de pequeños cielos desengrasados, desacreditados por el arte con mayúsculas o por las Vanguardias, se redimen por su nexo con el quehacer creativo y se desenvuelven también contra o a favor de las avanzadillas y de las retaguardias 65. Sin embargo, sabemos que algunos llevan diciendo desde hace tiempo que el arte en mayúsculas ha dejado ya de existir. Sin que mi convencimiento haya sido nunca total en este terreno, estas disertaciones me llevan a comentar un aspecto que tampoco debiera pasar inadvertido, en unas meditaciones medio consistentes sobre lo cursi y las cursilerías visuales de nuestros tiempos. Lo cursi reaparece en el marco de la muerte del arte como una perversión sobre un modelo desaparecido, que se halla convaleciente o que agoniza sin tener, en realidad, un punto final del todo previsible o predictible. Lo cursi se convierte en un renacer sobre las cenizas de un muerto, que se ha suicidado, aunque no todos seamos culpables del hecho, ni todos nos consideremos integrados en el mismo suicidio colectivo.

Las imágenes buscan los caminos más fáciles por donde penetrar en la vida y, quizás, también en nuestras vidas, llevando consigo un sinfín de discursos e ideas sumamente volátiles, que no siempre nos garantizan que lo que vemos sea un arte nuevo. La imagen es contenido, por tanto, parece una burda simplificación decir que sólo interesa la imagen visual y que en lo cursi ya no importan los contenidos. El enunciado rápido también es divulgador de contenido y, por consiguiente, habría que discriminar entre todo un mundo de enunciados rápidos que utilizan lo cursi y lo superficial para crear el show de lo cursi en pantallas invadidas por casi infinitas imágenes circulatorias, que hacen surgir de la misma tecnología los alicientes necesarios para ponernos a explorar de nuevo.

Recordemos aquella figurilla de Ferrándiz en que aparece un niño sonriente dentro del medio cascarón de un huevo, depositado sobre hierbas y flores. Rodeado de polluelos piadores, el recién nacido levanta el fragmento roto del cascarón como si se tratará de sacarse el sombrero, lugar donde se ha instalado un pajarito más (FIG.6). Si el mensaje es directo y superficial el efecto se produce con mayor rapidez. Todo esto pudiera llevarnos muy lejos pero, en el terreno de lo cursi, nos lleva a meditar sobre un juego embarazoso, basado en múltiples elecciones, en el que todos podemos sentirnos implicados en algún momento. La idea de que el arte ya no contiene una petición de inmortalidad y que se han perdido las pretensiones metafísicas en él, puede ser más un modo de decir sobre nuestra consciencia de lo efímero, que un argumento que nazca y se sustente sobre la idea de un consumo rápido e inmediato que hace fenecer su objeto de placer velozmente, en aras de una sensibilidad dada a reclamar las virtudes de la obsolescencia y el recambio constante 66.
El planteamiento de una “modernidad líquida”, de un arte en estado gaseoso 67, es especialmente atractivo ante el tema que nos plateamos, pero quizás nos estemos enfrentando a un espejismo de eternidad, situado en un pasado que, probablemente, tampoco no hizo de estos objetivos de permanencia absoluta su bandera incondicional. Ha debido existir una Edad Media liquida, transitoria, basada en las migraciones. Ahora son las migraciones que fomentan las redes de Internet y otras modernidades, pero no me parece cierto que todo esté basado ahora en la transitoriedad y en una forma de  tiempo que fluye sin encaminarse a ningún lado. En sentido contrario, tampoco la totalidad de lo que ha existido en el pasado se fundamenta sobre la lógica de la permanencia constante y despótica. Los tiempos históricos se han rendido a velocidades de cambio estilístico diferenciadas. La transformación puede ser rápida, o más lenta, pero forma parte de la naturaleza del arte en todo momento 68. La permanencia quizá no sea hoy tan evidente, es cierto, pero hay que mirar atrás con distanciamiento suficiente para advertir que no todo merece permanecer y que el consumo puede darse a muy distintos niveles. Me parece pertinente la observación de Hugo C. F. Mansilla cuando remarca que en la muy citada definición de Baudelaire sobre la modernidad se insiste siempre en ver lo transitorio, fugaz y contingente, al tiempo que se deja en el olvido la importancia que este autor concede a lo eterno y lo inmutable como la otra mitad, o cara, de la modernidad 69. El diseño para lo efímero puede existir, lógicamente, y ganar terreno, pero la contemplación de estos escenarios nos desvela nuevas formas de permanencia cuando lo experimentado merece audiencia y, al no ser olvidado completamente, se convierte en la base de nuevas realidades.

El fenómeno que se condensa en la floreciente cursilería visual inserta en Facebook puede ser nivelado, en parte, por la fuerza de un arte que rompe con sus superficiales encantamientos, que vuelve a la idea de un arte asesino, capaz de reivindicar las soluciones más radicales. Ahora bien, en el fondo, la estética comprometida, el arte a la contra, o el arte protesta, no son nunca un camino seguro ni para el gran arte ni para detener su desrealización significativa en lo cursi. No cabe duda de que la indiscreción de la vieja y de la nueva cursilería forma parte de su atractivo, de su desproporción, entronizada en nuevos altares, o decapitada por nuevas vanguardias. En este sentido, acaba siendo acusada de un fracaso que, paradójicamente, y hoy por hoy, se asienta en un éxito innegable, obtenido de las corrientes de circunvalación que crean las redes sociales a partir de un repertorio de modelos consagrados. Identificarlos, ordenarlos y ver su progresión podrá ser el objetivo de nuevos trabajos.

Podemos convenir en que el “arte genuino no aplana las diferencias entre realidad e imaginación, sólo las hace más visibles” pero enseguida entramos en un sendero problemático cuando se habla, en paralelo, de “un incremento del ser” de la dimensión real o se decide que el arte es consuelo que nos acerca a lo verdadero, un refugio, un modo de protesta o una utopía 70. No todo vale en arte, estoy de acuerdo, pero no todo puede medirse moralmente, más todavía cuando debe intervenir el misterio, la dimensión mágica, la fascinación o las formas de un modelo que puede ser, aún, y pese a todo, un modelo con vertiente individual. El arte no puede ser simplemente un motivo de reflexión estética, debe ser también por sí mismo y determinar sus múltiples planos en un mundo en construcción y en una historia de la que formará parte si alcanza autonomía al tiempo que se engarza en el horizonte histórico al que pertenece, sin renunciar tampoco al horizonte de cada individuo y de cada presente. Mansilla nos advierte que “Las masas tenían antes vergüenza de su vulgaridad; ahora proclaman orgullosamente su “derecho a la vulgaridad” y tratan de imponerlo (exitosamente) dondequiera…” 71. Sin embargo, cuando se habla de “masas” se está haciendo estadística al tiempo que se generaliza un principio. En un terreno tan delicado como el de lo cursi, es importante concretar al máximo las cualidades y registros sociales y estéticos de la aplicación del concepto. Atender a sus modelos, y valorar sus sistemas de relación con el arte y lo real, es una vía necesaria para entender que es lo cursi, sobre todo si queremos entenderlo y explicarlo desde la historia del arte.

Mi objetivo no es hacer un juicio definitivo. No lo es ni determinar si lo cursi forma parte de un proceso de depravada estetización, globalizante y degradante, que avala una cierta homogeneidad estilística buscada por el márquetin comercial, para utilizar sus esquemas como una forma cómoda de anestesia, local o general, que permite conseguir ciertos objetivos, ni si, por el contrario, lo cursi, puesto al alcance de los creadores y de un público habitual, puede ascender por caminos insospechados hasta ennoblecerse por razón de sus múltiples contextos posibles, como forma de novedosa artisticidad. En todo caso, ambos procesos no son excluyentes y, si pueden darse de modo simultáneo, parece cada vez más cierto que, la reprochable superficialidad o trivialidad de lo cursi más precario, puede ser interpretada, traicionada y vendida por un arte que es consciente de los valores del comportamiento, de la táctica y del gusto. Ser sincero en las intenciones cuando se penetra en estos terrenos puede convertirse en una tarea casi imposible.

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