DISCURSOS SOBRE ARTE DIGITAL

José Luis Crespo Fajardo

La obsolescencia. La posibilidad de desaparición

El problema de todos estos supuestos avances deviene mayúsculo: las posibilidades de desaparición de las cosas aumentan, el desastre acecha. No hay territorios, no hay cuerpos, no hay trayectos. Se han abandonado los soportes materiales. Entonces, ¿qué nos queda?

La superación de lo físico acaba en un primer momento con el problema de la corrupción de la materia (las pinturas están sujetas a su ruptura o pérdida de igual modo que el hombre está sujeto a la muerte), pero los soportes digitales en su intangibilidad también están sujetos a importantes problemas: el error, el virus, la obsolescencia... Una vez más sólo la copia (de seguridad) trataría de solventar el problema con la ventaja de que en lo digital la copia no es menor (en calidad ni autenticidad) que su primer referente.

El continuo avance tecnológico hace muy complicado el mantenimiento de los dispositivos envejecidos, que en un corto período de tiempo quedan obsoletos, por lo que rápidamente dejan de ser operativos. A este respecto es curioso el rápido y enorme peligro de pérdida que se ha producido en gran parte del primer net.art, debido al desuso y desaparición del software o al abandono del hospedaje de las páginas web sobre las que se crearon.

La obsolescencia del cuerpo humano anunciada por profetas del posthumanismo como Stelarc sería solventada con la posibilidad de la mejora protésica, el aumento de su esperanza de vida y de su adaptabilidad a un ambiente tecnológico y atmosférico cada vez más hostil. Sin embargo una vez más el ser humano quedaría así más que nunca a merced de una tecnología limitada, capaz de repararse pero abierta a errores. El transhumanismo, aún más allá, abogaría por el abandono total de lo físico para la sumersión en las redes de la información informáticas predichas de algún modo por las visiones cyberpunks.

El gran problema sería después de todo el peligro de creación de diferentes clases sociales atendiendo a la posibilidad económica de acceder o no a los avances científicos, que llegado el caso crearían ciudadanos de muy diversas categorías, incluso físicas, o de la posibilidad de generar clases privilegiadas abandonadas al disfrute de la asepsia y el placer de lo virtual.

Los límites entre arte y realidad parecen cada vez más difusos. Quizás sea que el futuro nos lleve a borrar definitivamente su distinción, que la ilusión de la imagen lo sea todo, que el diseño lo invada todo y no exista posibilidad de cerciorarnos dónde quedó lo físico, aquello que realmente se podía ver y tocar.

La esperanza debe albergarse en la orientación de todos los avances, en la capacidad humana de ser consciente de que hay barreras tras las que sólo habrá un precipicio y que por tanto deben ser respetadas, de que debe ser el hombre y no una ciencia doblegada ante las posibilidades comerciales de los avances el que tome las decisiones para un desarrollo adecuado hacia el bien común.

Difícil reto. Probablemente deberíamos comenzar a asumir que quizás no haya infinitos más que en los sueños de ciencia ficción. Y que abandonados a códigos matemáticos algún día no salgan las cuentas... o se vaya la luz y no haya más píxeles que iluminar.

La permanencia de las cosas podría estar tan sólo abocada a la persistencia de la memoria, a la capacidad de almacenar conocimiento en nuestros cerebros o discos duros. El problema es que sucediéndose todo de manera tan rápida, probablemente no haya manera de almacenar tamaña cantidad de datos. Y así, una vez más vivimos en el peligro de la desaparición.

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