Vocabulario de economía política

 

  Dr. D. José Piernas Hurtado

Exposición de la nomenclatura y de los principales conceptos de esa ciencia.

 

I

Importación. -Comercio que lleva á cada país los productos extranjeros.

Las naciones importan todo aquello que no pueden producir por si mismas, y los artículos que otros pueblos las ofrecen en mejores condiciones que su propia industria.

Tiénese por nociva la importación, y á ella se dirigen principalmente las trabas y restricciones aduaneras. suponiendo que daña a la industria nacional y ocasiona la pérdida del numerario; sin considerar, por una parte, que la división del trabajo es tan natural entre las naciones como entre los individuos, y por otra, que la importación no puede ser más que el precio de las exportaciones, porque el comercio se hace con los productos y el dinero no sirve más que para faciIitarlo. (V. Libre cambio y Proteccionismo).

Impuesto. — Preferimos esta palabra á la de contribución, cuyo sentido es genérico, de acuerdo con el parecer de la Academia, á pesar de que los economistas suelen emplearlas como sinónimas, y aun se valen más comunmente de la segunda.

El impuesto es, la cuota con que ha de contribuir la riqueza de los particulares á la satisfacción de las necesidades del Estado. El derecho de exigir ese concurso económico y la obligación de prestarle, indicados ya en el nombre que recibe, se fundan en que, constituyendo el Estado una asociación, ha de ser mantenido por sus miembros, y en que, siendo comunes los fines que realiza, todos deben ayudar á su cumplimiento.

No es el impuesto la prima del seguro, como afirman los que sólo quieren ver en el Estado un asegurador de vidas y haciendas, desconociendo toda la importancia de su misión, ni tampoco un pago ó cambio de servicios, porque el Estado no tiene carácter de un mero servidor de los individuos, y la necesidad de sostenerle es independiente de los beneficios que reporta. La seguridad de personas y cosas no es más que uno de los objetos que se proponen las funciones jurídicas de los Gobiernos, y la razón de su existencia no está en las ventajas que proporciona, sino en los deberes que impone la sociedad.

El impuesto representa la participación individual en los fines del Estado, y de aquí se deduce que han de ser sus primeras condiciones la generalidad y la igualdad; que alcance á todos, y que sea satisfecho por cada uno en proporción á sus medios económicos.

La generalidad ha querido lograrse haciendo que el impuesto sea personal y real, es decir, que grave á tanto por cabeza y tanto por las cosas; pero esto es contrario á su naturaleza. Las personas no pueden ser objeto de imposición; son las que han de pagar, pero con las cosas y en razón de ellas: no basta ser ciudadano para abonar el impuesto; es necesario, además, contar con elementos para ello. Se trata de una cuota de riqueza, y es preciso, ante todo, poseerla: aquél á quien se exige la capitación, es porque tiene medios de satisfacerla, y esos recursos, que no la personalidad, son la base del impuesto y los que deben medirse al establecerle.

Para conseguir la igualdad hay dos métodos de que hacer uso: la proporcionalidad y la progresión, es decir, que el impuesto crezca siguiendo el mismo desarrollo que la base sobre que recae, de suerte que si una riqueza como 100 paga 10, otra como 200 pague 20; ó bien que aumente el tipo de la exacción á medida que son mayores las fortunas, de manera que si 100 pagan 10, 200 satisfagan, por ejemplo, 30; 300 paguen 60, y así sucesivamente. Los diversos sistemas, ideados para evitar que el impuesto progresivo llegue á la confiscación de las grandes fortunas, tienen un propósito que es laudable y reciben cada día nuevas aplicaciones; la progresión busca la igualdad del sacrificio con un criterio, superior sin duda al de la proporcionalidad absoluta; pero no satisface tampoco á la justicia, porque con el impuesto progresivo; la fijación de las categorías y de los tipos, todo es completamente arbitrario, y además porque la igualdad no ha de lograrse por medio de combinaciones aritméticas hechas sobre el haber de cada uno, sino que exige la estimación directa de las circunstancias personales del contribuyente.

Las bases que comunmente se proponen para el impuesto son tres: los gastos, la renta y el capital por que tales son, se dice, las principales manifestaciones de la riqueza y los datos que es posible consultar para medir el haber de cada contribuyente. Sin embargo, los gastos no son muestra de riqueza, sino de necesidad; así es, que los encaminados á satisfacer las primeras exigencias de la vida son iguales para todos y no guardan relación con la fortuna del que los hace, y muchos otros se hallan en el mismo caso, porque aun los menos imperiosos dependen de mil circunstancias en que no entra para nada la posición económica. La base de los gastos da lugar á los tributos indirectos, en que se prescinde dé las personas, se gravan ciertos actos de circulación ó consumo y salen muy recargados los que por cualquier motivo los ejecutan quedando otros libres ó muy favorecidos, sin que haya proporcionalidad alguna. La renta, entendida como la suma de todos los beneficios obtenidos en la producción, es ya un criterio más razonable para evaluar las riquezas individuales, y hace directa la imposición; pero todavía ofrece graves inconvenientes: es un resultado accidental y transitorio, cuya importancia es tan diversa como puede ser su origen y que no determina con exactitud las condiciones económicas. Dos rentas iguales no significan las mismas facultades contributivas; si la una procedo del salario, y la otra representa el interés de sólidos capitales. Adoptando el capital por base del impuesto, se atiende á algo que es más permanente y está más próximo á las fuentes de la riqueza, como que es uno de los elementos que la crean; mas, á pesar de esto, no es igual la eficacia de todos los capitales: y así como las rentas no pueden estimarse justamente sin tomar en cuenta la causa de que provienen, del mismo modo no se puede decidir acerca del valor de los capitales sin computar la renta que producen. Además, el capital no es toda la riqueza; comprende sólo aquella parte que está destinada á la reproducción, y deja fuera del impuesto bienes considerables, el mobiliario y las alhajas, por ejemplo, que no hay motivo para que sean exceptuados.

Los gastos, la renta y el capital no son más que datos parciales, indicios poco seguros. La base del impuesto es el haber, la fortuna de cada contribuyente, y es necesario determinarlos, no por tal ó cual signo falible, sino directamente y en vista de todos los elementos que los componen para llegar á la justicia. Pero hay más todavía: la fijación individual del haber ó suma de los recursos económicos, que es suficiente cuando se considera el impuesto como prima del seguro ó pago de servicios, no puede serlo, si se quiere que corresponda exactamente la posición de cada uno: entonces es preciso que se examinen también las condiciones personales, que se busque el haber líquido, computando el debe que representan esas mismas condiciones. ¿Han de sufrir idéntico gravámen dos fortunas iguales, siendo la una propiedad de un célibe y la otra del jefe de una familia muy numerosa? ¿Tendrán las mismas obligaciones respecto del Estado, aunque sean iguales sus medios económicos, el hombre sano, capaz de hacerlos valer, y el enfermo lleno de necesidades é imposibilitado para la actividad productiva? No, porque la riqueza disponible es distinta en cada caso. El impuesto es una relación económica que media, no entre la riqueza y el Estado, sino entre el Estado y los individuos; ha de establecerse, pues, considerando ambos términos y reconociendo la influencia de las circunstancias personales. Cuantas dificultades de ejecución se opongan á ese principio no impedirán que sea el único conforme á la naturaleza del impuesto. Aparte de que esos obstáculos no son insuperables, dada una regular organización social, y el camino para vencerlos, indicado está ya en algunas instituciones administrativas, tales como la atribución que entre nosotros se concede al gremio para repartir el impuesto entre los individuos que le forman, en proporción á los beneficios que de la industria obtiene cada uno.

Por último, la cantidad á que haya de ascender el impuesto, no depende del arbitrio de los Gobiernos ni de la voluntad de los contribuyentes, y ha de determinarse en relación, por una parte, con los fines que se atribuyan al Estado, y por otra con la riqueza disponible ó renta de la Sociedad. La calidad de la imposición, consecuencia también de lo que ya queda dicho, debe ser general y uniforme, y ha de consistir en una prestación igual para todos, el numerario, porque la moneda es el único medio que puede servir indistintamente para todas las necesidades del Estado. Los tributos en especie obligarían á los Gobiernos á convertirse en industriales para utilizar las materias primeras que recibiesen, ó á hacerse comerciantes para enajenar los productos de que no pudieran hacer uso.

Indigencia.—Es la falta de bienes económicos. Se distingue de la pobreza, en que ésta sólo dice escasez de recursos y se diferencia de la miseria, porque ésta tiene un carácter más absoluto y permanente. (V. Miseria, Pobreza y Pauperismo).

Individualismo.—Sistema de aislamiento y egoísmo de cada cual, dice el Diccionario de nuestra lengua, dando buena idea de esas doctrinas que relajan los vínculos sociales y proclaman la omnipotencia de la actividad privada.

El individualismo ha llegado negar la legitimidad de la existencia del Estado, suponiendo que es una institución histórica, llamada á desaparecer con la civilización y el progreso y cuyas funciones serán mejor desempeñadas por la asociación voluntaria de unos cuantos individuos. Pero esto es una exageración del sistema poco aceptada, y la manera más general de entenderle consiste en reducir las atribuciones del Estado á la administración de justicia, la realización del derecho en un sentido puramente formal y externo, manteniéndole alejado de todos los demás fines humanos, que se declaran exclusivamente individuales.

En el orden económico, el individualismo que arranca desde las primeras concepciones de la escuela fisiocrática, y ha recibido su consagración en los brillantes escritos de Federico Bastiat, no sólo es la doctrina dominante, sino que aspira como á la ortodoxia y al monopolio científicos. Sus conclusiones son las siguientes: el mundo económico está regido por leyes naturales, cuyo cumplimiento exige como única condición social la libertad; los intereses particulares se armonizan por si mismos; cualquier principio, distinto del interés que se invoque para lograr su unidad, obrará como un obstáculo, y si es el Estado quien le aplica, será además una injusticia y un ataque dirigido á esas leyes providenciales. En la esfera económica, todo ha de hacerlo la libre acción del individuo; los Gobiernos deben limitarse á garantizarla, y por eso se les repite á cada paso el laissez faire, laissez passer, y se da como última solución de la ciencia para todos los conflictos, la de que la libertad, es decir, los movimientos de la concurrencia y la lucha de los intereses, producen todo el bien que es posible, tocante á la riqueza.

Que los fenómenos económicos están sujetos á leyes naturales, es indudable, porque no habían de ser ellos una excepción en medio de todo lo creado; que la libertad sea necesaria para cumplirlas también es cierto, pues que al hombre se refieren; lo que ya no puede admitirse con igual facilidad es que baste la libertad para que se ejecuten esas leyes, que ellas se realicen expontáneamente. Las leyes naturales en el orden físico, como en el mundo del espíritu, marcan la dirección que conviene á nuestra actividad; pero no sirven para el fin del hombre, sino en tanto que éste las obedece y hace efectivas. La acción de la gravedad recibe continuas aplicaciones, y, sin embargo, con la misma naturalidad con que nos favorece esta ley, nos aplasta si la manejamos torpemente: la fuerza explosiva de la pólvora es utilísima en ciertas industrias; pero obra tan naturalmente cuando deja expedita una vía de comunicación, como cuando hace volar un pueblo. El bien es la ley natural de la actividad: la razón nos hace ver sus motivos; pero la voluntad ha de cumplirle y puede contrariarle. Las leyes del orden jurídico no son menos naturales que las económicas, ni necesitan menos que ellas de la libertad: ¿por qué, pues, los individualistas, en vez de hacer uso del laissez faire, piden al Estado que organice los tribunales, sostenga una fuerza pública y sea inexorable en la represión de los delitos? Las leyes económicas se hallan en el mismo caso que las demás; no excluyen la intervención del hombre, antes bien le señalan una conducta fija; no se realizan por el solo hecho de existir la libertad, sino por actos que, aunque deben ser libres, están ya determinados. Siendo libre el trabajo, la competencia y el consumo puede haber industrias                anti-económicas, cambios injustos y aplicaciones viciosas de la riqueza; la prueba está en que así sucede realmente y presenciamos todos los días infracciones de esas leyes naturales.

Tampoco es exacto que los intereses particulares se armonicen por sí mismos. El interés personal es un aspecto del bien puramente subjetivo, que no engendra más que oposiciones y antagonismos: el interés de cada uno está en relación con el de los demás, y para que no se excluyan los unos á los otros, es necesario que se subordinen á algo que sea común á todos ellos. Esto lo reconocen implícitamente los mismos individualistas, al establecer que los intereses armónicos son los legítimos, porque si hay un principio que decide acerca do la legitimidad del interés, ese principio, superior sin duda, llámese como quiera, interés general, bien absoluto, será la verdadera fuente de la unidad y la armonía.

Prueban también esas consideraciones que los hechos económicos no son exclusivamente individuales: allí donde hay partes, fuerza es reconocer que existe un todo, y tratándose del hombre, solidario de sus semejantes, no se concibe que ninguno de sus fines pueda estar como despedazado y roto, y ha de aparecer la colectividad, la esfera social, no simple agregado de los individuos, sino con personalidad y vida propias. Para oponerse, como hacen justamente los individualistas, á que sea el Estado quien realice ese fin económico social, no es preciso negar su existencia, ni la necesidad consiguiente de que haya una institución, un organismo libremente establecido que se encargue de cumplirle.

El Estado, en efecto, no es la Sociedad, sino uno de los elementos que la forman: su misión esta en el Derecho; pero éste penetra en todos los demás fines humanos, influye en ellos y ha de darles cierta unidad. El Estado, por otra parte, representa la colectividad más extensa y mejor constituida, la Nación, que da lugar á una esfera de vida económica; de aquí que la acción de los Gobiernos sobre el orden de los bienes materiales no sea exclusivamente externa y negativa, encaminada tan sólo á sostener la libertad individual.

La ciencia económica no concluye, pues en el laissez faire; al contrario en él comienza, porque su objeto está precisamente en estudiar cómo han de cumplirse las leyes naturales y cuál es el uso que se debe hacer de la libertad conquistada, viendo en el Estado no un enemigo, sino una institución indispensable ó influyente en la vida entera de la Sociedad. (V. Estado y Socialismo.)

Industria.—Significa, ya una aplicación determinada, ya el conjunto de las aplicaciones del trabajo económico. Sin embargo, en el lenguaje común recibe esa palabra sentidos diferentes; unas veces se emplea para designar las manufacturas y la fabricación, distinguiéndolas de la agricultura y el comercio; y otras comprende todos los trabajos materiales en oposición á las que se llaman nobles artes y profesiones liberales. Algunos economistas, separándose de todas estas acepciones, sostienen también que debe considerarse como industria toda acción del trabajo humano cualquiera que sea su clase.

La distinción entre el trabajo económico y la industria, que preocupa á algunos escritores, se percibe claramente: el trabajo es uno solo de los elementos que concurren á la obra productiva, y la industria, como que es el trabajo en ejercicio, supone combinación de éste con el capital y los agentes naturales, la relación por lo menos de nuestras facultades con aquellas cosas de la Naturaleza sobre que recaen.

Aunque la gran diversidad de las industrias hace difícil una clasificación exacta, suelen dividirse en los siguientes grupos: industria extractiva, que comprende todas las operaciones dedicadas á la ocupación de los productos naturales, como la minería, la caza, la pesca, etc.; industria agrícola, cuyo objeto es el cultivo de la tierra y la multiplicación de las especies vegetales; industria pecuaria ó de la cría de animales, que fomenta y mejora todos los que son útiles para el hombre; industria manufacturera ó fabril, que elabora y transforma los productos de las anteriores; industria locomotiva, encargada del transporte de personas y cosas; y por último, industria mercantil, que se dedica al ejercicio del cambio, relacionando á productores y consumidores.

Mas según aquellos economistas de quienes antes hablamos, hay que poner al lado de esas industrias á que llaman objetivas, las otras que califican de subjetivas ó antropológicas, constituidas por los trabajos que obran sobre el hombre mismo, tales como el sacerdocio, la enseñanza, el gobierno, etc. Esta confusión de las distintas esferas de la vida se funda en la idea equivocada de que todo trabajo es económico. El trabajo es la acción reflexiva de nuestras facultades; pero como éstas pueden proponerse varios fines, el trabajo será científico, religioso ó jurídico, según que  se dirija a la religión, la ciencia ó el derecho, y económico solamente cuando tienda á la adquisición de los bienes materiales. Una cosa es, que haya entre todos los esfuerzos las relaciones consiguientes á la unidad del destino humano, siendo todo acto á la vez religioso, moral, y económico, etc., porque de algún modo influye en la obra entera de la actividad; y otra, que deba renunciarse á distinguirlos, considerando el predominio de cada uno de esos aspectos y el fin á que más particular y directamente va encaminada la acción. Sostiénese el error que combatimos, al ver como los servicios de las profesiones se cambian por los bienes materiales; pero la retribución á que dan lugar esos trabajos, si es realmente en ellos la fase económica, no determina su carácter esencial y su propia naturaleza, ni da motivo para que se los tenga por industriales. Las solemnidades religiosas y las actuaciones de un tribunal de justicia, por más que sean retribuidas, no se proponen el fin económico, no se rigen por los principios de este orden, influyen solo de una manera mediata en la riqueza, y no son en el común sentir, ni pueden ser considerados por la ciencia  como meros productos y resultados de otras tantas industrias. De otro modo: si decimos que sacerdotes y magistrados son industriales porque ejecutan el cambio, hemos de declarar también que el albañil, por ejemplo, es á la vez científico y jurisconsulto, cuando edifica la universidad y la cárcel.

La adquisición de la riqueza puede hacerse obrando directamente sobre las rosas de la Naturaleza, es decir, produciendo, ó bien dedicándose al cumplimiento de aquellos fines que la riqueza se aplica para percibirla á título de remuneración: en el primer caso, el trabajo es económico; en el segundo, mal puede haber industria, cuando lo que se realiza es un consumo improductivo.

La industria ó sea la combinación de los elementos productivos, puede establecerse bajo las formas de la sociedad ó la empresa y en grande ó pequeña escala. (V. Empresa y Sociedad.)

La grande industria disfruta las ventajas consiguientes á los muchos capitales de que dispone; pero lucha con los inconvenientes de la complicación administrativa y del empleo de intermediarios y asalariados. La pequeña industria no maneja tan buenos elementos, tiene menos resistencia y energía; pero en cambio es en ella superior la calidad del trabajo, porque le hace el empresario mismo ó un corto número de operarios, bajo su dirección inmediata.

La explotación en grande escala, debe aplicarse tanto en la agricultura como en las otras industrias, cuando lo principal del esfuerzo haya de correr á cargo del capital y la pequeña escala será más beneficioso, en aquellas producciones que requieran mucho esfuerzo personal ó un trabajo muy intenso.

Instrumentos del crédito.—Son los medios empleados para consignar y hacer fácilmente transmisibles las promesas de pago.

El más elemental y el primero, sin duda, de los instrumentos del crédito, es la palabra; paro las promesas verbales no dan consistencia á la obligación contraída por el deudor, y es muy difícil transmitirlas: sigue el recibo, que puede tener el carácter de escritura privada ó pública, y da ya fijeza al crédito, aunque su circulación presenta todavía graves inconvenientes: para remediarlos se inventan los pagarés á la orden, que se transfieren sin más solemnidad que el endoso y aumentan su valor á medida que circulan, por la responsabilidad que adquieren los tenedores. Sin embargo, la solidaridad, que se establece entre los endosantes, puede obrar á la vez como un obstáculo para la aceptación de esos títulos, y vienen á evitarlo los documentos al portador, que se transmiten por la simple entrega; pero están sujetos á un plazo de vencimiento como todos los anteriores medios, y devengan como ellos un interés que hace costoso el servicio, y es aun necesario un nuevo perfeccionamiento, que se consigue con el billete de Banco, documento al portador y á la vista, sin interés, vencido desde que se emite, cuya realización es independiente de toda consideración personal y de tiempo, y que reune, en fin, todas las condiciones apetecibles para facilitar el uso del crédito é intervenir en los cambios.

Los instrumentos del crédito, el billete de Banco, sobre todo, reemplazan á la moneda en la circulación, porque se manejan y se transportan mucho mejor que ella y son casi gratuitos, mientras que el coste del numerario es muy considerable; pero hay entre ambos medios la diferencia de que la moneda es una verdadera riqueza, contiene un valor efectivo, y el billete no es más que un signo, cuya eficacia depende de la existencia del valor que representa y de la posibilidad de cambiarlo por él en todos los momentos. Por eso, además de inexactas, son ocasionadas a consecuencias peligrosas las denominaciones de papel moneda y moneda de papel que suelen aplicarse al billete de Banco.

Interés de los capitales. —Llamamos interés á la retribución fija del capital, á la que obtiene del empresario sin exponerse á los riesgos de la industria, y distinguimos el alquiler y el rédito, según que el interés corresponde á los capitales fijos ó á los circulantes, porque tal nos parece la nomenclatura más acomodada á la significación y el uso de estas palabras.

Siendo el interés el precio del capital, el tanto que se paga por usarle, será como todas las retribuciones y todos los precios, natural y corriente: el interés natural consiste en el valor necesario para compensar los gastos, que el capital hace al tomar parte en la producción y el beneficio que le corresponde, y el corriente, en la cantidad de riqueza que se da en el mercado á cambio del disfrute de los capitales: el primero se determina según la índole del capital y del servicio que presta; el segundo conforme al resultado de la oferta y la demanda. Los gastos del capital que forman la base del interés natural, son de dos clases: de conservación, ó sean los necesarios para remediar sus deteriores; y de amortización, que consisten en reemplazarlo, cuando se extingue ó pierde su eficacia: unos y otros dependen y se hallan en razón directa del valor del capital, de la intensidad con que obra y del riesgo á que se expone.

La cuestión relativa á la legitimidad del interés de los capitales en dinero ó en cosas fungibles, ha dejado de serlo desde que se ha reconocido que la naturaleza y los servicios del capital son esencialmente iguales, cualquiera que sea su forma; y ya los moralistas, teólogos y jurisconsultos admiten como lícito el interés corriente. El socialismo es el que pretende ahora que sea gratuito el préstamo de los capitales de todas clases, aunque incurriendo también en la contradicción de considerar legitimo el interés que percibe el dueño del capital, cuando le aplica en la industria por sí mismo. Los socialistas, abogando por la retribución del trabajo, no quieren ver que su causa es la misma del capital; que éste no es en último término más que un trabajo anterior, trabajo acumulado, que esa diversidad de pura fecha no puede alterar el derecho á la recompensa. El que concede á otro un instrumento de producción, concurre á ella de una manera directa, y ambos deben participar de los beneficios, los dos con igual razón, ambos á título de trabajadores.

La tasa del interés, ó sea la fijación de su tipo máximo, que ha desaparecido ya de casi todas las legislaciones, es una institución que, además de atacar el derecho de propiedad y la libertad del cambio, es completamente ineficaz y aun contraproducente, porque perjudica a los mismos que intenta favorecer, restringiendo la oferta de los capitales. El limite legitimo del interés, distinto según las condiciones de cada caso, está en un beneficio proporcionado, porque quien abusa de la necesidad y la angustia de aquel que demanda un préstamo, aun cuando escape á la acción de la ley civil, será siempre un miserable, como dice enérgicamente un economista distinguido.

El interés de los capitales desciende á consecuencia de todos los progresos económicos, porque cada día se forman en mayor cantidad, circulan y se aplican más fácilmente á la industria y se gastan ó deterioran menos en la confección de un producto determinado, sin que por esto disminuya, antes bien, crece la retribución de los capitalistas. Un capital que rinde anualmente el 5 por 100 deja mayor beneficio que otro que produce el 8, cuando aquél se consigue con menos trabajo que éste, sí el primero está incesantemente colocado y el segundo ocioso muy á menudo, cuando el primero sufre poco en la industria y el segundo tiene que hacer un esfuerzo muy intenso, ó se somete á graves riesgos.

Interés personal. —Equivale á el amor de si mismo y es un motivo legítimo para la actividad, aunque no pueda ser el único regulador de nuestros actos, ni tampoco el fundamento de todas las relaciones económicas, como pretende un buen número de los escritores de esta ciencia.

El interés personal constituye un aspecto de todo bien y obra con igual intensidad en todas las esferas de la vida: el hombre se halla interesado en el cumplimiento del fin económico, pero no lo está menos en atender á su fin religioso ó científico, por ejemplo, y así lo reconoce el lenguaje común, cuando afirma la existencia de intereses religiosos, morales, políticos, etcétera.

El propio interés es un dato, pero uno solo, de los que deben ser consultados para nuestras determinaciones. Se llama interesado en tono de menosprecio al que exagera la importancia de ese móvil y precisamente aquellos actos que, fundándose en el sacrificio de la conveniencia individual, dan lugar á la abnegación y el heroísmo, son los que tienen más valor moral y alcanzan mayor estima. Abandonado á si mismo y elevado á criterio de conducta, el interés personal degenera en egoísmo, que es la negación del bien ajeno.

En el mundo económico, regido por las mismas leyes morales que sirven para los otros órdenes de la vida, el interés no puede tener una consideración distinta de la apuntada. Decir que la ciencia económica descansa en el principio del interés personal y que su misión se reduce á desenvolverle hasta sus últimas consecuencias, equivale á entablar su divorcio con la Moral, porque ya no se conciben ni explican dentro de ella la donación, la limosna, el mútuo auxilio, tan necesarios en la relación económica como en todas las demás que median entre los hombres. Por otra parte, si se considera únicamente el interés personal, parece que el fenómeno económico se verifica y concluye en el individuo aislado, siendo así que junto al interés individual hay otros no menos atendibles: el de la familia, de la Nación, de la Humanidad, el de todas las asociaciones y colectividades en suma, ya sean naturales ó voluntarias. Además, el interés, mirado individualmente, conduce á la oposición y á la anarquía, como lo prueba el hecho de que los más entusiastas defensores de la armonía de los intereses concluyen por establecer, que es condición precisa de todo progreso económico la competencia, es decir, la lucha, sin tregua ni condiciones, del capital y el trabajo, de productores y consumidores. Si la Economía fuese la ciencia del interés personal, vendría á ser no más que una especie de táctica ó estrategia, que deberían aprender los combatientes para conseguir la victoria en esa guerra social. Los intereses particulares son diversos, y, como todo lo que es vario, no pueden armonizarse sino bajo un principio superior, que es el del bien absoluto.

Resulta, por consiguiente, que el interés personal ni es el asunto de la Economía, ni el móvil de la actividad económica, y queda reducido á ser un mero aspecto principio secundario para la ciencia como para la vida, subordinado á la razón y á las ideas del deber y la justicia.

 


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