PROGRESO, BIENESTAR Y MODERNIDAD: EL BIENESTAR SUBJETIVO COMO UN DESAFÍO PARA LA DEMOCRACIA EN MÉXICO

PROGRESO, BIENESTAR Y MODERNIDAD: EL BIENESTAR SUBJETIVO COMO UN DESAFÍO PARA LA DEMOCRACIA EN MÉXICO

Ernesto Menchaca Arredondo
Universidad Autónoma de Zacatecas “Francisco García Salinas”, México

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Capítulo 1

Configuraciones, formas y procesos

Los nuevos desafíos: bienestar subjetivo frente al progreso de la sociedad

En su Summa Technologiae, publicada en 1964, Lem imaginó un «fantomatón», un aparato de realidad virtual que permite a quienes lo usan abandonar el mundo real e introducirse en el entorno simulado de su propia elección. En el mundo real, somos organismos delicados que sólo podemos vivir una vez, pero en el fantomatón podemos volver a vivir todas las veces que queramos siendo lo que decidamos ser en cada una de ellas. El fantomatón nos proporciona lo que los místicos siempre han buscado: liberarnos del mundo material. Libres de nuestros cuerpos mortales, podemos surcar el ciberespacio eternamente

—Fe en Matrix, Jhon Gray, Contra el progreso y otras ilusiones, 2004, pág. 61

 

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha publicado una serie de estudios sobre el nivel de vida de la población mundial, en lo que ha llamado Your Better Life Index Su Índice para una Vida Mejor— (OECD, 2013). En estos estudios se reconoce, por una parte, la necesidad de realizar análisis a nivel microsocial, ya que regularmente los análisis macro no pueden reflejar con precisión lo que realmente está pasando en una determinada zona de un determinado país. Por otro lado se reconoce la dificultad que implica analizar el bienestar de las personas desde una perspectiva multidimensional, ya que ésta implica un verdadero desafío, sobre todo cuando se quiere obtener una imagen del conjunto de indicadores como un valor único. Sin embargo, el uso de este tipo de índices complejos ayuda a proveer una visión general de los patrones de bienestar considerados en los diversos países. 1
Los factores que influyen en la calidad de vida de las personas y dan satisfacción humana, constituyen lo que suele ser llamado bienestar social. Éste es una condición que no puede observarse directamente, sino a través de diversas formulaciones y comparaciones en el espacio y el tiempo. Evidentemente, este concepto tiene una carga subjetiva muy alta, en virtud de que sus mediciones no sólo incluyen aspectos económicos objetivos sino también, por fuerza, apreciaciones de los individuos. El concepto y sus formas de medirlo de manera práctica han sido objeto de muchos debates en el ámbito de quienes formulan políticas públicas y en organismos internacionales como la Unesco, la OCDE y la ONU.
De manera convencional se ha tomado como medida de bienestar la cantidad de bienes materiales y servicios útiles producidos por un país, dividida entre el número de sus habitantes; esto es llamado renta per cápita. En cierto modo, esta medición ya fue superada por la visión del progreso social de Amartya Sen, quien lo entiende “como la eliminación sistemática de las fallas sociales”. Por ello se construyó un índice de progreso social concebido en términos de la eliminación de carencias y déficits sociales ( Desai, Sen, y Boltvinik, 1998).
La discusión ha estado centrada fundamentalmente en el tipo de factores que deben ser incluidos o excluidos en la determinación del nivel de vida de una población. Así, por ejemplo, algunos incluyen el desempleo, la marginalidad, la pobreza y oros tipos de disfunciones sociales. Del lado de la renta, también se discute la manera de medir su distribución entre la población de un determinado país. E igualmente existe una controversia sobre los factores que contribuyen al incremento del PIB per cápita, como la productividad, las tasas de empleo, el número de horas trabajadas, etcétera. Sin embargo, se objeta que este índice sólo mide algunos aspectos parciales del bienestar.
Otro indicador que intenta medir el nivel de pobreza existente en un país, es el Índice de Pobreza humana (IPH), elaborado por Naciones Unidas para los países con economías en desarrollo; el IPH comprende los siguientes aspectos: la probabilidad al nacer de no sobrevivir a los cuarenta años; la tasa de adultos no alfabetizados; la media entre la tasa de población sin acceso estable a una fuente de agua de calidad, y la tasa de menores de edad con peso por debajo del promedio.
Diferentes indicadores han sido construidos por múltiples instituciones que intentan medir el bienestar de la población; sólo para enumerar algunos, mencionemos los siguientes: el Índice de Bienestar Económico Sostenible (IBES), 2 el Índice de Progreso Real (IPR) o Índice de Progreso Genuino (IPG); el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de Naciones Unidas; el Índice Forham de Salud Social (IFSS), el cual mide 16 indicadores  que incluyen la tasa de mortalidad, el abuso y la pobreza infantil, el suicidio, el consumo de drogas, el abandono escolar, las ganancias medias, el desempleo, la cobertura sanitaria, la pobreza en ancianos, homicidios, vivienda y desigualdad social. Un indicador más es el Índice de Bienestar Económico (IBE), el cual considera aspectos como el ahorro de las familias y la acumulación de capital tangible, así como el valor de la vivienda, y trata de medir la sensación de seguridad futura.
Paralelamente a la incorporación de estos índices del bienestar, se han construido diversas maneras de medir la falta de éste, con una visión diferente de cómo atender los problemas de la población, lo que ha suscitado una serie de discusiones y análisis sobre el desarrollo humano y la pobreza. Aquí podemos encontrar los siguientes índices: Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) o Multidimensional Poverty Index(MPI), que desde 2010 ha reemplazado a los Índices de Pobreza Humana (IPH e IPH-1/IPH-2); Índice de Pobreza o indicadores de pobreza independientes; Índice de Pobreza Humana para países en desarrollo (IPH-1), elaborado a partir de 1998; Índice de Pobreza Humana para países de la OCDE seleccionados (IPH-2); Índice de Desarrollo Humano relativo al género (IDG), elaborado en 1996; Índice de Potenciación de Género (IPG), e Índice de Privación Material o Indicador de Privación Material. 3
Las anteriores construcciones y valoraciones para medir el bienestar y la satisfacción de la población —en especial este último aspecto, también conocido como bienestar subjetivo—, han traído consigo una serie de discusiones relativas a la elaboración de métodos y técnicas que midan ambos factores de una manera más precisa, coherente y homogénea, problema cuya resolución sigue pendiente.
En los años recientes se ha priorizado un enfoque o campo del bienestar para el estudio de la felicidad o del bienestar experimentado (Kahneman, 2012); bienestar psicológico (Argyle y Martin, 1991), desde el ámbito de la sociología lo han hecho especialistas como Veenhoven (1994). En el ámbito económico se han enriquecido desde las investigaciones denominadas como pobreza subjetiva (Flik y Van Praag, 1991).
Las mediciones del bienestar experimentado que ya se utilizan a gran escala en sondeos nacionales realizados en Estados Unidos, Canadá y Europa, recientemente en países como México y Chile han confirmado la importancia de los factores situacionales, la salud física y el contacto social en el bienestar experimentado.
La evaluación de la vida que hace la organización Gallup mediante una pregunta en lo que se conoce como la escala de Cantrill y un análisis de más de 450,000 respuestas del índice de bienestar Gallup-Healthways, sobre si ¿puede el dinero comprar la felicidad?, la conclusión es que “ser pobre resulta deprimente y que ser rico puede mejorar el grado de satisfacción con la propia vida, pero no mejora el bienestar experimentado” (Kahneman, 2012 Quinta parte. Dos yo, Secc. 37 Bienestar experimentado). El nivel de la saciedad según Kahneman por encima del cual el bienestar experimentado deja de aumentar es el que proporcionan unos ingresos familiares de unos 75,000 dólares en zonas donde el coste de la vida es alto. El incremento medio del bienestar experimentado asociado a los ingresos, fuera de ese nivel, es exactamente cero. En esta idea, la satisfacción con la propia vida es otra cosa al bienestar experimentado (Kahneman, 2012 Quinta parte. Dos yo, Secc. 37 Bienestar experimentado).
También existen dos tradiciones en la epistemología del bienestar: la de imputación y la de presunción. En la primera es muy común juzgar el bienestar de las personas a través de terceros, por lo que en muchas ocasiones dicho bienestar es por así decir impuesto o meramente clasificado por el investigador o experto; en el segundo caso sí interesa la experiencia del bienestar que las personas viven y manifiestan.
El enfoque subjetivo del bienestar se fundamenta en preguntar directamente a las personas acerca de su bienestar. Además, las preguntas pueden servir para hacer indagaciones respecto a la felicidad, a la satisfacción de vida o a algún otro concepto relacionado con el bienestar de la persona; lo importante es que el entrevistador sea informado por las personas sobre el bienestar que interesa conocer. Claramente se observa que existen diferencias en la información que se obtiene, dependiendo del objetivo que se persiga; pero en muchos estudios se toman estos conceptos como sinónimos y se habla indistintamente de felicidad, satisfacción de vida y bienestar.
En general se pueden señalar tres modos de abordar el estudio de la felicidad. Un primer modo consiste en el estudio directo de la felicidad de los seres humanos. Un segundo modo lo constituye el estudio de la relación entre la felicidad y variables económicas como el ingreso, el desempleo y la inflación. Y un tercer modo consiste en la utilización de la felicidad como proxy de la utilidad. Los tres modos de análisis presentan sus propias dificultades, y los tres demandan diversidad de recursos y métodos para lograr obtener realmente una identificación comprobable.
La economía de la felicidad sin duda proporciona una metodología de valoración de sucesos externos que puede ser considerada como otro enfoque dentro de los métodos de valoración tradicionales, así como el enfoque de valoración contingente; ambos enfoques son utilizados por Ada Ferrer-i-Carbonell y por Mariano Rojas.4 Sin embargo, siguen existiendo dudas y huecos en las formas de analizar el bienestar o la felicidad.

La existencia de distintos modos de ver y analizar el bienestar presuponen un entramado complejo para su teorización y para su propia medición, que sin duda, conforman el reto más importante para impulsar una mirada distinta sobre los entramados que le sustentan dentro del ámbito social.

1 Un ejemplo de índice que alude al proceso de globalización actual medido entre l de 100 puntos se construye de un alcance global de diversas variables, diseñado para medir tres dimensiones: la globalización social: la extensión del contacto personal, la fluidez de información, y la proximidad cultural; globalización económica: los flujos de bienes reales a gran distancia, inversión de capital, y servicios comerciales, así como también restricciones que importan barreras, impuestos, y tarifas; y la globalización política: medida por la integración con organizaciones intergubernamentales internacionales, el número de embajadas con sede en un país, y el compromiso nacional en misiones de paz por la ONU (Véase Norris y Inglehart, 2009).

2 Herman Daly y John Cobb acuñaron en 1989 este concepto, basados en las ideas presentadas por W. Nordhaus y James Tobin en Measure of Economic Welfare. La pretensión principal del IBES fue reemplazar al PIB, y su cálculo parte de la misma lógica contable (véase Daly, Cobb y Cobb, 1994).

3 Aplicado en Gran Bretaña en 2010, incluye el cálculo de pobreza en el ingreso y el cálculo de la privación material, y trata de mejorar el llamado cálculo complementario de pobreza (SPM) de Estados Unidos para 2011.

4 Este enfoque también se ha utilizado para valorar enfermedades, y ha sido utilizado para calcular la compensación de ingreso necesaria cuando una persona cambia de residencia, así como para calcular la compensación necesaria al agregar un nuevo miembro al hogar; de manera que pueden calcularse escalas de equivalencia de ingresos (véase Ferrer-i-Carbonell, 2011).