EL DESARROLLO LOCAL COMPLEMENTARIO

Mario Blacutt Mendoza

Régimen Agrario

El indio no había participado de la guerra; por otra parte, con la República no hay intento alguno de modificar las relaciones económico-sociales de la Colonia. Más bien la República se proclamó heredera de las tierras de la Corona, quitándole al indios sus tierras, quienes tenían sólo usufructo. Bolívar intentó desvincular el tributo personal del tributo de las tierras, convirtiendo al indio en propietario, desgraciada-mente no tuvo. El 29 de agosto de 1925 el Decreto de Trujillo decía que la CPE no conoce igualdad entre los ciudadanos, pero se decretó la ilegalidad de los servicios gratuitos. Los salarios en las minas, obrajes y haciendas serían pagados en dinero, no en especie; de este modo se reconocía su existencia legal. Pero esta ley no fue acatada y el sistema de  pulpería, un sistema basado en el robo institucionalizado, siguió. La repartición y distribución de tierras en la Colonia no significó propiedad sobre ellas por parte de indios. Así, igual que en la Colonia, las tierras en Bolivia no tenían valor si no había indios en ella; esto hizo que tierras fueran cultivadas con desgano, por lo que se ordenó en Decreto de Trujillo para recaudar fondos al Estado: la venta de tierras estatales por una tercera parte del precio, aunque no las de los indios, que podían enajenarlas. La tierra seguía siendo recurso fiscal y sólo en segunda instancia era considerada como un factor de crecimiento; no hubo una doctrina de la utilidad pública de tierra. Pero se anuló tributo del indio desde 1ro enero 1826, estableciéndose la contribución directa bajo usando como fuente: el impuesto personal, el impuesto sobre las propiedades, sobre la renta de la industria, el arte o la ciencia y los descuentos sobre sueldos los empleados públicos. También se legisló sobre la contribución directa entre los ciudadanos, incluyendo el indio, el que tenía que pagar ese tributo y, encima, el que le obligaban en su calidad de propietario de tierras, en el caso de que las tuvieran.

En las disposiciones considerativas se estableció que el indio era un propietario, al igual que mestizo, el foráneo o criollo. Pero el indio rico y los no indios pidieron que esa medida liberal fuera anulada y que volviera el tributo. Los caciques, indios ricos, consiguieron el apoyo de los propios indios, por la ignorancia en que éstos vivían. Fracasó el intento de convertir al indio en propietario absoluto, quedó como enfiteu-ta hasta que l administración de Melgarejo le quita todas sus tierras. Queda claro que la intención de Bolívar, la de dar propiedad absoluta al indio no concordaba con el ayllu ni sus tradiciones colectivistas. Si las tierras comunales no podían ser enajena-das, el Indio podría gozar de cierta seguridad, pues la medida no habría permitido el desmembramiento del ayllu, pero, postergaba el desarrollo de la economía mercantil. La sayaña, bajo principios colectivistas, representaba una parcela sujeta a distribución y redistribución y se constituyó en el núcleo débil del ayllu, de esta manera, el blanco o el mestizo no ocuparon ayllus, sino, sayañas lo que empobreció más al indígena. La contrarrevolución había sido iniciada, dice Luis Peñaloza, la que se habría objetivado en el gobierno de Andrés de Santa Cruz.

El Régimen Agrario desde Santa Cruz hasta Melgarejo

Siguiendo la política del Coloniaje, el Decreto de 1831 reconoció a curas y goberna-dores tener pongo, mulero y mitani mujer, tareas para las que los indios debían turnarse. Así los servicios personales gratuitos son consagrados otra vez. Los hacen-dados ni siquiera les daban la comida. El Decreto también dispuso la ocupación de tierras comunales por los no indios y se declara al indio contribuyente como propie-tario de las tierras. En 1837 se dicta un decreto prohibiendo la enajenación de las tierras comunales y disponiendo la devolución de las tierras objeto de venta o enajenación. La intención de este decreto era la de garantizar al indio la anulación del riesgo de despojo, pues éste carecía de sentido de propiedad individual. (Esto es algo que no debemos olvidar) Al igual que con el decreto de Bolívar, los indígenas no se beneficiaron con el decreto de 1837, que también, como en el caso anterior, lo declaraba propietario, debido a la ausencia de sentido de propiedad. Parece paradógico afirmarlo, pero todo hace suponer que los decretos, eran muy “avanzados” para su tiempo. Mientras tanto, las tierras del Estado se regalaban a los presidentes y funcionarios allegados. Todo esto lo dice Luis Peñaloza. Al comienzo de República mucha tierra había sido vendida por los soldados a precios bajos usando bonos de crédito público con que se había financiado guerra independencia; esto incluyó también a las tierras comunitarias. Para impedir excesivo parcelamiento de tierras se instituyó el mayorazgo, en beneficio de los hijos mayores.

Ballivián y la Enfiteusis
La administración de José Ballivián preparó el camino para despojo institucionalizado de las tierras que Melgarejo pondría en práctica años después. En 1842, Ballivián dispuso que las tierras que poseen los originarios eran de propiedad del Estado, y que los propietarios se convertían enfiteutas que sólo poseían el derecho a usufructo de esas tierras, no la propiedad; además tenían que pagar por esos derechos. Pero se reconocía al enfiteuta una indemnización por mejoras que hubiera hecho en el suelo. También tenía el derecho preferente en caso de subasta. El decreto desco-nocía que los pueblos originarios ya ocupaban la tierra con anterioridad a la Colonia y a la República. Los gobiernos que siguieron a Ballivián dieron por sentado la propiedad de las tierras por el Estado; así, la población agrícola fue dividida en: hacendados, comuneros, arrendatarios y forasteros sin tierras.

Administración Melgarejo
Bolivia tenía a la agricultura y a la minería como bases principales de su economía y el régimen salarial introdujo una incipiente economía mercantil, pero la debilidad del indio para convertirse propietario privado, hizo que no pudiera desarrollar  una economía tipo granja, tal como lo había hecho el granjero (farmer) en los EEUU. Por su lado, Mariano Melgarejo consideró que el indio debía pagar el tributo sólo por el hecho de  ser indio. Del total de ingresos fiscales: 50% estaban conformados por las contribuciones del indígena y los diezmos; el 20% por el impuesto a las utilidades de la plata y a los bancos de rescate.

Sólo 20% conformaban el conjunto de los impuestos indirectos, especialmente el de aduana. La confiscación de comunidades obligaba al indio, una vez más, a recom-prar sus tierras, algo que hasta la misma Corona había respetado. Así, la República reconoció deudas a la Corona, ignorando intencionalmente que los indios habían pagado el uso y goce a perpetuidad por sus tierras. Los hacendados, al comprar las tierras que los indios no podían, la compraban junto con los indios que había en ellas; además se impuso otra vez el tributo a todo indio, por ser indio, tenga o no tenga tierras; las hubieran confiscado o no. En la Corona, por lo  menos se cobraba el tributo al indio que tenía tierras para solventar el tributo, pero Melgarejo le quitó las tierras, que eran su modo de vida, y le impuso encima el tributo, el que sólo podía ser satisfecho con el producto de la tierra. Es por éstas y otras razones que hemos heredado la impresión de que Melgarejo era una bestia con facultad del habla. Al comienzo se había dado 60 días de plazo para consolidar las posesiones sobre la tierra; después se dijo que eran muchos días; bastaba que un indio no pudiese pagar por sus tierras para que la vendieran en remate. La venta se realizaba por sayañas, es decir, por fracciones, además se ordenó la parcelación de las comunidades. Ningún gobierno había manejado tanto dinero como Melgarejo, el que se acrecentó con empréstitos aprovechados por su corte. Si se hubiera puesto el mismo empeño en explotar los yacimientos mineros del Litoral con el mismo empe-ño que se puso en la apropiación de las comunidades, otra habría sido nuestra historia.

Después de Melgarejo
Con Agustín Morales, el supuesto segundo “Libertador”, en 1871 se dispuso que los indios que hu-biesen consolidado sus tierras comunitarias, pagasen el tributo como yanaconas. El 31 julio 1871, la Asamblea Constituyente anula las ventas de tierras de la comunidad reconociendo a los indígenas comunarios como propietarios. Pero el Estado indemniza a los compradores, aunque no a los empleados públicos; así muy pocas tierras volvieron a poder de los indios.

El proceso de desaparición de las tierras comunarias continuó; la sayaña se conside-raba de  propiedad individual, algo que el indio no comprendía. Sólo una minoría del 20% de los comunarios llegó a ser propietario originario, el resto perdió sus tierras por venta o abandono y tuvo que ser forastero en otra comunidad. Apareció en los citadinos la ambición de apropiarse de las tierras comunarias y en 1900 la conversión de comunas en latifundios se fortalece. En Cochabamba y los Yungas se desarrolla cierto sentido de propiedad de la que carece el altiplano, de este modo aparece y se des-arrolla el minifundio. En 1841 se promueven los monopolios y las concesiones para la explotación de quina; los siringueros de entonces eran nómadas, talaban un lugar y luego se iban

Régimen Monetario
En 1795 un marco era igual a 230 gramos de plata; la primera ley monetaria se dicta el 17 agosto de 1825, estableciéndose que la unidad monetaria sería, por un lado, la moneda de plata con un peso de 27 gramos y, por el otro, la moneda de oro, con un peso de 23 gramos . Ya en 1848 este bimetalismo determinaba una relación de 16 unidades de plata por una de oro. Los Pesos Melgarejo, fue una moneda feble, lo que aumenta el desbarajuste monetario. La plata se desvaloriza por la vigencia del patrón oro en otros países y el aumento de la producción de oro en los EE.UU y México, mientras que la producción de ese metal baja en Bolivia. 

Banco de la Nación Boliviana
El 7 febrero de 1911 se dicta la Ley de su funcionamiento con base en empréstitos, recogiendo pasivos y activos de todos los bancos. Con esto se quería lograr una con-vertibilidad ilimitada que los bancos privados no garantizaban. Desde 1907 se había pensado en un Banco Central del Estado, pero se tenía miedo a la emisión inorgáni-ca para cubrir déficit. Sin embargo,era necesaria la fusión de los bancos de emisión en uno solo

La Quina
Ya era usada por los indios por sus propiedades curativas; regía la libre importación de cascarilla hasta que se fabricara en el país sulfato de quinina. Se dio a Jorge Tezanos Pinto el monopolio de exportar pero no se fijaba un precio mínimo para los productores. Otro decreto  dispuso el privilegio de comprar y exportar corteza de quina por 10 años con el pago de precio mínimo a los productores. Esto quitaba la posibilidad de competir en mercado internacional, dado que los precios, debido al pago de precios mínimos a los exportadores, eran elevados con relación a los que regían en el mercado internacional; finalmente vino competencia de Colombia y el precio internacional bajó de 55 pesos a 35. En 1858, con Linares se volvió a comercio libre con impuesto del 25% del valor de exportación. Todo muestra que, como de costumbre, no se supo aprovechar las ventajas en el momento oportuno.

El Salitre y el Guano
En 1842 se firmó un contrato con Miers Bland Sansetenea para la explotación guane-ras en el Litoral; según las cláusulas, el 70% de las utilidades se asignaban al Estado boliviano. El contrato fue transferido al consorcio Meiggs con un máximo exportable 6 mil toneladas. En 1860, Pedro López Gama va al Litoral y prácticamente se adueña, junto con Miggs, de ese territorio;  luego se produce una verdadera invasión de empresarios chilenos al Litoral en busca del guano, el salitre, el cobre y la plata. Bolivia descuida Antofagasta: no había ni proletariado ni empresarios para ir a ocuparla soberanamente, debido al freno que ponía el sistema de hacienda y el trabajo gratuito del indio. No se pensó en asimilar los territorios ricos del Sud y se dio concesiones-regalo a Chile. En 1844 se creó en Chile provincia de Atacama, que era el nombre que tenía Bolivia para todo su litoral. Hubo explotaciones clandestinas de guano y apropiación pacífica de Mejillones por empresarios chilenos. El año 1847 se sorprendió a industriales chilenos explotando clandestina-mente; se los apresó, una escuadra chilena los libertó instalándolos otra vez en Mejillones. De allí a la Guerra del Pacífico no hay más que un paso.

Pérdidas territoriales
Augusto Guzmán hace una recapitulación de las pérdidas territoriales bolivianas. En el año de su fundación, Bolivia tenía 2 300 000 km2. A partir de entonces nuestro país sufre procesos continuos de desmembramiento. Con Brasil Se firma el tratado de Petrópolis por el cual perdemos, dice Guzmán, el Acre y, con él, 340 000 kms2. Con Argentina, después de un “debate sobre el Chaco Central se firman los tratados de 1889 y 1925  con lo que se habría perdido 170 000 kms2. Con Perú se produce una controversia territorial y, finalmente, Puerto Abaroa pasa a soberanía del Perú con más 250 000 kms2. ConParaguay, se pierde 240,000 kms2. El total de estas pérdidas territoriales suman, según Guzmán, 1 120 000 kms2.

El Modelo Dual
La Economía Dual conformaría  una de las etapas que más habría de marcar la forma y la consistencia de la historia nacional. Se ha identificado el modelo de la “Econo-mía Dual” tomando como un ejemplo lo que había sucedido en Bolivia a partir de principios del siglo XX. El descubrimiento del estaño en el occidente del país pro-pició la creación de un enclave de explotación del nuevo mineral que fue dedicado sólo a la exportación. Como esa materia prima tenía que competir en el mercado mundial, fue necesaria la inversión de cuantiosos capitales para aplicar la tecnología de avanzada.

Pero las inversiones se realizaron sólo en ese enclave, sin efectos multiplicadores para el resto del territorio; sólo dio ganancias a tres de los principales oligopolistas de la producción mundial de estaño: Patiño, Hoschild y Aramayo. Esto causó la falta de diversificación de las inversiones en el sector industrial boliviano. Por el otro lado, regía, en el resto del país, el sistema de hacienda, basado en la expoliación del indio. Esta coexistencia inhibiría aún más cualquier capacidad de iniciativa privada que pudiera haber existido en el mapa económico de Bolivia, especialmente en el caso de los pueblos originarios. La Era del Estaño ha pasado a la historia y todos saludamos el advenimiento de la Era del Gas.

Pero la memoria colectiva rememora la terrible voracidad de un modelo así conce-bído, el que, a su paso, sólo dejó agujeros negros en lo que antes había cerros plenos de riqueza. También dejó el vacío causado por la ausencia de una burguesía nacional consolidada y consciente de su tarea de ser el nervio motor del desarrollo nacional, una pobreza generalizada y un sentido de frustración que se ha hecho cada vez más difícil de soportar.

La Guerra del Chaco
Estamos en los inicios de la década de los años treinta del siglo XX. La oligarquía que gobierna el país empieza a perder el paso, se debilita cada vez más y busca desesperadamente un motivo, "un algo" que la redima. Parásita y expoliadora, incapaz de cumplir la misión histórica de dotar al país de un sistema capitalista, la oligarquía sueña con prosapias y grandezas de héroes y de glorias. Ese sonambu-lismo y el terror de dejar de ser, encuentran una guerra y con ella, la oportunidad de reivindicar su razón de existencia. Una guerra que fue más difícil hacerla de lo que hubiera sido evitarla

Aquí la tragedia ya es grotesca. La Dutch Shell por una parte y la Standard Oil, supuestamente por Bolivia, organizan este torneo de muerte y de miseria. El coman-dante en jefe del ejército boliviano, en una guerra de intereses entre compañías petroleras ajenas al país, es un extranjero nacido en Alemania. También se descubre la existencia de un oleoducto clandestino que llevaba petróleo al Paraguay, país con el cual Bolivia estaba en guerra y que el oleoducto pasaba por territorio argentino. Pero es en esta guerra que la Patria empieza a sentir su angustia de ser lo que es; la necesidad de ser otra cosa; el mandato de devenir una nación. Hombres traídos del altiplano, de los valles y de las selvas para ser juntados en un horno de muerte, se conocen por vez primera; entonces una nueva sustancia llama a una nueva forma: somos de un mismo país, de una misma nación, aunque una guerra tuvo que ser convocada para que supiéramos quiénes éramos. Al hacerlo, se dieron cuenta de que estaban defendiendo el territorio patrio, la Patria común; la defendían en una guerra que exigió cincuenta mil cadáveres como el precio que Bolivia tuvo que pagar por haber ofrecido su petróleo a la rapiña extranjera.

Cuando el altiplano, el valle y la selva se juntaron para reunir cincuenta mil muertos y así pagar el rescate mortal, nadie se preguntó si el petróleo y el gas eran de éste o de aquel departa-mento. Simplemente sabían que eran recursos que pertenecían al País; eso les bastó y les sobró para convertirse en los verdaderos depositarios morales del oro negro nacional  Al rememorar todo esto, qué injusto nos parece que al presente unos cuantos miembros de élites reaccionarias y mezquinas, quieran desmembrar la Bolivia redimida entonces. Cuán perverso nos parezca que quieran hacerlo, aduciendo que el gas es de ellos, como si “ellos”, los miembros de las élites reaccionarias hubieran hecho algún mérito para crear esa riqueza. Como si hubieran formado parte de las decenas de miles de bolivianos que fueron a defenderla y que murieron en los campos de batalla para que nosotros pudiéramos usarlo en aras del bien común.

Pero la historia es una fuerza invencible, sobre todo, cuando ha sido escrita con san-gre y con los anhelos de hombres y mujeres que lucharon para dejarnos la heredad que germinó en su seno. La historia habla a través de cincuenta mil muertos y con una voz que es de espacio y de tiempo, les dice a los oportunistas que la pretensión de considerar como propiedad exclusiva lo que es de pertenencia común, para marchar hacia el desarrollo conjunto, es abandonar a los heridos en el campo de batalla. Esto es algo que los mártires y los héroes de la Guerra del Chaco habrían considerado una increíble cobardía; algo que jamás podrían haberlo hecho. ¡Qué dirían los mártires si supieran de estas mezquindades! ¡Qué dirán de ellos los héroes que estuvieron allí y todavía siguen entre nosotros! ¡Qué dirá la historia de estos terribles avaros! ¡

Bush y Villarroel
La Guerra de las arenas quemantes, en la que se sacrifica a los jóvenes de las dos naciones para cumplir el eterno ritual de sangre y de tormento, y así saciar la avidez de los rectores del capital; la guerra de los pozos secos que resuman rescoldo y que los combatientes, abrasados en el mundo del delirio, imaginan ondas de agua cristalina, como lo vio Céspedes y mueren de sed pronunciando el nombre de sus seres queridos. Esa guerra, ésa, es el campo de la muerte, la que se enfurece cada vez más y exige cada vez más, en un cúmulo de transacciones donde la vida vale tanto como el pedazo de plomo que la arrebata. Esa guerra que es una bolsa de valores traspuestos, en la que Otero Reich, desde la primera línea de combate donde escribe sus versos, sentencia que “lo que no mata no sirve para nada”. Esa fue la Guerra del Chaco; una guerra como cualquier otra….

Pero de los escombros de vida que la muerte ha dejado, la figura de Germán Busch, militar y hombre, se esculpe con arena y con sol, como los cristales que los hornos blancos han arrebatado a la piedra. Vencedor de guerrillas dentro de la guerra, las botas llenas de barro y las manos cuajadas de coágulos de gargantas enemigas, ha presenciado la paz impuesta. Pero también ha identificado a los responsables y dirige sus pasos desde el Chaco hasta el Palacio de Gobierno para arrojar de allí a los enemigos más bastos de la nación. Así, Bolivia ya tiene un nuevo redentor; alguien que hablará con la voz de los que la han perdido y con el tono de los que no han nacido para ser esbirros. Se forja el instrumento de los obreros, instrumento que hoy se conoce como la Ley General del Trabajo; se dispone la entrega obligatoria de divisas provenientes de la exportación de minerales al Banco Central; pero, sobre todo, se valora el sentido de dignidad que dio al país para que supiera que nada debía esperar de nadie, excepto de sus propias fuerzas

Dicen que se suicidó

Nadie sabe lo que haya sido; pero Bolivia siente que fue la garra del enemigo incrustado en la incipiente Nación, la que exprimió su vida. Busch muere; pero la gran oligarquía ya agoniza. Quintanilla y Peñaranda son dos mayordomos que se turnan en el servilismo palaciego a la oligarquía. Ni si-quiera vale la pena citar sus nombres completos.

Después del héroe inmolado todo parece como siempre. De pronto, los cañones anuncian que la más grande de las guerras ha nacido en Europa; el país del norte exige que Bolivia contribuya a la guerra con entregas de estaño por debajo del precio de mercado. Esto se logra rebajando el salario de los mineros y poniéndolos en la disyuntiva de cambiar vida por vidas, lo que hacen en los campos de Catavi, allí, donde el metal se tiñe entonces de rojo-muerte. Pero en el ejército nuevas semillas han germinado, las que lo salvarán de la eterna ignominia. Otro hombre con uniforme, como un holograma hecho de historia deviene: Gualberto Villarroel

Lo colgaron; de un poste de luz frío y alto.

Primero fue arrojado vivo de los balcones del palacio y luego, arrastrado a punta-piés hasta el poste donde la muerte lo esperaba. Lo colgaron; y su sombra en la piedra quedó como una verónica oscilante. Era el 21 de julio de 1946. La nieve cayó sobre la ciudad como nunca lo había hecho antes y en su blancura, que encandilaba al mismo sol de invierno, el ir y venir de la sombra bamboleante de Villarroel, péndulo martirizado, anunció que el día de la segunda épica nacional estaba a la vuelta del siguiente lustro.

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