EL DESARROLLO LOCAL COMPLEMENTARIO

Mario Blacutt Mendoza

El Modelo Clásico del Crecimiento Económico


Su primer postulado: todos son racionales

Obrarán “racionalmente”, es decir, tratando siempre de maximizar la utilidad de lo que compran, como consumidores, y tratando de maximizar el beneficio de lo que venden, en su rol de empresarios.

El segundo postulado sostiene que el  individuo obra por egoísmo, es decir por interés propio, pero que el conjunto de todos los intereses individuales coincide con el interés general.

El tercer postulado afirma que los procesos racionales y la transformación de los intereses individuales en el interés general se realizan en el mercado, a través de la competencia. Con estas deducciones, que creen haber extraído de la realidad a través de la observación directa, los clásicos, fundadores de la Economía Política, ya creyeron estar listos para lanzar sus “leyes económicas”, a las que les otorgarían un carácter universal y una supuesta validez en todo tiempo-espacio. Tomemos un ejemplo del método puesto en acción.

Ricardo (“Principios de Economía Política y Tributación”) estudió el proceso por el cual, un aumento de la población exigía la producción de más bienes agrícolas; pero, en virtud de que las parcelas de tierra no tienen la misma fertilidad, el incremento del producto agrícola debía realizarse a través del uso de tierras cada vez menos fértiles. Malthus, por su parte, dijo que la población crecía en una proporción mucho mayor que los alimentos. Este desequilibrio terminaría por impedir que la producción de alimentos bastara para satisfacer las necesidades de todos los habitantes del mundo. Unidas estas dos observaciones en una sola, se llegó a la afirma-ción de que la economía tenía que llegar alguna vez a un estado estacionario, es decir, crecería sólo para satisfacer las necesidades del crecimiento mínimo de la población. Han pasado ya casi dos siglos desde la predicción fatal y, aunque en principio, la amenaza teórica no ha dejado de tener vigencia, el hecho es que la tecnología y la reducción de las tasas de crecimiento poblacional han desvirtuado, por lo menos hasta el momento, la acción de la citada ley. Esto se debe a que los modelo que usaron ambos teóricos no incluían el gran avance de la tecnología agrícola, la producción de insumos sintéticos, la reducción de las tasas de crecimiento de la población.., pero, a pesar de todo, la visión de Ricardo y de Malthus nos muestra que un modelo, por más adecuado que sea, sólo nos permite pronosticar hasta donde sus componentes lo permiten, no más allá, algo que, por supuesto, no quita la importancia de un modelo bien estructurado.

Pero inclusive un modelo bien estructurado no está libre de sus puntos débiles, inclusive la percepción que Ricardo y Malthus tuvieron de los salarios. Afirmaron que el nivel de los pagos a los trabajadores dependía de un “fondo de salarios” el que tendría relación con el capital acumulado. De esta manera, se calculaba el total del capital existente; una vez determinada su magnitud, se descontaba lo que tendría que gastarse en insumos y otros gastos, como también lo que deberá ser apropiado por los capitalistas como retorno al uso de sus capitales y experiencia en los negocios. Una vez que todo eso hubiera sido descontado, lo que quedaba sería asignado al pago de los salarios. Si había “muchos” trabajadores, el salario se reduciría; si había, relativa-mente, pocos trabajadores, el salario aumentaría. Como la oferta de trabajo dependía de las variaciones de la población, entonces un aumento de la población reduciría el nivel de salarios. A esta versión de la distribución de los salarios es que se denominó “el Fondo de Salarios”. Pero  había algo más, si el salario vigente superara al de la simple subsistencia ocasionaría un incremento de la población, debido a que ésta empe-zaría a vivir mejor y, por lo tanto, podría reprodu-cirse más; pero este incremento poblacional, al hacer que la oferta de trabajo se incrementara, haría que el salario bajara nuevamente al nivel de subsistencia, dado que el “Fondo de Salarios” no variaba en la misma proporción. Así, el trabaja-dor estaba condenado a lograr un ingreso que le permitiría sólo un nivel de subsistencia. Al observar estos lineamientos teóricos, vemos que los clásicos no tomaron en cuenta la demanda de bienes y servicios en su modelo; al contrario, creyeron que todo el flujo económico estaba determinado por la oferta; esto es algo que la presente obra considera que es una omisión muy grande.

Las conclusiones de los clásicos en estos aspectos son una muestra de que todas las percepciones teóricas están deformadas por la ideología, independientemente de la capacidad intelectual del que teoriza. En el caso del “Fondo de Salarios”, la posición de Ricardo reflejaba los intereses de los empresarios industriales. Ricardo creía que había una contradicción insalvable entre el salario y el capital, contradicción por la que un incremento del primero debía significar, necesariamente, una reducción de las ganancias del capital. En este sentido, Ricardo estaba en contra de los intereses de los trabajadores y a favor de los empresarios, por lo menos, en la percepción marxista. Sin embargo, Ricardo también tenía una pobre impresión de los terratenientes, pues decía de ellos que ganaban la renta sin hacer nada. Para justificar su opinión, acudía otra vez a su afirmación primera en el sentido de que  a medida que la población crecía el sector agrícola debía acudir a tierras cada vez menos fértiles para cumplir sus objetivos productivos. Ahora bien, sobre la base de su análisis, Ricardo afirmó algo que a primera vista sorprendió a dialécticos y lógicos por igual: “el trigo no es caro porque la renta sea alta; la renta es alta porque el trigo es caro”. Luego del primer momento de espasmo intelectual, Ricardo aclaró que su alegato provenía de las siguientes observaciones.

En esa época, como en la actual, se consideraba que los factores de producción eran tres: el trabajo, el capital y la tierra, cada uno con sus respectivos retornos: salario, interés y renta. Las tierras que se utilizaban primero eran las más fértiles; una vez que éstas ya estaban en rendimiento pleno, era necesario recurrir a las menos fértiles… y así sucesivamente, hasta llegar a las peores. Ahora bien, el precio al que se vendían los cultivos estaba determinado por las cosechas de las peores tierras, y como su costo de producción era mayor por el hecho de ser menos fértiles, aparecía una diferencial de precios entre los cultivos de la diversidad de tierras, acorde con el grado de fertilidad. Según este proceso, resultaba claro que la renta surgía porque que el trigo era caro (su precio estaba determinado por los costos de las tierras menos fértiles) y no que el trigo fuera caro debido a que la renta fuera alta, como parecía dictar el sentido común. Como conclusión de este análisis, Ricardo criticó el hecho de que el latifundista recibiera una ganancia sin hacer nada, excepto ser dueño de la tierra y alquilarla a precios especulativos. Pero el modelo clásico no era homogéneo; al contrario, tenía sus variantes, las que provenían de las percepciones teóricas y de los intereses de los grupos humanos a los que se defendía.

Tomemos el caso de “la Ley de Granos”. El gobierno inglés prohibió la importación de cereales desde Francia, donde eran más baratos. Malthus, que representaba los intereses de los terratenientes, apoyó la medida sosteniendo que la prohibición permitiría que los granos se produjeran en el país y, con ello, aumentara el empleo nacional, aunque los precios podían subir en algo. Ricardo, atrincherado en el bando de los “no proteccionistas”, dijo que el trigo y otros similares conformaban una gran proporción de los alimentos básicos que consumían los trabajadores, por lo que el incremento del precio de los granos ocsionaría el aumento de los salarios de subsistencia y, con ello, la reducción del beneficio de los capitalistas, lo que, afirmaba, sería una pesadilla para la economía inglesa. Ricardo ganó, y el triunfo teórico fue algo así como un símbolo de que el burgués liberal había vencido definitivamente al terrateniente feudal. Ese famoso debate mostró también algo que siempre debemos tomar en cuenta: ningún ser humano es completamente “puro”, sus percep-ciones están deformadas por sus sentidos, por las circunstancias y, sobre todo, por su ideología. Los marginalistas-neoclásicos, que son los que más sienten el peso de la ideología, sin embargo, son los que más protestan pureza virginal en “sus investigaciones y encuentros con la realidad”. No hay tal, los marginalistas de toda laya, en este caso, los neoclásicos, son el brazo académico de las corporaciones transnacionales, del mismo modo que los clásicos, A. Smith, Ricardo, J. S Mill y otros, lo fueron del capitalismo emergente de su época. Algunas veces los modelos incluyen razonamientos que podemos llamar “circulares”, debido a que una afirmación depende de otras las que, a su vez, dependen de la primera. Un ejemplo de este modo de razonar es el que pone Celso Furtado (“Teoría y Política del Desarrollo Económico”) refiriéndose a A. Smith, reconocido como uno de los primeros fundadores de la “Economía Política”, (“An inquiry into the nature and causes of the wealth of nations”) y a su percepción  sobre el incremento del producto social. Dice Furtado: “Él pensó que la causa última de tal fenómeno radicaba en los progresos de la división del trabajo, en la cual vio tres virtudes: aumento de la habilidad en el trabajo, economía de tiempo y la posibilidad de utilizar maquinaria. En seguida, afirma (Smith) que la división del trabajo es el resultado de la propensión del hombre al comercio y que la división del mercado limita la división del trabajo. Caemos así en un círculo vicioso, ya que la dimensión del mercado depende del nivel de la productividad y este último, de la división del trabajo la que, a su vez, depende de la dimensión del mercado”.

Los modelo también pueden ser contradictorios, tal como sucede con la teoría de la distribución de los clásicos y su afirmación de que la cantidad de trabajo era el que determinaba el valor de los bienes. En efecto, A. Smith dijo que un bien podía ser intercambiado por otro en el mercado, si es que ambos “comandaban” la misma cantidad de trabajo, factor que fue considerado por los clásicos como la causa del valor. Por su parte, Ricardo dijo que no sólo el trabajo presente, sino también el trabajo pasado, congelado en la maquinaria que se usaba en la producción, eran la cau-sa del valor. Pero la cuestión ideológica apareció inmediatamente después de que se lanzara la pregunta: si el trabajo es la causa del valor, ¿por qué el trabajador no podía apropiarse del producto total? A. Smith sintió que empezaba a pisar tierra deleznable y, para no herir los sentimientos de los capitalistas, dijo que… al fin y al cabo… había tres factores productivos… y… que era justo que… en fin...  el producto creado fuera repartido entre los tres. De este modo su teoría del Valor Trabajo quedó convertida en una teoría del costo de producción, es decir la que anunciaba que el valor del producto resultaba de los costos que su producción requería y que esos costos provenían del uso de trabajo, del capital y de la tierra. Ricardo, por su parte, dijo que el capitalista era dueño de la maquinaria y de los instrumentos de producción, por lo que tenía derecho a una parte del excedente creado, no así los parásitos terratenientes que ganaban sin aportar nada.

Lo dijimos ya, lo repitamos ahora: algo que los clásicos tenían en común, aparte de ser portavoces del capitalismo naciente, era su actitud neutral con respecto a la demanda. De acuerdo con sus visiones, los clásicos otorgaban a la producción el mérito de ser causantes de la evolución económica, dejando a la demanda como algo pasivo y a reflejar las luces y sombras del proceso productivo. Un siglo después vendría un señor llamado Keynes, que opinaría todo lo contrario. La Economía Vital, que es la que otorga el sustento teórico a esta obra, afirma que la iniciativa la tiene siempre el empresario, por su conocimiento de lo que necesita el mercado y su anticipación sobre lo que el mercado necesitará. Una vez que lanza su iniciativa al mercado, la demanda establece la cantidad del bien o servicio que requerirá, a los precios dictados por el empresario.

En la cuestión del crecimiento económico pro-piamente dicho, los clásicos no fueron optimistas con respecto al futuro del sistema capitalista; al contrario, vislumbraron lo que se llamó “El Estado Estacionario”. Esta percepción se resume en una oración muy corta: llegaría el momento en que las economías ya no podrían crecer más allá de un límite. Esta aseveración era muy grave y puso nerviosos a todos los capitalistas de entonces. Cuando les pidieron las pruebas del cataclismo por venir, los clásicos, con Ricardo a la cabeza (¡cuándo no!) dijo que a medida que la población y el capital aumentaran, los alimentos serían más escasos y más caros. Ahora bien, si los alimentos se encarecían harían subir los salarios de subsistencia, pues un obrero muerto no contaba. A pesar de ello, este aumento de salarios no mejoraba el nivel de vida de los obreros, dado que se debía sólo a un incremento de precios que únicamente beneficiaría a los terratenientes, tal como se observó. Sin embargo, cada alza salarial reduciría los beneficios del capitalista, por lo que éste tendría menor capacidad de ahorro hasta que ya no sería posible invertir más y hacer que la economía creciera. Para frenar el proceso inevitable, los capitalistas recurrirían a la adopción de métodos productivos que tomarían en cuenta las nuevas maquinarias y, con ello, las nuevas tecnologías. De esta manera, los trabajadores encontraron en la maquinaria un enemigo mortal, pues les privaba de fuentes de trabajo que antes disponían. De ahí la inquina con que los obreros salían a las calles con barras de hierro dispuestos a destruir todo lo que pareciera una máquina o algo similar. Por esas razones extrañas de la historia y del sistema capitalista, la maquinaria, la tecnología, que tendrían que haber sido instrumentos en beneficio de los trabaja-dores, se convertían en enemigos a los que había que enfrentarse. Pero, lo mismo que ahora, la policía estaba para defender a la máquina, no a la persona.

En resumen, diremos que la teoría de la distri-bución de la riqueza entre Beneficios, Renta y Salarios, pretendía explicar los procesos de crecimiento económico y también, imponer lími-tes a la evolución del sistema capitalista. Obsér-vese que la distribución de los ingresos no es individual o funcional como hoy, sino que se realiza entre grupos: empresarios, terratenientes y trabajadores.

El modelo clásico sostenía que el mercado haría que la economía tendiera a autoajustarse y que la intervención gubernamental no era necesaria, dado que el modelo consideraba que el sector privado era bastante estable y lograría el empleo total por sí solo. Entre los principales mecanismos estabilizadores del mercado, citaba a la tasa de interés, los precios y salarios monetarios flexibles, los cuales serían de importancia galaxial para que se de el pleno empleo.

También anunciaba que la producción y el empleo  dependían de la población, de la  tecnología y de la formación de capital. La tasa de interés dependía del ahorro y la inversión. Los valores monetarios, como el dinero, no afectaban al comportamiento de las variables reales; por ejemplo, un aumento de dinero circulante sólo aumentaría los precios pero no la producción ni el empleo. Otros postu-lados importantes fueron: “la Ley de Say”, de la cual hablaremos cuando lleguemos al modelo keynesiano; tabién hablaremos de la “Ley de las Ventajas Comparativas”, a la que haremos mención cuando abordemos el modelo del Desarrollo Local complementario. Al presente, varios economistas tratan de conciliar la teoría clásica con otras de mayor actualidad, por ejemplo, con el desarrollo endógeno, al preten-der una síntesis que tome en cuenta la compe-tencia imperfecta, la gran cantidad de mano de obra no ocupada y los rendimientos crecientes, este último como un desafío frontal al modelo marginal-neoclásico.

Conclusión

En el Modelo Clásico, el crecimiento se debía a la acumulación del capital, para lo cual era necesario que el trabajador fuera sacrificado por una política que mantendría salarios de subsistencia. Esta tenebrosa asimetría, que condenaba al 90% de la población simplemente a subsistir, sin poder gozar de ninguna ventaja del trabajo de 14 horas diarias que realizaba, es lo que obligó a los obreros a buscar otros sistemas de pensamiento que les permitiera encontrar las respuestas a la pregunta fundamental: si el trabajador creaba el valor ¿porqué los bienes producidos pertenecían a otros? La respuesta más a mano sería dada por un señor de barba y de intelecto abundantes: Carlos Marx.

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