EL DESARROLLO LOCAL COMPLEMENTARIO

Mario Blacutt Mendoza

La Globalización y el Gobierno Mundial

El proceso de globalización ya ha iniciado la conformación de una sociedad mundial, aunque sin la presencia de un Estado Mundial que regule el comportamiento de esa sociedad. Las opiniones al respecto varían desde la constitución de un Gobierno conformado por representantes de todos los países involucrados, hasta la estructuración de un ente colegiado con funciones ejecutivas, sobre la base de los representantes de las naciones más grades del planeta. Los representantes de los grandes países ante las NN.UU han adelantado ya sus quejas sobre la asimetría de esa organización, da-do que cada una de ellas tiene un voto sin importar las dimensiones de la riqueza y del poder que representa. Así, una flamante nación africana tiene, dicen, el mismo voto que otra cuya extensión  población e índices de comercio internacional son infinitamente más grandes

Esta es una situación que debe analizarse con mucho detenimiento. En principio, un gobierno mundial debe incluir la presencia de representantes de todos los países para tomar decisiones ejecutivas por simple mayoría de votos, en razón de que una Sociedad Mundial con alguna clase de Gobierno Mundial, será siempre mejor que esa sociedad mundial sin gobierno mundial. La conformación de un Gobierno Mundial, con capacidad de ejecutar acciones y no simplemente de deliberar, servirá por lo menos de palestra activa, donde la voz de los débiles también habrá de ser escuchada. La formación de un Gobierno Mundial sería una reedición de la visión cosmopolita que fue muy activa en el siglo XIX. En efecto, los pensadores sociales de esas épocas tenían una utopía co-mún: la de conformar una especie de supernación sobre la base de la unión de los intereses de cada país y en el marco de la buena voluntad de sus representantes. A esa inquietud es que se llamó Cos-mopolitismo.       

Como una antítesis al Cosmopolitismo, surgió la idea de la internacionalización del proletariado,  bajo el principio de que los intereses de los trabajadores eran los mismos en todos los países y, por ello, contrarios a los intereses burgueses, por lo que ponía de relieve el supuesto hecho de que los objetivos de los trabajadores se cristalizaban en uno solo: instaurar la dictadura proletaria en to-das las naciones del mundo. Tal como sabemos, esta aspiración quedaba plasmada bajo la consigna lanzada por Carlos Marx: Proletarios del mundo, Unios

Creo que los procesos actuales de integración mundial, deberían tomar los rasgos más relevantes de ambas. Del cosmopolitismo, la necesidad de unirse como naciones, cada una con su propia identidad, bajo el imperativo de alcanzar objetivos comunes. De la versión internacionalista, la exigencia de concurrir a la ejecución de acciones concretas de defensa común, para proteger a cada uno de sus miembros de los abusos emergentes del capital concentrado en la Supertransnacional. Sé que esto se muy difícil, si tomamos en cuenta las percepciones que los estratos sociales y étnicos tienen sobre estos temas, sobre los que me referiré con mayor detalle, cuando exponga el contenido incluido en el acápite La Globalización Paralela, una Propuesta Alternativa. Para autenticar mi opinión, acudo a la actitud que Napoleón tenía sobre la necesidad de continuar con el proceso de descentralización administrativa en su época; esa actitud se traducía en la sentencia de que se puede gobernar desde lejos, pero que era necesario administrar desde cerca. Nosotros debemos decir: tengamos el ojo puesto en el proceso de globalización per pero concibamos y ejecutemos nuestros objetivos, planes y acciones como locales.

La Tecnología

Mirando en retrospectiva la historia contemporánea de la gran mayoría de los países subdesarrollados, nos damos cuenta que la radiecito a transistores, la que cabe en el bolsillo de la camisa, fue el instrumento más importante de integración social internacional aún antes del Internet. Fue por la radio a transistores que muchos habitantes de regiones alejadas e inhóspitas del mundo, se enteraron de la existencia no sólo de otros países en el mundo, sino también de otras regiones en el propio país, con una gran diversidad de percepciones acerca de asuntos vitales. Al mismo tiempo, la radio a transistores fue uno de los dolores de cabeza más grande que tuvieron los dictadores de la época, en los diferentes continentes. Así por ejemplo, la población soviética se enteró de que el mundo no había sido como lo habían pintado los zares de la dictadura; también supo que había cosas extrañas tales como la Declaración de los Derechos del Hombre o la Declaración de los Derechos Humanos, ambas consideradas anatemas por la visión de la supuesta dictadura del proletariado. Los acólitos más feroces de Mao Tse Tung, encabezados por su esposa, no encontraron otro medio más contundente para luchar contra la “influencia foránea” que allanando domicilios, quemando libros (y radiecitos a transistores, por supuesto) apaleando ciudadanos, sometiéndolos a confesiones públicas forzadas, torturándolos y asesinándolos con la criminal impunidad que rubrica la firma de todas las bestias en función de gobierno. Pero la radiecito a transistores siguió con su función de zapa y nada fue suficiente para detenerla. En general, el avance tecnológico se expresó sobre todo en el gran adelanto de los medios masivos de comunicación. Gracias a ellos, el mundo empezó su marcha hacia sí mismo, a través de los deseos de hombres y mujeres por conocer los modos de vida de otros hombres y de otras mujeres en el resto del mundo.

Ahora nos encontramos con un nuevo elemento, la telenovela. Yo guardo para la telenovela la peor de las opiniones. Creo que, desde el punto de vista literario, es la expresión más vulgar y degradada del teatro, por su utilitarismo extremo, basado en lo que denomino, el supersentimentaloidismo. Sólo la avanzada demagogia manifiesta en los discursos de nuestros políticos y sindicalistas, puede ser comparable a la intención original de las telenovelas que pasan en los canales televisivos del planeta. Sin embargo, es, también en mi opinión, al igual que en su época fue la radiecito a transistores, uno de los instrumentos de integración social más potentes que existen. La telenovela expresa los sentires de las clases insurgentes de los países latinoamericanos y al hacerlo, concreta un fenómeno raro y en extremo atrayente, por lo menos en nuestro país, pues en los comienzos de su aparición hace que por primera vez en la historia nacional, patrona y empleada se junten, codo a codo, para estremecerse juntas, siguiendo con toda atención capítulo tras capítulo, la trama en que se desenvuelve el argumento dramático correspon-diente. En este proceso, patrona y empleada descubren que sus preferencias son las mismas, el castigo para el malo y el premio para los esfuerzos de la heroína. Por primera vez descubren que comparten los mismos sentimientos, que se alegran por las mismas cosas y que sienten pena por los mismos avatares. Por lo menos, en el corto periodo que dura un capítulo, patrona y empleada han compartido emociones intensas, que de otro modo nunca hubieran tenido la oportunidad de hacerlo. Por lo menos, en el lapso de un nuevo capítulo, empleada y patrona se han descubierto mutuamente en sus más recónditas inquietudes y en sus más íntimas fibras sentimentales. No nos sorprenda entonces, que la telenovela latinoamericana  se vea en las pantallas de televisión de muchos países no sólo del tercer mundo, sino de los que encabezan la gran carrera de postas del capital, Me imagino que para los escritores, directores, productores y actores de una telenovela colombiana, mexicana, venezolana o brasileña, debe ser motivo de íntima satisfacción escuchar a sus personajes hablando con acento gallego en España, con acento oxfordiano en Inglaterra o con tanta diversidad de acentos en que se expresa la facultad sentimental del ser. Por ello es que la telenovela, por extraño que parezca,  es también uno de los medios más eficaces que impulsan el proceso de globalización planetaria.

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