EL DESARROLLO LOCAL COMPLEMENTARIO

Mario Blacutt Mendoza

La Economía del Medio Ambiente

Antoyne de Montchrétien publicó en 1615 su conocida obra "Traicté de l'Economie Politique"

     –fue la primera vez que se utilizó el nombre de Economía Política para identificar una ciencia que se ocuparía "de la producción, la distribución, la circulación y el consumo" de los bienes económicos
     –los clásicos, Smith, Ricardo J.S Mill… continuaron usando el mismo nombre con el que distinguían una ciencia que tenía que ver tanto con la identificación de las leyes económicas, como con las acciones que el gobierno debería tomar en cada caso
     –el marxismo amplió el círculo de influencia de la Economía Política, con una visión muy amplia de tipo sociológico
     –a partir de la escuela de Viena, conocida como la escuela de los "marginalistas", la Política Económica fue perdiendo su contenido normativo y sociológico hasta que en el presente se convirtió en lo que conocemos como "Teoría Económica" o simplemente "Economía".
     –con el advenimiento del keynesianismo, la "Economía" debía ocuparse de las leyes que determinaban los niveles reales del empleo
     –actualmente se afirma que la "Economía" no es sino la disciplina que tiene que ver con la Teoría General de la Elección, cuyo único objetivo es mejorar el recetario para que las empresas transnacionales aumenten sus beneficios sin límite, pues no otro es el objetivo del modelo neoclásico actual, adoptado por el neoliberalismo, el que es la degeneración misma de los principios liberales
     –con esta última modificación apareció también el burócrata-economista que actualmente vive parasitando y parasita viviendo en las trincheras escritoriales del Estado o de los organismos internacionales, decidiendo sobre vidas y haciendas de la humanidad
     –el modelo neoclásico, el que ha basado sus diferentes tesis en el comportamiento del espectro al que ha consolidado como unidad de análisis de esa disciplina, el homo economicus, hizo una diferencia tajante de los bienes, identificándolos como "bienes económicos", los que tendrían un valor de mercado, y "bienes libres", los que supues-tamente no lo tendrían
     –como ya vimos, el homo economicus ya ha sido reemplazado por el que hemos deno-minado el homo consumidorus, que mantiene los principios de su antecesor, agregándole su monomanía de consumir más, cada vez más, para consumir más aún
     –recordemos también que el pilar teórico de esa escuela es la teoría de la Utilidad Marginal, la misma que se basa sobre el axioma de la escasez
     –sin embargo, no toman en cuenta que con la necesidad presente de evaluar el costo ambiental incorporado al producto o al servicio respectivo, los "bienes libres" dejan de ser libres y abundantes
     –el aire, el agua, el suelo y otros, ya no son bienes libres; la conocida paradoja de los diamantes y el agua, según la cual, siendo el agua un bien que tiene mayor utilidad que los diamantes, sin embargo va-le menos porque es abundante y que los diamantes valen mucho más por ser escasos, aunque no tengan una utilidad real, deja progresi-vamente de tener vigencia
     –los campamentos de refugiados de Ruanda en el Zaire, azotados por el cólera, valoran mil veces más un litro de agua potable que un filón de diamantes; lo mismo sucede con millones de millones de campesinos en todo el orbe subdesarrollado
     –tal es el derroche con que se usa el agua, que no está muy lejano el día en que tenga que racionarse a escala internacional; en efecto, debido a que realmente es un recurso no renovable, el agua se agota a ritmos progresivos y no lo hace porque sea atraída por el ultra espacio, sino porque que cada vez mayores cantidades se vuelven inservibles debido a la contaminación que sufre por la acción de la voracidad del  homo consumidorus
     –la necesidad de defender los recursos naturales propios de los países subdesa-rrollados de la irracionalidad del homo consumidorus, ha hecho que algunos economistas empiecen a imaginar medios no convencionales de medición del aporte que dichos países hacen al mundo entero; por ejemplo, una de las tesis sostiene que siendo la región de la Amazonia la que produce la mayor parte del oxígeno del mundo (aún no se ha calculado el aporte que hacen los océanos) ese oxígeno debería producir regalías que beneficien a los países que conforman esa región
     –para el efecto se han hecho cálculos novedosos, según los cuales, si Bolivia por ejemplo, cobrara sólo un dólar por tonelada/año de oxígeno producido en la parte de la Amazonia que le corresponde , podría cancelar su deuda externa en menos de cuatro años
     –estos desesperados intentos para defender los recursos naturales no son sino la manifestación más expresiva de la necesidad de dotar a la economía de instrumentos modificados que reflejen los nuevos indicadores de vida que el medio ambiente dicta día tras día
     –la ciencia económica exige ser liberada de la neurona dislocada y tremendamente subjetiva del neoclásico para convertirse cada vez más en una cuestión de existencia; los instrumentos analíticos, tal co-mo los conocemos, ya no son adecuados para lograr esa liberación vital
     –las percepciones deben cambiar; por ejemplo, debe aceptarse el hecho irrefutable de que ya no hay bienes libres; al contrario, los bienes llamados libres, como el agua, el aire, el suelo… se han con-vertido en los bienes más importantes cuya mayor o menor dispo-nibilidad decidirá sobre la vida y la muerte de la humanidad
     –la economía no sólo debe circunscribirse a multiplicar, sumar, restar y dividir las variables económicas; más bien debe dedicar sus esfuerzos a lograr y administrar los medios que permitan la supervivencia de la sociedad tomada en su conjunto; para ello debe empezar a tomar en cuenta el medio ambiente como la estrella polar que guíe el destino y la vida del hombre
     –mientras los economistas continúen parasitando en ejercicios que pretenden calcular las variaciones infinitesimales del precio ante las variaciones también infinitesimales de la demanda, las chimeneas seguirán lanzando voluptuosas y asesinas horcas de humo al espacio nebuloso
     –las centrales de energía, obreras siniestramente voluntariosas, continuarán aumen-tando día a día su cuota de calina espacial, en concierto feroz con la disonancia brumosa del jet y el ritmo sincopado de las máquinas fabriles libres del control decibelino
     –los ríos retozarán en desechos y los residuos tóxicos seguirán fermentando en las cloacas aliadas al incienso fatal que destilan las plantas nucleares
     –los automóviles proseguirán tejiendo su velo venenoso hecho de monóxido de carbono y el desierto zarpeará fatídicamente la tierra cultivable a ritmos progresivos
     –cada minuto miles de árboles, presos de una guerra demente, caerán abatidos por el cable, la sierra o el tractor; cada minuto, un puma ensangrentado clavará la garra agonizante en la roca por el impacto de un proyectil calibre 30-30 y una vicuña, con la paleta atravesada de un balazo, morirá sin saber por qué
     –cada minuto, docenas de patos iniciarán la última picada para nadar pico arriba en las aguas negras de las lagunas y palomas y torcazas y miles de pájaros serán abatidos por un abanico de perdigones en ofrenda de horror al más humano de los deportes: la caza, el más humano, porque sólo el humano mata por placer
     –toda esta insania ha sido iniciada por un fantasma: el homo economicus, el que, habiendo surgido del ectoplasma académico, se ha encarnado en la conciencia y en la razón de existencia del empresario
     –sin embargo ese espectro no es nada en comparación a su versión aumentada en varios múltiplos: el homo consumidorus, más real, y por ello, más siniestro; para él todo es justificable, incluso el asesinato en masa de la especie, si eso le rinde la posibilidad de producir más para consumir más

El DELC sustentable que esta obra propone, ha sido concebido para identificar la terri-ble irracionalidad de este engendro y desterrarlo para siempre del mundo tanto académico como real. La tasa de agravio a la naturaleza no debe continuar. Tenemos que ser de otro modo. Porque mientras vivamos bajo el egoísmo institucionalizado, modelado por el homo consumidorus, esto es, por el imperativo de consumir más y más, será inútil que busquemos al eslabón perdido:

El eslabón perdido entre el simio y el hombre somos nosotros

Algún día, después de que la gran evolución haya tenido lugar, seremos hombres en verdad, con todo lo que ello implica. Esta obra es uno de los testimonios que dirá al Hombre que, siendo todavía eslabones perdidos, nos dimos cuenta sin embargo de que era preciso iniciar la tarea.

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