EL DESARROLLO LOCAL COMPLEMENTARIO

Mario Blacutt Mendoza

La Actitud

Actualmente tenemos una actitud de agravio contra la naturaleza; no toda la culpa es nuestra, dado que la herencia del pretérito nos ha estrujado en una especie de pesada coraza psicológica que se interpone entre el ser humano y la naturaleza. Los griegos, por ejemplo, bajo el liderazgo de Protágoras, nos han dejado una concepción antro-pocéntrica que desde entonces ha servido de punto de referencia en las relaciones hombre-naturaleza en el mundo occidental:

El Hombre es la medida de todas las cosas

Con semejante premisa el hombre se creyó con el derecho de erigirse en emperador del mundo para tomar a la naturaleza como a su más odiado vasallo; lo que es peor: desde entonces estuvo en boga hacer del hombre y de la naturaleza dos cosas dife-rentes y, en el peor de los casos, opuestas. Fue la economía neoclásica la que estuvo más interesada en tomar al ser humano como algo diferente de la naturaleza al procla-mar al homo economicus como el personaje central de la economía. Por otra parte, como una reacción desesperada contra la concepción antagónica de la relación hombre-naturaleza, ha surgido la corriente que trata de identificar al hombre con la naturaleza en una identidad indivisible.

No comparto ni los intentos de antagonización, causantes principales del ambienticidio actual, ni estoy de acuerdo con las conclusiones que llevan a la identificaciónm del Ser y la naturaleza como una identidad. Más bien considero que el hombre es parte de la naturaleza como lo es un río, un cerro, un árbol o un cocodrilo. En este sentido, sosténgo que la natu-raleza es el conjunto universal del cual la especie humana no es sino un subconjunto cir-cunstancial en las infinitas eras de los tiempos cósmicos. El ser humano vive en la naturaleza, mora y evoluciona en su tiempo-espacio y usa sus recursos. Por otra parte, la naturaleza existió antes y existirá después de la circun-valación humana por el mundo, pero el hombre no tendrá existencia independiente fuera del universo. Estas afirmaciones construidas sobre las teorías de los filósofos que reconocen la exis-tencia del mundo, independientemente de la subjetividad del ser humano, aunque siempre modificado por él, nos llevan a estudiar al hombre como lo que es: un huésped en el planeta; una especie de las muchas que existen. Hay cincuenta millones de especies en la Tierra; seamos modestos y dejemos de jugar a los emperadores para reconocer que no somos sino una humilde especie entre esas cincuenta millones; una, nada más.

Entre los grandes atentados en contra de la naturaleza, quiero identificar a aquélla que la literatura se ha encargado de mistificar como el hombre-emperador por medio de la idealización de caricaturas; en este caso, la del cazador, el que se adentra en "peligro-sos safaris" por las selvas africanas para matar con saña, tecnología y cobardía a ino-centes animales que no hacen otra cosa vivir su ciclo de vida. La cabeza disecada de un tigre en una de las paredes del estudio donde el faunicida se extasía en su con-templación, era considerada como uno de los trofeos que atestiguaba la supuesta valentía del criminal. Luego vendría la concentración del capital y, con el pragmatismo que lo caracteriza, no exterminaría la fauna con el afán de presumir, sino de obtener ganancias. De este modo, los colmillos de los elefantes, arrancados por una sierra eléctrica de acero, no adornarían los cuartos de los hacendados sino que servirían de materia prima para la producción de alhajas y adornos destinados a satisfacer la estúpida vanidad de las "damas".

Sin embargo, en este recuento de lo infame, no olvidemos que fue también la literatura la que creó el primer ídolo ambientalista de la humanidad: Tarzán de los Monos. Aun en la aridez de un ensayo de análisis económico, sostengo que Tarzán es el símbolo que representa a todos los pueblos originarios, a los habitantes de los bosques, a los hombres que viven en equilibrio con la naturaleza, a todas esas víctimas de la codicia feroz del hombre-emperador. Ellos son los que luchan por la defensa de la aturaleza  en contra esos siniestros personajes representados por el dueño de la empresa made-rera o por el buscador de oro y de piedras preciosas en la selva. Hoy, los cazadores furtivos del mundo se ensañan en el exterminio de las especies que han vivido por millones de años antes de ser amenazados por la barbarie institucionalizada, la que provista de rifles de alto poder, incursiona en selvas y dinamita en sus los ríos y lagos.

Los aserraderos, con indiscriminante criminalidad, cortan toda clase de árboles: útiles y no útiles; grandes y chicos; de diámetro apropiado y no apropiado; de especies en abundancia o en extinción. Con ello ocasionan la pérdida de las cuencas hidraúlicas, las que necesitan del oxígeno producido por los ár-boles para subsistir y así servir de hábitat a una gama infinita de biodiversidad. Las salvajes tecnologías de extracción ocasionan que el derrumbe de un árbol escogido arrastre por lo menos a otros cuatro que no servirán para el mercado, pero que en su proceso de agonía y descomposición dejarán de absorber carbón y más bien lo liberarán para aumentar la cuota de conta-minación ambiental.  Los dueños de las minas depredan, contaminan y deterioran a un ritmo que solamente la codicia por la tasa de ganancia puede igualar. Las fábricas dejan que sus desechos contaminen el agua y, con ello, maten a docenas de especies de peces y causen la muerte de miles de familias humanas que tienen que usar esas aguas. Las inmensas redes de pesca, cuyas longitudes llegan hasta los 60 Kms. atrapan por igual en los mares pe-ces que irán a vender o que luego tendrán que abandonar como desecho de un sistema que sólo el salvajismo con tecnología puede sustentar. En esas fatídicas redes quedan aprisionados miles de mamífe-ros marinos y otras espe-cies que nada tienen que ver con el circuito de explotación marina. Las aguas de los mares mueren asfixiadas por la contaminación emergente de los procesos de produc-ción y de consumo. Las aguas de los océanos han empezado a languidecer como un anuncio profético de que allí donde nació la vida se incuba ahora la muerte definitiva. Los cielos han sido perforados con grandes agujeros ocasionados por los aerosoles y los  clorofluoro-carbonos; por esos agujeros se filtra la radia-ción que trae miles de casos adicionales de cáncer de piel y de cataratas en los ojos. Veinte millones de hectáreas de bosques son deforestadas anualmente en el mundo y la desertificación ha creado claros de luna que nada tienen que ver con las sonatas, sino con la muerte. El aire ha sido condenado a morir de asfixia y se venga llevándose a la tumba millones de seres que mueren por la contaminación aérea.

El asesinato de los recursos ambientales y naturales a través de la sobreexplotación más desenfrenada de que el planeta tenga noticia; la extinción de la biodiversidad en los bosques, del agua potable en los ríos, del aire en las ciudades, del suelo en el campo; la masacre de árboles en las cuencas, en los bosques, en los sembrados y en las praderas, todo esto, es la muestra más espantosa de que nuestra sociedad ha escalado los grados más altos de locura colectiva, en su afán de aumentar la tasa de ganancia. El mundo del capital se ha vuelto loco; loco y antropófago, pues ha empeza-do a devorarse el planeta. Y toda esta demencia es ocasionada en nombre del que yo llamo homo consumidorus, del de-mente que sólo tiene una obsesión incrustada en el cerebro: producir más y más para consumir más y más. El homo consumidorus, con la tabla de un solo Mandamiento: producir más para consumir más, ha hecho del planeta el manicomio más extraño y peligroso de cuántos hayan podido imaginar los es-critores del terror; el gran nuevo espectro finalmente ha convertido a los hombres en espectros…

Nuestra actitud para con el medio ambiente tiene que cambiar.

Esta es una tarea que compite no sólo a todos los gobiernos y a toda la población del mundo, sino también a todos los sistemas económicos, tanto capitalistas como socia-listas que se desparraman en los cuatro horizontes del planeta. Para ello es preciso anular las concepciones extremistas de la visión antropocéntrica del universo, las que han fabricado al hombre-emperador. Debemos adoptar una que declare y haga entender a quien tenga la mínima capacidad de entendimiento que , siendo el hombre una parte de la naturaleza, cualquier atentado contra la naturaleza es un atentado contra la especie humana.

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