BREVE HISTORIA DE LAS IDEAS ECONÓMICAS

Guillermo Luis Luciano

El Río De La Plata
Tiempos Modernos

Hemos completado una sucinta recorrida por algunas de las propuestas más originales que se han dado en el marco de la economía.
Se podrían escribir varios tomos adicionales con referencias a economistas aquí no incluidos, interesantes y significativos, y algunos también absurdos y aburridos, al menos desde nuestra perspectiva hoy,  pero esperamos con esta arbitraria y espartana selección haber cumplido el objetivo de introducirnos en tema y paralelamente tomar nota de que la problemática esencial de la economía no es compleja de visualizar.
Sólo se trata de ordenar ideas y despojarlas de amaneramientos e involucrarnos.
El escenario del drama económico cambia en parte y en parte sigue igual: algunos fenómenos permanecen, aunque agiornados, desde el fondo de los tiempos registrados, y otros son novedosos.
Por esto nos atrevemos a recorrer los acontecimientos locales durante el siglo XX y proponer algunas reflexiones descriptivas del panorama de la sociedad actual, los problemas que permanecen y los nuevos que se vislumbran, e invitar al lector a utilizar las herramientas de análisis ofrecidas para reinterpretar la realidad a su luz.
De este modo podemos incorporarnos al debate de la ciencia que nos desvela y participar de las decisiones que irremediablemente alguien tomará si no intervenimos, en nuestro nombre, y signarán nuestro futuro y el de nuestros descendientes.

Consecuencias económicas de la guerra


Finalmente la teoría de Keynes encontró una contundente confirmación histórica en la segunda guerra mundial, evento que había sido anticipado por él, en su libro Consecuencias Económicas de la Paz, cuyo titulo hemos pedido prestado para denominar este capítulo.
La magnitud del resarcimiento que debía pagar Alemania a los vencedores de la primera guerra, era tan desproporcionada con sus posibilidades reales de cumplirlo, que Keynes avizoraba que solo lograría llevar a Europa a un nuevo estallido, por las penurias impuestas al pueblo germano.
Más allá de las complejas razones que finalmente provocaron este conflicto, no podemos dejar de reconocer que tuvieron origen directa ó indirectamente, en las apuntadas por Keynes en el libro mencionado.
Cuando se desata la segunda guerra, la economía mundial seguía soportando las consecuencias de la crisis desatada en 1929, inmediatamente iniciada, EEUU comenzó a prepararse para intervenir, poniendo a funcionar su enorme y para entonces aletargada maquinaria productiva.
Rápidamente la industria se reconvirtió a la fabricación de pertrechos bélicos.
Las automotrices comenzaron a fabricar tanques y aviones, las textiles uniformes, las alimenticias raciones, las químicas insumos para municiones y venenos a ser utilizados como armas, los laboratorios medicamentos etc., etc.
En definitiva las fábricas comenzaron a funcionar a pleno, en jornadas y turnos extras para poder cumplir con las órdenes de compra que emanaban del gobierno, para terminar de este modo, el largo período de reseción.
Demás esta decir que los ortodoxos barones de la industria, tan celosos a la hora de custodiar que el estado no interviniese cuando se trataba de establecer impuestos y restricciones que los afectaran si  se hablaba de compras directas a sus empresas ordenadas por el mismo estado, se transformaban en dóciles heterodoxos aceptando, flexiblemente, las transgresiones a los postulados del neoclasicismo económico.
La mano de obra disponible fue ocupada y la mujer se sumó a la fuerza laboral en tareas no habituales para ella,  por estar los hombres enrolados en el conflicto.
El desarrollo tecnológico se aceleró, porque en razón de la necesidad de ganar la guerra, las investigaciones que lo provocaban no tenían que rendir previamente examen de rentabilidad que las legitimase.
La consecuencia fue que entre 1937 y 1945 EEUU duplicó su PIB (1.116 a 2.393 miles de millones de U$S) –a precios de 2009-.
Como resultado de esta expansión productiva se acumularon enormes ganancias que a posteriori modificarían el modo de generación de utilidades en el mundo occidental.
Cuando la guerra terminó, la demanda de armamento y pertrechos se frenó, pero el gobierno y los empresarios no estaban dispuestos a esperar actuaran los mecanismos de mercado, como anteriormente le habían exigido a Keynes.
Inmediatamente después de la guerra se diseñó el llamado Plan Marshall que asignó la extraordinaria cifra de 121.450 millones de dólares norteamericanos de 2009 para la reconstrucción de Europa.
Una pequeña digresión para ver la magnitud de la crisis actual: comparemos el monto del asignado a la reconstrucción de Europa y la primera etapa del salvataje por la crisis de 2008 que insumió 900.000 millones y solo fue un frugal aperitivo para las demandas del sistema financiero.
Los analistas proponen que la perdida en la economía mundial al momento de estallar la crisis alcanzaba a 8.000.000 de millones.
De cualquier manera, el Plan Marshall operó como activador de la  demanda en la economía  de EEUU, abastecedora excluyente de la reconstrucción.
Simultáneamente, los millones de soldados que sobrevivieron a la guerra, de regreso a Norteamérica, se lanzaron a olvidar las penurias del conflicto inaugurando la era del consumo desenfrenado, emblemáticamente representada por los enormes y estrafalarios automóviles que se ofrecían en el mercado estadounidense.
A este período se lo conoce como el baby boom, por la explosión de nacimientos que ocurrieron después del regreso de los combatientes.
Posteriormente, parte de su industria militar se reconvirtió en aeroespacial y parte se mantuvo activa con los conflictos de Corea, primero y Vietnam, después.
Este período, que se extendió aproximadamente por dos décadas, inauguró la era del consumismo y la financiarización de la economía a escala mundial.
Ya no se trataba de esperar que llegaran clientes, porque en todo caso esto tampoco alcanzaba, sino de potenciarlos con una capacidad de compra y financiamiento hasta ese momento desconocida, que garantizara el mantenimiento de elevados niveles de demanda, en cualquier circunstancia,   esto era posible por las enormes ganancias acumuladas en los años previos, que buscaban colocación ofreciéndose como facilidades crediticias al consumo.
Comenzaron a diseñarse nuevos instrumentos financieros, ideados al efecto, como las tarjetas de crédito.
Y comenzó a generalizarse la constitución de hipotecas para financiar y garantizar a largo plazo los consumos presentes.
A las enormes disponibilidades acumuladas en este período se sumaron las devengadas por el incremento del precio del petróleo al crearse la OPEP –Organización de Países Exportadores de Petróleo-, que provocó enormes excedentes en los países de Medio Oriente, que fueron colocados en la banca de los países del Norte rico.
Esa enorme masa financiera signó los años posteriores, no sólo de la economía de los EEUU sino la del resto del mundo.

Aquí, mientras tanto

Como dice el refranero criollo: cuando el gato no está, los ratones bailan” y eso fue lo que pasó por estas latitudes.
Los primeros años de la guerra fueron para nosotros de escasez extrema y paralización de actividades por falta de insumos estratégicos.
La capacidad productiva de EEUU, Inglaterra y Alemania, -nuestros principales abastecedores de productos industriales-, estaba totalmente destinada a  atender el conflicto.
De la noche a la mañana nos encontramos sin máquinas, repuestos, automóviles, neumáticos, artículos de caucho, e infinidad de productos indispensables para nuestra actividad.
Superado el desconcierto inicial, fue la oportunidad que necesitábamos para comenzar a desarrollar nuestra propia industria, y es lo que ocurrió: solamente en la década del cincuenta se instalaron en nuestro país una docena de fábricas de automóviles, algunos de ellos íntegramente nacionales, como los legendarios rastrojeros producidos por IME -Industrias Mecánicas del Estado-.
Comenzó un incipiente desarrollo tecnológico local y se crearon decenas de miles de puestos de trabajo que permitieron un progreso desconocido hasta entonces.
Un nuevo sector irrumpió con fuerza en la realidad social del país cambiando la historia definitivamente: la clase trabajadora, eufemismo utilizado desde entonces para diferenciarse de las implicancias marxistas que adquiriría si se hablara de la clase obrera.
Nuestro panorama social inauguró un dinamismo notable y los sectores medios más la clase trabajadora se hacían de casi el cincuenta por ciento de la riqueza generada en el país, cifra que permitía soñar con una sociedad moderna, dinámica y equitativa.
Pero el sueño terminó pronto y comenzó a disminuir en forma sostenida. En la actualidad, estos sectores reciben apenas un poco más de la mitad de lo que tomaban entonces.
Comenzaban a insinuarse las realidades que hoy nos muestran que la sociedad industrial, en esta etapa de la financiarización, y tal lo anticipaban como posibilidad algunos de los más preclaros economistas clásicos, es una víbora de largos colmillos, que se muerde la cola.
Recuperados acrecentadamente los niveles productivos de los países del norte rico después de la guerra, advirtieron que mientras ellos estaban distraídos por la contienda, había comenzado un proyecto de industrialización alternativa en el mundo, que les quitaba posibilidad de colocación a sus crecientes excedentes productivos.
Esta realidad, la sobreproducción, ya había sido prevista por los primeros pensadores de la economía política (véase Malthus).
Pero ahora, y como consecuencia del salto tecnológico provocado por el conflicto y la desaparición de su demanda obligada, se manifestaba con una magnitud desconocida.
La incipiente industrialización de los países pobres que se habían mantenido al margen de la guerra, se constituía en una amenaza para la industria de los países ricos.
Comenzó a operar entonces, administrada por los organismos monetarios internacionales creados después del armisticio, una combinación que fue demoledora para la joven y frágil transformación económica de los países pobres.
Por un lado la presión ejercida para la apertura económica que facilitó la entrada de productos importados, que incorporaban novedades tecnologícas, excitando las demandas de los consumidores por estos productos que se presentaban como más atractivos que los locales, por la incorporación constante de artilugios e innovaciones que nuestras empresas, más pequeñas, no podían alcanzar, y además se comercializaban subsidiados, a precios de dumping que competían ventajosamente con los fabricados aquí.
Ahora si, nuevamente valía la ortodoxia neoclásica: había que derribar las trabas aduaneras y las barreras arancelarias, por supuesto la de los países pobres, ni hablar de levantar las barreras que establecían los países ricos para el ingreso de nuestra producción.

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