BREVE HISTORIA DE LAS IDEAS ECONÓMICAS

Guillermo Luis Luciano

Thomas Robert Malthus 1776 - 1834


Estamos en presencia de un originalísimo y anticipatorio pensador, que sin embargo ha sido peyorativamente considerado, por generaciones enteras de cultores de las ciencias sociales, incluidos muchos de sus  contemporáneos, por su adusta presencia de Clérigo, su actitud tímida y austera, y por  las posibilidades que abren algunas implicancias por el desarrolladas de su Teoría de la Población para la ironía y el comentario intencionado, pero básicamente porque sus preocupantes vaticinios, que por interés o comodidad nadie quería asumir, han opacado con el transcurso del tiempo sus fenomenales aportes a la teoría económica en varios campos, que a continuación trataremos de describir.
Primero nos detendremos en sus palabras:

Sobre las Limitaciones del Desarrollo de la Población en las partes menos Civilizadas del Mundo y en la Antigüedad    
                                                                             Thomas Robert Malthus
                                Capítulo I
                             Exposición del asunto.
Proporción entre el aumento de la población y los alimentos En una investigación concerniente al mejoramiento de la sociedad, el tratamiento que el mismo temas sugiere es:
1. Investigar las causas que han impedido hasta ahora la evolución de la humanidad hacia la felicidad; y,
2. Examinar las probabilidades de supresión total o parcial de esas causas en el porvenir.
La causa a que aludo es la tendencia constante de toda vida a aumentar, reproduciéndose, más allá de lo que permiten los recursos disponibles para su subsistencia.
Es esta una verdad incontrovertible. Tanto en el reino animal como en el vegetal la naturaleza ha esparcido con profusión las semillas de la vida; pero ha sido avara al conceder espacio y alimentos. Si los gérmenes de vida que existen en la tierra pudieran desarrollarse en libertad, llenarían en el transcurso de unos cuantos miles de años millones de mundos como el nuestro. Sólo la necesidad, esa ley inflexible y universal, es la que los mantiene dentro los límites prescritos. Tanto las plantas como los animales retroceden ante esta importante ley restrictiva, y el hombre no puede, cualesquiera que sean sus esfuerzos, escapar a ella.
En lo que se refiere a las plantas y a los animales irracionales, el modo de ver el asunto es bien sencillo. Un poderoso instinto empuja a todos ellos a reproducir su especie, y este instinto no se detiene ante ninguna clase de dudas sobre la posibilidad de criar a su descendencia. Por tanto, siempre que existe la libertad necesaria para ello se ejerce la facultad de procrear, y los efectos se presentan después bajo la forma de falta de espacio y de alimentos.
En lo que respecta al hombre, los efectos de este obstáculo son más complicados. Un instinto igualmente poderoso le impulsa a procrearse y reproducir su especie; pero la razón pone obstáculos a ese instinto obligándole a preguntarse si no traerá al mundo seres a quienes no podrá criar. Si atiende a esta sugestión natural de su razón, la restricción da lugar a menudo al vicio. Si no la escucha, la raza humana estará tratando constantemente de aumentar más allá de lo que permiten los medios de subsistencia; pero, como debido a aquella ley natural por la cual el alimento es necesario para la vida humana la población no puede nunca aumentar efectivamente más allá de lo que permita la alimentación indispensable para sostenerla, la dificultad para adquirir los alimentos tiene que estar actuando continuamente como un fuerte freno contra el aumento de la población. Esta dificultad debe localizarse en alguna parte, y dejarse sentir necesariamente en una u otra formas de miseria, o de temor a ella, en una gran parte de la humanidad.

Nadie en su sano juicio podría tomar hoy este texto con ligereza.
Fue, junto a Ricardo, el primer economista que refuto la idílica visión Smithiana sobre el devenir de la historia a partir de la instalación de la economía de mercado.
En un tiempo en que el mundo intelectual europeo se maravillaba con las enseñanzas del profesor Smith, Malthus se atrevió, no desde el panfleto sino desde el análisis, a refutarlo.
Como acabamos de ver en su texto, su visión sobre el futuro de la raza humana preveía sufrimiento y carencias, anuncios que nada tenían que ver con el obstinado optimismo de la visión de sabio de Kirkcaldy.
Es decir, la suya no fue una mera actitud crítica, sino que avanzó desde el universo sintetizado por Smith, hacia una visión superadora y compleja de su teoría.
Con Malthus, y luego con Ricardo, la ciencia económica abandona la edad del candor para entrar en la madurez de los temas que luego la desvelarían.
El primer lugar le corresponde a Malthus  con su teoría de la población.
El mundo finalmente colapsaría en hambrunas y miserias varias porque al irse multiplicando los hombres por la creciente vocación reproductiva de las clases humildes,  la demanda de alimentos superaría con sus permanentemente aumentados requerimientos, la capacidad de generarlos de las tierras cultivables, porque, afirmaba,  el crecimiento de la raza humana es exponencial mientras que el de los alimentos es lineal.
Esta observación, en una época donde no había ni registros ni estadísticas más allá de las parroquiales, poseía una fineza de percepción   notable, se anticipaban más de cien años a las preocupaciones de igual índole que signaron el siglo XX. 
Las previsiones de Malthus, incluso hoy tienen  cruel vigencia en un mundo en que la mitad de los seres humanos carecen de los elementos básicos que garanticen su existencia digna, y en el que rápidamente agotamos recursos estratégicos como el agua potable, la fauna marina y la fertilidad de los suelos. 
Pero quizás tengan tanta importancia como éstas, sus reflexiones  referidas a la demanda agregada.
Decíamos en párrafos anteriores, que era muy difícil encontrar aportes completamente originales en nuestra Ciencia; si alguien necesitase una prueba, aquí está el antecesor de las teorías keynesianas,  como el mismo John Maynard lo reconoce.
Demolió de un golpe la optimista Ley de Say. Jean Baptiste Say, el más reconocido economista de su época en Francia, había acuñado una  afirmación que había seducido al mundo académico, afirmando que: ….la oferta genera su propia demanda, o sea que para que producir bienes había que emplear trabajadores y pagarles retribuciones / salarios, cuyos montos, vistos desde la capacidad de compra de estos como consumidores, se transformaban en la propia demanda de los bienes que generaban.
Anunció la posibilidad del estancamiento, más de un siglo antes que aparecieran las depresiones.
 Nos preparaba para un mundo poblado de productos que nadie compraría, una industria paralizada y legiones de hambrientos desocupados.
Por favor, cualquier comparación con la realidad actual, que nadie piense es pura coincidencia
La concepción monetarista de la economía, que asigna a los medios de pago disponibles la absoluta responsabilidad sobre el nivel de precios, ya se insinuaba, aunque sin la prepotencia que luego asumiría para desolación de los países pobres, en el siglo XX.     Y Malthus anticipaba los argumentos que refutan esta malhadada teoría económica, doscientos años antes de su formulación.
Por  supuesto que aceptar los sombríos pronósticos de Malthus implicaba para sus congéneres desinstalarse del maravilloso mundo que les prometía Smith.          
Y nadie querría hacerse cargo en las vísperas de la inevitable resaca matinal que sobrevendrá cuando termine la fiesta, y la fiesta era un capitalismo en explosiva expansión, un mundo con una movilidad social impensada hasta ese momento en la historia humana, de negocios con ganancias fabulosas y de enorme acumulación de riquezas, ¡Quién querría preocuparse si todos estaban ilusionados en participar de tanta bonanza!
Sus recomendaciones acerca del control de la natalidad y la eliminación de los subsidios a los pobres eran comentadas irónicamente en los salones, y cuando el Clérigo entraba a alguna reunión social, los hombres prevenían disimulada y jocosamente a las damas presentes, que adoptaran actitudes recatadas porque había llegado el gran enemigo de los placeres y la concupiscencia.
Malthus mantuvo un prolongado intercambio de ideas con su respetado y querido amigo David Ricardo, quién lo trataba como a un maestro y protegía económicamente con oportunas participaciones en   supuestos negocios que Ricardo inventaba a efectos de morigerar la pobreza de Malthus.
Una anécdota nos ilustra esta generosidad.   
Cuando Inglaterra decide enfrentar a Napoleón y designa a Wellington al mando del ejercito Ingles, era casi unánime la opinión que  sería derrotada.
Una de las formas en que esto se manifestaba era en la caída  en el valor de los bonos de la deuda inglesa.     
Ricardo, contra la opinión general, apostó por Inglaterra.                 Formaba parte de un sindicato que compraba los bonos al gobierno y los recolocaba entre los inversores más chicos, reservándose una parte importante para sí,  y le comentó a Malthus, que había invertido dineros que él le administraba en esa aventura. 
Un desprevenido Malthus, imbuido de la opinión general, pidió a Ricardo que lo retire del negocio.    
Ricardo así lo hace, quedándose él mismo con los supuestos bonos de Malthus,  y finalmente gana fortunas cuando al vencer en Waterloo el General Wellington a Napoleón, los títulos de la deuda Inglesa recuperan su valor nominal.
Estas cartas27, para beneficio de la historia, fueron halladas accidentalmente por un heredero de Ricardo en el siglo XX y puestas a disposición de sus editores.
La visión de Malthus que primó en la enseñanza económica del siglo pasado, está signada por el destino que a las visiones diferentes le reservan los difusores de las ideologías hegemónicas en cada período histórico.   
Por un lado, su discurso no era conveniente y por otro, la mayoría prefería ignorarlo, porque significaba hacerse cargo  del inevitable drama que viene asociado con cada forma de organización social humana.
Por supuesto que una reivindicación de Malthus, excede con creces los objetivos del presente trabajo y las posibilidades de su autor, pero estas líneas quizás,  al menos sirvan para despertar el interés que merecen sus escritos.
Hoy estamos todos involucrados en el espejismo de pensar que el hombre puede producir todos los alimentos que necesita.
La revolución verde de los cincuenta y el actual boom de la agricultura de labranza cero a partir de los herbicidas sistémicos han instalado la falsa concepción que el problema del hambre esta resuelto, que podemos producir todos los alimentos que necesitamos, que solo se trata de distribuirlos mejor.
Nada más ajeno a la verdad, el actual incremento de la producción mundial de cereales se basa en la utilización de las técnicas de cultivo más agresivas y destructivas que ha empleado el hombre: las que se basan en la exterminación de la biodiversidad, de los recursos de fertilidad; de la contaminación masiva de los acuíferos con herbicidas, insecticidas y funguicidas; y de la consiguiente desertificación de millones de hectáreas, hoy fértiles, que están amenazadas por estas tecnologías que solo encuentran la razón de su existencia en el incontrolado e incontrolable afán de lucro de las empresas del sector.

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