BREVE HISTORIA DE LAS IDEAS ECONÓMICAS

Guillermo Luis Luciano

Los socialistas utópicos

Me permito dejar sin considerar a John Stuart Mill, con la imprudencia propia de mi ignorancia, porque en realidad, me hubiese gustado recuperar sus reflexiones sobre sus ideas políticas acerca de la libertad y la importancia de la educación universal para el progreso social, más que por sus ideas económicas, tarea que por otra parte nunca emprenderé.
Abandonando el mundo ideal de  Smith, y habiendo avanzado por las visiones de Ricardo y Malthus hacia una mirada más escéptica y realista, la doctrina ha ganado una perspectiva crítica que es profundizada por quienes se anticipan en pensar un  mundo con un nuevo paradigma.
En el universo Smithiano la ganancia organiza los vínculos sociales, y en el  afán de obtenerla los actores económicos ajustan sus conductas mutuamente y a pesar de ellos, sin buscarlo, conducen a la sociedad al máximo nivel de satisfacción posible de alcanzar.   Es como si hoy alguien repentinamente lograra redimir todas las cosas que engordan o son pecados de su carga de culpa y todos pudiéramos abordarlas sin complejos, nadie se preguntaría demasiado y todos sentirían gran simpatía y agradecimiento por el permisivo profeta que logró el milagro.
Pero, al igual que la migraña después de la juerga, el mundo que se presentaba pasadas algunas décadas después de establecido el modo de producción industrial  nada tenía que ver con los equilibrios sociales y las satisfacciones de las mayorías que habían pronosticado sus exegetas, muy por el contrario, lo que se ofrecía al observador era por lo menos terrible:
Multitudes de campesinos arrojados impiadosamente  a las ciudades por los terratenientes, que los expulsaban de sus tierras para poner ovejas, que ahora eran más rentables,  porque los nuevos telares mecánicos recientemente desarrollados demandaban infinitamente más fibras textiles que los viejos telares manuales.
Los desplazados  se hacinaban en ciudades sin ninguna infraestructura para contenerlos,  en un escenario dantesco de miseria.
Un cronista de aquellos años, el escritor inglés Charles Dickens, nacido en 1812, da cuenta en sus novelas, de estas condiciones.      A los diez años su familia se trasladó a Londres, su padre fue encarcelado por deudas, y tuvo que comenzar a trabajar a los 12 años en una fábrica de betún para calzado, lugar donde pudo conocer las deplorables condiciones de vida de las clases sociales más bajas.
Este hecho marcó su obra como escritor, y dedicaría gran parte de ella a la denuncia de estas realidades.

 

“.....Caminaron por calles sucias y miserables. Cuando llegaron a la casa indicada, subieron hasta el primer piso y el señor Sowerberry llamó con los nudillos. Una muchacha de unos trece años abrió la puerta y ambos entraron. Dentro de la casa, el espectáculo era estremecedor: agachado frente a una chimenea sin lumbre, había un hombre flaco y pálido; a su lado, una vieja sentada en un taburete; más allá, unos niños harapientos mirando hacia el cadáver que yacía en el suelo cubierto con una manta.....”29  

No era necesario tener gran sensibilidad social para conmoverse con el espectáculo de este incipiente capitalismo.
Los nuevos agentes económicos, los industriales, reclutaban mano de obra para sus fábricas entre  las multitudes de famélicos ex campesinos.
Pero éstos, a su vez, acostumbrados por generaciones a producir apenas para su subsistencia, porque tradicionalmente los señores feudales, sus antiguos amos, sólo les dejaban lo mínimo de sus modestas cosechas, tuvieran éstas el resultado que tuvieren, no eran precisamente la clase de operarios que los industriales requerían.
Estos buscaban que los ingresos de sus asalariados estuvieran en relación a sus productividades, o sea, en definitiva, que trabajaran lo más posible cobrando lo menos posible, inaugurando de este modo un nuevo tipo de vínculo social que perdura hasta hoy.
Una nueva clase social surgía abruptamente: los asalariados, y los requisitos para ser aceptados en ella eran la laboriosidad, que no era precisamente la virtud que había caracterizado a los siervos de la gleba.
Los nuevos amos, entonces, preferían a los niños, porque no estaban contaminados por las viejas malas costumbres, especialmente para trabajar en los telares, porque sus pequeños dedos eran más eficaces para meter hilos en la urdimbre.
Si bien los niños eran más inquietos y tenían una irrefrenable tendencia a jugar, esto era fácilmente neutralizado encadenándolos a las máquinas, incluso hasta en los breves momentos en que comían su mendrugo.   
Las jornadas laborales eran de 14 horas o más,  de lunes a domingo, y por supuesto, no se conocían las protecciones sociales.                    
Si un operario en su trabajo sufría un accidente y le era,  por ejemplo, amputada una mano, simplemente se lo arrojaba a la calle y era inmediatamente reemplazado por otro que ansiosamente esperaba su oportunidad de conseguir algún ingreso.
Las ciudades carentes de toda infraestructura eran cloacas abiertas; la basura, los líquidos nauseabundos y los animales muertos dificultaban el tránsito y  las ratas disputaban el espacio en las miserables y colmadas viviendas a sus habitantes, los barrios pobres ofrecían dantescos inventarios de todas las miserias y las diferencias sociales resaltaban impúdicamente.
Los alimentos escaseaban más que nunca,  porque las tierras y mano de obra que antes los producían, tenían otro destino, pero la Teoría De Las Ventajas Comparativas de Ricardo apuntaba a resolver este problema proponiendo que los países industriales se dedicaran a proveer manufacturas y el resto materia prima y consumidores.   
En ese contexto era lógico que nuevos teorizadores sociales buscaran otras respuestas, pues era cada vez más evidente que había mucha distancia entre los primigenios ideales y las actuales realidades.
De cualquier manera era tan potente la eficacia del nuevo modo de producción que a nadie se le ocurría que este pudiera ser reemplazado por alguno demásiado diferente.
Pero había valores que estaban completamente ausentes como la solidaridad, el respeto a la dignidad humana, la misericordia etc., y por allí vendría la primera respuesta.
A estos rebeldes pensadores se los conoce como Socialistas Utópicos, aunque esta denominación les fuera asignada con posterioridad, y se debió a que Marx y Engel diferenciaron su pensamiento denominándolo Socialismo Científico, al ser este una construcción ideológica que sigue un sistema lógico en su resolución.
El desarrollo del discurso filosófico de nuestra ciencia les deja poco espacio: por razones obvias no eran bien vistos por sus contemporáneos que participaban del nuevo orden sin cuestionarlo.                                                                                        
Posteriormente, desde el marxismo también se los despreció, llamándolos peyorativamente reformistas, al no cuestionar sus planteos la naturaleza misma del capitalismo y solo proponer reformas que lo humanizaran
Los nombres más conocidos de esta corriente son Saint-Simón, Charles Fourier, Robert Owen, pero hay otros.

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