BREVE HISTORIA DE LAS IDEAS ECONÓMICAS

Guillermo Luis Luciano

El inicio de la escuela clásica
Adam Smith (1723 - 1790)

Fue uno de los más importantes pensadores de la Ciencia Económica, típico  autor que todos comentan y pocos leen, lamentablemente, porque hacerlo es adentrarse en el mundo intelectual de los sabios del siglo XIX, lo que constituye una experiencia fascinante.                       
Tomar contacto con su vida y obra, especialmente Teoría de los sentimientos Morales y la ya mencionada: Riqueza de las Naciones es la oportunidad  de conocer uno de los autores más interesantes de la Ciencia que nos ocupa.    
No vale la pena extendernos en referencias biográficas disponibles en todos los manuales, solamente diremos que representa emblemáticamente al científico apasionado por la actividad, y al igual que sus pares, interesado en todos los temas.
El polihistor del siglo XVIII que exploró todo el conocimiento a su alcance, el maestro erudito que despertaba devoción entre discípulos y profanos, el espíritu libre que sorprendía a todos con razonamientos, que una vez formulados, eran vistos como evidentes y lógicos por la mayoría de sus contemporáneos, el misántropo que vivió con su madre toda su vida, el discípulo de los mejores intelectuales del siglo XVIII, David Hume, François Quesnay.
Smith, enseñaba Filosofía Moral, un  muy amplio cuerpo conceptual que hoy designamos en parte como ciencias sociales, estaba integrado por los siguientes campos: teología natural, o sea la explicación del universo a partir de una concepción iusnaturalista,  ética, jurisprudencia y «Utility», es decir, Política y Economía
Smith también era erudito y dictaba conferencias  sobre retórica, poesía y literatura.
Hoy nos parecería de una petulancia rayana en la soberbia si alguien se animáse a abarcar un campo tan amplio de intereses y conocimientos.  
A sus clases asistían personas de toda Europa, fascinadas por sus ideas, aunque no por su claridad de exposición, dado que como orador tenía defectos de dicción, era un distraído proverbial capaz de irse por las ramas en su discurso durante horas, sin que nadie se atreviese a advertírselo
Generalmente practicando el ejercicio de la lectura, encontramos en autores pretéritos las ideas que nos entusiasman en los presentes, pero sin embargo a medida que la ciencia  evoluciona, nos sorprendemos con síntesis nuevas, que generan conceptos nuevos elaborados con viejas ideas, recontextualizadas.
No es un buen ejemplo, pero las notas musicales existen desde tiempos inmemoriales, y son apenas doce, sin embargo, distintos compositores, combinándolas de manera diferente, nos han sorprendido y nos seguirán sorprendiendo con melodías que nos conmueven.
Muchos son los aportes que hace Smith a la teoría económica,  entre otros temas con su concepción acerca del origen del valor.
Ya Quesnay hablaba del trabajo como generador de la genuina riqueza, pero sin darle la connotación que luego cobraría con Smith y Marx.
Ignorando las implicancias que tendría finalmente en la historia de las ciencias sociales, adhiere al concepto que afirma que el valor de las cosas descansa en el trabajo necesario para lograrlas
Sostuvo Smith que:

 

“El verdadero precio de todas las cosas, lo que todas las cosas cuestan realmente al hombre que quiere adquirirlas es el esfuerzo y la molestia que supone adquirirlas.”

Y propone finalmente el concepto que de alguna manera determinará el principio y el fin de la Teoría Económica Clásica, que ya había sido esbozado por los Fisiócratas.
Generalmente cuando se estudia a Smith, un par de referencias a su teoría de la competencia y conceptos tales como la mano invisible24, polarizan el análisis,  y no es mucho más lo que recuerdan los estudiantes, incluso los de economía después de los exámenes
Smith es ante todo un moralista, un pensador social, un economista por consecuencia  y no por decisión.   Su visión de la organización social humana parte de su concepción ética, hija de las ideas que prohijaron los grandes transformadores de su tiempo y consecuencia de su visión humanista.
Un observador advertirá que los principales desarrollos de la Ciencia Económica han sido realizados por moralistas y filósofos y esto no es casualidad porque su objeto esta precisamente referido a la naturaleza humana y las relaciones sociales, cuya resolución siempre se analiza en el terreno ético.
Su gran aporte esta fundado en su primer y gran tratado: Teoría de los Sentimientos Morales, 1759, donde dice:

 

.....“A pesar de su natural egoísmo y avaricia, aunque sólo buscan su propia conveniencia, aunque el único fin que se proponen es la satisfacción de sus propios vanos e insaciables deseos, dividen con los pobres el fruto de sus propiedades. Una mano invisible los conduce a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida que habría tenido lugar si la tierra hubiera sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitantes, y así sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad y aportan medios para la multiplicación de la especie”

En este libro expone su teoría acerca de la naturaleza de la conducta humana.    
Dijo Smith, que el hombre era un ser egoísta que buscaba permanentemente su satisfacción personal, pero que cuando se reunía con otros hombres a considerar problema referidos a la organización social, era capaz de acordar criterios altruistas y justos para todos los hombres, y que en esta conducta paradojal descansaba la posibilidad de una sociedad mejor.
El gran quiebre que produce la revolución industrial en las concepciones sociales radica en que por primera vez en la historia, el hombre no es asignado por nacimiento ni cualquier otro determinismo a un rol preestablecido en la  sociedad,  es el  libre albedrío  y su ambición, lo que lo conduce en el laberinto de la estructura social en la que vive.    
Las viejas instituciones de la esclavitud y la servidumbre ya no son eficaces para proveer al nuevo orden de los individuos que lo sostendrán, es necesario un nuevo sujeto social, cuyo rol estará definido a partir de la nueva forma de producir los bienes económicos.       
La máquina requiere a un individuo activo, que ligue su suerte al resultado de su trabajo, que para mejorar su ingreso deba producir más, que cuando no se requiera más su tarea se pueda prescindir de el.         
En definitiva, nuevas categorías sociales se inauguran, los hombres dejan la seguridad que por cientos de generaciones les habían provisto sus autoritarios vínculos  y son lanzados a la incertidumbre del mercado de trabajo, donde si no se consigue un salario, no hay comida, ni vivienda, ni futuro.
En Inglaterra el panorama es desolador, las nuevas tecnologías en la industria textil provocan una fenomenal multiplicación de la capacidad de producción: un telar mecánico produce infinitamente más que un telar manual, y la multiplicación de las maquinas requiere consecuentemente más materia prima.          
Los terratenientes, que por los siglos de los siglos habían mantenido sus tierras ocupadas por siervos (arrendatarios) que ancestralmente apenas producían poco más de lo que consumían, los desalojaron para poner en su lugar ovejas, -ahora  valiosas-, porque proveían la materia prima que la demanda acrecentada por la utilización de los  nuevos telares habían revalorizado.
Los campesinos fueron expulsados impiadosamente hacia las ciudades donde se hacinaban en tugurios inhumanos, incubadoras de todas las miserias conocidas y desconocidas. 

 

“.....así, en 1820, casi cincuenta años después de la revolución Norteamericana, la Duquesa de Sutherland despojó a 15.000 arrendatarios de 794.000 acres de tierra y metió en su lugar a 131.000 ovejas”25 

                         
La clase media y la burguesía pensante  se desesperaban con estas nuevas realidades, todos estaban aterrados.
El nuevo orden avanzaba sin freno demoliendo la vieja sociedad.         Todos advertían lo que pasaba pero nadie lo entendía, hasta que llegó Smith y levantando sus brazos en un gesto protector, anunció:
         …. ¡Calma Sres. no desesperarse, que el nuevo mundo que asoma contiene en si mismo las claves de un orden social desconocido hasta el presente que traerá la mayor prosperidad nunca soñada por el hombre!
Todos estaban deslumbrados, pues era la canción que ansiaban escuchar, y para colmo, el profeta del nuevo orden, exhibía sus teorías con una lógica sencilla y sólida, que a todos hipnotizaba.
La nueva clase social entronizada por el nuevo modo de producir los bienes miraba a su alrededor satisfecha: por fin alguien ponía en valor sus desvelos.
No se trataba ya de decir que ganar dinero estaba bien, lo que era un gran adelanto en la consideración social de su rol, sino asegurar en forma inapelable que del ejercicio de las nuevas relaciones surgiría, finalmente, un mundo mejor.
En una época en que las Universidades eran asistidas por alumnos que elegían sus materias y profesores, que a su vez pagaban directamente a éstos, el derecho de asistir a sus clases, el aula donde Smith enseñaba estaba siempre abarrotada de apóstoles que querían aprender el nuevo evangelio.  
Su hablar era vacilante, su ensimismamiento proverbial que lo disparaba por los caminos secretos de su mente, lo hacía parecer muchas veces un diletante y la multiplicidad de intereses que poblaban su intelecto, lo hacía detenerse en tópicos tan variados como la astronomía o el sexo de los ángeles.   A pesar de ello era venerado por discípulos y vulgo en general.
Pero básicamente en un mundo donde reinaba la incertidumbre y el desconcierto, su mensaje era un bálsamo para los espíritus temerosos de sus congéneres; donde todos veían nubes de negros presagios, él miraba el horizonte y avistaba un sol radiante.       
         Había llegado la hora de la libertad, de la movilidad social, del progreso sin límites, del bienestar económico para todos, en fin una vez más  en la historia humana alguien proclamaba la tierra prometida. 
La clave estaba en la competencia, que era la piedra filosofal del la felicidad social, si la dejaban actuar, todo lo resolvía y lograba el gran milagro de provocar que vicios privados se transformaran en virtudes públicas.   
Si funcionaba libremente, la sociedad se ajustaba a lo óptimo como si una mano invisible la condujera a él.
Afirmaba Smith, que el hombre era naturalmente egoísta, y que el motor de su acción, era la satisfacción de sus deseos personales,     pero que para obtener beneficios económicos que le permitiesen proveer a su placer personal, debía, en este orden social, resolver primero las necesidades ajenas.
 ¿Como era esto? 
Simple, si quería tener ganancias debía conseguir compradores para sus productos o servicios, si en una comunidad no había zapateros y decidía trabajar este oficio iba a obtener ganancias y simultáneamente iba a resolver, incluso a pesar suyo una necesidad social, pero si había demasiados zapateros, no iba a prosperar y finalmente cambiaría su oficio hasta dar con alguna actividad, que simultáneamente fuera necesaria.
Qué lógica irrefutable!, ¿quién podía resistirse a tanta evidencia?  La única condición era que nada interfiriese la competencia.  
Nuevamente pediremos al lector que se instale en el tiempo, que tenga en cuenta la época en que fueron propuestos estos conceptos.
¿Se puede hacer a Smith responsable de las acciones de las modernas multinacionales? ¿Se lo puede culpar de la miseria de los países pobres?: Evidentemente no.                    
No era ingenuo: tenía muy en claro el efecto distorsivo de las manipulaciones en los precios por parte de los industriales.           
Escribió Smith26 que temblaba cuando en una reunión veía que se juntaban varios industriales, que seguramente no conversaban acerca de mejorar sus productos, sino en como alterar hacia arriba, artificialmente los precios.
Cuando él hablaba de la competencia, no era una referencia cínica a la cobertura ideológica de una situación oligopólica o monopólica.
Y además convengamos que las posibilidades de la tecnología y su aplicación, estaban muy lejos de insinuar, los grandes agregados industriales y las empresas multinacionales que terminaron apoderándose de la economía global.
No creo que sea ingenuo pedir indulgencia para quien formulaba estas teorías en ese momento de la historia.
No podemos meter en la misma bolsa que Smith, a los actuales difusores del liberalismo, o los cultores del neoclasicismo que impulsan concepciones monetarias que aniquilan culturas enteras y sumergen en la miseria a cientos de millones de personas en el mundo subdesarrollado.
Definitivamente Adam Smith no es culpable de este latrocinio, en todo caso somos nosotros más responsables al advertir y tolerar este estado de cosas, sin modificarlas.
A lo largo de la civilización humana, se fueron alterando distintas formas de organización social, siempre fundadas en el principio de autoridad absoluta y en la aceptación que algunos hombres nacían para dirigir y la mayoría para servir.
La gran revolución que produce el Cristianismo está en que Jesús proclamó la igualdad de todos los hombres, y a pesar de que el no quiere involucrarse en cuestiones referidas al poder temporal...... (Dad al Cesar lo que es de Cesar y a Dios lo que es de Dios), son obvias las profundas y transformadoras implicancias sociales de su mensaje. 
Si todos los hombres eran iguales, la esclavitud y la servidumbre debían ser desterradas.
Ese era precisamente el mensaje que ansiaban escuchar los pobre y sometidos de su tiempo.
Después de cientos de miles de años de civilización humana, se proponía un cambio radical en el vínculo que agrupaba los hombres.
Dejando a buen resguardo la potencia moral del mensaje de Jesucristo, el planteo de Smith, provoca una situación por el estilo.
Jesucristo dice: todos los hombres son iguales,  el camino hacia la verdadera armonía social esta en el amor y la solidaridad debe ser el vínculo que los reúna.
Smith dice: todos los hombres son egoístas, pero que si dejamos actuar el mercado y la competencia, en el afán de autosatisfacerse el hombre alcanzará el óptimo de bienestar social.
De alguna manera, por segunda vez en la historia humana se propone una utopía que entusiasma a todos: así como las muchedumbres sometidas adoptaron rápidamente el mensaje de Jesucristo, los desconcertados y temerosos ciudadanos de los albores de la sociedad industrial se aferran al catecismo Smithiano para encontrar tranquilizadoras certezas acerca del futuro.
Por supuesto que esta afirmación, ni remotamente pretende ser una comparación de ninguna naturaleza, solamente destacar similares circunstancias a pesar de dos mil años de civilización transcurridos.
Es necesario distinguir entre el carácter revelador de una nueva utopía social y los interesados argumentos pergeñados para perpetuar el poder en manos de determinada clase y determinada época.
Smith no es el miembro ilustrado de una clase social que desarrolla argumentaciones para que ésta se perpetúe en el poder, es el científico que está más allá de intereses mezquinos e imagina una nueva posibilidad para los hombres, esta es la actitud que perciben sus contemporáneos y que potencia su alcance.
Leer La riqueza de las Naciones, es un ejercicio placentero para todos aquellos que se interesen en Ciencias Sociales y de alguna manera nos ratifica que la única oportunidad que tienen los hombres en construir una sociedad mejor, descansa en la posibilidad de desarrollar y difundir, en completa libertad, el conocimiento y la sabiduría.     
Son los intelectuales y no los guerreros quienes  llevan sobre sus hombros el peso del futuro, si este existe. 

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