DISCURSOS, REPRESENTACIONES Y DEBATES SOBRE CUESTIONES AGRARIAS EN LA PRENSA ARGENTINA. LA “REFORMA AGRARIA” EN LA NACIÓN, LA OPINIÓN , ANALES Y LA TIERRA – 1973

Marina Poggi
marinapoggicarter@gmail.com

2.4. El papel de la prensa escrita en la política argentina

La elección de una noticia como parte representativa de un proceso ofrece la posibilidad de observar las formas de construcción de redes discursivas, a la vez que permite diferenciar regiones en el discurso, en donde ellos mismos son los que delimitan sus contornos con la carga significativa de las palabras. Al respecto, Van Dijk (1983; 78) observa que, aparte de la conversación diaria, “hay pocos tipos de discursos con los que todos nos enfrentamos de una manera tan predominante y permanente como los de los medios de comunicación”.
Para Diana Calavaro, el periodismo habla de la sociedad que lo produce y en él pueden leerse todas las problemáticas del mundo objetivo. La autora explica que “incluso la ausencia o la construcción sesgada de su discurso alojan marcas para una explicación posible” (1996; 7). Las diferencias de formato, de circulación, y de estilos de información hacen que diarios y revistas sean de algún modo “combinables” entre sí, y que el mismo público pueda ser lector de ambos formatos. En términos de Girbal, “las tradiciones políticas, en sentido amplio, encuentran un aliado indispensable en las empresas de periodismo y edición, al punto de generar opiniones académicas que califican a la prensa como constructora de la agenda pública y aun de la realidad”. Es en este sentido que  “las revistas suelen tener una peculiar manera de intervenir en los asuntos públicos a través de la palabra escrita publicada regularmente y están concebidas para lectores que se intenta fidelizar […] El estilo y la intensidad con que exponen sus principios varía considerablemente y es precisamente esa heterogeneidad una de las condiciones que orienta la selección que se haga al apelar a ellas como fuente de consulta” (Girbal, 1999).
Ante la múltiple oferta que los lectores poseen, elegir un medio de comunicación como fuente de información responde a determinadas necesidades y preferencias de cada persona. La simple intención del lector de informarse y la supuesta información objetiva que el periódico ofrece contienen un doble juego: así, el acto simple y cotidiano de la lectura de un periódico determinado vale como elemento de análisis para observar sobre el imaginario de que tipología de sujeto será elaborado determinado discurso, en ese doble juego en el que el diario propone una mirada y el lector la acepta. Eliseo Verón denomina a esta relación como contrato de lectura y sosiene que “en un discurso, sea cual fuere su naturaleza, las modalidades del decir construyen, dan forma, a lo que llamamos dispositivo de enunciación” (2004: 173). Tal dispositivo (contrato de lectura) incluye la imagen de un enunciador, la imagen de un destinatario, y la relación entre el enunciador y el destinatario que se propone en el discurso y a través del discurso. Todo soporte de prensa contiene un dispositivo de enunciación, que puede ser coherente o no, estable o no, totalmente adaptado a su público lector o en parte.  En este sentido, Sidicaro (1993; 7) plantea que “adquirir un diario es como votar por él en un mercado de opciones que ofrece miradas alternativas sobre la sociedad y sus problemas”.
Es interesante el estudio de la temática rural en la prensa, a partir de la naturaleza urbana que ella posee. Edgardo Carniglia (2001: 286) explica que “los medios de comunicación y la prensa son, en su mayoría, urbanos. Nacieron al influjo de una forma de vida, la modernidad, que privilegia lo urbano y hoy, cuando la tecnología permite formas menos rígidas de producción y consumo mediáticos, se hacen, circulan y se consumen en las ciudades, pues tratan problemas de lo urbano, la forma alternativa de la ruralidad”. Es por ello que resulta interesante observar el comportamiento de lo rural como discurso en fuentes de diverso origen, circulación y público lector.
De acuerdo con Carniglia (2001: 288), el carácter urbano tradicional de la prensa argentina ha influido en la manera en que lo rural es mediatizado, pero ello no implica que los medios se desentiendan de los acontecimientos del espacio rural: “La prensa agraria argentina reconocería sus antecedentes en la conformación misma de la nación y sus distintas publicaciones contemporáneas (suplementos de diarios, revistas, órganos institucionales, etc.) representan […] uno de los vehículos habituales de la mediatización de la ruralidad”.
En cuanto a la prensa específica, si bien los Anales de la SRA datan de 1886, las publicaciones que se dedicaron exclusivamente al mundo rural ocuparon desde inicios del siglo XX un abanico muy amplio que abarca revistas científicas universitarias, boletines y anales de instituciones representativas del sector agrario y revistas dirigidas al gran público o de divulgación (Gutierrez, 2005: 20). Dentro de las publicaciones dirigidas al agro, en 1912 se fundó el boletín de la FAA, que luego se convirtió en La Tierra; en 1942 se inició Suelo Argentino (de la editorial del mismo nombre, substituta de Suelo y campo argentino) y en 1949 el oficialismo impulsó su propia publicación, Mundo Agrario (de la editorial Hayne, que también editaba la revista El Hogar) destinada a competir con La Chacra, revista surgida en 1930 y editada por Atlántida.
De este grupo de publicaciones, hacia los ´70 solo perduraban Anales, La Chacra y La Tierra: de orígenes y finalidades diversas, las tres publicaciones estaban dirigidas a públicos heterogéneos. Tanto Anales como La Tierra emanaban de entidades agrarias con posturas bien divergentes, y sus preocupaciones giraban en torno a las actividades y los intereses propios de la SRA y la FAA respectivamente. Por su parte, La Chacra era parte del elenco de las múltiples publicaciones de la editorial Atlántida , y se propone “una misión pedagógica definida en torno a la difusión de los procedimientos más adecuados para obtener éxito en la explotación rural, a la vez que proclamaba el deseo de cumplir una verdadera función social” (Gutierrez, 2005: 25).
Hacia 1957, “el mundo, que atravesaba el tenso período posterior a la Guerra Fría, y la Argentina, que solo en apariencia se había sacado el peronismo de encima (más bien lo había ido erigiendo en uno de sus mitos imperecederos), estaban en cambio. Las ciudades dejaban atrás su aspecto rural, y se iban convirtiendo en activos centros urbanos, tal y como los nuevos requerimientos lo exigían. La gente sentía necesidad de saber lo que ocurría a su alrededor y de entender la dimensión de las transformaciones que afectaban sus vidas. El periodismo interpretó esas necesidades, y protagonizó una etapa en la que bien puede situarse el kilómetro cero del moderno periodismo en la Argentina” (Ulanovsky, 2005 a: 168). Esta postura está fundamentada en tres hechos puntuales: en que se fue imponiendo la necesidad y el valor de informar en libertad, en que se produce tanto en diarios como en revistas una renovación generacional de jóvenes universitarios que se incorporan al periodismo con una nueva mirada y la formación del periodista “preparado” adquiere valor, y que son estos jóvenes los que desafían la dicotomía peronismo-antiperonismo. Además, el autor considera como importante el hecho de que también estos mismos periodistas son quienes contribuyen a desacralizar a París como centro del conocimiento y la cultura.  Ulanovsky señala que en los años 60 se inicia un período de fuerte renovación en la prensa argentina, inspirado en el estilo del semanario norteamericano Times, y agrega una característica particular que comienza a instalarse en la prensa por aquella época, que es la aparición en la tapa de los temas puramente económicos y que hasta ese momento solo se relacionaban con la política. Pero el hecho que llevó el tema económico a la tapa de los diarios y que volcó al público masivamente a interesarse en la información económica, fue cuando el gobierno de Frondizi dispuso que la gente cobrara sus sueldos en bonos (2005 a: 206). De esta misma forma, la información vinculada a la temática agraria comenzó a adquirir relevancia en la prensa de circulación diaria, por encontrase estructuralmente vinculada con la temática económica.
El 22 de agosto de 1967 comienza a regir la ley 17.401, conocida como la “ley anticomunista”. A partir de ese momento todo el material escrito quedaba atado a esa ley y la prensa fue observada y vigilada con mucha atención. La prensa de inicios de la década de 1970 se fue acostumbrando paulatinamente, y con el correr de los secuestros de los ejemplares, a la clausura de las redacciones y a la censura. Diarios y revistas que desaparecían en ese contexto, reaparecían con otro nombre y con un staff de periodistas similar. También el comienzo de esta década vio nacer a Papel Prensa, empresa con la cual se pretendía que la totalidad de la producción de papel para publicaciones periódicas fuera nacional, y el consecuente ahorro de los miles de dólares que implicaba la importación del insumo (Ulanovsky, 2005 a: 262).
Para Fernando Ruiz, la prensa gráfica argentina de la década de 1960 tuvo como protagonista a los diarios La Nación, La Razón y La Prensa y la revista Primera Plana; hacia fines de la década, estos medios comienzan a mostrarse distantes y en disconformidad con el gobierno del general Juan Carlos Onganía –contrariamente al inicial entusiasmo que habían demostrado para con el nuevo presidente- y como resultado se vio afectada la libertad de expresión.  Tal actitud represiva acentuó el clima de crisis hegemónica del régimen militar, alentando el derrocamiento de Onganía. Luego, en 1970, con la llegada de Marcelo Levingston, la prensa gozó de un período de libertad, mientras el régimen militar continuaba en crisis y el peronismo comenzaba a cobrar un nuevo protagonismo (2001: 19 y 20). En 1973, la prensa grafica diaria argentina de mayor circulación estaba repartida entre los diarios Clarin, Crónica, La Nación, La Opinión, La Prensa y La Razón. La Razón era el periódico con mayor cantidad de circulación neta pagada, seguido por Clarín, Crónica, La Nación, La Opinión y La Prensa.
La llegada del peronismo al poder en 1973 cambió el régimen político del país de autoritario a democrático, y el periodismo argentino se encontró “con un ámbito de libertad que no vivía en décadas”. Tal transición produjo un cambio en las formas públicas de circulación de la información política. La red de fuentes cambió “por el surgimiento del Congreso, el que se convirtió –al menos al principio del nuevo régimen- en caja de resonancia informativa de todos los acontecimientos políticos”, y por el repliegue de los actores militares y sus particulares formas de difundir la información (Ruíz, 2001: 133). A la vez, Perón introdujo sus propias formas de comunicación pública, “sin sala de prensa ni pasillos por donde los periodistas pudieran merodear” (2001: 134). De este modo, los periodistas entrevistaban a las personas que entraban y salían de la residencia que Perón ocupó desde el 20 de junio en su retorno definitivo, y evententualmente mantenían un diálogo muy breve y rejas de por medio cuando éste acompañaba a sus visitas hasta la puerta. Luego, en la residencia de olivos, las condiciones informativas se volvieron aún más restrictivas para los periodistas y la desinformación pública fue notable: los datos más simples eran difíciles de comprobar con certeza y las versiones sobre renuncias de ministros eran rutinarias, y los comunicados de prensa emitidos por la misma Secretaría de Prensa (a cargo del periodista Emiliano Abras) no tenían credibilidad, ya que eran constantemente desmentidos por las mismas autoridades. La primera conferencia de prensa fue ofrecida por Perón a dos meses de asumir la presidencia, el 21 de diciembre de 1973: “Duró casi una hora, y se realizó en la sala de periodistas de la Casa de Gobierno. La figura de Perón resultó intimidante para los periodistas. Casi no hubo repreguntas, se trataron pocos temas concretos y Perón contesto siempre con minidiscursos” (2001: 135).

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