COMPORTAMIENTO PSICOLÓGICO DEL MEXICANO, DESDE LA ÓPTICA DEL MARKETING.

Adolfo Rafael Rodríguez Santoyo
Germán Rodríguez Frías
Eduardo Barrera Arias

La persistencia de la contracultura

A mediados de los noventa, la contracultura en México había persistido casi cincuenta años, y todo indicaba que en el futuro inmediato, los inicios del nuevo milenio, continuaría presente. Ya no se habían dado grandes movimientos sociales, como los jipitecas, los punks y las bandas, pero se hallaban presentes numerosas manifestaciones de contracultura, en las que participaban jóvenes de clase media y ya no nada más los chavos lumpen; era común ver las camisetas negras con estampas de rocanroleros, los pantalones de mezclilla rasgados y con agujeros, aretes, tatuajes, perforaciones, pelo largo o muy corto, pintado de colores, o rapado como bola de billar. Los más riquitos le entraron a la onda de los raves, en los que consumían éxtasis, "bebidas inteligentes", drogas nootrópicas (que, reporta Naief Yehya, "actúan en la mente"), hormonas como la dehidroepiandosterona, y compuestos como piracetam, oxiracetam y centrofenofína; pero esto escasamente podía verse como contracultura, porque era politically corred. A los jodidos les fascinaba el eslam, bebían cervezas y tequila, fumaban mota, viajaban con alucinógenos (porque en los noventa volvieron los ácidos y los hongos), se metían anfetaminas y barbitúricos, inhalaban cemento o tíner. Pocos le entraban a la cocaína, porque era mucho más cara; tampoco al crack o la heroína. Algunos se identificaban más con el punk, otros con el metal pesado, otros con la sicodelia, pero en realidad estos grandes movimientos contraculturales se entremezcla-ron y los jóvenes tomaban de ellos según les latía y mezclaban todo sin preocuparse. El rock seguía oyéndose entre los chavos de todos los estratos sociales, pero para muchos había muerto. Eso sí, definitivamente se había institucionalizado, pero, quizás porque no salía algo mejor, seguía renovándose a través de las corrientes alternativas. Había muchos sitios de reunión para el personal, pero seguían destacando el tianguis del Chopo y el de Tepoztlán. El zócalo de Coyoacán también había sido tomado por el ambulantaje alternativo. Entre los adultos de clase media la espiritualidad cundía a través del new age, que englobaba el yoga, la meditación, la esoteria, el I ching, la tensigridad de Carlos Castañeda, el tibetismo azteca de Antonio Ve- lasco Pina, los rituales para todo, la moda de los ángeles y la adicción  a las dietas, las vitaminas, la melatonina, el naturalismo, la alta  tecnología y otras ondas más. Por otra parte, no era descartable la  irrupción de un nuevo movimiento juvenil, masivo, contracultural, en  el futuro mediato e inmediato.

A mediados de los años noventa, al borde del milenio, las condiciones en México habían llegado a extremos inverosímiles. El sistema se  hallaba en franca descomposición, de hecho en plena putrefacción, y  sólo se sostenía por la intimidación, la militarización y la mano dura, por el apoyo del gran capital y de Estados Unidos. El autoritarismo se ejercía con desesperación ante las constantes muestras de inconformidad de la sociedad. En vez de hacer caso a las cada vez más trágicas advertencias de la historia, el régimen se aferraba al poder con una insensibilidad criminal y el resultado era que los peligros se ahondaban. Nuestra historia era un círculo vicioso, porque siempre se volvía a los vicios de antes pero en contextos mucho más agudizados. Por ejemplo, volvieron los asesinatos políticos porque los grupos en el poder habían perdido cohesión y procedieron a despedazarse los unos a los otros. Todo esto en medio de la omnipresencia del narcotráfico, de secuestros generalizados y alta inseguridad en todo el país, con dos guerrillas en activo, una militarización indetenible y la miseria en ascenso.

Pero, claro, cuando se vive en el peligro uno se acostumbra a él, y eso había ocurrido en México, lo que hacía más difícil la contención del devastador proyecto neoliberal, el capitalismo salvaje, un proyecto frío, despiadado, que pretendía exprimir a la población hasta dejarla exánime en beneficio de un reducidísimo grupo de oligarcas de Esta-dos Unidos y México. El gobierno y el sistema en general, por supuesto, cerraban los oídos a toda queja y crítica, y trataban de imponer la idea de que las cosas marchaban bien ya que podíamos estar mil veces peor. Exigía que nadie lo contradijera y que se cumpliesen sus dictados con rapidez, eficiencia y gratitud. Vivía una realidad virtual, ajena a la de los demás, y todos debían conformarse a ella por las buenas o las malas. No importaban minucias como honestidad, honradez, sensibilidad, derechos humanos. Habíamos pasado de la hipocresía al cinismo.

Para la gente joven el panorama no era alentador. La educación universitaria iba cerrándose para la población de bajos recursos, a la que se pretendía programar exclusivamente como técnicos, obreros, empleados y servidores sin posibilidad de ascender a los planos superiores de riqueza. Aun para el que podía estudiar, las posibilidades de empleo no eran muchas y, de obtener trabajo, debía convencerse de que era una suerte celestial tenerlo y que lo principal era conservarlo; es decir, no pedir aumentos ni mejores condiciones. Por supuesto, un grupo reducido de jóvenes de las élites tenía todo a su favor: las escuelas más caras y selectivas, toda la tecnología de moda, viajes al  extranjero y acceso a los altos niveles ejecutivos. Ellos vivían su ghetto, el de la cultura de la riqueza; quién sabe qué ojotadas habían hecho en su reencarnación anterior para merecer semejante karma. Pero de la clase media hacia abajo, el futuro no era muy promisorio y predominaba el espíritu dark.

En cierta forma, las condiciones eran semejantes a las de los años cincuenta y sesenta, sólo que mucho más agudizadas. Como entonces se hacía creer que todo marchaba bien, que "se marchaba por el camino correcto", y el desfase con la realidad propiciaba una profunda insatisfacción en muchos jóvenes, porque el sistema bloqueaba o cancelaba las posibilidades de una verdadera expresión y de la realización de la creatividad y de sus mejores aspectos. Desde principios de los noventa fue observable que, contra todos los pronósticos, los sesenta estaban muy presentes, Jim Morrison fascinaba a nuevos adolescentes, para la fresez estaba la moda retro y la vuelta al órgano en algunos grupos de rock. Entre otras cosas, esto indicaba que las condiciones anímicas eran semejantes, con la notoria diferencia de que, a principios de los noventa, el gobierno se proponía una regresión que nos retro-trajera a las condiciones culturales de los sesenta, con su represión, autoritarismo y censura. Poco a poco se robustecieron los mecanismos de control para limitar lo más posible la libertad de expresión, y se recurrió al mecenazgo para cooptar a buenas cantidades de artistas e intelectuales, pues, como se sabe, Carlos Salinas de Gortari ha sido el más grande cooptador de la historia de México, siempre listo a repartir dinero a todos los que fuesen necesarios con tal de que la gran mayoría siguiera empobreciéndose.

La cultura oficial se había vuelto conservadora, cómplice de la censura, neoelitista y paternalista. En ese contexto, la contracultura ofrecía un respiradero. La opresión avanzaba, pero la voluntad de expresión de muchos jóvenes buscaba salida y la contracultura seguía vigente en México.

 

COMENTARIO

Jasé Agustín nos escribe sobre el presidencialismo domeñado a los Estados Unidos del Norte, en la época de los excesos del PRI, y la reacción de los jóvenes, sobre todo de los estudiante. Excesos que fraguaron golpe a golpe movimientos sociales que culminaron en el movimiento del 68; nos habla del caldero hirviente social como producto de los excesos de gobierno, la influencia de los similares en Francia y el efecto Rock Mexicano, que abanderaron, el TRI SOULS IN MY MIND, LA TINTA BLANCA, EL PEACE AND LOVE, LA TRIBU, BANDIDO, y que con piezas como "agujeros en los bolsillos", "niños de la calle",  "abuso de autoridad", "mariguana", se concientizaba a los jóvenes para bien o para mal. Mientras que Televisa y Raúl Velazco, hacían  hasta lo imposible por minimizar el golpe. Pero como dicen que palo dado ni Dios lo quita, queda el recuerdo del 68 y sobrevive una camada de intelectuales entusiastas, despiertos y decididos a continuar con la idea del cambio, el TRI DE MÉXICO, Elena Poniatowska y algunos Jipíes perenes extraviados en el túnel del tiempo.

El valor para la mercadotecnia es el mercado de la nostalgia y la moda retro.

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