COMPORTAMIENTO PSICOLÓGICO DEL MEXICANO, DESDE LA ÓPTICA DEL MARKETING.

Adolfo Rafael Rodríguez Santoyo
Germán Rodríguez Frías
Eduardo Barrera Arias

PATRONES CULTURALES EN LA VIDA GENITAL Y PROCREATIVA DE LA MUJER, EN PARTICULAR EN MÉXICO 1972

Es obvio que el mexicano no pierde su identidad en la Independencia, muy antes de ella le había sido usurpada. Castas, criollos, mestizos y peninsulares formaban una diversidad de figuras que impedían la adecuada adquisición de una identidad medianamente configurada, inclusive en niveles de identidad sexual.

Durante muchos años pensamos que la Conquista había determinado tanto la adquisición de una identidad como la pérdida de otra. Pérez Martínez en esta línea de ideas expresaba:

El cuerpo de Cortés, caído en sedas y desgracias; Cuauhtémoc vuelto cenizas en la selva forman nuestra epopeya. Ambos fueron hombres de dos mundos que en nosotros se concilian y luchan. Tal es nuestra estirpe, y a tal linaje tal escudo.

Cuando escribíamos esto había una gran dosis de exageración. Suponíamos en forma casi absoluta que el haber perdido una identidad y adquirido otra era en forma total. Las crisis de identidad aún no resueltas desde los inicios de la cultura prehispánica subsisten y prevalecen.

En un relato de Zurita se muestran algunas características que el cuidado de la cría tenía en la cultura azteca:

    Dábanles cuatro años leche y son tan amigas de sus hijos y los crían con     tanto amor que las mujeres por no se tornar a empreñar entretanto que les dan leche se excusan cuanto pueden de ayuntar con sus mandos, e si enviudan o quedan con hijo que le dan leche por ninguna vía se tornan a     casar hasta lo haber criado y si alguna no lo hacía ansí parecía que hacía     gran traición.

La incorporación, introyección y ulterior identificación con la figura materna era particularmente intensa desde el punto de vista cuantitativo. Es por esto que Elizabeth del Río dice:

El pueblo azteca expresó su primer ideal inconsciente, la unidad con la     madre en la figura de una mujer virgen que da a luz al héroe; así establece     un diálogo, acepta sin dificultad el paso de la primera persona, yo a la  segunda persona  Tú (la madre), pero lo que no acepta es la intrusión de un  tercero, el padre.

Para lograr el precario paso de este magno matriarcado al aparente patriarcado que exhibe el pueblo del Sol, fueron necesarias muchas instituciones coercitivas, muchos sistemas educativos, una gran cantidad de maniobras represivas y la alteración en la simbología, el mito y el folklore de las cualidades bondadosas del diálogo yo niño, tú madre.

La misma autora señala: "En la cultura azteca la educación de  los jóvenes tanto dentro de la familia como en las escuelas, se realizó bajo un régimen en el que la represión de los impulsos constituía el funcionamiento estatal" y agregaríamos: "La represión del 68          —como postula Paz— la gran pirámide". Se imponía la necesidad de castigo. Las prohibiciones institucionalizadas contra la  embriaguez. El temor de la cercanía tierna a Toci (la madre de los dioses) era aterrante en virtud de su gran intensidad. Sin embargo, el retorno de lo reprimido aflora en el mito, magia del centro, pluma preñadora en lugar de falo fecundante: era preciso transformar las expresiones formales de la identidad tolteca tierna en muestras expresivas que dieran paso y canalizaran el sadismo; de aquí la guerra florida.

Este exagerado cuidado y prolongada lactancia a la cría posiblemente derivaban de grandes privaciones históricas debidas a la sequía. El origen del culto al agua y de la ansiedad ante la inanición es su consecuencia. Necitli-maguey-mexicas es el nombre y la filiación de este pueblo: en el aguamiel vieron los aztecas la leche materna. También como señala Gutierre Tibón "metl-luna; xi-ombligo; co-lugar. El lugar del ombligo de la luna".
   

La máscara seductora de la madre buena se vuelve persecutoria y mala más que por culpa, por defensa y negación adaptativa. Tanto a través del folklore, la leyenda, el mito y las instituciones educativas se logra y cuaja la figura masculina de los caballeros tigres y caballeros águilas, evitándose así la persistencia en la identificación femenina temprana. Quizá no seamos "el pueblo del Sol" sino como una defensa para no ser "el pueblo de la Luna". Atrás de nuestro aparente exceso de macho no se esconde sino nuestra inmensa hembra, la figura femenina que abre y cierra el calendario azteca: Malinalli y Xóchitl.

¿Estoy de verdad en la guerra?,                   
ahora no soy guerrero                 
mi lucha es con mujer.

Muy posiblemente los signos, los mitos y leyendas de carácter negativo referentes a la maternidad no son sino formaciones reactivas y no al revés, frente al sentimiento oceánico derivado de la relación madre-hijo.

La mujer es progenie, no sexo. La alegradora tiene el vientre echado a perder porque ha dejado de ser un vientre de progenie y lo es de deseo.

La Malinche es objeto de sexualidad, mas no de progenie. Los preceptos obediencia, castidad, ayuno y busca del justo medio lograron con su enorme fuerza coercitiva reprimir a nuestra gran madre.

Del Río nos muestra con mucha claridad cómo la identidad del triángulo familiar con sus respectivos roles:

...está diseñado perfectamente desde el mundo náhuatl: el padre distante     y temido, la madre pródiga y sobre-protectora, la sexualidad prohibida, la     maternidad aplaudida. La regla de la vida que las instituciones educativas     proporcionan, reprime las satisfacciones infantiles tempranas, la embriaguez severamente castigada, la risa y el estruendo subyugados, la templanza enaltecida.

La destrucción de las instituciones educativas prehispánicas a raíz de la conquista hizo que aflorara lo que se había reprimido. El niño insaciable de pecho nutricio careció a partir de entonces de los medios para hacerse un caballero tigre.

La desvalorización de la mujer en la vida azteca es una técnica defensiva para no regresar al matriarcado, todavía muy cercano y muy temido. Muchas reminiscencias de él aún persisten en las instituciones y en los sistemas de gobierno. Paradójicamente quien quizá defendió con más fervor el patriarcado fue Tlacaele, el Cihualcóatl de Izcóatl. La parte femenina de la pareja en el poder.

Tras la máscara del jaguar aún se oculta, persistente y subsistente hasta nuestros días, la venus esteatopigia de Tlatilco.

Los estudios de antropología cultural llevados a cabo por  Margaret Mead, Abraham Kardiner, Ruth Benedict y otros, han  puesto de manifiesto que muchas de las características consideradas como fundamentalmente femeninas, las que clásicamente se  incluían en el carácter femenino, más que vinculadas a determinismos orgánicos se encuentran profunda y hondamente arraigadas a las instituciones culturales que otorgan determinadas pautas,  ideales, metas y papeles atribuidos a la mujer y a sus funciones  dentro de la cultura. Características como: pasividad, ternura,  receptividad, falta de agresividad y temor al peligro, todas ellas  consideradas en la cultura occidental como específicas de la mujer  y derivadas a priori de su condición genética, tienen que ser revaloradas a la luz de la investigación cultural y del cambio social operado en las últimas décadas.

Desde un punto de vista formal, podríamos adscribirle a la  mujer dos tipos fundamentales de expresión de su femineidad: realización femenina de tipo genital y realización femenina de tipo  maternal. Estas dos series de expresiones pueden encontrarse ausentes, asociadas u operando alternativa y antagónicamente. Es frecuente que en las concepciones populares se asocie la realización cabal de una de las funciones con el éxito de la otra. Así se expresa que una realización orgásmica intensa necesariamente debe acompañarse de fecundación; o por el contrario, se asocia la frigidez con la esterilidad e infertilidad. Una afirmación como la anterior está bien lejos de ser exacta y con más frecuencia encontramos que la cultura al realizarse en determinados grupos sociales o pueblos, antagoniza una función con la otra. Margaret Mead estudió la conducta sexual y procreativa en culturas primitivas relativamente simples. La ventaja de la utilización y organización culturales simplificadas es obvia, ya que las variables susceptibles de producir pautas de conducta son menores y, por lo tanto, la complejidad del análisis también es menor.

Los arapesh de Samoa son un pueblo perteneciente al archipiélago polinésico. La forma de educación brindada al niño guarda bastantes diferencias con la existente en la cultura occidental. Los arapesh son una sociedad de gente pobre, suave y trabajadora; cuando la niña llega a los seis o siete años es prometida a su futuro esposo, el cual es ocho años mayor que ella. Desde el momento del compromiso se traslada a casa del prometido, quien trabaja en compañía de su familia para mantenerla. Cuando llega la menstruación se llevan a cabo diversos tipos de ritos de iniciación, los cuales culminan con el ayuno. Durante éste, es el propio novio quien prepara a su prometida una sopa compuesta con distintas hojas de valor ritual; al finalizar el acto el novio le da de comer a su amada, como si se tratara de una criatura que aún no estuviese en condiciones de tomar por sí misma la cuchara. Después de varias cucharadas la novia sigue comiendo sola; tal parece que con ello se simboliza el que haya adquirido suficiente fuerza. A partir de este momento la sociedad los considera marido y mujer. Cuando surge alguna dificultad entre el hombre y la mujer, el primero nunca apela a su condición masculina; se ignora la frase tan común en nuestra cultura de "porque soy el hombre", por el contrario, se expresa: "Yo trabajé el sagú, cultivé el ñamé, maté el canguro e hice tu cuerpo. Yo te hice crecer, ¿por qué no me traes la leña cuando te la pido? Como se ve, el hombre tiene derecho sobre la mujer, porque mediante sus sacrificios y su esfuerzo la nutrió y la hizo crecer. Durante las primeras semanas del embarazo de la mujer el marido está obligado a realizar el coito con más frecuencia, creyéndose que el semen alimenta y hace crecer al feto. En esa cultura las madres suelen ser muy cariñosas con sus hijos y los niños muy bien recibidos en la comunidad; la lactancia es prolongada y la relación entre la madre y el hijo está cargada de afecto. El niño mama cada vez que lo exige, sin existir horario determinado; la lactancia se prolonga hasta los dos o tres años de edad. Cuando el hijo es destetado pasa a ser atendido y cuidado por los hermanos mayores, a los  cuales desde temprano, en particular a las niñas, se les responsabiliza  del cuidado de los menores. Es decir, que desde muy temprana  edad las niñas se identifican con su propia madre, teniendo hacia  sus hermanos actitudes maternales. En la vida samoana los patrones culturales no son particularmente competitivos, se trata de un  pueblo alegre y con pocas aspiraciones. La vida sexual de las niñas  se inicia precozmente. Esta organización cultural, tan brevemente  reseñada, fue estudiada por Margaret Mead con el objeto de disipar algunas aseveraciones que se habían aceptado a priori. Efectivamente, la autora fue a Samoa con la idea de investigar si lo que  denominamos adolescencia un producto de modificaciones glandulares o el resultado de una organización cultural y social. Encontró que las muchachas de Samoa no sufrían la adolescencia tal y  como sucede en nuestra cultura occidental; es decir, que pese a una  modificación glandular presente en dicha edad, la tormenta psicológica denominada adolescencia no existía. Fue así como logró concluir que existían determinadas situaciones vitales que eran el resultado de la cultura donde se vive y no de cambios físicos. Como señalamos en otro trabajo, la autora no pudo descubrir en esta cultura esterilidad, frigidez y tampoco trastornos en la lactancia. Como dato particularmente ilustrativo afirmaremos que entre los arapesh no existe el suicidio.

Una cultura contrastante con la anterior, es la que describió Kardmer en las Islas Marquesas. Se trata de gente fuerte, alta, hermosa, de carácter violento y orgulloso; los hombres son antropófagos y la organización cultural se está extinguiendo. La región es muy rica, pero a consecuencia de sequías intermitentes se sufren épocas alternativas de hambre. Desde el punto de vista demográfico hay dos y media veces más varones que hembras. En una comunidad conviven el jefe de la familia con su mujer y dos o tres maridos secundarios. En comunidades más adineradas, pueden convivir el jefe, su esposa principal, dos esposas más y unos once o doce hombres. Los celos no existen en el sentido occidental de la acepción de la palabra; el jefe trata de tener una esposa hermosa que atraiga hombres a la comunidad. La mujer le sirve al hombre únicamente de objeto sexual, es muy apreciada y muy odiada por la gran dependencia sexual que el varón tiene para con ella. La mujer, para satisfacer al marido principal y a los múltiples maridos secundarios, tiene que renunciar a sus instintos maternales. El periodo máximo de amamantamiento es de cuatro meses, quedando el niño después al cuidado de los maridos segundones. La adopción es muy frecuente y se practica en esta forma: cuando un jefe de familia poderoso tiene interés en adoptar un niño, lo puede pedir a cualquier comunidad doméstica donde haya una mujer embarazada. No satisfacer esta petición es una ofensa que trae aparejadas crueles venganzas entre ambas comunidades. Por todo esto, la madre, aún antes de tener a su hijo ha de renunciar totalmente a él.

En resumen, la mujer en el aspecto sexual se encuentra en una situación de privilegio frente al hombre; desde el punto de vista social en un plano de igualdad casi absoluta; pero privada del goce de la maternidad por perder prácticamente a sus hijos pocos meses después del nacimiento, no puede amarlos ni recibir el cariño de ellos. Las consecuencias de todo lo anterior son: rechazo del embarazo mediante prácticas anticonceptivas, aborto o baja natalidad. La mortalidad entre las embarazadas y parturientas es más alta que la que podría explicarse como consecuencia de la falta de higiene.

La gravidez simulada, pseudociesis, es particularmente frecuente en las Islas Marquesas. En la mitología folklórica hay dos tipos de personajes: los fanuas y las vehinimai. Los primeros son hombres que murieron al servicio de una mujer; si ésta quiere mal a una rival le manda a sus fanauas para que le destruyan el feto en su interior (explicación mágica del por qué la pseudociesis no culmina en embarazo real) o para que la mate en trabajo de parto. Las vehimmai son mujeres salvajes, destruyen y roban fetos y se apropian de los niños pequeños para comérselos.

El hombre sufre de niño en la cultura marquesa iguales privaciones orales que la niña y de adulto tiene una dependencia sexual  tan intensa de la mujer que lo obliga a odiarla. En los cuentos  folklóricos, como señalábamos, aparecen las ogresas, mujeres disfrazadas de jóvenes hermosas que amenazan con comerse al hombre a menos que éste les dé satisfacciones sexuales permanentes.  En las Islas Marquesas la homosexualidad entre los hombres es  habitual pero caracterizada por prácticas de felacio y no por coito  anal; el suicidio es un fenómeno conocido y común.

En Samoa, donde la niña es bien tratada y bien alimentada, el  embarazo es recibido con gusto. En las Marquesas por el predominio de sujetos del sexo masculino, la maternidad es considerada  como algo no deseable y molesta. Es evidente que los resultados  bien pronto se dejarán sentir. En una y otra organización la mujer  responde de acuerdo con las demandas que le hace su propia cultura: fecundidad en un caso y esterilidad en el otro.

Este material antropológico, más otro que no es citado, hace que Mead exprese:

...muchos, si no todos, de los rasgos de personalidad, que llamamos femeninos o masculinos, se hallan tan débilmente unidos al sexo como lo están  la vestimenta, las maneras y la forma de peinados que se asignan a cada sexo, según la sociedad y la época.

Si por un momento tratamos de extrapolar el material antropológico antes señalado a diferentes áreas de la cultura occidental, podríamos decir que el tipo de conducta procreativa y maternal existente entre los arapesh es bastante parecida a la conducta procreativa y maternal que prevaleció en nuestra cultura hasta antes de la Revolución Industrial. La maternidad es bien recibida, las prácticas anticonceptivas poco utilizadas y la lactancia amplia y generosa. Este tipo de conducta procreativa también es la común en nuestro medio actual, tanto en las clases proletarias como en las sociedades de tipo rural. Por el contrario, las pautas presentes en las Marquesas son la caricaturización de lo que observamos en nuestra actual cultura occidental, en particular en las clases media superior y alta y en las zonas urbanas fuertemente industrializadas.

Con mucha frecuencia hemos señalado que en la cultura mexicana, viviéndose como antagónica la satisfacción genital y procreativa, la mujer poco satisfecha y realizada en su conducta genital, compensa vicariamente la falta de seguridad y apoyo que debiera obtener del compañero en una maternidad exuberante y prolífica, dándole al hijo la protección y apoyo que ella no recibe de su compañero. Prueba de ello es el dato expresado en el último censo: cuatro de cada diez madres carecen de compañero. En estas condiciones, en particular en la clase popular, los trastornos procreativos de origen psicógeno son bajos y todo esto ya desde antes de la conquista, como se dijo anteriormente.

Por el contrario, en las clases media alta y alta, sustancialmente transculturadas a formas sociales anglosajonas, la satisfacción en niveles de expresión genital es particularmente óptima y la participación de la mujer en instrumentos de cultura considerados hasta antes de la Revolución Industrial como típicamente masculinos es cada vez mayor. Las limitaciones de la función procreativa mediante medidas anticonceptivas, la interferencia del embarazo y de la procreación en la vida social y cultural de la mujer; la lactancia exigua, el abandono temprano de los hijos ya por el trabajo, ya por la vida social, están transformando la vida procreativa de la mujer en algo precario y limitado que está haciendo de nuestro mundo contemporáneo un universo bastante similar al de las islas Marquesas. Mundo poblado de ogresas, promiscuidad genital en donde las clases adineradas frecuentemente funcionan en forma similar a como lo hace la mujer marquesa, un marido principal y múltiples   segundones.

Cualquier actitud extrema, ya aquella que limita la satisfacción   genital, ya aquella que frustre la satisfacción procreativa, necesaria   e inevitablemente cobijan dentro de sí fuentes de patología que   tarde o temprano se pondrán al descubierto.
En esta muy apretada y condensada síntesis nos ha movido el  intento de hacer ver que el ser humano no tan sólo es un conjunto  de órganos, sino que también es historia y cultura. De la misma  manera que la expresión plástica es manifestación de un proceso  cultural, también el síntoma y la manera de ser son una objetivación  de la cultura en la cual el ser humano se desarrolla, se angustia,  goza y sufre.

Resumiendo, a la mujer se le pueden atribuir dos tipos fundamentales en la expresión de su femineidad, las cuales pueden operar en diversos tipos de combinaciones, a saber:   

a) expresiones en la realización femenina de tipo genital, y   
b) expresiones en la realización femenina de tipo maternal.

Las diferencias culturales producen desigualdad en las mujeres  arapesh de Samoa y en las mujeres de las Islas Marquesas, observándose que la mujer responde de acuerdo con las demandas que le  hace su propia cultura: fecundidad en un caso y esterilidad en el otro.

Esto nos conduce a un hecho de extrema importancia. Madres rechazantes con sus hijos, madres que dan poco amor y calor a los niños, condicionan potencialmente la presencia de mujeres estériles. A veces las cosas no son tan simples porque ocasionalmente una madre puede ocultar a los ojos de los demás y a sus propios ojos el rechazo que tiene frente al hijo, extremando en forma obsesiva los cuidados higiénicos y dietéticos, pero estas atenciones nunca son capaces de suplir el verdadero afecto.

En la mayor parte de las ocasiones la mujer estéril y con trastornos durante el embarazo nos negará haber tenido una madre rechazante y fría cuando la interrogamos directamente. Sin embargo, en la labor analítica nos encontramos en forma sistemática con que la madre de la mujer estéril fue una mujer que por diversas circunstancias la rechazó, le dio poco afecto o condicionó en la niña situaciones emocionales poco propicias para una identificación maternal. En nuestra actual cultura urbana, con incremento creciente de la esterilidad lo que señalamos resulta lógico si pensamos que la vida actual, con sus dificultades económicas, sus problemas y vicisitudes hacen poco deseables a los hijos. Vivimos en una cultura que demanda del ser humano, en este caso la mujer, cualidades y aptitudes cada vez más alejadas de la satisfacción procreativa. Esto trae como consecuencia que la mujer se encuentre ante un dilema muchas veces irresoluble. Optar por su condición maternal, satisfaciendo sus necesidades en esta tarea u optar por renunciar a satisfacciones procreativas por otras gratificaciones de tipo social: trabajo, participación en la cultura o genital. Según las estadísticas de Güemes Troncóse, el 70% de las mujeres son frígidas. Muy frecuentemente el síntoma es el resultado de una transacción ante el problema.

En estas circunstancias, las de familias cortas, en las cuales los problemas de rivalidad se ven agravados por el escaso número de miembros, el nacimiento de un hermano adquiere proporciones traumáticas que no tenían las organizaciones familiares de hace un siglo, en las cuales la niña adoptaba en forma natural un papel maternal a edad temprana, ayudando así a la madre en el cuidado de sus hermanos menores. El nacimiento de un hermano menor tiene hoy en día una significación que no estaba presente en la familia de hace un siglo. Hoy la mujer tiene que distribuir su tiempo entre el trabajo, las actividades sociales y culturales y los hijos. Éstos, los hijos, ya con una dieta insuficiente de afecto y de contacto emocional con su progenitor, tienen que afrontar el nacimiento  de un hermano, sobre una tasa de amor ya escasa. Por eso el nacimiento del hermano adquiere en nuestra cultura proporciones tan  dramáticas. El anterior no es, claro está, siempre el caso. En una  familia judía el nacimiento de un hermano varón después de tres  niñas, adquirirá significación en función de la valoración que la  cultura judía da al varón. En este caso la hermana mayor, la niña,  se verá privada de afecto o sentirá la preferencia de los progenitores al hermano, pero las razones serán diversas.

Consideramos que la esterilidad y los trastornos del embarazo  al igual que la hipertensión, se encuentran presentes con mayor  frecuencia en los estratos sociales altos; también con frecuencia es  mayor en la consulta privada.

Podemos concluir que la frigidez, la esterilidad y los trastornos  del embarazo son el resultado de una relación inadecuada entre la  niña, futura mujer frígida o estéril, y su madre.

Cada mujer vivirá su ciclo sexual, ovulación y menstruación y  sus deseos genitales, así como sus funciones procreativas, de acuerdo a su particular historia personal. Unas se alegrarán al llegar la  menstruación, como índice de haber podido sortear una relación  penosa y peligrosa. Otras, en las que existe un conflicto entre el deseo procreativo y el temor a embarazarse reaccionarán de manera ambivalente: se sentirán, por un lado frustradas en su deseo de concebir y por el otro, liberadas de ese temor. Cosa similar se puede decir acerca de la ovulación, proceso que los analistas estamos acostumbrados a detectar a través de los sueños o cambios de humor de las pacientes. Hay mujeres que en el intermenstruo están angustiadas ante la percepción inconsciente del peligro que significa la ovulación. Este tipo de mujeres con intenso temor al embarazo se muestran habitualmente frígidas y rechazantes en el intermenstruo, a diferencia de la mujer normal. Racionalizan el motivo para rechazar al compañero alegando motivos baladíes: falta de atención personal, disgustos o gestos determinados; la realidad es otra, condicionan el disgusto y el pleito ante el peligro del coito fecundante. Otras mujeres,  por lo contrario, las hiperfecundas, reivindicarán contra cualquier técnica anticonceptiva o ausencia de contacto sexual en el momento fértil valiéndose también de motivos triviales.

COMENTARIO

Es simplemente extraordinario el tratamiento que da el autor al tema de la familia mexicana de principios del siglo pasado, apoyándose en el concepto de la "familia uterina" hace toda una reflexión sobre la historia de la mujer y su roll en la familia y por tanto en la sociedad. De manera magistral desarrolla el tema de paso del deseo sexual "la mujer sexual" a la madre total. Como la mujer mexicana de clase baja y rural, pasa de ser un atractivo sexual a ser abandonada por el padre "procreador" asemejándose más a una historia de Animal Planet, que a la historia reciente del roll de la mujer, Es impresionante también, como narra el hecho de que las instituciones premien y elogien la maternidad pero censuren la sexualidad, permitan que se menosprecie y lacere a la mujer. Esta tendencia ha permeado la costumbre y el diario convivir  incluso en expresiones diarias como "vieja el último".   

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