COMPORTAMIENTO PSICOLÓGICO DEL MEXICANO, DESDE LA ÓPTICA DEL MARKETING.

Adolfo Rafael Rodríguez Santoyo
Germán Rodríguez Frías
Eduardo Barrera Arias

EL  MEXICANO  DE  LA  CIUDAD

El tipo que vamos a presentar es el habitante de la ciudad.  Es claro que su psicología difiere de la del campesino, no sólo por el género de vida que éste lleva, sino porque casi siempre en México pertenece a la raza indígena.  Aun cuando el indio es un parte considerable de la población mexicana, desempeña en la vida actual del país un papel  pasivo.  El grupo activo es el otro, el de los mestizos y blancos que viven en la ciudad.  Es de suponer que el indio ha influido en el alma del otro grupo mexicano, desde luego, porque ha mezclado su sangre en éste.  Pero su influencia social y espiritual se reduce hoy al mero hecho de su presencia.  Es como un coro que asiste silencioso al drama de la vida mexicana. Pero no por ser limitada su intervención deja de ser importante.  El indio es como esas sustancias llamadas catalíticas, que provocan reacciones químicas con sólo estar presentes.  Ninguna cosa mexicana puede sustraerse a este influjo, porque la masa indígena es un ambiente denso que envuelve todo lo que hay dentro del país.  Consideramos, pues, que el indio es el hinterland del mexicano.  Más por ahora no será objeto de esta investigación.

La nota del carácter mexicano que más resalta a primera vista, es la desconfianza.  Tal actitud es previa a todo contacto con los hombres y las cosas.  Se presenta haya o no fundamento para tenerla.  No es una desconfianza de principio, porque el mexicano generalmente carece de principios.  Se trata de una desconfianza irracional que emana de lo más íntimo del ser.  Es casi su sentido primordial de la vida.  Aun cuando los hechos no lo justifiquen, no hay nada en el universo que el mexicano no vea y juzgue a través de su desconfianza.  Es como una forma a priori de su sensibilidad.  El mexicano no desconfía de tal o cual hombre o de tal o cual mujer; desconfía de todos los hombres y de todas las mujeres.  Su desconfianza no se circunscribe al  género humano; se extiende a cuando existe y sucede.  Si es comerciante, no cree en los negocios; si es profesional, no cree en su profesión; si es político, no cree en la política.  El mexicano considera que las ideas no tienen sentido y las llama despectivamente teorías; juzga inútil el conocimiento de los principios científicos. Parece estar muy seguro de su sentido práctico. Pero como hombre de acción es torpe, y al fin no da mucho crédito a la eficacia de los hechos.  No tiene niega religión ni profesa ningún credo social o político.  Es lo menos idealista posible. Niega todo sin razón ninguna, porque él es la negación personificada.

Pero entonces ¿por qué vive el mexicano? Tal vez respondería que no es necesario tener ideas y creencias para vivir... con tal de no pensar.  Y así sucede, en efecto.  La vida mexicana da la impresión, en conjunto, de una actividad irreflexiva, sin plan alguno.  Cada hombre, en México, sólo se interesa por los fines inmediatos.  Trabaja para hoy y mañana, pero nunca para después.  El porvenir es una preocupación que ha abolido de su conciencia.  Nadie es capaz de aventurarse en empresas que sólo ofrecen resultados lejanos.  Por lo tanto, ha suprimido de la vida una de sus dimensiones más importantes: el futuro. Tal ha sido el resultado de la desconfianza mexicana.

En una vida circunscrita al presente, no puede funcionar más que el instinto.  La reflexión inteligente sólo puede intervenir cuando podemos hacer un alto en nuestra actividad.  Es imposible pensar y obrar al mismo tiempo.  El pensamiento supone que somos capaces de esperar, y quien espera está admitiendo el futuro.  Es evidente que una vida sin futuro no puede tener norma.  Así la vida mexicana está a merced de los vientos que soplan, caminando a la deriva.  Los hombres viven a la buena de Dios.  Es natural que, sin disciplina ni organización, la sociedad mexicana sea un caos en el que los individuos gravitan al azar como átomos dispersos.

Este mundo caótico, efecto directo de la desconfianza, recobra sobre ella, dándole una especie de justificación objetiva.  Cuando el individuo se siente flotar en un mundo inestable, en que no está seguro ni de la tierra que pisa, su desconfianza aumenta y lo hace apresurarse por arrebatar al momento presente un rendimiento efectivo.  Así, el horizonte de su vida se estrecha más y su moral se rebaja hasta el grado de que la sociedad, no obstante su apariencia de civilización, semeja una horda primitiva en que los hombres se disputaban alas cosas como fieras hambrientas.

Una nota íntimamente relacionada con la desconfianza es la susceptibilidad.  El desconfiado está siempre temerosos de todo, y vive alerta, presto al a defensiva.  Recela de cualquier gesto, de cualquier movimiento, de cualquier palabra.  Todo lo interpreta como una ofensa.  En esto el mexicano llega a extremos increíbles.  Su percepción es ya francamente anormal.  A causa de la susceptibilidad hipersensible, el mexicano riñe constantemente.  Ya no espera que lo ataquen, sino que él se adelanta a ofender.  A menudo estas reacciones patológicas lo llevan muy lejos, hasta a cometer delitos innecesarios.

Las anomalías psíquicas que acabamos de describir provienen, sin duda, de una inseguridad de sí mismo que el mexicano proyecta hacia fuera sin darse cuenta, convirtiéndola en desconfianza del mundo y de los hombres.  Estas trasposiciones psíquicas son ardides instintivos para proteger al “yo” de sí mismo.  La fase inicial de la serie es un complejo de inferioridad experimentado como desconfianza de sí mismo, que luego el sujeto, para librarse del desagrado que la acompaña, objetiva como desconfianza hacia los seres extraños.

Cuando la psique humana quiere apartar de ella un sentimiento desagradable, recurre siempre a procesos de ilusión, como el que se ha descrito.  Pero en el caso especial que nos ocupa, ese recurso no es de resultados satisfactorios, porque el velo que se tiende sobre la molestia que se quiere evitar no la suprime, sino solamente la hace cambiar de motivación.  El mexicano tiene habitualmente un estado de ánimo que revela un malestar interior, una falta de armonía consigo mismo.  Es susceptible y nervioso; casi siempre está de mal humor y es a menudo iracundo y violento.

La fuerza que el mexicano se atribuye fundándose en su impulsividad, nos parece falsa.  Desde luego, la verdadera energía consiste en gobernar inteligentemente los impulsos y a veces en reprimirlos.  El mexicano es pasional, agresivo y guerrero por debilidad;  es decir, porque carece de una voluntad que controle sus movimientos.  Por otra parte, la energía que despliega en esos actos no está en proporción con su vitalidad, que, por lo común, es débil.  ¿Cómo explicar entonces la violencia de sus actos?  Solamente considerándola resultado de la sobreexcitación que le causa adentro el mismo desequilibrio psíquico.

Nuestro conocimiento de la psicología del mexicano sería incompleto si no comparásemos la idea que tiene de sí mismo con lo que es realmente.  Hace un instante hablábamos de la fuerza que se atribuye el mexicano, lo cual nos hace suponer que tiene una buena idea de su persona.  Sospechamos también que algunos lectores de este ensayo reaccionarán contra nuestras afirmaciones, buscando argumentos para no aceptarlas.  Es que aquí nos hemos atrevido a descubrir ciertas verdades que todo mexicano se esfuerza por mantener ocultas, ya que sobre pone a ellas una imagen de sí mismo que no representa lo que es, sino lo que quisiera ser.  Y, ¿cuál es el deseo más fuerte y más íntimo del mexicano? Quisiera ser un hombre que predomina entre los demás por su valentía y su poder.  La sugestión de esta imagen lo exalta artificialmente, obligándolo a obrar conforme a ella, hasta que llega a creer en la realidad del fantasma que de sí mismo ha creado.

EL BURGUES MEXICANO

En esta última parte de nuestro ensayo nos ocuparemos del grupo más inteligente y cultivado de los mexicanos, que pertenece en su mayor parte a la burguesía del país.  El conjunto de notas que configuran su carácter son reacciones contra un sentimiento de menor valía, el cual, no derivándose ni de una inferioridad económica, ni intelectual, ni social, proviene, sin duda, del mero hecho de ser mexicano.  En el fondo, el mexicano burgués no difiere del mexicano proletario, salvo que, en este último, el sentimiento de menor valía se halla exaltado por la concurrencia de dos factores: la nacionalidad y la posición social.  Parece haber un contraste entre el tono violento y grosero que es permanente en el proletario urbano, y cierta finura del burgués, que se expresa con una cortesía a menudo exagerada.  Pero todo mexicano de las clases cultivadas es susceptible de adquirir, cuando un momento de ira le hace perder el dominio de sí mismo, el tono y el lenguaje del pueblo bajo. ¡Pareces un pelado!, es el reproche que se hace a este hombre iracundo.  El burgués mexicano tiene la misma susceptibilidad patriótica del hombre del pueblo y los mismos prejuicios que éste acerca del carácter nacional.

La diferencia psíquica que separa a la clase elevada de los mexicanos de la clase inferior, radica en que los primeros disimulan de un modo completo sus sentimientos de menor valía, porque el nexo de sus actitudes manifiestas con los móviles inconscientes es tan indirecta y sutil, que su descubrimiento es difícil, en tanto que el <pelado> está exhibiendo con franqueza cínica el mecanismo de su psicología, y son muy sencillas las relaciones que unen en su alma lo inconsciente y lo consciente.  Ya se ha visto que estriban en una oposición.

Es conveniente precisar en este lugar en qué consisten estos sentimientos de íntima deficiencia que irritan la psique del individuo provocando las reacciones que se han descrito.  Son sentimientos que el individuo no tolera en su conciencia, por el desagrado y la depresión que le causan; y justamente por la necesidad de mantenerlos ocultos en lo inconsciente, se manifiestan como sensaciones vagas de malestar, cuyo motivo el individuo mismo no encuentra ni puede definir.  Cuando logran asomarse a la conciencia asumen matices variados.  Enumeremos algunos de ellos: debilidad, desvaloración de sí mismo (menos valía), sentimiento de incapacidad, de deficiencia vital.  El reconocimiento que el individuo da a su  inferioridad se traduce en una falta de fe en sí mismo.

El mexicano burgués posee más dotes y recursos intelectuales que el proletario para consumar de un modo perfecto la obra de simulación que debe ocultarle su sentimiento de inferioridad.  Esto equivale a decir que el “yo” ficticio construido por cada individuo es una obra tan acabada y con tal apariencia de realidad, que es casi imposible distinguirla del “yo” verdadero.

Ocupémonos, desde luego, en definir con qué elementos realiza el mexicano su obra de ficción;  o, en otras palabras, qué reacciones suscita su sentimiento de inferioridad.  La operación consiste, en su forma más simple, en superponer a los que se es la imagen de los que se quisiera ser, y dar este deseo por un hecho.  Unas veces, su deseo se limita a evitar el desprecio o la humillación, y después, en escala ascendente, encontraríamos el deseo de valer tanto como los demás, el de predominar entre ellos, y, por último, la voluntad de poderío.

La empresa de construir la propia imagen conforme a un deseo de superioridad, demanda una atención y un cuidado constante de uno mismo.  Esto convierte a cada mexicano en un introvertido, con lo cual pierde correlativamente su interés como tal.  Considera los hombres y las cosas como espejos, pero sólo toma en cuenta aquellos que le hacen ver la imagen que a él le gusta que reflejen.  Es indispensable que otros hombres crean en esta imagen, para robustecer él su propia fe en ella.  Así que su obra de fantasía se realiza con la complicidad social.  No pretendemos nosotros afirmar que este fenómeno es propiedad exclusiva del mexicano.  Ningún hombre normal, sea cual fuere su nacionalidad, podría vivir sin el auxilio de ficciones parecidas.  Pero una cosa es aceptar pragmáticamente el influjo de una ficción, sabiendo que lo es, y otra cosa es vivirla sin caer en la cuenta de su mentira.  Lo primero es el caso de poseer ideales o arquetipos como estimulantes para superar la resistencia y dificultades de la vida humana, mientras que lo segundo no significa propiamente vivir, sino hacerle una trampa a la vida.  No cabría aplicar a esta actitud ningún calificativo moral, por no derivarse de un propósito consciente y deliberado.  Los recientes descubrimientos de la psicología nos muestran que, no por ser ciego, el inconsciente carece de lógica, aun cuando ésta sea diversa de la racional.  El mexicano ignora que vive una mentira, porque hay fuerzas inconscientes que los han empujado a ello, y tal vez, si se diera cuenta del engaño, dejaría de vivir así.

 

Como el autoengaño consiste en creer que ya se es lo que se quisiera ser, en cuanto el mexicano queda satisfecho de su imagen, abandona el esfuerzo en pro de su mejoramiento efectivo.  Es, pues, un hombre que pasa a través de los años sin experimentar ningún cambio.  El mundo civilizado se transforma, surgen nuevas formas de vida, del arte y del pensamiento, que el mexicano procura imitar a fin de sentirse a igual altura de un hombre europeo; mas en el fondo, el mexicano de hoy es igual al de hace cien años, y su vida trascurre dentro de la ciudad aparentemente modernizada, como la del indio en el campo: en una inmutabilidad egipcia.

Podemos representarnos al mexicano como un hombre que huye de sí mismo para refugiarse en un mundo ficticio.  Pero así no liquida su drama psicológico.  En el subterráneo de su alma, poco accesible a su propia mirada, late la incertidumbre de su posición, y, reconociendo oscuramente la inconsistencia de su personalidad, que puede desvanecerse al menor soplo, se protege, como los erizos, con un revestimiento de espinas.  Nadie puede tocarlo sin herirse.  Tiene una susceptibilidad extraordinaria a la crítica, y la mantienen a raya anticipándose a esgrimir la maledicencia contra el prójimo hasta el aniquilamiento.  Practica la maledicencia con una crueldad de antropófago.  El culto de ego es tan sanguinario como el de los antiguos aztecas; se alimenta de víctimas humanas.  Cada individuo vive encerrado dentro de sí mismo, como una ostra en su concha, en actitud de desconfianza hacia los demás, rezumando malignidad, para que nadie se acerque,  es indiferente a los intereses de la colectividad y su acción es siempre de sentido individualista.

Terminamos estas notas de psicología mexicana preguntándonos si acaso será imposible expulsar al fantasma que se aloja en el mexicano, para ello es indispensable que cada un practique con honradez y valentía el consejo socrático de conócete a ti mismo.  Sabemos hoy que no bastan las facultades naturales de un hombre para adquirir el autoconocimiento, sino que es preciso equiparlo de antemano con las herramientas intelectuales que ha fabricado el psicoanálisis.  Cuando el hombre así preparado descubra lo que es, el resto de la tarea se hará por sí solo.  Los fantasmas son seres nocturnos que se desvanecen con sólo exponerlos a la luz del día.

 

 

 

COMENTARIO

Es impresionante como el autor adentra al lector en la evolución del comportamiento psicológico del mexicano desde el mestizaje hasta bien entrado el siglo pasado, primero apoyándose en la propuesta de Justo Sierra sobre la penetración Española en América y la conquista de la fe, para después apoyarse en Alfonso Reyes en su famoso símil de "el choque de la jarra y el caldero" que reafirma la conquista espiritual que transformó radicalmente al nativo mexicano.

La excelente descripción que hace del "Pelado", que a decir de él es un sujeto que lleva su alma al descubierto, que aparenta ser muy fuerte y valiente, en veces brabucón y en todo momento enamorado, pero al descubierto resulta que ni es fuerte ni es del todo valiente una vez decidida la pelea "le saca" y resulta igual para el amor.

Es pues una gran aportación, que no puede dejar de deleitar a quienes nos apasionamos con el tema.

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