COMPORTAMIENTO PSICOLÓGICO DEL MEXICANO, DESDE LA ÓPTICA DEL MARKETING.

Adolfo Rafael Rodríguez Santoyo
Germán Rodríguez Frías
Eduardo Barrera Arias

CONTRA    CULTURA     EN     MEXICO

 José Agustín

1. Burbujeando bajo la superficie

 

En la segunda mitad de los años cincuenta, el régimen mexicano se consolidó del todo y la revolución "se institucionalizó". Las asonadas habían quedado atrás, pero también las conquistas sociales; en los años cuarenta se abatió la reforma agraria, se domesticó a los obreros y se desmanteló la educación "socialista". El país entró en un proceso de industrialización y "modernización" en el que la influencia de Estados Unidos creció aceleradamente. A cambio de un sistema antidemocrático y cada vez más corrupto, de que el presidente fuera monarca absoluto durante seis años, y de que una desigual distribución de la riqueza motivara protestas y manifestaciones populares, reprimidas sistemáticamente, había relativa tranquilidad, y el llamado "desarrollo estabilizador" logró casi quince años de alto crecimiento económico y de paridad sin cambios. Se habló, incluso, de un "milagro mexicano". Si éste existió, las grandes mayorías lo vieron pasar como un extraño fenómeno sideral, pero la clase media creció en las grandes ciudades.

Además, el paso del México tradicional, atávico, al país moderno que prometía el régimen no era fácil. Aunque el contexto ya no era exactamente el mismo, gran parte de la sociedad continuaba con los viejos prejuicios y se complacía en los convencionalismos, en el moralismo fariseico, en el enérgico ejercicio de machismo, sexismo, racismo y clasismo, y en el predominio de un autoritarismo paternalista que apestaba por doquier. Los chismes y el qué-dirán daban a la hipocresía el rango de gran máscara nacional. Los modos de vida se rigidizaban y se perdía la profundidad de antes. No es de extrañar entonces que muchos jóvenes de clase media no se sintieran a gusto. Por una parte crecían en ambientes urbanos, no pasaban demasiadas estrecheces y oían hablar de progreso y oportunidades; en México todo estaba perfecto, se les decía, aquí la Virgen María dijo que estaría mucho mejor. Por otra parte, las costumbres eran excesivamente rígidas, las formas de vida en la familia y la escuela resultaban camisas de fuerza; el deporte y las diversiones no bastaban para canalizar la enorme energía propia de esa edad, pues también habían salido de los viejos y ya inoperantes moldes.

A muchos no les satisfacía un paisaje social en el que había que guardar las formas, pues los valores religiosos y civiles sólo operaban en la teoría: mediante sobreentendidos y leyes no escritas, en la práctica se profesaba el culto al dinero, al estatus y al poder en medio de una alarmante indigencia interior, lo que generaba la emergencia de los aspectos más negativos de la gente, en especial de muchos de quienes ocupaban sitios de autoridad. Neurosis, cáncer y úlceras eran los terrores de la época. Los grandes cultos religiosos, como el católico, ya no cumplían bien su función de preservar la salud síquica de las comunidades, además de que el furor anticomunista de la época vitaminó una intolerancia que se intensificó a principios de los sesenta, después de la represión a los maestros y ferrocarrileros, y de la aparición de los rebeldes sin causa y de la revolución cubana. La represión a jóvenes e inconformes se volvió cosa de todos los días.

Ante este contexto, que difícilmente se advertía en la superficie, tenían que aparecer vías que expresaran la profunda insatisfacción ante esa atmósfera anímica cada vez más contaminada, que encontraran nuevos mitos de convergencia o, en el caso de los jóvenes, que descargasen la energía acumulada y representaran nuevas señas de identidad. La contracultura cumpliría esas funciones de una manera relativamente sencilla y natural, ya que, por supuesto, se trata de manifestaciones culturales que en su esencia rechazan, trascienden, se oponen o se marginan de la cultura dominante, del "sistema". También  se les llama cultura alternativa, o de resistencia. ¿Tuvieron sus  precursores? Ah sí, claro que sí, de hecho no habría habido contracultura si éstos no hubieran venido manifestándose silenciosamente desde  la aparición de los pachucos en los años cuarenta.  Pachucos  Desde siempre, los jóvenes de ascendencia mexicana en Estados  Unidos han vivido contextos de severa explotación, marginación y  discriminación. Desde los años cuarenta, y especialmente después de  ser utilizados como carne de cañón en la segunda guerra mundial,  manifestaron su identidad marginal de muchas maneras. En el país  más rico del mundo, que ostentaba su poderío y su "destino manifiesto", el mexicano-estadunidense, salvo pocos casos, era sirviente o  peón de la más baja categoría, y tema que soportar el desprecio del  gringo o pasarla muy mal si se rebelaba. Los jóvenes, para bardearse  de la hostilidad circundante, formaron pandillas y establecieron al  barrio como su patria y a las calles como su territorio natural. Se  peleaban y se emborrachaban, cometían atracos y todo el tiempo teman  que torear a la policía y los blancos más racistas.

A estos jóvenes se les empezó a conocer como pachucos. Un mito  de origen señala que en un principio existió un muchacho muy bravo  apodado el Pachuco porque había nacido en Pachuca, aunque desde los dos años de edad sus padres lo llevaron a Los Ángeles. Este chavo pronto y sin demasiados esfuerzos lidereó una pandilla de rufianes que hizo mucho ruido por revoltosa y temeraria, pero también por los lucidores trajes con que iba a las fiestas. Dado que muchos negros vivían condiciones relativamente semejantes, no es de extrañar que estos jóvenes adoptaran la forma de vestir de los jazzistas negros más macizos, los locos del bebop, que se ponían holgados trajes resplandecientes, elegantes, de pantalones de pliegues en la cintura y valencianas estrechas como tubo; sus sacos eran largos, de amplias solapas cruzadas y grandes hombreras; usaban corbatas anchas como banda presidencial y bogartianos sombreros de fieltro. El zoot suit, como llamaban a estos tacuches, se volvió también, por méritos propios, el Traje del Pachuco, y causó sensación pues era diferente, llamativo y provocativo: fue una de las primeras muestras de la estética de la antiestética que después sería común en todos los movimientos contraculturales.

A esta pandilla de jóvenes se le conoció como los Pachucos y, con el paso del tiempo, a todo joven que usaba zoot suit también se le llamó así, aunque el único y verdadero Pachuco para esas alturas había ido a dar a la cárcel, donde fue acuchillado. Usar este traje no era una moda, sino una seña de identidad de jóvenes oprimidos e insatisfechos que no eran ni mexicanos ni estadunidenses, sino el laboratorio de un mestizaje cultural. Los pachucos no sólo se afirmaban a sí mismos sino que también, sin saberlo, estaban creando las condiciones para que surgiera lo que después, en los años sesenta, fue el movimiento chicano, que luchó por sus derechos, se expresó a través de las artes y los medios, y forjó una auténtica identidad cultural. Por supuesto, los chicanos nunca dejaron de reconocer orgullosamente a los pachucos como sus antecesores, tal como lo mostró Luis Valdez en su célebre film Zoot suit.

El pachuco también acuñó su propio lenguaje: un espanglés de  pochismos puros y caló del sur que lo distinguió en el acto. Joven al  fin, se entusiasmó e hizo suyos algunos de los grandes ritmos musicales de la época: el danzón, lleno de curvas peligrosas, la rumba y el  mambo, porque se hallaba profundamente conectado con sus raíces México-Latinoamericanas. Pero también fue experto del swing y el  boogie, ya que, lo quisiera o no, la cultura en que vivía se le había  metido hasta lo más hondo. Con sus trajes relampagueantes se entregaba al baile porque así lograba una auténtica liberación emocional  que también abría la puerta a los siempre fascinantes y peligrosos  placeres dionisiacos del lado oscuro de la luna.

El de los pachucos fue un fenómeno contracultural en varios aspectos: lo protagonizó gente joven y propuso un atuendo, caló, música y  baile que lo identificaba. Repudió al sistema porque éste a su vez lo  rechazaba, pero el nivel de conciencia de la rebelión era casi nulo y  con gusto los pachucos se habrían integrado al sistema de haber  podido. Éste, sin embargo, se cerró para ellos y los reprimió lo más   que pudo. Se trató de una rebelión instintiva, visceral, primitiva, que   llamó la atención porque era auténtica, vistosa y provocativa, aunque,   claro, encontró grandes incomprensiones.

Octavio Paz, por ejemplo, vio a los pachucos desde fuera, con   desdén de aristócrata y mentalidad de maestro lasallista. Los consideró un extremo, clowns impasibles y siniestros, pasivos y desdeñosos,   sadomasoquistas que pretendían aterrorizar y que en realidad sólo   mostraban vocación de víctimas, para llamar la atención, o de delincuentes, para ser "héroes malditos". No contento con esta andanada  de derechazos, don Octavito descalificó al pachuco como un ser inútil  que no reivindicaba ni la raza ni la nacionalidad de sus antepasados,  y cuya rebeldía era un "gesto suicida, pues el 'pachuco' no afirma  nada, no defiende nada, excepto su exasperada voluntad de no-ser";  es "una llaga que se muestra, una herida que se exhibe y que es adorno  bárbaro, caprichoso y grotesco".

En realidad, los pachucos no tenían nada de suicidas; al contrario,  estaban llenos de vida y querían expresarse; se defendían a sí mismos  pero también defendían la libertad de ser. No tanto como los chicanos, pero ellos también, conscientemente o no, tenían muy presente su  país de origen. En efecto, eran una herida que se exhibía, pero Paz  condenó la llaga y no el cuerpo enfermo en que había brotado. A fin  de cuentas redujo un complejo fenómeno cultural a museo de horrores,  y lo utilizó para tejer metáforas y ejercitar el estilo. Incluso salió  con que hasta el Afamado Traje de Pachuco era un "homenaje a la  sociedad que pretende negar".

En todo caso, estos elegantes y sinuosos maestros se extendieron a  las zonas fronterizas mexicanas, donde se reprodujeron con naturalidad, pues muchos jóvenes de las chulas fronteras se apantallaron con  los destellos refulgentes de los trajes de los pachucos y pensaron que  el modelito estaba perfecto para ir a bailar. En la ciudad de México hubo algo parecido, pero no eran pandillas de jóvenes sino gente, no por fuerza joven, que se entusiasmó con el tacuche de grandes hombreras y que raspaba suela en el Salón México; primero se les conoció como tarzanes, pero a fines de los cuarenta se hablaba ya de los pachucos, especialmente cuando, en la bisagra de las décadas, los popularizó Tin Tan, alias Germán Valdés, a quien no le costó trabajo hacerlo porque era un auténtico pachuco de la frontera. Con el director Gilberto Martínez Solares y una runfla de cuates como el camal Marcelo, Vitola, el enano Tuntún y Borolas, Tin Tan dejó películas memorables como El rey del barrio. El sultán descalzo o Calabacitas tiernas. Sin embargo, en México más bien se vio de lejos a los pachucos y los que hubo ni remotamente constituyeron un fenómeno contracultural como el del sur de California.

 

 

EXISTENCIALISTAS

Después de la segunda guerra mundial, Jean-Paul Sartre y Albert Camus obtuvieron gran popularidad con sus tesis filosóficas conocidas como existencialismo. Éstas se hallaban expuestas en sus libros teóricos (El ser y la nada, de Sartre; El hombre rebelde y El mito de Sísifo, de Camus, para sólo mencionar tres obras medulares) pero también en novelas, cuentos y obras teatrales (El muro. La náusea. Puerta cerrada, de Sartre; El extranjero. La caída, de Camus), que generaron una  fuerte excitación entre varios jóvenes franceses. El existencialismo se  hallaba sintonizado con ideas de Martín Heidegger, Kari Jaspers,  Sóren Kierkegaard y Federico Nietzsche, entre otros, y era una corriente pesimista, desencantada ("El hombre es una pasión inútil",  decía Sartre), pero humanista e incluso con algunos tintes románticos;  en todo caso expresaba la atmósfera desoladora que pendía en Europa  después de nazis, fascistas y bomba nuclear.

El existencialismo influyó enormemente porque fue una de las  primeras manifestaciones de un espíritu de los tiempos, o un estado  de ánimo colectivo, de desencanto paulatino que después abarcó casi  todo el mundo, pero en los años cincuenta los primeros en manifestarlo  fueron algunos jóvenes franceses, entusiastas de la obra de Sartre y  Camus, que empezaron a llamar la atención porque se vestían de  negro; se dejaban la barba y bigote. Eran jóvenes sensibles, insatisfechos, y la rolaban por los cafés y bares de Saint Germain des Prés,  donde se podía encontrar a Sartre con Simone de Beauvoir; estos  jóvenes erigieron a Juliette Greco como imagen de su alma y alentaron   una imagen de desinhibidos y pervertidores intelectuales que con   gusto le entraban al alcohol y al hashish. Estos tataranietos de los   poetas malditos se dejaron ver bien en algunas películas de la Nueva Ola francesa de fines de los cincuenta: el ambiente, por ejemplo, en Los primos, de Claude Chabrol, y el espíritu, radiante, en las personalidades de Michel Poiccard y Patricia en Sm aliento, de Jean-Luc Godard. Hacia fines de los cincuenta el existencialismo se había dado a conocer en gran parte del mundo y los libros de narrativa de Sartre  y de Camus se pusieron de moda internacionalmente. Por supuesto,  para apreciar el cuerpo de ideas que sustentaba al existencialismo se  requería un entrenamiento en lecturas filosóficas, pero la narrativa era  más accesible, oscura y sumamente inquietante.

En México, a principios de los años cincuenta, aparecieron los que  Oswaido Díaz Ruanova llamó "existencialistas mexicanos": Emilio  Uranga, Jorge Portilla, Joaquín Sánchez Macgrégor, Antonio Gómez  Robledo, Leopoldo Zea, Manuel Cabrera (quien era cuate de Heidegger), Luis Villero y otros alumnos de José Gaos. Algunos de ellos  formaron el grupo Hiperión y escribieron estudios sobre el ser del  mexicano desde un punto de vista sartreano-heideggereano-kierke-gaardeano-husserleano-camusino. Por cierto, entre los existencialistas  mexicanos, Díaz Ruanova incluyó a José Revueltas, quien, a pesar de  que siempre profesó la doctrina marxista, en su literatura muchas veces  se vio como auténtico existencialista. Estos maestros dieron vida al  existencialismo en México desde el lado de la alta cultura.

Por el de la contracultura, a principios de los sesenta, cuando los  doctores hiperiones (no son híper ni son iones) ya no se interesaban  por el existencialismo, o no tanto, en México se empezaron a ver  algunos chavos de clase media urbana con cara de genios incomprendidos que leían a Sartre, Camus, Lagerkvist, a los poetas beats y a  Hesse; vestían suéteres negros de cuello de tortuga y asistían a los cafés  "existencialistas". De pronto, éstos habían brotado en la ciudad de México a principios de los años sesenta y tenían nombres ad hoc como El Gato Rojo, La Rana Sabia, Punto de Fuga, El Gatolote, El Coyote Flaco, Acuario; en ellos se bebía café, se oía jazz y a veces se leían poemas. Estos jóvenes en realidad eran un híbrido de existencialistas y beatniks, pero en México se les conoció como "existencialistas", supongo que porque así les decían a los cafés y porque a cualquier joven "raro" también se le decía así.

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