ENSAYOS SOBRE LA HISTORIA, LA FILOSOFÍA Y LA SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Carmina García de León

CAPITULO V
1. La verdad y los valores sospechosos: visión y mentalidad colonial


El discurso oficial de la Iglesia Católica sobre las relaciones sentimentales y los comportamientos sexuales, proclamado como el único orden sentimental que debe regir, la única forma verdadera y universal que vale para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, católicos o no católicos, no importando los antecedentes de su cultura sentimental, sin tolerancia de ningún otro, fue trasladado de España a la Nueva España.
Esta visión del mundo, esta forma de pensar, de sentir, estas costumbres, hábitos, esta educación impuesta sobre las almas y los cuerpos recién descubiertos era la visión católica del mundo, cerrada, intolerante y dogmática, que imponía la obediencia ciega a su “verdad” y a sus “valores”.
En España la educación era dogmática, señala Sara Sefhovich, de modo que mientras el  Renacimiento abría las mentes europeas, la Corona española y la Iglesia Católica se aferraban a modos de pensamiento, en que sus verdades teológicas eran irrefutables, de manera absoluta y definitiva. En el momento que Europa se abre a la crítica filosófica, científica y política, que prepara un Nuevo Mundo, España se cierra y encierra a sus mejores espíritus en las jaulas conceptuales de la escolástica.
        En el siglo XVII se da la decadencia de España, en el momento del despertar de la modernidad en otros países.   Las ideas bullían y se apelaba a la razón.   Se escuchaban propuestas para limitar el poder de los monarcas, se habla de la soberanía del pueblo y de los derechos de las personas.   Pero el país que había sido la gran potencia colonial, era en ese momento el imperio anacrónico de Europa.
         En el siglo de Galileo y Newton, de Descartes y Kepler, el Santo Oficio de la Inquisición sólo veía herejías por doquier y castigaba a quienes se atrevían a asomarse por alguna rendija a los nuevos pensamientos. La mentalidad seguía siendo cerrada y saturada de religiosidad, intransigente e intolerante en materia de opiniones y creencias.
        Para el siglo XVIII, la razón, el pensamiento se iluminaba, se liberaba, convirtiéndose en el Siglo de las Luces. En Francia surgen los llamados filósofos libre pensadores, los enciclopedistas que pretendían resumir todo el saber de la época, abogando por la tolerancia y la no intervención de la Iglesia en cuestiones de ciencia.
        Pero a la Nueva España los conocimientos siguen llegando con muchas restricciones y se hace todo por impedir que entre algo de ese fermento. De todos modos la luz que se coló dio lugar a que en estas tierras surgiera una corriente de estudiosos que produjo tratados sobre geografía, botánica y matemáticas, historia y literatura.
En el último cuarto del siglo XVIII, en la Nueva España, nuevas ideas empiezan a conocerse, gracias a los libros que a pesar de prohibiciones y castigos circulaban profusamente. Se lee a los franceses que escribían sobre la soberanía del pueblo, la limitación del poder real y los derechos del hombre.
De Montesquie, Voltaire, Diderot y Rousseau a la Revolución Francesa;  de los avances de la física a la Revolución Industrial; de la crítica de las ideas religiosas al Enciclopedismo; de la independencia de Norte América a la Declaración de los derechos del Hombre; hay un movimiento intenso y fecundo que recorre el siglo.
Fueron momentos de reflexión y búsqueda, se abrieron los causes, las dudas y los deseos de darle primacía a la razón sobre las “verdades teológicas impuestas”. Se empieza a pensar en liberarse de las trabas mentales que imponía el modo de pensar rígido, ortodoxo y viejo de la escolástica y en acercarse a los razonamientos filosóficos y a los avances científicos.
Inicia el siglo XIX, las nuevas ideas y los descubrimientos científicos abren una época para la mente humana, al introducir la perspectiva de que la historia ha de llevar a un constante mejoramiento de la vida. Las colonias logran su independencia, en las nuevas naciones se discute y se pelea por los sistemas monárquicos o republicanos, centralistas o federalistas, liberales o conservadores. México apenas independizado de España se debate en el más largo y difícil de los nacimientos.
Se había adquirido la soberanía política pero todavía no se había modificado la mentalidad colonial, había elementos de continuidad que permeaban la vida cotidiana. Los hábitos, los valores rígidos impuestos por las tradiciones y las enseñanzas de la Iglesia Católica, van más allá de los cambios políticos; vinculan a la Colonia con el estado nacional, en la manera que se piensa, se vive, se come, así como también en el mundo de las relaciones sentimentales que se  recrean en el ámbito de lo privado.  Hay cambio en el orden político y económico de la naciente nación mexicana, pero el orden sentimental aún no empezaba a cambiar.  

 
1.1. ¿Acaso las leyes “divinas”, “naturales”, humanas, las normas, las constituciones expresan los sentimientos de toda la nación?


Si bien durante la guerra y consumación de la independencia en México por medio de proyectos de Constitución,  decretos,  artículos, congresos constituyentes, se hacían proclamas por la independencia,  la libertad y  soberanía política de México, no se pronuncian por la libertad y soberanía de los pensamientos y sentimientos personales, sometidos por el dogma y la intolerancia.
En los diversos documentos, en las constituciones de las primeras décadas del México independiente así como en los puntos dados por Morelos para la Constitución, el 14 de septiembre de 1813, en el documento que se conoce como los “Sentimientos de la Nación”, si bien enuncia importantísimos artículos sobre la independencia, la abolición de la esclavitud y la tortura, en otros apartados se muestra un aspecto de continuidad con el rígido, dogmático e intolerante pensamiento católico.

  1. Que la América es libre e independiente de España y de toda otra Nación; Gobierno o Monarquía, y que así se sancione, dando al mundo las razones.
  2.  Que la Religión Católica sea la única, sin tolerancia de otra.
  3. Que el dogma sea sostenido por la jerarquía de la Iglesia, que son el Papa, los Obispos y los Curas, porque se debe arrancar toda planta que Dios no plantó: ominis plantatis quiam non platabit Pater Meus Celestis Cradicabitur.   Mat. Cap. XV

Recordemos que el dogma es una enseñanza que debe ser aprendida de memoria, que no admite ni tolera cuestionamientos, y se le considera verdad indiscutible.   Muchos pensadores avanzados como Giordano Bruno, Miguel Servet, y otros más pagaron con sus vidas el atrevimiento de cuestionar los dogmas; otros como Galileo Galilei sufrieron persecuciones.
Así también, estando Agustín de Iturbide en el poder, por Decreto del 24 de febrero de 1822, se instala el Congreso y se señalan las bases constitucionales y las autoridades que deberían de ejercer los poderes; se declara que la religión católica romana sería la única permitida y que la forma de gobierno consistiría en la monarquía moderada constitucional.
Posteriormente a raíz de la caída de Agustín de Iturbide, el Congreso constituyente por decreto del 31 de enero de 1824, proclama el Acta Constitutiva de la Federación, cuyos postulados se plasmarían concretamente en la primera constitución de la república.
Así el 4 de octubre de 1824, en “nombre de Dios Todopoderoso, autor y supremo legislador de la sociedad”, el Constituyente decretó una Carta Federal, compuesta por siete títulos y 171 artículos, de los cuales destacan:

  1. La nación mexicana es para siempre independiente del gobierno español y de cualquier otra potencia.
  2. Su territorio comprende el que fue el virreinato llamado antes Nueva España.
  3. La religión de la nación mexicana es y será perpetuamente, la católica apostólica, romana. La nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra.

El inicio de un cambio de mentalidad, de forma de pensar, de sentir, en algunos aspectos empezaría a gestarse con las generaciones precursoras de la Reforma, como José Ma. Luis Mora y Valentín Gómez Farías, seguido por la segunda generación de liberales políticos e intelectuales, como Melchor Ocampo, que sería uno de los principales impulsores del proyecto de Reforma, junto con Benito Juárez y Lerdo de Tejada.
El plan liberal tenía como objetivos fundamentales:
1.        La separación del Estado y de la Iglesia
2.        Ruptura del monopolio económico de la Iglesia
3.        Extinción de los privilegios del clero y del ejército
4.        Ruptura del monopolio de la educación del clero

  1. Enseñanza gratuita y obligatoria
  2. Fundación de escuelas en todos los poblados
  3. Reforma de los programas de enseñanza.
  4. Libertad de cultos.
  5. Libertad de pensamiento y de expresión, para acabar con la censura eclesiástica.

      Sin embargo a  la censura eclesiástica,  se le agregó también la censura  civil, con respecto a  la expresión de ciertas formas de relacionarse sentimentalmente y a ciertos aspectos de las relaciones matrimoniales ya que en el Código Civil  promulgado en 1870, como lo señala la historiadora Sara Sefhovich, los liberales no se atrevieron a contradecir las imposiciones de la Iglesia. Así que en algunos   puntos fundamentales de la Ley del Matrimonio Civil, se copió a la letra parte del discurso oficial de la Iglesia Católica,  en el cual el matrimonio era un acto público, ante testigos, por medio de un contrato, que se registraba en un acta por escrito, en los libros correspondientes quedando como testimonio perpetuo e irrevocable, se asentaba que el vínculo matrimonial no se disolvía por medio del divorcio, solamente se suspendían algunas de las obligaciones civiles.   Lo que resultaba era más bien separación de cuerpos, y se asentaba claramente que ninguno de los cónyuges podía volver a casarse  mientras el otro estuviera vivo, por lo que ambos cónyuges estaban impedidos socialmente  para volver a relacionarse sentimentalmente.
Así también la unión libre, la cohabitación de un hombre y una mujer sin casarse, sin estar bajo control del Estado, antes, de la Iglesia, también seguiría  considerándose  ilícita, inmoral, como lo expresa el artículo 15 de la Ley del Matrimonio Civil: “El matrimonio es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo…” Esto significaba   que se sumaba la censura civil a la religiosa, con respecto a la libre expresión  de esta forma de relación sentimental.
Aunque si hubo planteamientos muy importantes por los liberales más radicales, una vez iniciada la reforma educativa, al querer propiciar  el fomento de la ilustración para ambos sexos: hombres y mujeres, pues este era un principio del liberalismo: “la idea de generar igualdad de oportunidades para que destacara el individuo más capaz, conlleva el de la libertad de aprender”.  La educación era también un camino para ingresar a las mujeres a la nación, al país civil y laico de la Reforma, frente a la importante influencia que en ellas había tenido la Iglesia Católica. Esta propuesta recibió fuertes críticas entre los conservadores, como era de esperarse, pero también entre los liberales moderados, como Ignacio Ramírez que en 1860, argumentaba que estaba a favor de que la mujer tuviera una educación similar al hombre, pero para que fungiera más eficientemente en las labores de maternidad, como preceptora de los hijos, “no nos ocuparemos de la mujer como ha existido en los siglos pasados, máquinas para hacer hijos, vestidos y comida; o como un positivo mueble de lujo para los ricos; o el primero de los animales domésticos para los pobres.   Pero tampoco la consideramos en el porvenir que desean los reformadores más radicales y audaces: igual al hombre en las cátedras, en la tribuna y a caso en los mismos campos de batalla.  Nos fijaremos en la mujer tal cual hoy alumbra nuestro hogar, brilla en los festines y en los bailes, desciende del altar para formar una nueva familia como se encuentra terminantemente clasificada por las “leyes divinas y humanas”.
Tanto en la época de la Reforma, como a finales del siglo XIX, ya en la época porfiriana, oponerse a las leyes naturales, divinas o humanas, de la Iglesia o el Estado, se le consideraba una rebelión,  como podía leerse en la revista “El hijo del Trabajo” en un artículo titulado “La misión de la Mujer”.
“…Existe una rebelión abierta contra todas las leyes naturales, en algunas mujeres, ¡pocas felizmente! Parecen atacadas de una especie de enfermedad que podría llamarse el vértigo de la libertad, ellas en lugar de limitarse a la justa ambición de igualarse al hombre en la ilustración y talento, quieren atribuirse otros derechos, reservados al sexo fuerte.  ¡Ay!  Deberían acordarse de que existe para la mujer una más noble tarea que la de afanarse para conseguir la libertad de votar y sentarse entre los legisladores para gobernar una nación, cuando tienen que gobernar su casa.   En lugar de reclamar unos derechos cuyo uso sería para algunas de nosotras pernicioso, para otras imposible, y para la mayor parte ridículo, deberían acordarse de vuestra misión de madre, cuando Dios creó a la primera fémina del género humano…”
Modificar la mentalidad, la forma de pensar, las costumbres, los hábitos sentimentales, la visión del mundo y por tanto la educación, ha sido un largo y lento camino.   Alejarse de las tradiciones, de los valores, de las enseñanzas heredadas de la Colonia tanto en México como en otros países de América Latina,  se ha dado con pequeños pasos, con algunos saltos, y otras veces con estancamientos o con fuertes intentos de retrocesos, como nos da cuenta Ana María Portugal, sobre lo sucedido en Lima Perú, de donde es originaria.   En su artículo  “Educación para la culpa: formación y deformación”, hace una narración de lo acontecido en 1958, cuando al subir al poder un partido de derecha muy conservador, se produjo el primer intento nostálgico por retornar a las antiguas normas, tradiciones, costumbres y valores de la Colonia.
Este hecho se manifestó  cuando un grupo de damas limeñas de las fuerzas vivas conservadoras, saco de los viejos arcones de la familia las sayas y mantos, que era vestimenta que se usó en la época colonial, para ponérselos durante las festividades de Santa Rosa de Lima.   Suspirando por retornar a los valores de antaño, cuando las mujeres eran púdicas y recatadas.   Se quería revivir los consejos de Luis Vives: “lo ideal para las mujeres es salir lo menos posible a la calle, pero si habría que hacerlo llevando una vestimenta discreta y poco llamativa, descubriendo apenas un ojo para poder ver el camino”.  Esta vestimenta de influencia islámica, constaba de un sayo y un manto que cubría por completo el rostro y sólo permitía una abertura a la altura de los ojos.   Esta reminiscencia islámica se usó en el siglo XVII en Lima, dando origen a “la velada”, a “la tapada”.   Pero afortunadamente las mujeres obedeciendo, pero no cumpliendo, haciendo del dicho al hecho algo muy estrecho, veladamente, silenciosamente, secretamente, con el método de transgresión posible, pusieron resistencia, convirtiendo esta vestimenta en moda.   En la que sin faltar, sin desobedecer a la normatividad impuesta por la Iglesia, vestidas completamente, apenas con una rendija de luz en los ojos iban veladas, pero eso si bien entalladas, al punto que se estrecharon tanto la falda que fueron objeto de críticas, ya que muchas tapadas iban prácticamente enfundadas, mostrando nada “púdicamente sus formas”.   Pero además no sólo eso, sino que muchas aprovecharon la posibilidad de salir de incógnitas, por lo que comenzaron a tejerse historias alrededor de las aventuras de las tapadas, como iban ocultas, veladas, podían esconderse con facilidad, acudiendo a una clandestina cita amorosa, ya que no se podía saber bien de quien se trataba.   Por lo que la saya y el manto resultaron contraproducentes para los púdicos propósitos de la Iglesia, por lo que se dio la orden de que se prohibiera el uso de esa vestimenta.
Pero la propuesta de los conservadores como nos cuenta María Portugal, no sólo era regresar a la “vestimenta púdica y decente”, sino a las costumbres, tradiciones, valores y hábitos sentimentales, por lo que suspirando con nostalgia, el periódico conservador “El Comercio”, publicaría en su página principal:
“La Colonia fue un edén, salvemos lo que de ella nos queda, reverenciemos lo que desapareció por nuestra culpa.   Conservémosla, como tal, copiando los modelos de antaño”.

Finalmente que mejor para cerrar este  ensayo, que unas sabias palabras de Miguel de Cervantes de Saavedra:
“A mucho obligan las leyes de la obediencia forzosa; pero a mucho más las fuerzas del gusto”.

Recordemos que la educación  institucional, basada en la ideología del poder colonial, expresada en su discurso oficial, en que por medio de leyes, normas y reglamentaciones, imponía un determinado orden sentimental, no estaba pensada para el gozo, bienestar y felicidad de las personas. Al contrario, abiertamente la obstaculizaba ya que su función era inculcar un ideal educativo que favoreciera los intereses y proyectos políticos y económicos de la Iglesia y la Corona. Por lo que cuando el conde Cabarrús publicó: “LAS CARTAS SOBRE LOS OBSTÁCULOS QUE LAS LEYES NATURALES, DIVINAS, HUMANAS Y COSTUMBRES PÚBLICAS OPONEN A LA FELICIDAD“, su obra fue prohibida en España por el edicto del 10 de octubre de 1819, por contener máximas y doctrinas: “subversivas, sediciosas, revolucionarias, escandalosas, injuriosas, erróneas y heréticas, nocivas a la religión y a las buenas costumbres”.
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