ENSAYOS SOBRE LA HISTORIA, LA FILOSOFÍA Y LA SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Carmina García de León

1.3. ¿Qué hace el Poder en tu vida, en tus relaciones sentimentales, en tus decisiones vitales?

Aunque los cónyuges decidieran separarse, se les obligaba a una permanencia forzosa. Las instituciones de poder y control social, tanto religiosas como reales, tenían como mandato la indisolubilidad del estado matrimonial, éste debía ser hasta que la muerte los separe. Querer disolver el vínculo matrimonial que los unía, se consideraba una acción perversa, desviada, de lo único que se les podía eximir era de la obligación de cohabitar, pero aún esto era muy difícil que se les otorgara, ya que se requería de una declaración judicial por parte de las autoridades.  Lo más que se podía permitir y solo en raras excepciones era  la separación de cuerpos, pero quedando ambos cónyuges impedidos de emprender una nueva relación sentimental, ya que si lo intentaban su conducta era calificada de “mala” de “escandalosa”,  causándoles  grandes padecimientos y vicisitudes como le sucedió a Josefa Ordóñez.
La empresaria de teatro Josefa Ordóñez, tomó estado matrimonial con el músico Gregorio Panseco, pero poco tiempo después de casarse tuvieron múltiples conflictos matrimoniales, que le hicieron insufrible la convivencia; encontrando en cambio, mimos y afecto en el Conde de Fuenclara.  Esta relación tenía que ser secreta, ya que era imposible terminar con el vínculo matrimonial, sólo era posible la separación de cuerpo y según las normas oficiales, ella tendría prohibido tener una nueva relación. Pero el secreto fue descubierto y en un descuido Gregorio se enteró, por lo que éste  se presentó ante el Arzobispado de México, acusando a Josefa de tener relaciones con un familiar del virrey, por lo que en 1750, la empresaria fue reclutada en castigo al recogimiento de la Misericordia.


En la época colonial había diferentes tipos de Casa de Recogimiento, unas eran para depositar a las mujeres cuando quedaban huérfanas, o estaban enfermas, o para hacer retiros temporales, pero también hubo casas de recogimiento de carácter correctivo, para encauzar a las mujeres que se habían desviado de las normas sentimentales oficiales.
Después de permanecer un tiempo en el recogimiento, le permitieron salir, pero Josefa se negaba a volver a vivir con su esposo, pero las autoridades la obligaron a  regresar a la vida conyugal.


Josefa tuvo que seguir aguantando los problemas y conflictos cotidianos con su esposo; hasta que él dejo de molestarla por un largo tiempo;  cambio que se debió a que siendo ella empresaria de teatro y comediante, le fue muy bien económicamente, además de que se hizo famosa, por lo que Gregorio se dedicaba a disfrutar del trabajo y de los beneficios materiales que proporcionaban las actividades de Josefa, por lo que no dio más señales de descontento.


Pasado el tiempo los conflictos se manifestaron, ya que Josefa se quería librar de Gregorio, además que deseaba continuar con la relación sentimental que se vio interrumpida por el castigo que se le impuso en la Casa de Recogimiento;  por lo que Josefa cuidadosamente se entrevistaba en secreto con el conde de Fuenclara, pero nuevamente fue descubierta por el esposo.  Por lo que Gregorio Panseco puso una demanda en contra de Josefa acusándola de tener relaciones ilícitas, pero lo que en realidad le importaba al esposo era poder despojar a Josefa de sus bienes y de sus hijos, para quedarse con todo.  La demanda prosperó y Josefa sería nuevamente castigada.
Josefa ante tal decisión huyó a Puebla, en donde contaba con amigos, pero fue localizada rápidamente por las autoridades del Arzobispado, por lo que Josefa fue recluida en calidad de depositada, sucesivamente en casa de varios vecinos, durante dos años.  Esta práctica consistía en que a las mujeres de “mala conducta” sensual o sentimental, se les dejaba depositada en una casa de “buena honra”,  para que las vigilaran.
Josefa nuevamente fue obligada a regresar al domicilio conyugal, en la casa que era propiedad de ella, con su esposo Gregorio.  Pero ya que no le permitían judicialmente la separación de cuerpo así como la de librarse de la cohabitación con el marido,  Josefa se defendió por cuenta propia;  razón por la cual su esposo Gregorio Panseco  la acusó ante las autoridades de no cumplir con el débito conyugal, quejándose de que ella se negaba a reiniciar los deberes conyugales, pues además de encerrarlo a él en la pieza donde dormía, ella misma se encerraba en su recámara “... por cuyo motivo no podía acariciarla de parte de noche ni de día, por las continuas visitas a todas horas, que permanecían hasta las once de la noche, y luego procuraba ella estar acompañada de otras personas de su familia hasta que entraba a su recámara y se encerraba sin que tuviese lugar, coyuntura alguna de estar a solas y cumplir con lo que el Señor Provisor le había mandado”. El declaró que “esta reunión sólo ha sido aparente y exterior, pues aunque ha estado en la propia casa de ella, ha sido con tal separación de lecho y durmiendo retirado en la última pieza de la casa y encerrado y sin que se haya contenido en su libertad, haciendo lo que ella ha querido y visitada de muchas personas de particular distinción,  como si no fuera mujer casada”.


Pero como la queja anterior no era suficiente para los planes de Panseco, que desde tiempo atrás, buscaba la forma de despojar a Josefa de sus bienes, urdió una intriga, pero esta vez fue más lejos en sus acusaciones y fue así como en 1766, inició un proceso en contra de la empresaria de teatro, pero esta vez ante la Real Sala del Crimen, denunciando que su esposa había permitido la práctica de juegos prohibidos en su empresa.  Por lo que como consecuencia de ello, después de un proceso que duró casi un año, se le condenó a Josefa a abandonar la ciudad de México.  Panseco sospechó que su mujer aprovecharía tal ocasión para librarse de él, partiendo con sus hijos y todos sus bienes.  El reaccionó presentando una denuncia, mintiendo que su esposa no tenía la intención de cumplir con la sentencia señalada y que desobedeciendo la orden permanecería en la ciudad.


Por orden del arzobispo fue encerrada nuevamente como correctivo, en el recogimiento de la Misericordia, pero además sus bienes fueron entregados a su marido.
Tiempo después fue enviada al recogimiento de Santa María Egipcíaca en Puebla, en donde después de estar un año, emprendió los trámites para salir, no sólo de ahí sino del país, para dirigirse a España, donde era originaria. Pero se le permitiría salir a condición de que se reuniera de nuevo con su esposo.
Josefa consiguió que el arzobispado aceptara la propuesta, pero para entonces Gregorio el esposo de Josefa, había desaparecido, llevándose el dinero de la venta de los bienes de la empresaria, lo que impidió llevar a cabo tal proyecto, además no se le permitió salir hasta que su esposo apareciera y fuera por ella.
Josefa seguía retenida en la casa de recogimiento, pero ahora se encontraba enferma y afectada por la reclusión y por la pérdida de todos sus bienes, por lo que puso un recurso de fuerza ante la Real Audiencia, que era un derecho de apelar ante las autoridades civiles, en contra de la decisión del arzobispo de mantenerla recluida.
Finalmente el virrey Bucareli le dio su apoyo para salir, ya que entonces Gregorio Panseco, su esposo apareció, pero se le condicionaba a volver a retomar la vida conyugal.  Josefa quería salir pero protestó, negándose a regresar con el hombre que dilapidó todos sus bienes producto de su trabajo, argumentando también que éste no le proporcionaría lo necesario para el sostén.


Las autoridades le ordenaron regresar a la vida matrimonial amenazándola que si seguía protestando y desobedeciendo, entonces sería encerrada, pero esta vez, a perpetuidad en un recogimiento.


Así fue como Josefa perdió su salud, su tranquilidad, su tiempo, sus bienes  y todo por la intervención del poder real, social y eclesiástico, en su vida, en sus decisiones.
Y así fue también en muchos otros casos donde se aplicaban estas normas de coacción por demás absurdas, ridículas y contradictorias, pues no dejaban salidas para vivir en paz ya que en caso de que los hombres o las mujeres quisieran separarse, no se permitía el rompimiento del vínculo, ya que el divorcio era considerado una ofensa grave a la ley natural, argumentando que de permitirse su “efecto de contagio lo convertiría en una plaga social”.  Por lo que cualquier nueva relación sentimental se vivía en secreto en forma clandestina, o en algunos casos  se iban a otro lugar donde no los conocían, para así poder iniciar una vida  en unión libre, pero cuando se descubría que cohabitaban sin estar casados, se les acusaba y se les perseguía por concubinato;  pero el problema no tenía solución porque si se casaban de nuevo y esto se llegaba a saber en su ciudad de origen, entonces a él se le acusaba de bigamia y a ella de “casada dos veces”, porque los antiguos cónyuges todavía vivían.  Y si mantenían su relación sentimental no pudiendo separarse ni divorciarse previamente, entonces se les acusaba de adúlteros,  finalmente todo era una verdadera tragicomedia.
En algunos casos las madres denunciaban a sus hijos como es el caso de la madre de Bernardo Ursa y García que abrigada una fuerte aversión hacia Ana María Machuca, concubina de su hijo desde mucho tiempo atrás y madre de su nieto;  por lo que puso una denuncia contra su hijo por vivir en unión libre (concubinato), acusándolo de concubinato y de adulterio porque el lazo matrimonial con la antigua cónyuge no se podía romper. Se pensaba que contraer una nueva relación mientras vivan los cónyuges legítimos, contradice las enseñanzas de la Iglesia y la “ley natural”.  La madre de Bernardo logró que el virrey lo sentenciara al exilio en la guarnición de la Habana por cuatro años, para sí poder separarlo de Ana María.


Así también  en el caso de Agustín Pérez, que tampoco podía divorciarse, tenía que vivir  secretamente en unión libre lejos de su ciudad de origen, con Juana Barragán.  Pero la madre de Agustín se oponía violentamente a esa unión,  por lo que utilizando sus conexiones políticas, se puso en contacto con uno de los principales jueces de alto tribunal, pidiéndole que encarcelara a su hijo Agustín y a Juana por haber cometido por largo tiempo pecado de concubinato y de adulterio. Agustín se puso furioso con su madre, sobre todo por el encarcelamiento de Juana, abogando que ella fuera depositada en una casa de recogimiento pero no en la cárcel.  Finalmente tiempo después Agustín enviudó y pudo casarse con Juana, para que finalmente los dejaran en paz.
1.4. ¿Qué hace el Poder en tus escritos, palabras, libros e ideas?
El Santo Oficio de la Inquisición por orden de la Corona Española y la Iglesia Católica, era la institución encargada, entre otras cosas de la censura literaria de libros relacionados con el matrimonio, la familia y los comportamientos sexuales, así como también de la literatura relativa a la política y a la filosofía.
En la investigación realizada por José Abel Ramos Soriano, sobre “Los criterios inquisitoriales en la prohibición de la literatura relacionada con la comunidad doméstica en la Nueva España”, nos proporciona toda una información detallada, para conocer la manera en que se realizaba la censura.
El Santo Oficio contaba con la guía de las 16 reglas que aparecían en los Índices españoles de libros prohibidos, en las cuales se especificaban las distintas categorías de obras condenables, de acuerdo a los “calificadores”.  Ya que había teólogos dentro del Santo Oficio, encargados  de emitir una calificación que era “el puntual y prudente reconocimiento de alguna cosa o persona, para declarar sus buenas o malas calidades y la testificación y juicio que se hace de las proposiciones reparables por heréticas, erróneas, escandalosas.”


Según la gravedad de las proposiciones, las condenas aplicadas a los escritos fueron de tres tipos: 


La primera “la expurgación”, se refiere al hecho de suprimir los párrafos considerados nocivos, para lo cual se pedía a los poseedores de libros, presentarlos al Tribunal; aunque tal medida varió durante la segunda mitad del siglo XVIII, pues en varios edictos de esta época se previene que cualquiera puede hacer la expurgación por sí.
La segunda “la prohibición” se refiere a las obras condenadas en su totalidad por contener gran cantidad de proposiciones desviantes o por ser de autores herejes.
Sin embargo, algunas obras prohibidas podían ser leídas o retenidas por personas o instituciones que requerían de su consulta, debido a las actividades que realizaban o para refutar lo que se decía en ellas, por lo cual se extendía una licencia que permitía  la lectura de libros prohibidos, y es a causa de esta medida que se menciona una tercera categoría de obras: las “prohibidas aún para los que tengan licencia para leer libros prohibidos”.
Lo que definía el tipo de prohibición no era sólo la gravedad o peligrosidad de las proposiciones perniciosas, sino su frecuencia en la obra, por lo que en la calificación también se anotaba la frecuencia, la cantidad de veces que una obra era condenable, según el caso, por ejemplo:  porque había criticado o atacado diversos aspectos del orden sentimental, cultural y político, escribiendo 4 veces en contra del Santo Oficio, 3 en contra de la Iglesia, 2  en contra de la autoridad divina y humana, 2 en contra del clero, 6 en contra de la castidad religiosa, 5 en contra de la virginidad, 2 en contra de la moral y las costumbres, 3 en contra de las beatas, 4 en contra de los dogmas, 5 en contra del matrimonio, 2 en contra de la familia.
En las calificaciones, además de la frecuencia había los grados de calificación como: obsceno, obscenísimo, muy obsceno y sumamente obsceno.  Así por ejemplo la obra condenable era: 5 veces obscena, 3 veces obscenísima, 3 veces indecente, 5 veces lujuriosa, 2 impura, 2  profano, 3  sensual,  1 vez lasciva, 3 libidinosa, 2 pasional, 4 veces torpe.


La sensualidad era condenada  por la Iglesia aún dentro del matrimonio, ya que lo consideraban contrario a lo  sagrado, la sexualidad  sólo debía de estar encaminada a la procreación y no al placer, ni a la lujuria.
Otros de los calificativos que se daban a una obra era: 9 veces pestilente, 5 excretable, 3 escandalosa, 3 errónea, 2 falsa, 3 impura, 3 desenfrenada, 3 deshonesta, 3 desviante, 2 sediciosa, 3 perniciosa, 4 calumniosa, 6 herética, 5 veces en favor de autores herejes.
La herejía estaba considerada como el más grande de los crímenes eclesiásticos porque ataca los fundamentos de la religión y por lo mismo está penada con los máximos castigos canónicos;  deposición para los clérigos, excomunión para todos y privación de sepultura eclesiástica.


Salirse de las enseñanzas oficiales  con respecto al matrimonio, la familia y los comportamientos sexuales, que eran la base de la educación  institucional, era considerado como herejía, como una desviación y perversión.  La palabra herejía significaba “error pertinas y porfiado, cualquier afirmación contraria a alguna verdad propuesta por la Iglesia a la creencia de los fieles”.
Todas estas calificaciones y exageraciones eran criticadas por Erasmo de Rotterdam, como lo expresa en una carta enviada:  Al muy Reverendo Padre en Cristo, Alberto, Cardenal arzobispo,


“En otros  tiempos se escuchaba al hereje con atención.  Si daba una explicación satisfactoria, se lo absolvía;  si se obcecaba después de haber sido convictos de herejía, la pena máxima era para él la exclusión de la comunión eclesiástica.  Ahora el crimen de herejía ha cambiado de carácter, por cualquier razón fútil de inmediato todos dicen, ¡es una herejía! ¡Es una herejía!  En otros tiempos se veía como hereje al que se apartaba del Evangelio, de los artículos de fe o de lo que tuviese una autoridad análoga.  Hoy, si alguien se aparta de Santo Tomás por poco que sea, es un hereje;  o incluso si alguien señala su desacuerdo con la falsa teoría de cualquier sofista de la última escuela inventada, es un hereje.  Lo que no agrada, lo que no se comprende es una herejía.  Saber griego es una herejía.  Hablar con un lenguaje pulido es una herejía...”
Erasmo de Rótterdam, 1519


Había también libros prohibidos por: Subversión del orden establecido, contra el poder estatal, en favor de doctrinas y prácticas heterodoxas, a favor de filósofos herejes.
Aunque estos libros eran relativos a la política y la filosofía, Abel Ramos en su investigación,  nos señala que varias de estas obras fueron escritas por filósofos que no sólo criticaban la monarquía y la religión, sino también eran críticos a las enseñanzas de la Iglesia con respecto al matrimonio, a la familia, al voto de castidad, a la virginidad y a los comportamientos sexuales .Estas obras eran clasificadas en el rubro de:  subversión al orden establecido porque eran:  10 veces sediciosas,  5 veces revolucionaria, 1 contra la legislación,  5 inductoras de la anarquía, 5 subversivas, 4 veces contra la paz y quietud pública.


 A favor a de filósofos herejes: 3 veces a favor de Voltaire, 2 a favor de Espinosa,  1 de Rosseau, 2  de Helvecio, 2 de Hobbes. En favor de doctrinas y prácticas heterodoxas: materialismo, ateísmo, paganismo, tolerantismo.
Esta  práctica heterodoxa “la tolerancia”, era una de las más condenadas por el Santo Oficio, porque la intolerancia era la base de la ideología católica, ya que el orden sentimental institucional, proclamado en el discurso oficial,  respecto al estado matrimonio, al estado de perfección, a la familia y a los comportamientos sexuales, era considerado, como la única forma de relacionarse sentimentalmente, la única aceptada como verdadera y universal, sin tolerancia de otra, a la que deberían obedecer todas las personas, católicas o no católicas, de cualquier lugar, de cualquier tiempo, no importando sus antecedentes culturales.  Por lo que ser tolerante era considerado una desviación, una perversión, un pecado, una subversión del orden.
En ese período histórico, los escritos sobre la tolerancia, fueron promovidos por los pensadores europeos de los siglos XVII y XVIII;  John Locke pública la Epístola acerca de la Tolerancia en 1689 y Voltaire el Tratado sobre la Tolerancia, impreso en 1763.
En 1769, el fiscal de la Inquisición informa al gobierno español: “El libertinaje se extiende en la Nueva España, se habla y se lee impunemente cualquier obra contra la autoridad pontificia;  son vulnerables los respetos de los obispos y el carácter eclesiástico es objeto de la maledicencia, esta libertad es originada por la introducción de los libros de Voltaire y la Mettrie.”


Para algunas obras se daba un diagnóstico general, promulgando su prohibición en algún edicto por: “Contener proposiciones heréticas, erróneas, blasfemas, injuriosas a la majestad de Dios, a sus soberanos atributos y a la Iglesia;  subversivas de la revelación, sediciosas y contrarias no solo a la Religión, sino también al bien y quietud de los Estados y Reinos y a la paz interior de las familias, con desprecio de las Sagradas Escrituras y de toda autoridad divina y humana”.
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1.5. ¿Qué hace el Poder en tus pinturas, dibujos, esculturas y  retratos?
         Ante el Santo Oficio de la Inquisición se presentó el conde Santa María de Guadalupe del Peñasco, para poner una denuncia en contra del pintor y escultor don Francisco Rodríguez, según lo narra Artemio de Valle Arizpe, en su novela histórica “La Güera Rodríguez”:


“Estaba este señor timorato y tolondro (el denunciante)  lleno de mil escrúpulos ridículos y ajenos de razón.  Todo se le hacía pecaminoso y protervo (perverso, malo) a esta estólida (falto de inteligencia) rata de sacristía, y sin que el caso le fuera ni le viniera, ni al necio tontón le importara cosa alguna, creyó era negocio digno, a su parecer, de grande consideración y para salir  del  horrendo pecado en que había caído por ver, ¡horror, santo cielo!, lo espantoso que vio y salvar así a su pobre alma de las lumbres del purgatorio, fue de prisa y corriendo, casi desolado, al Oratorio de San Felipe Neri a buscar el Prepósito de este Instituto,  doctor don José Antonio Tirado y Priego, comisario del Santo Oficio de la Inquisición.


Ya ante él dijo el Conde que iba hacerle una muy importante denuncia y entonces el Prepósito llamó al doctor Juan Bautista Calvillo, presbítero del mismo Oratorio, para que sirviese de notario en las diligencias que se harían en la acusación que iba a presentar el conde de Santa María de Guadalupe del Peñasco, en virtud, dijo, de la cosa horrenda que habían contemplado sus pobres ojos mortales que se habían de comer la tierra no supo como no cegaron al ponerlos encima de aquella nefanda espantosidad.  Al decir esto se daba furibundos golpes de pecho y después se santiguaba.  Preguntaron para que había pedido esa audiencia, dijo que después de jurar y perjurar por la Santa Cruz, iba a decir la pura verdad y que, además, guardaría el secreto. Que estaba presente en aquel bendito lugar para denunciar al Santo Oficio un retrato en cera de medio relieve que representaba a doña María Ignacia Rodríguez de Velasco;  el cual llevó a la casa del denunciante el autor don Francisco Rodríguez,  fabricante de los dichos retratos, que vive en la calle de la Amargura No. 10.  Que no se acuerda del día pero que sí fue en la semana de este mes que comenzó el día siete,  después de la oración de la noche, estando el exponente en su gabinete en compañía de la señora su esposa, la prima de éste, doña María Manuela Sandoval y Moscoso.  Que aunque el citado fabricante llevaba otros retratos, el de la Rodríguez solo lo enseñó al declarante con reserva, y los demás también a las otras, que manifestaron escandalizarse de los de la Panes, y una de Valladolid que no sabe quién es, porque los pechos estaban muy descubiertos.  Que el de la Rodríguez los tenía enteramente fuera, de suerte que hace memoria el declarante, aunque no puede afirmar si se le veía el ombligo.  Y porque cree no haberse explicado bastante, dice que: el retrato era de medio cuerpo,  toda ella estaba desnuda y sin vestido hasta el estómago, en donde empezaba un drapeo azul hacia lo inferior.  Que preguntaron al declarante para quien era este retrato, respondió el autor que para la misma Rodríguez  retratada.  Que no es este el único retrato indecente que ha fabricado el citado Don Francisco, pues el declarante ha visto muchos y entre ellos el de la señora Mariscala de Castilla, los cuales son como los que he referido antes.  Que el dicho fabricante Rodríguez contó al declarante que el señor Inquisidor Prado, había hecho pedazos otro retrato de la misma Rodríguez fabricado por él.


Y con todo esto que soltó el Conde, sintió un dulce descargo en su conciencia atribulada, un bienestar incomparable, respiró hondo y acentuósele el alivio.
El Prepósito le hizo una pregunta al denunciante: “¿Si sabéis que alguna otra persona haya dicho o hecho cosa que sea o parezca ser contra Nuestra Santa Fe, buenas costumbres, o recto proceder del Santo Oficio?”    Y contestó que no sabía.
Le fue leída su denuncia y manifestó muy complacido que estaba bien escrita y asentada y que en ella se afirmaba, no por odio o mala voluntad, sino en descargo de su conciencia atribulada.  Y después de esto puso su firma y el señor Comisario también echó la suya”.
Nos cuenta Artemio de Valle Arizpe, que muchas señoras mexicanas de aquel  entonces, de las más altas alcurnias y distinción, tenían a inocente gala el hacerse retratar con la menor cantidad de ropa posible sobre sus carnes o si acaso se las cubrían, haciánlo, lo que no era taparlas, con una ilusión de tul o una tenue túnica de vilanos.  Con esto seguían con fiel obediencia los dictados de la moda que andaba entre las damas europeas, a las que afamados escultores y pintores las trasladaban al mármol o al lienzo sin que siquiera cubriese la clásica hoja de parra una mínima parte de su persona. Para clara muestra allí está nada menos en el Museo del Prado de Madrid el retrato que pintó don Francisco de Goya y Lucientes de la manolesca doña María Teresa Cayetana de Silva, duquesa de Alba, que se halla como salió del vientre de su madre, y en el fresco traje edénico el de la hermana de Napoleón I, Paulina Bonaparte, a quien retrató Canova como “Venus Victoriosa”.  La escultura se conserva en el Museo de la Villa Borghese, de Roma.

1.6. ¿Qué hace el Poder en la expresión de tus sentimientos, en tu risa, en tu mirada, en tu andar?


Los poderes eclesiásticos y reales, no sólo imponían el orden sentimental y los comportamientos sexuales, sino que también la normatividad con respecto a la expresión de los sentimientos, por lo que parte de la educación  institucional consistía en aprender los reglamentos, así como las prohibiciones de ciertas manifestaciones:  como sonrisas, risas escandalosas, ruidosas, carcajadas, en algunos lugares públicos y en ciertas circunstancias;  la expresión de los sentimientos mediante actos corporales, como cierta forma de andar o de mirar.  Incluso la normatividad y reglamentación para el movimiento, para la circulación, para el andar de las mujeres;  ya que estaba prohibido andar solas en la calle, a menos que éstas salieran acompañadas de sus “padres, maridos, dueñas o modrigón”.
Toda esta reglamentación de la época colonial, coincidía con la estricta normatividad que también hubo en la época prehispánica, como nos dan cuenta los cronistas Sahagún, Mendieta y Motolinía. Las mujeres apenas y salían a la calle, “las tenían tan recogidas y ocupadas en sus labores que por maravilla salían y entonces con mucha y grave compañía”.  Debían ser “muy honestas en el hablar y el andar y en la vista y el recogimiento”.  Enseñándoles como tenían que comportarse:  “Por donde vayas, ve con mesura y honestidad, no apresurada riéndote, ni mirando de lado como a medio ojo, ni mires a los que vienen de frente ni a otro alguno en la cara, sino irás tu camino derecho, mayormente en presencia de otros.  De esta manera cobrarás estimación y buena fama, si encuentras a alguien en el camino y si se ríe contigo, tu no rías, más pasa callando, no haciendo caso de lo que te diga, no tengas trato poco honesto con los hombres, no sigas los deseos de tu corazón”.

 


Por lo que las mujeres cuando salían a la calle estaban obligadas a “no alzar los ojos del suelo, si se descuidaban, luego les hacían la señal que recogiesen la vista y si no obedecían con muy ásperas ortigas les castigaban las carnes cruelmente, las pellizcaban  hasta que les dejaban llenas de cardenales o les pinchaban las orejas y les aplicaban humo de chile en la nariz”.
Todos estos castigos, dicen los cronistas, se los imponían a la mujer para que aprendiera a comportarse, para que “no ensucie la honra y de fama con su buena conducta”.
Pero pasando a la época colonial, esa normatividad e intromisión del poder real y eclesiástico en la vida, sentimientos, expresiones del sentimiento, andares y risas de las personas, queda bien ilustrado con la narración de Artemio de Valle Arizpe, en su ya citada novela histórica sobre la vida de la “Güera Rodríguez”, muy interesante personaje, a la que haremos referencia en algunos otros capítulos.
Pero antes de empezar la narración de uno de los pasajes de  la biografía de María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio, conozcamos, algunos datos de un personaje central en este episodio, Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla y Horcasitas segundo conde de Revillagigedo,  hijo del virrey del mismo apellido que había gobernado la Nueva España hacía poco más de cuarenta años, como nos da cuenta Sara Sefhovich: “El conde  nació en Cuba y había vivido siempre en la corte entre nobles, fiestas y halagos.  Su padre Francisco de Güemes y Horcasitas, primer conde  de Revillagigedo tuvo fama de gobernante “ilustrado” y capaz, así como de “buen administrador” porque mandaba muchas riquezas a la Madre Patria porque como nunca la Nueva España las producía.  Más de la mitad de toda la plata del mundo salía de estas tierras, además de otros metales preciosos y productos diversos como el azúcar, el cacao, el café, el algodón y el trigo, el cáñamo, el lino, la seda, los aceites y el vino, según escribiría poco después el barón de Humboldt”. Su madre Antonia Ceferina Pacheco de Padilla y Aguayo, primera condesa de Revillagigedo, tenía fama de ser severa y altiva y de vivir en el mayor de los lujos.  Le gustaba la música y hacer paseos en jardines y conventos acompañada de su hijo J. Vicente y sus cinco hijas. 
J. Vicente fue nombrado virrey por Carlos IV por el período de 1789 y 1794, al igual que su padre fue muy activo. Entre las cosas que realizó fue el primer censo de la Nueva España, que le permitió saber que había  cerca de cinco millones de personas, pero al mismo tiempo  estaba también muy activo y atento para censurar y para aplicar todas las absurdas normatividades respecto a las manifestaciones sentimentales de todas las  habitantes, como lo narra Artemio del Valle Arizpe:
“Había dos hermosas doncellas, cuyo gusto las llevaba a diario al cuartel de Granaderos, por la acera de cual iban y venían muy gentiles con asiduidad constante, tarde con tarde, para que en ellas se fijaran los ojos de los oficiales.  Estos eran mozos de la nobleza o de los encumbrados de México, los de más gallardo porte, los de mejor parecer.
Por fin dos de aquellos galanes y lucidos oficialitos les hicieron el gusto;  las galantearon con exquisitos conceptos y ellas, con las miradas, correspondían ampliamente la fineza, después con la palabra.
Pero los rapagones no salían a buscarlas, sino que, antes bien, las muy atrevidas mozas eran las que iban al cuartel de Granaderos todas las tardes sin que faltase ni una sola, a tener pláticas con los apuestos mancebos.
Con ellas pasaban buenos ratos muy al descubierto.  Los cuatro tenían regalo y contento, divirtiendo el ánimo deliciosa y regaladamente.
Con sus constantes coqueterías daban las dos doncellas recreo a las almas de sus bizarros amadores y éstos se deleitaban con la gala y frescura del hablar florido de las novias.  Sus conversaciones se hallaban siempre regadas de risas caudalosas.
Al pasar una tarde por ese cuartel el virrey don Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, conde de Revilla Gigedo, vio a las dos damiselas en conversación retozona acompañadas de dos oficiales, cuya esbeltez airosa realzaba bien el brillante uniforme de múltiples rojos y dorados.  Otra tarde tornó a ver Revilla Gigedo a través de los cristales de su carroza a las dos gentiles doncellas vestidas con refinada gracia, que parloteaban bulliciosamente con los mismos buenos mozos y otro atardecer, y otro más, volvió a contemplar Su Excelencia a las elegantes y alegres muchachas muy metidas en pláticas con los gallardos oficiales y de fijo sería muy gustoso lo que éstos les referían, porque las risas de las dos tintineaban en el aire argentinas e inacabables.
Chocó al Virrey el irreflexivo atrevimiento de esas doncellas de andar solas por las calles sin dueña ni modrigón que las cuidara y les diese respetuosa compañía.  Le chocó más aún que fuesen a buscar  a los apuestos oficiales.
Preguntó Revilla Gigedo cómo se llamaban esas gentiles damiselas de tanto bullicio y belleza.

Tornó a preguntar el Virrey quiénes eran los padres de las muchachas.

Apenas un gentilhombre manifestó a don Antonio Rodríguez de Velasco la orden del Virrey, fue casi corriendo a la Real Casa en donde entró muy ceremonioso, repartiendo saludos y caravanas hacia todos lados junto con las largas mieles de sus sonrisas.  Revilla Gigedo le dijo:

1.7. ¿Qué hace el poder en tus cartas, en tus versos, en tus íntimos mensajes?
Cartas, poesías, mensajes secretos, llegaban a manos del Santo Oficio, como prueba, que acompañaba la denuncia de todos aquellos que  mantenía relaciones ilícitas, desviadas, perversas, sensuales, profanas, prohibidas, de acuerdo a las calificaciones y normatividad del orden sentimental impuesto por los poderes reales y eclesiásticos.
Como era el caso de los sacerdotes y monjas que se les prohibía relacionarse sentimentalmente con los hombres y las mujeres terrenales, el único amor que podían realizar, era con su Dios  celestial.  Aunque muchos se quejaban calladamente, en secreto, en silencio, sólo con su voz interior, como el personaje, de una novela de Juan Valera, un recatado seminarista de 22 años. Don Luís, educado en la abstinencia y comprometido con el sacerdocio, el cual se enamora perdidamente de Pepita Jiménez, hermosa viuda.  El  desesperado don Luís pensaba en sus adentros: “procuro hacer aborrecible el amor a esta mujer;  pongo en ese amor mucho de infernal y es horriblemente ominoso;  pero es como si tuviere dos almas, dos entendimientos, dos voluntades, y dos imaginaciones, pronto surge en mi la idea contraria;  pronto me niego lo que acabo de afirmar y procuro conciliar locamente los dos amores (a Dios y a la mujer)”.
A los sacerdotes y a las monjas les obligaban a renunciar a sus sentimientos, aunque muchas  de ellas  habían tomado el estado religioso coaccionadas por sus padres, encontrándose en el convento por obligación.
Al Santo Oficio, le llegaban principalmente denuncias de relaciones ilícitas entre religiosos, la que era acompañada con algunas pruebas, como cartas, poesías, versos, recados, mensajes.
Las cartas constituyeron uno de los medios de comunicación más utilizada por quienes sabían leer y escribir durante la época colonial.  Ante la falta de otros medios de comunicación, fue el instrumento privilegiado para transmitir los mensajes a las personas.  Pero entablar una correspondencia sentimental era multiplicar las posibilidades de dar a conocer la relación, además de que constituían una prueba irrefutable de la transgresión, por lo que muchos de los enamorados implicados, tuvieron normalmente el cuidado de no dejar testimonio de sus relaciones. Algunos otros optaron por no enviar cartas  debido a la estrecha vigilancia ejercida por el padre o la madre, los hermanos u otros parientes, o el esposo cuando ésta era casada.
Otro problema al que se enfrentaban era que muchas mujeres de esa época no sabían leer con excepción de las religiosas que nunca carecieron de esas facultades.  Por lo que si la destinataria no sabía leer y escribir o al menos leer, implicaba la intervención de una tercera persona, circunstancia que obviamente multiplicaba los riesgos de la relación.
Los sacerdotes difícilmente podían recibir una carta sin que otras personas se enteraran de ello, porque era el caso contrario, la correspondencia sentimental se enfrentaba a otras dificultades.  Ya que los sacerdotes estaban rodeados por personas que en su mayoría sabían leer y escribir.  Por lo que vivían bajo una estrecha vigilancia por sus superiores e incluso por sus mismos compañeros y otras personas relacionadas con ellos, como maestros, porteras, enfermeros, etc.
Jorge René González Marmolejo, realiza un trabajo de investigación sobre “La correspondencia amorosa de clérigos del siglo XVIII”, por medio de documentos encontrados en los archivos del Tribunal del Santo Oficio, la cual es de gran ayuda para que podamos conocer las vicisitudes a que se enfrentaban. Toda esta correspondencia estaba escrita con la ortografía de la época, en el español antiguo que se escribía en esos siglos 
 Con fecha 1714 se encuentra en  los archivos de la Inquisición, un mensaje enviado por el Agustino Ignacio de Escobar, a la monja Manuela de Theresa:
“… mi alma  ¿cómo te sientes?  Anoche estuve pensando en ti porque me desvelé, ¿tú no te acuerdas de mí?, ¿no me quieres?, porque yo te quiero mucho, y no quiero otra cosa más que a ti, y sólo por ti vengo a confesar a este convento a ti te pueden agradecer el que venga, sino no viniera porque no tengo más consuelo que venirte a confesar”.
Este otro mensaje era del capellán del Real Hospital de Indias, el presbítero Francisco Reyes, dirigido a doña Manuela Alemán, en el año de 1789, el cual también estaba en poder del Tribunal del Santo Oficio.

Amadísima de mi vida,
mándame a decir como has
pasado la noche, como te
sientes de las muelas, cara
y demás enfermedades; y
te noticio que mañana Canto
la Misa en Monserrat a
Santa Gertrudis, la que la aplicare
por la Santa por Nuestras Almas y
salud.

Otra carta de este tipo fue la enviada por el fraile dominico Francisco Antonio, que fue acusado por haber enviado unas cartas amorosas a sor María de los Dolores. En la misiva se observa la preocupación por los males que padecía la religiosa y la intención de infundirle valor a la amada para superar la crisis.

Amada de mi vida, todo mi
querer mi único i solo pensar.
Resibí la tuya con gran gusto,
que puedas, con ber tus
letritas lindas que son mi único
Recreo, pero sintiendo mucho aygas
estado malita, yo mi bida quedo
bueno, bendito sea Dios y mui
gustoso de que bayas prosiguiendo en
tus buenos exersisios, Dios por
quien este mantenga asi.

En su investigación Jorge René González Marmolejo, nos presenta el caso de José Ignacio Troncoso, fraile de la orden de San Francisco, y de María de Paula de la Santísima Trinidad, religiosa de la orden, con el objeto de conocer, lo más cerca posible, el medio y las circunstancias que dieron lugar a la correspondencia sentimental entre estos dos religiosos, los problemas y las vicisitudes que tuvieron que enfrentar y los recursos que las autoridades inquisitoriales implementaron para conocer su “conducta desviante”.
El proceso se inició cuando María del Corazón de María, otra religiosa del Convento de Santa Clara, envió, por medio de un confesor, una denuncia al Tribunal de la Inquisición.
El 20 de marzo de 1798 José Ignacio Troncoso asentó ante el Tribunal del Santo Oficio que a partir de Junio del año anterior había comenzado a frecuentar el Convento de Santa Clara para confesar a algunas conventuales, y de esta manera había tenido la oportunidad de conocer a sor María de Paula, una religiosa que por aquel entonces estaba a punto de profesar. A raíz de esta comunicación comenzó a nacer una relación sentimental, ante esta situación los dos procuraron entrevistarse furtivamente. Lo primero que acordaron fue encontrarse en el confesionario, pero pronto decidieron encontrarse en otros sitios del convento. Probablemente pensaron que el confesionario era un lugar secreto y discreto, pero tanta recurrencia podía despertar sospecha entre las demás monjas. Así optaron por entrevistarse en la reja del convento, donde por cierto, además de tener largas conversaciones, intercambiar frases cariñosas y caricias, también se dedicaban a fumar los cigarros que él se encargaba de llevar.
Algunos meses más tarde, por el tiempo de la epidemia (viruela) María de Paula, fingió estar enferma y pidió sus servicios espirituales. Pocas horas después el religioso llegó a la celda de la monja, y a pesar de intuir que se trataba de una farsa, ordenó a las otras religiosas que acompañaban a María que abandonaran la celda para poder efectuar la confesión. Según el franciscano, cuando se encontraron solos la religiosa le dijo que todo era mentira. Al no tener otro medio para verlo, decidió fingirse enferma. Luego de escuchar estas palabras, José Ignacio la comenzó a confesar, pero cuando terminó el acto sacramental los dos se recostaron sobre la cama y empezaron a decirse palabras cariñosas y hacerse caricias.
Transcurridos unos días nuevamente se encontraron en el confesionario. En esta ocasión María de Paula le dijo al franciscano que en realidad ella no quería ser religiosa, pero que sus padres la habían obligado pero en cuanto tuviera la oportunidad se escaparía del convento. Al escuchar estas palabras el religioso le contestó “que solicitase los medios por parte de adentro, y que él le ayudaría por parte de fuera”. Acto seguido la monja le comentó que ella podría arreglar la fuga, ya que contaba con la ayuda de una moza, María Gertrudis, quien se encargaría de conseguir las llaves para abrir una puerta que las conduciría a la parte posterior del convento, y de ahí saltarían la barda. Luego acordaron que el lunes 4 de marzo, por la noche, se escaparían las dos y él las esperaría en la calle. Hasta aquí todo iba funcionando bien, pero lamentablemente María de Paula entregó parte de la correspondencia que le había enviado José Ignacio a la criada, la cual por no saber leer, tuvo el descuido de dejarla sobre la mesa de la celda de Sor María Francisca Pozos, quien al conocer el contenido de esos papeles se lo hizo saber a la superiora y ésta a su vez se lo comunicó a las autoridades del Santo Oficio.
Como consecuencia de lo que había sucedido en el convento de Santa Clara, las autoridades del Santo Oficio mandaron llamar a la moza para conocer su testimonio. La moza señaló que en el mes de enero de año 1798 había entrado al convento de las clarisas para servir a  la monja María Aguilar del Pozo. Poco tiempo después comenzó a tratar a María de Paula de “tu”. Pasados tan sólo unos cuantos días, la sirvienta apuntó que la religiosa le confió un secreto: se tuteaba con Ignacio Troncoso.
El respeto a los clérigos comenzaba desde la misma manera como las personas se dirigían. No cualquiera les podía hablar de “tu”. Tutear a los clérigos implicaba una relación formal y de amistad.
Ese mismo día María Gertrudis le prometió a la monja acompañarla al confesionario cuantas veces ella quisiera o tuviera necesidad de su compañía.
La moza agregó que en varias ocasiones se prestó para llevar y traer recados de los religiosos; además, a manera de confidente, el confesor le preguntaba por “Mariquita”. En otras ocasiones los tres se encontraban en sitios poco transitados del convento y ahí conversaban, pero para permitir que conversaran libremente ella pronto se retiraba y los dejaba solos.
Respecto a la fuga, el testimonio de María Gertrudis fue el siguiente: luego de que María de Paula le comentó que Troncoso estaba dispuesto a ayudarla para fugarse del convento, ella se comprometió a conseguir las llaves. En cuanto al día y la hora de la fuga, ella apuntó que el franciscano les propuso que la hicieran por la noche y de preferencia que no hubiera luna llena. Para desgracia de los enamorados y de la moza la huida no se llevó a cabo por las causas que ya comentamos. En cuanto a su suerte en el convento, la madre superiora, al tener noticia del caso, inmediatamente la mandó llamar y la expulsó.
Ante el cúmulo de testimonios que las autoridades inquisitoriales lograron reunir, el 7 de febrero de 1799 el fiscal giró la orden de aprehensión contra Troncoso, sin embargo, por causas que no aparecen en los documentos, su ingreso a las cárceles del Santo Oficio se retrasó poco más de un año y fue hasta el 23 de abril de 1800 cuando fue recluido en el Convento Grande de San Cosme.
El acusado fue encontrado culpable, por lo cual el 10 de marzo de 1801 los inquisidores Juan de Mier y Villar y Antonio Bergosa y Jordán: “…lo privaron perpetuamente de confesar hombre y mujeres, desterrado de México, Puebla, Guaquechula y de Madrid, y sitios reales veinte leguas en contorno por espacio de diez años, de los cuales cumpla los seis primeros meses en la misma reclusión de San Cosme, haciendo con ellos quince días de Ejercicios Espirituales, y al fin de esos confesión general con el Director que su Prelado le señalare, y cumplimiento haga constar al Tribunal, que por el mismo tiempo de su reclusión rece los viernes los Salmos Penitenciales y los sábados por una parte del Rosario a María…”
Esta es parte de la correspondencia que José Ignacio, en el destierro,  envió a María Paula:

Querida, ¿dónde estás prenda cielo de mis pensamientos?
¿A dónde que no percibes mis suspiros y mis lamentos?
A Dios carita de cielo
por tiempo de nochebuena
pareció la luna llena,
que alumbras a mi desvelo.

No seas ingrata conmigo,
mátame siempre mirando,
y si no puede ser,
mátame de quando en quando
Con los ojos al Alma
te miro siempre
aunque con los del cuerpo
no pueda verte.

Ay supe, supe,
del poder de tus ojos
no hay quien se escape.

Muerta me tienes el Alma
y estoy con tan buena fe
que aunque me mata el mirarme
siempre te quisiera ver.

seguidillas

No hay dolor ni tormento
más insufrible
que el que tiene quien ama
a un imposible.
La duda le atormenta
y el temor le aflige,
remedio no encuentra
a el mal que le persigue.
Si prosigue amando
su mal no corrige
si olvidar pretende
se le hace imposible.
Y en tan duro combate
como este que resiste
solo resuelve amando
padecer triste.

 

Estribillo

Por evidencia
el amor si acrisola
con una ausencia
la duda le atormenta.

No lloréis, ojos hermosos
no lloréis, que os hacéis mal,
y es lástima que dos soles
queden turbios con llorar.

No lloréis, que me dáis pena,
tanta, que puedo apostar
que hoy repasando yo
las lágrimas que lloráis.

No lloréis, que es compasión
que las perlas que brotáis
las desperdicias de modo
que no se puedan lograr.

No lloréis, que sois espejos
donde me suelo mirar,
y no me miraré bien
si está empañado el cristal.

No lloréis, tened el llanto,
que aunque tenéis causa tal,
pasan ya de sentimientos
los efectos que mostráis.

No lloréis, que vuestras niñas
son estrellas, y podrán
biendo eclipsados los soles
eclipsare de pesar.

No lloréis, que vale mucho
lo que tan de valde dáis,
y reliquias de una vida
no se suelen así dar.

 

No lloréis, y quedar cierto
que primero faltará
la voluntad para mí
que os pierda la voluntad.

Las autoridades del Santo Oficio pusieron en práctica varias acciones para controlar a los clérigos y evitar los amores, las poesías y las caricias. Promulgaron un edicto en el que se ordenaba que en la confesión, las mujeres sólo pudieran ser escuchadas a través de unas puertecillas cerradas, de tal modo que el confesor no tuviera ni la menor oportunidad de tocar ni de forma accidental a la penitente. Se dispuso colocar rejillas en la parte lateral del confesionario y que sus orificios o tornos fueran tan pequeños que ni siquiera los dedos del confesor o de la mujer pudieran penetrar por ellos.
El Santo Oficio también ordenó que las mujeres efectuaran la confesión únicamente por la parte lateral del mueble y bajo ninguna circunstancia por delante, es decir, frente a frente.
Por otro lado, las autoridades dispusieron que sin ningún pretexto los confesionarios no fueran ubicados en lugares oscuros o apartados, para, de esa manera, evitar cualquier tipo de sospecha.
Cuando las mujeres estuvieran enfermas o imposibilitadas físicamente, se recomendó que el lugar donde se llevara a cabo la confesión debería encontrarse a la vista de cualquier persona y en caso de que fuera un lugar cerrado, las puertas deberían de permanecer abiertas.
Respecto a los confesionarios que daban al interior de un claustro, como en el caso de los conventos religiosos, se estableció que todos aquellos que tuvieran puertas de torno o giratorias deberían suprimirlas, pues podían dar lugar a sospechas o a conversaciones ajenas al acto de la confesión.
En caso de que faltaran confesionarios o los que existieran fueran insuficientes, sobre todo en la época de festividades religiosas, se recomendó utilizar tablas a manera de canceles, para de esta forma aislar la penitente, como al confesor, el cual quedaba completamente encerrado, cautivo.
Cautivos en soledad, aislados, encerrados como el presbítero Josef Gil, que fue denunciado ante el Santo Oficio el 12 de noviembre de 1787, por enviarle unos versos a doña Mariana Trijoroca de la Fuente Simbrón, casada con don Manuel de Nova, comerciante de la ciudad de Toluca, Mariana fue citada por las autoridades para declarar, señalando que una ocasión acudió a la Iglesia de la comunidad para confesarse con el presbítero Josef Gil, quien después de enterarse en confesión que su marido, además de darle mala vida, constantemente la golpeaba, la invitó a su casa para conversar con más tranquilidad. Ella accedió a la petición del confesor y acudió a su domicilio. Según Mariana a raíz de esta conversación la relación entre ella y el presbítero comenzó a cambiar.  Josef empezó a tratarla con más familiaridad e incluso con cariño, con lo cual se empezó a sentir aliviada de los problemas y la pena que la aquejaban.
En su investigación Jorge René González M. afirma que las mujeres que correspondieron a los requiebros de los confesores lo hicieron por la  necesidad  humana de sentirse queridas, comprendidas. En un mundo donde la mujer fue considerada las más de las veces un objeto (de la naturaleza), el galanteo poético de un clérigo, debió ser impactante. También habría que ponderar la fuerza de la confesión ya que   muchas mujeres se podían enamorar de sus confesores  por el simple hecho de tener alguien quien oyera sus penas, sus dudas, sus confusiones.  Además los clérigos a diferencia de la mayor parte de la población masculina, eran hombres instruidos que podían despertar el gusto y confianza de las mujeres.
Como es el caso de Josef y Mariana, la cual inspiró los versos, que en una ocasión le hizo llegar el religioso.
En aquesta soledad
yoro el bien que no poseo
pues sin libertad no beo
tuyo con fiel voluntad.

Yoro el bien que tierno adoro
porque de verlo me privo
yoro porque me veo captivo
y porque no miro yoro
yoro  porque no me yoro
las ansias de mi deseo
yoro espero y no te veo
y de temer un olbido
en tus alles como perdido
yoro el bien que no poseo
para tu hermosura no miro
pues si tu libertad me beo
yoro el bien que tierno adoro
porque de verlo me privo
yoro porque me veo captivo
y porque no miro yoro.

Jorge René González M. en su investigación concluye, que los eclesiásticos que entablaron una correspondencia sentimental a pesar de la prohibición impuesta, lo hicieron por una necesidad de cariño, de ternura, de comprensión, de afecto. Pero esta necesidad no les interesaba a los inquisidores, quienes asumieron una actitud de celosos vigilantes del voto de castidad y del estricto cumplimiento de las normas, porque para los inquisidores, lo más relevante era fortalecer y defender los intereses de la institución eclesiástica; las necesidades humanas afectivas, los sentimientos no les importaban, no los conocían.

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Por: Miguel Ángel Sámano Rentería y Ramón Rivera Espinosa. (Coordinadores)

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