ENSAYOS SOBRE LA HISTORIA, LA FILOSOFÍA Y LA SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Carmina García de León

Pensar, filosofar para cultivar el alma.


         “Los hombres tienen todo el deseo de llevar la mejor vida, saben que no hay  nada mejor para la vida que el cultivo del alma, sin embargo  la descuidan. Y no obstante quien quiere tener una vista penetrante tiene que cuidar los ojos que sirven para ver, si se quiere ser ágil en la carrera, hay que cuidar los pies que sirven para correr… Lo mismo sucede con las partes del cuerpo de la que cada uno tiene que cuidar según su preferencia. Esto todos lo ven claramente y sin dificultad, de modo que no me canso de preguntar con  asombro legítimo, porqué no cuidar y cultivar también el alma con el ejercicio de la razón y la luz del conocimiento”
                                                                                       Apuleyo                                
      La educación  en la antigüedad grecorromana estaba orientada  al  cultivo del  “alma”. Este concepto “alma”, “psyche” en griego se refería al “yo”, al cultivo del propio mundo interior, al  desarrollo y conocimiento de uno mismo.
      El desarrollo, formación y cultivo  del alma, era un aprendizaje que tenía  que continuar a lo largo de toda la vida, era una práctica, una actividad, que los antiguos filósofos griegos y romanos, denominaban: el “cultivo del sí”,  “la aplicación a uno mismo”, “ser artífice de su propia vida”; lo que requería todo un conjunto de ocupaciones. Se recurre a muchas fórmulas, se  puede dar un tiempo por la noche o por la mañana, para reservar algunos momentos al recogimiento, al examen, a la escritura, a la conversación con uno mismo.
      Séneca, Epicteto y Marco Aurelio hacen referencia a esos momentos para dedicarse, para volverse sobre uno mismo. Se puede interrumpir de vez en cuando las actividades ordinarias y hacer lo que Musonio, entre tantos otros, recomendaba vivamente: “Permitir estar a solas con uno mismo, recoger el propio pasado, colocar ante la vista el conjunto de la vida transcurrida,  familiarizarse por medio de  la lectura, con  los preceptos y los ejemplos de que deseamos  inspirarnos y volver a encontrar los principios fundantes de una vida racional”.
      Ocuparse de uno mismo, no es algo pasivo, este tiempo no está vacío, está poblado de ejercicios, de tareas prácticas, de actividades diversas. Están las meditaciones, las lecturas, las notas que se toman de los libros o de las conversaciones escuchadas y que se releen más tarde, la rememoración de las verdades que se saben ya, pero que hay que apropiarse aún mejor, por medio del estudio y la escritura. Marco Aurelio decía que es un largo trabajo de reactivación de los principios generales y de los argumentos racionales.
       La aplicación a uno mismo, como señala M. Foucault en su ensayo   “La inquietud de sí”,  toma la forma de una actitud filosófica, de una manera de comportarse, que impregna las formas de vivir, que desarrolla procedimientos, prácticas que se meditan, que se perfeccionan y se enseñan. Una práctica que da lugar posteriormente a intercambios y comunicaciones, que da lugar finalmente a cierto modo de conocimiento y a la elaboración de un saber. Para Séneca ocuparse de uno mismo, requiere de mucha atención para lo que es necesario renunciar a  otras ocupaciones: “Así podría uno quedar vacante para sí mismo, pero esta vacancia, toma la forma de una actividad filosófica múltiple, que requiere de un tiempo, para no escatimar esfuerzos, para hacerse uno mismo”.
      El historiador Paul Veyne señala que entre los antiguos grecorromanos, tener una actitud, una actividad filosófica, significaba que practicaban el cultivo de sí, los ejercicios del alma, que consistían en reflexionar, analizar, pensar.


Pensar es filosofar


      Filosofar es pensar. Pero ¿qué es pensar? Pensar es como decía el maestro de filosofía José Ortega y Gasset, una tarea, algo que el ser humano hace por algo y para algo, una ocupación y no sólo algo que en él pasa. La mente del ser humano intenta por distintos caminos saber a qué atenerse respecto al mundo y a sí mismo. Uno de esos caminos es el saber filosófico.
      El pensar en forma filosófica, es como señala Gramsci, un método intelectual, que pretende formarse una concepción coherente del mundo, que no  sea fragmentaria, inconexa, acrítica, ocasional y dispersa, compuesta de fragmentos de diversas concepciones, con frecuencia contradictorias.
      Pensar, razonar correctamente es una habilidad que suele llamarse “lógica como arte”, nos dice la filósofa Adela Cortina. Se trata de tener un razonamiento en que las personas establezcan relaciones lógicas de causa y efecto, que incorpore operaciones como la deducción, la inducción, la síntesis, que analice la interconexión dialéctica de los hechos.
      Pensar es una actividad que pretende desarrollar el sentido del razonamiento lógico, la capacidad crítica, el análisis, la curiosidad que no respeta dogmas ni ocultamiento. Pensar es fomentar el uso de la razón: para observar, abstraer, deducir, para obtener una visión de conjunto ante el panorama del saber. Así como sensibilizarse, para apreciar las más bellas realizaciones del espíritu humano; motivado por el entusiasmo, la pasión, el amor al conocimiento, como afirma F. Savater en su libro “El valor de educar”.

Pensar por amor, admiración, gusto por saber


      Pensar es filosofar. La filosofía es en su origen histórico y etimológico:”amor a la sabiduría”, “philos”- “sophia”.
      Adela Cortina nos recuerda que la filosofía occidental nace en Grecia, concretamente en Mileto (Asia Menor), en el siglo VI a.C. En textos de Heródoto, Tucídides y Heráclito aparecen términos relacionados con el “filosofar”, (hos philosopheón) en conexión con otros como “sabiduría” (sophie).
      El filósofo, el pensador, aspira al saber, gracias a esta actitud se pone en marcha un motor impulsado por el sentimiento de amor, admiración y gusto por el conocimiento. Como lo ilustra un historiador de la antigüedad con las siguientes palabras con las que Creso saluda a Solón: “Han llegado hasta nosotros muchas noticias tuyas, tanto de tu sabiduría como de tus viajes, y de que, movido por el gusto del saber, has recorrido muchos países para examinarlos”.
      La admiración, el asombro, se produce ante un mundo que plantea toda suerte de interrogantes. Aristóteles dice que:”los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración, al principio admirados ante los fenómenos sorprendentes más comunes; luego, avanzando poco a poco y planteándose problemas mayores…”.
      Adoptar ante el universo la actitud descrita da lugar al saber filosófico: la filosofía se caracteriza por ser un amor a la sabiduría, una aspiración al conocimiento motivada por la admiración.
      La admiración era definida por el filósofo Descartes como asombro, descubrimiento, conocimiento emocionante: “la súbita sorpresa del alma que la lleva a considerar con atención los objetos que le parecen raros o extraordinarios”.
      El filósofo Bertrand Russell nos dice que el conocimiento en sus inicios fue debido a hombres que tenían amor al universo. Percibían la belleza de las estrellas y del mar, de los vientos y de las montañas. Porque amaban todas esas cosas, sus pensamientos se ocupaban de ellas y deseaban entenderlas más íntimamente que lo que la mera contemplación exterior hacía posible. “El mundo- decía Heráclito- es un fuego siempre vivo”. Los filósofos griegos sintieron una gran inclinación hacía el conocimiento, percibían la extraña belleza del mundo, eran hombres de un intelecto titánico y de una intensa pasión.
      La pasión por saber, por entender el mundo y el deseo de transformarlo para el mejoramiento de la humanidad, son grandes motores que impulsan el avance del conocimiento.

Pensar, saber, conocer, es motivado por un deseo


       El filósofo Luis Villoro nos dice que el afán por el  conocimiento es motivado por un deseo:”Todo saber responde a deseos concretos que varían en cada caso, además, por distintos que sean esos deseos particulares, responden también a un interés general. Ese interés, no por ser general, en sentido benéfico para la especie, deja de ser profundamente personal, ni de estar ligado a las necesidades de nuestra vida práctica, cotidiana. El deseo que nos impulsa a saber, es la urgencia de vivir una vida realizada y con sentido. Es nuestra necesidad concreta de participar activamente en la vida (con una práctica cotidiana protagonizada) y no sólo su visión contemplativa; es por lo que deseamos conocer”.
      El deseo de saber tendría como uno de sus principales objetivos: “Vivir una vida socialmente libre y plenamente consciente. Y no aquella en que la vida se hace cargo de nosotros, sin que siquiera nos demos cuenta de ello; las mil actitudes que prosperaron y se remontan por sí mismas y con respecto a las cuales nadie le es preciso tomar una decisión, que suceden sin que seamos plenamente conscientes de ellas. Como si la humanidad se hallara semisumergida en innumerables conductas acumuladas confusamente, repetidas de manera infinita hasta nuestros días, las que nos encierran y deciden por nosotros durante nuestra existencia. Modelos, formas u obligaciones de actuar que se remontan a veces, y más a menudo de lo que suponemos, a la noche de los tiempos, esa vida más bien soportada que protagonizada, en oposición a la vida consciente y pensante en que se involucra de manera protagónica la voluntad y el conocimiento humano”, como afirma Fernando Braudel.

      “El conocimiento humano surgió de la necesidad y el deseo de saber, sobre todo entre los filósofos griegos de la antigüedad. Las necesidades y los  deseos más importantes para la vida humana están conectados y unidos por cierto principio de crecimiento, por una urgencia que los conduce en cierta dirección, como los árboles en busca de la luz. Estos son los deseos que tienden a la afirmación y mejoramiento de uno mismo y de los demás, que están dirigidos a una actividad creativa, a la salud, a la felicidad”. B. Russell.

Pensar para saber y saber para vivir feliz


      La filosofía en Grecia desde sus orígenes tenía una doble finalidad: saber para conocer y saber para vivir  feliz. Los filósofos se enfrentaban a una doble tarea: desentrañar los secretos del universo y de la vida humana; descubrir su verdad, para aprender a orientar la vida de una forma tan inteligente, que se lograra vivir bien, ser feliz.
      Se dice que fue Sócrates, en el siglo V a. de C. quien dirigió prioritariamente su atención a las cuestiones humanas y no tan sólo a las cósmicas. Los filósofos empezaron a interesarse por saber no sólo por el afán de saber, sino también por  averiguar cómo ser felices, en ese universo que iban descubriendo.
      Ya Aristóteles, al plantearse  tan vital cuestión, había señalado que ser feliz era el fin natural de la existencia humana, y también él como Séneca, recomendaba recurrir a la reflexión, al pensamiento, para investigar, orientar y dar sentido a tan crucial cuestión. Se decía que para ser una persona sabia era preciso aprender a ser feliz.

      Pensar para saber y saber para vivir feliz, estuvo en el centro de la reflexión filosófica de la antigüedad. Desde entonces se han creado distintas y sugerentes propuestas, modelos que varían considerablemente, planteamientos sobre la felicidad desde diversas perspectivas. Propuestas que han sido elaboradas en forma de  manual de conducta, de guía ética, con un sistema de valores, en el que está contenida una filosofía, una visión del mundo y de la vida,  con su praxis y su teoría.

Pensar, filosofar para llevar la teoría  a la praxis


      La actividad filosófica es reflexión teórica y  praxis (práctica) cotidiana; señala Luis Villoro: “el pensamiento filosófico invita a elegir una forma de vida, la práctica de esa vida corrobora el pensamiento”.
      Cicerón afirma que Sócrates fue el primero que hizo descender a la filosofía del cielo y le buscó acomodo práctico en las ciudades, e incluso la introdujo en los hogares, para pensar, filosofar sobre la vida y  costumbres de las personas.
      Sin embargo como señala el gran filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, hay personas que no quieren pensar, filosofar,  que limitan la forma de su pensamiento y su interpretación del mundo, viven al margen de toda filosofía, de toda reflexión teórica. Los nexos con el mundo y consigo mismos aparecen ante las personas en un plano ateórico. “No sienten la necesidad de  pensar, examinar, analizar sus hábitos mentales y lugares comunes que encierran su práctica cotidiana, abordan el mundo desde un pensamiento mecánico, reiterativo”. No se cultiva el pensamiento crítico, no hay una orientación lógica, ni ética, se camina sin brújula, sin sentido, sin filosofía.
      Cuando las personas no tienen una teoría, una filosofía que practicar, señala Adela Cortina, experimentan su vida como un caos en el que se pierden, como en un océano en el que se sienten náufragos, no hay puerto de llegada ni de salida. La vida se presenta como una serie de incidentes inconexos, sin rumbo y sin unidad. La falta de una teoría y una praxis filosófica genera una desorientación vital, que impide navegar rumbo a la serenidad.
      Pensar, reflexionar, teorizar, practicar una filosofía es fuente de serenidad, de alivio y seguridad, es como una terapéutica, como una brújula que guía, como un candil que ilumina el camino, que lo hace más claro y preciso. Por ello la actividad filosófica ha solido representarse con imágenes que expresan con distintas variantes un tema común: la negación de una situación enajenada, el acceso a la razón, a la liberación. Las metáforas son prisioneros atados en una caverna que escapan por fin hacia la luz solar, es iluminación interior, descubrimiento, curación, terapia, alivio del cuerpo y del alma.

Pensar, filosofar para  serenar las tempestades del alma y atender las perturbaciones  del cuerpo



      En la antigüedad grecorromana, pensar, filosofar era un ejercicio, una práctica  permanente que tenía entre sus principales objetivos el cultivo y el cuidado de sí: formarse y cuidarse eran actividades solidarias para con uno mismo. “Voltear y volverse hacia uno mismo, para ser objeto de los propios cuidados”. Por medio de un corpus de saber y el propio ser razonable, se definía una manera de vivir, un modo de relación meditada con uno mismo, con el propio cuerpo, con los alimentos, con la vigilia, con el sueño, con las diferentes actividades y con el medio ambiente.
         Había que precisar las relaciones entre el calendario y los cuidados dedicados a uno mismo. Ateneo aconsejaba que para afrontar la estación invernal en la calle como en la casa, se buscarán lugares cubiertos y calientes; se llevarán vestidos gruesos, se respirará poniéndose delante de la boca una parte del vestido. En cuanto a la alimentación, se escogerá la que “puede calentar las partes del cuerpo y disolver los líquidos cuajados y espesados por el frío. Las bebidas consistirán en hidromiel, en vino enmielado, en vino blanco, viejo y oloroso, en general en sustancias capaces de atraer toda la humedad, pero se disminuirá la cantidad de bebida; el alimento seco será fácil de elaborar, bien fermentado, bien cocido, puro, y se mezclará con hinojo y con biznaga. En lo que hace a las hortalizas, se comerá col, espárragos, puerros, cebolla tierna hervida y rábano blanco hervido; en cuanto a pescado, peces de roca, que se distribuyen fácilmente en el cuerpo; en cuanto a carnes, aves de corral, y entre las otras especies, cabrito y lechón; en cuanto a salsas, las que se preparan con pimienta, mostaza, jaramago, garo y vinagre. Conviene las fricciones bastante vigorosas y sobre todo las que se da uno a sí mismo junto al fuego. Es bueno también recurrir al baño caliente,  en la piscina o en una pequeña bañera.
      Para el verano se recomienda la caminata, esta es más ventajosa en un terreno que no sea enteramente liso, pues las subidas y bajadas, al imprimir al cuerpo movimientos variados, son más favorables, a menos que el estado de debilidad sea extremo. La caminata es más saludable al aire libre que bajo techado; al sol, si la cabeza puede soportarlo, que a la sombra; a la sombra de los muros y del follaje que a la de los techos; en línea recta que en línea sinuosa,  el ejercicio irá seguido de una unción ya sea al sol, ya sea junto al fuego; o también de un baño, pero en una habitación que sea en lo posible alta, bien iluminada y espaciosa.
      Séneca en sus cartas recomienda una dedicada atención a la salud, al régimen, a los malestares, a todas las perturbaciones que pueden circular entre cuerpo y alma. El cuerpo de que ha de ocuparse el adulto cuando se preocupa de sí mismo, no es ya el cuerpo joven, es un cuerpo más bien frágil y sensible, que requiere de ejercicios físicos sin exceso, de la satisfacción tan mesurada como sea posible de las necesidades.
      En su correspondencia Frontón y  Marco Aurelio, se ocupan de las prácticas del cuidado de uno mismo, recomiendan la economía de régimen, la escucha de las perturbaciones, la atención detallada al disfuncionamiento, la consideración de todos los elementos: estación, clima, alimentación, modo de vida.
      En los textos se  señala la insistencia, la atención que conviene concederse a  uno mismo a propósito de todas las perturbaciones. Es necesario respetarse a sí mismo no simplemente en el estatuto propio, sino en el propio ser razonable; ya que los males del alma pueden perturbar el cuerpo, y los males del cuerpo a el alma, comunicándose entre ellos e intercambiar sus malestares.
        “Para ocuparse de la salud del alma, no es para nadie ni demasiado pronto ni demasiado tarde. Ni el joven dilate en filosofar, ni el viejo de filosofar se fastidie; pues a nadie es intempestivo ni por muy joven ni por muy anciano el solicitar la salud del ánimo. Y quien dice, o que no ha llegado el tiempo de filosofar, o que ya se ha pasado, es semejante a quien dice que no ha llegado el tiempo de buscar la felicidad, o que ya se ha pasado. Así que deben filosofar viejos y jóvenes: aquellos para florecer en el bien a beneficio de los nacidos; éstos para ser juntamente jóvenes y ancianos, careciendo del miedo de las cosas futuras. Conviene, pues, cuidar lo que produce felicidad, siendo así que con ella lo tenemos todo, y no teniéndola, lo ejecutamos todo para conseguirla. Practica por tanto, y solicita las cosas que te he enseñado, repetidas veces, teniendo por cierto los principios para vivir. Que nadie siendo joven, tarde en filosofar, ni siendo viejo se canse de la filosofía. No hay pues edad para ocuparse de uno mismo. No es nunca ni demasiado pronto ni demasiado tarde para ocuparse de la propia alma”, afirmaba Epicuro.
      Aquellos a quienes Séneca o Plutarco proponen sus consejos sobre el cuidado del alma, no son ya en efecto los adolescentes ávidos o tímidos a quienes el Sócrates de Platón o el Jenofonte invitaba a ocuparse de sí mismo. Son hombres maduros. Sereno  es  un joven pariente protegido de Séneca: pero nada parecido a un muchacho en curso de estudios. En cuanto a Lucilio, sólo tenía al parecer unos años menos que Séneca; cuando era procurador de Sicilia intercambiaban apretada correspondencia en la que Séneca le expone los principios y las prácticas de su sabiduría, le cuenta sus propias debilidades y sus combates todavía inacabados y le pide incluso a veces ayuda. Por lo demás, no se ruboriza de decirle que a los sesenta años pasados ha ido el mismo a seguir la enseñanza de Metrónaz.
      Los corresponsales a quienes Plutarco dirige unos tratados sobre las virtudes y los defectos, sobre la felicidad del alma y los infortunios de la vida, son también hombres maduros. Hermótimo, anda por las calles analizando las lecciones que no debe olvidar; es sin embargo bastante mayor: desde hace ya veinte años, ha decidido no confundir más su vida con la de los humanos desdichados, y estima todavía en diez años  más para seguir aprendiendo a ser feliz; él ha decidido velar por sí mismo, bajo la dirección de un maestro. Toda esa actividad de orientación de conciencia es el deseo de los adultos de continuar con la educación y cuidado de su alma.
      “Se puede sin deshonra ignorar tocar la cítara, pero  hay que saber  afinar la propia alma con ayuda de la razón”, señalaba Apuleyo.
      En  sus  ensayos sobre la cultura grecorromana, Michel Foucault señala que es un empeño de los adultos ocuparse de su alma, es  su deseo como escolares ir a buscar a los filósofos para que los orienten hacía  el camino de la felicidad.
       El que los filósofos recomienden el cuidado de la propia alma, el preocuparse de uno mismo no quiere decir que esté reservado a aquellos que escogen una vida semejante a la de ellos, o que semejante actitud no sea indispensable sino durante el tiempo que se pase junto a ellos. Es un principio válido para todos, todo el tiempo, durante toda la vida. El caso de Plinio puede servir de ejemplo concreto: alejado de toda pertenencia doctrinal estricta, recorriendo la carrera regular de los honores, ocupado en sus trabajos literarios, no se encuentra en absoluto en instancia de ruptura con el mundo. Y sin embargo no cesa de manifestar a todo lo largo de su vida que se propone seguir aprendiendo. Se entrega a la lectura, a la composición, al cuidado de la salud, a la conversación consigo mismo y con sus propios escritos. Cuando es enviado a Siria, su primer deseo es presentarse ante Éufrates para seguir sus enseñanzas, “hacerse querer de él, y beneficiarse de un maestro que sabe combatir los errores sin atacar a los individuos”.

Pensar para cultivar, innovar, reformar y podar errores


      Desde Sócrates la actividad filosófica ha pretendido ser “reforma del entendimiento e innovación de vida”.
      Innovar, reformar, podar errores, requiere como un jardín un cuidado delicado, que consiste no solamente en riego continúo sino también quitar la maleza, las hierbas que perjudican, que impiden un sano crecimiento. Agnes Heller señala que es responsabilidad de cada quien que cultiva, que siembra, que poda. Una persona puede cortar, olvidar, desaprender sentimientos, pensamientos, creencias, conceptos. Así también puede plantar nuevos  conceptos aprendidos, para innovar su entendimiento.
      Esta innovación puede realizarse mediante la siguiente actividad filosófica, con tres operaciones ligadas entre sí, como nos ilustra Luis Villoro. Primero: el análisis de los conceptos permite rechazar los conceptos (sentimentales e intelectuales)  oscuros y alcanzar conceptos cada vez más precisos; esto requeriría de la reforma de nuestro marco conceptual (categorías, significados, símbolos). Segundo: el examen de las razones en que se fundan los enunciados que expresan nuestras creencias, permite rechazar las opiniones infundadas y llegar a creencias fundadas en razones; esto requeriría la reforma de nuestras creencias (sentimentales e intelectuales). Tercero: la reforma de nuestra capacidad interrogatoria, para formularnos preguntas cada vez más iluminadoras.
      La crítica de la razón conduce inevitablemente al rechazo u olvido de conceptos obscuros sin fundamento y a la formulación de nuevos conceptos y conocimientos, lo cual libera el entendimiento, así sea parcialmente, de ciertos saberes aceptados sin discusión, lo que permite reformar el marco conceptual en que se basan los conocimientos  que guían las acciones de nuestra vida.
      Para Roger Bartra, la reforma del entendimiento, el cultivo del jardín significa podar y corregir pensamientos e ideas. “Es como sembrar la cepa espinosa del mismo rosal, previamente podado; en este trabajo de jardinería intelectual he ido cortando muchos tallos que me parecían marchitos o torcidos: expresiones dogmáticas, calificativos arbitrarios, adjetivos excesivos y afirmaciones con las que ahora estoy inconforme. Los tallos de la planta son espinosos y me he lastimado los dedos al podarla, como si los agudos recuerdos de viejas equivocaciones se hubiesen endurecido en la memoria”.
      El cultivo de un rosal es como el cultivo del alma nos dice E. Fromm, requiere de delicados cuidados para actualizar todo su potencial, que sus hojas se desarrollen bien, que su flor sea una rosa sana. “El rosal necesita un tipo especial de tierra, de humedad, de temperatura, de sol y sombra, hay que procurárselos, si se quiere conseguir buenas rosas. Pero incluso si no es posible, el rosal tratará  de satisfacer al máximo sus necesidades, aunque no pueda modificar en nada la tierra y la humedad, puede inclinarse vitalmente hacia el sol, para continuar floreciendo siempre.
      “Entre las almas y entre las rosas hay semejanzas maravillosas,  almas que perfuman con su fragancia y alegran la vida con vivos colores”, dice una hermosa canción  chiapaneca.
      El autocultivo del propio jardín sentimental  se convierte en gozo y autodisfrute, nos dice Agnes Heller, porque no sólo se riega, se quitan, se seleccionan, se podan ramas, sino que se siembra, se pone el propio estilo, el sello personal, mediante un permanente y delicado trabajo de jardinería intelectual, basado en el cultivo del conocimiento, el análisis, la lógica y el razonamiento, a partir de pensar, jugar, filosofar.

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