ENSAYOS SOBRE LA HISTORIA, LA FILOSOFÍA Y LA SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Carmina García de León

CAPITULO IV
1. Las Paredes Oyen


Defensa y Resistencia: secretos, silencios, apariencias, disimulos, verdades a medias.
Algunos historiadores estudiosos de esa época consideran que no obstante la imposición del Discurso Oficial Católico con respecto a las relaciones sentimentales y al comportamiento sexual, sobre la sociedad novohispana; una buena parte de los diversos grupos sociales no se comportaron como víctimas pasivas de la ideología dominante, que por medio de sus normas de coacción, los obligaban a obedecer. Sino que fueron artesanos de diminutas revoluciones a escala íntima, individuos deseosos de desenvolverse con más libertad en un mundo en que la transgresión pareció a muchos la única salida a una norma rígida, sin alternativa y desadaptada, respecto a la realidad que pretendía regir.
La única defensa, y resistencia en contra de la normatividad, era la de transgredir, la de subvertir (de subvertere, que significa trastornar, omitir, revolver) la norma.  Pero esta subversión, esta discrepancia con el orden sentimental impuesto, no podía hacerse abiertamente, en una forma directa, clara y frontal ya que hacerlo así podría significar: la marginación, el repudio, la exclusión, la pérdida de los bienes, y a veces hasta la vida.
Por lo que los métodos de transgresión eran: los secretos, las verdades a medias, el silencio, la apariencia y disimulo. Como pudimos observar en el caso de los sacerdotes y las religiosas en el que las relaciones sentimentales, los encuentros, las cartas, las poesías, las citas, las caricias  tenían que hacerse en forma clandestina, en sigilo, con discreción, con prudencia, con disimulo, cuidando los detalles, las apariencias. Lo mismo sucedía en todos los casos en que la normatividad, el orden sentimental consideraba que se trataba de relaciones ilícitas desviadas, profanas, sensuales.
Por lo que para librarse de tan absurdas y ridículas normatividades, los lemas, las divisas de la resistencia y defensa contra el Discurso Oficial sentimental impuesto era: “Del dicho al hecho hay un trecho” y “Obedézcase pero no se cumpla”. Si bien este último lema sirvió como método libertario en la vida privada; en la administración política y económica de la vida pública, fue causa de una mayor ineficiencia y corrupción, pero sin embargo, fue de gran ayuda en la vida intima de las personas, puesto que les permitía abrir un espacio ante la estrechez y angostura de los cauces en que la absurda y errónea  normatividad, derivada de la ideología  dominante, quería encerrar a  los sentimientos.
Se podía decir que existía una especie de acuerdo tácito, en el que la sociedad aparentaba que todo se cumplía al pie de la letra, tal como lo dictaba el orden sentimental. Se hacía como que se obedecía, como que se cumplía, pero en la oscuridad, en el silencio, en la clandestinidad, en el secreto, se podían  dar los versos y los besos furtivos.    
Gran parte de la población guardaba secretos de unos y otros, aunque a veces se podían convertir en secretos a voces, pero que de alguna manera permanecían ocultos para proteger o para protegerse de alguien. En algunos casos se decía que no era verdad, sino que sólo era un rumor, un chisme inventado; pero como de cualquier manera unos y otros se conocían sus mutuos secretos, generaba toda una red de complicidades, de apariencias, de disimulos.
1.1. La historia oficial sentimental y la historia real sentimental. Fuentes: los secretos, rumores, chismes, cartas, diarios íntimos, novelas, literatura.
Se podía decir que una era la historia oficial sentimental de la sociedad, que era de acuerdo al discurso oficial del orden sentimental impuesto, y otra era la historia sentimental que las personas en realidad vivían y experimentaban en la cotidianeidad.
Lo que se conocía como historia oficial era la ficción, en cambio lo que nos permite conocer lo que sucedía en las historias sentimentales reales de los personajes que componían la sociedad novohispana eran los secretos, las cartas, la correspondencia familiar, los chismes, los rumores, la revelación de diarios íntimos, muchos de ellos transformados en literatura, en novela que si correspondía a la realidad sentimental vivida por las personas.
La literatura es hasta cierto punto una verdad traducida a una mentira llamada novela. “Una mentira que no es más que un modo indirecto de revelar una verdad profunda, oculta, a veces indecible directamente”, afirma Vargas Llosa.
Por lo que la literatura ha sido una fuente muy importante para conocer la verdadera historia sentimental y no sólo la ficción oficial. Como es el caso de Artemio de Valle Arizpe, historiador, escritor, que con su novela sobre la vida de la Güera Rodríguez nos recrea parte de la vida real del México colonial, en su narración nos devela los secretos, los chismes, los rumores, las costumbres de estos tiempos de finales de siglo XVIII y principios del XIX.
Costumbres de las que dieron testimonio en sus cartas, los viajeros que describen el mundo de América, entre ellos la marquesa Calderón de la Barca que estuvo en México en una  etapa posterior a la Colonia y la independencia entre 1839 y 1842, donde se puede observar como continuaba la misma resistencia para evadir la absurda y estricta normatividad heredada de la época colonial. Ella expresaba en una de sus cartas, “…es cierto que ha de pasar mucho tiempo antes que un extranjero pueda darse cuenta como es el comportamiento íntimo entre las personas de este país, pues cualquiera que sea la condición privada de estos individuos, prevalece el decoro más absoluto en la conducta exterior, mientras una mujer asista a la Iglesia asiduamente, patrocine alguna institución de caridad y no cause escándalo en su conducta exterior, bien puede hacer lo que le venga en gana privadamente”. En esto se daba cuenta que existía un desfase entre los comportamientos requeridos, ostentados y aquellos que se ejercían  en la vida diaria.
Pero gracias a la defensa y resistencia del “obedézcase pero no se cumpla”, la vida cotidiana se desarrollaba de acuerdo con escalas más permisivas y flexibles, más cercana a los gustos y deseos de las personas, con el único método de transgresión en ese momento posible: la apariencia, el disimulo, el secreto, el silencio ya que de no hacerlo así, las personas podían ir a dar a la cárcel, al panteón o a la inquisición.
Como nos lo ilustra Artemio del Valle Arizpe, en otro pasaje de su novela histórica sobre la vida de la Güera Rodríguez, a quien el Virrey J. Vicente Guemes segundo conde de Revillagigedo, obligó a casarse, cuando ella era todavía muy joven.
“La donairosa y vibrante Güera Rodríguez, duró en la sujeción de casada con el calatravo (de Calatrabia) don José Jerónimo López de Perlada de Villar Villamil y Primo, hasta once largos años. En los primeros años fue toda  agradable a su marido, de hermosura verdaderamente  viril, en esos tiempos no tenía más querer o no querer que el de don José Jerónimo; que cumplía con gusto sus  antojos.
Pero en los últimos años de ese enlace ya no hubo buenos tratos ni menos felicidad,      por lo que no estaban muy avenidos la Güera y su marido.
            Aparte de esta relación  bendecida por la santa madre  Iglesia Católica, Apostólica y Romana, tuvo otros galantes devaneos en lo que no tercia Dios, pero era lo que le pedía su alma con sed de amor.
     (vicisitudes de los enamorados; única solución, disimulo y apariencia.)
Tuvo la Güera Rodríguez, sentimental relación con don José Mariano Beristaín de Souza, que ejercía de canónigo en la Santa Iglesia Metropolitana, que también tenía el título de Doctor, como se pone en la portada de su magnífica “Biblioteca Hispano Americana Septentrional, o Catálogo y Noticias de los Literatos que nacidos, o educados, o florecientes en la América Septentrional Española, ha dado a luz algún escrito o lo han dejado preparado para la prensa.
La Güera llevó a vivir a su casa al señor canónigo dizque (aparentemente) para que trabajara con sosegada calma en aquellas largas listas que hacía de escritores mexicanos y de la América Septentrional, ya que en la suya propia dizque (aparentemente) no tenían sosiego para dedicarse a sus pacientes estudios bibliográficos. Estas listas eran seguidas por una pormenorizada enumeración de las obras que compusieron.
Para realizar este trabajo movía el señor canónigo un sin fin de papeles polvorientos y de volúmenes en donde se les mencionaba. Leía insaciablemente mucho de lo que produjeron esos escritores, para emitir un juicio certero y no sólo se echaba a pechos sus libros sino hasta los manuscritos que dejaron sin que fueran a las imprentas, por lo que estaba siempre atareado para componer su extensa Biblioteca Hispano Americana Septentrional, con la que ha engrandecido más el nombre de México.

¿Cómo para hacer este dilatado y pacienzudo trabajo iba a tener José Mariano Beristaín de Souza más sosiego y tranquilidad en la casa de doña María Ignacia Rodríguez que en la suya propia, esquina que hacían las calles de Tacuba con las de Santo Domingo?, ¿Qué a caso para trabajar a gusto, traslado a la residencia de la gentil Rodríguez gran parte de su biblioteca o, al menos los numerosos cuerpos de libros para no suspender su acuciosa, larga y meritísima labor? No, por Dios, allí trabajaba contento, contentísimo, con lo que eficazmente le daba con su fuego, la incomparable y linda señora. Teniendo ella y el señor canónigo perdidos los sentidos, estando en un puro embelesamiento; siempre despiertos y ágiles, vivos sus ojos que les relumbraban saltarines de puro gusto.
            (en secreto, en  silencio,  las citas y los besos furtivos.)
Una tarde se citaron la Güera y el Canónigo en el anchuroso templo de la Casa de la  Profesa, un atardecer ya rebosante de noche, sólo el fulgor de una que otra vela de promesa y de alguna lamparilla veladora delante de una imagen, ponían su amarillo trémulo en la vasta oscuridad. La llamita de estas lámparas veladoras, se debatía temblorosa entre aquella sombra fragante de incienso y de rosas. En esto acertó a pasar por una nave el Prepósito don Matías Monteagudo y por un rincón en el que se amontonaba más la tiniebla, no sé que oyó, no sé que vio el bueno del filipense, que parece que tenia ojos como los de la lechuza, para los que la oscuridad es luz que los alumbran, o que sus oídos eran los de un tísico, que dicen que estaban tan afinados que perciben claramente el leve volar de una mosca lejana. El caso que con lo que oyó y miró dijo el inevitable: “¿Quién anda por ahí? Y sin contestar a la pregunta salieron de lo oscuro dos cuerpos rapidísimo  como impelidos por un fuerte resorte que se distiende, y sobre ellos cayó de pronto la claridad trémula de una amarilla votiva y vio azorado el Prepósito quienes eran los que se ocultaban en aquel impropio refugio.
Se embraveció don Matías con un gran coraje, y dijo a los fugitivos unas palabras duras y exactas y los dos salieron de estampida corriendo más veloces que disparada saeta, por la ancha puerta que caía hacia San José del Real.
¿Para qué ir a platicar en la incomodidad de la Iglesia, si tenían para esto la muy tranquila soledad de la casa en la que siempre estaban con rostro halagüeño como si trataran de cosas naturales y fáciles? Tal vez don José Jerónimo, el marido de la Güera no los dejó con su enfadosa presencia estar solos, y por eso se fueron a refugiar en la Profesa, frontera a su casa, para proseguir conversaciones interesantes.
Por lo que pronto el chisme y los rumores, le llegaron a don José Jerónimo. Supo tal y cuales cosas, de seguro mentiras, y vio tales y cuales otras, de seguro amplificadas a figuraciones, y malició algunas más, que esas si podían ser, ya que la imaginación no tiene riendas que la detengan, y como este señor era dueño de un temperamento impulsivo y claderoniano, le dio de golpes a su gentil esposa.
La Güera impertérrita no soportó los malos tratos de su marido que le dejaban moretones en el rostro y en otras partes del cuerpo, por lo que la Güera pidió la separación.
Así también el marido demandó a la Güera Rodríguez, formándose un abultado expediente, este mamotreto, de varios folios es el tomo 582 del ramo Criminal, en donde se pide la separación conyugal.
La Güera se encantó con esa inquebrantable y buena determinación de su marido que más oportuna y excelente no podía ser, pues ansiaba romper la coyunda que le tenía unida a su esposo.
Pero don José Jerónimo dio las razones por las que solicitaban la separación, y ninguna de ellas era un grano de arroz. La acusó por “sacrilegios adulterinos excesos que con el más lamentable abandono de su conciencia y honra había cometido” diciendo que la Güera no guardó el debido decoro en su matrimonio y que salía las más de los días y las más de las noches, a quien sabe que negocios y afanes, por lo que él se llenó de inquietudes, nacidas del irregular manejo que su mujer tiene en su casa, en la que muchas veces lucía trajes escandalosos e indecentes.
                                ( verdades a medias)
La Güera negó todo, pero denunció a su esposo porque éste intentó matarla dándole un tiro con una pistola. A lo que el marido contestó que en realidad lo que quiso era darle sólo un simple susto, pues la pistola con la que disparó no tenía balas, únicamente pólvora y tacos de sebo, nada perjudiciales fuera de que ensucian un poco donde caen y ni siquiera al tirar del gatillo dio chispa, no sonó el disparo con el que quería hacer temblar las carnes de espanto.
El proceso se prolongó varios meses, en el que uno y otro se inculpaban mutuamente, sin que se diera la sentencia. Pero la que sentenció este escandaloso asunto, que fue la comidilla en los estrados, rebóticas, en las tertulias del Parián y en las alacenas del portal de Mercaderes y de Agustinos, fue la señora muerte, ya que mientras se llevaba a cabo el pleito, se envió a Querétaro, comisionado con su regimiento, a don José Jerónimo, pero estando allá, éste cayó enfermo de un mal del hígado, que poco a poco lo hicieron rendir la vida, con lo que ya la separación con doña María Ignacia Rodríguez fue definitiva.
                      ( las apariencias, el disimulo)
La Güera al enterarse padeció con una muy “moderada pena”, la muerte de don José Jerónimo su marido, pero para no dar más tema a las fáciles chismerías, la tuvo que rebozar con un poco de tristeza y con luengos lutos, porque:
             “La mujer ha de ser buena,
                y parecerlo, que es más”.

 (Hace decir Miguel de Cervantes a Ocaña en la jornada I de la Entretenida).

Las novelas, la literatura, reflexiona Hortensia Moreno, tratan de los personajes que se han salido del orden sentimental impuesto, de su normatividad. Por eso las buenas novelas no están comprendidas en la lista de enseñanzas que se ha elaborado para dirigir la educación  institucional. Las buenas novelas son buenas porque se mueven en múltiples direcciones, porque exponen diversas maneras de ser, de tal forma que la literatura en lugar de orientar el sentido de las relaciones sentimentales, dentro del terreno de lo “adecuado”, “ideal” y “correcto” en concordancia con el discurso oficial; en lugar de describir la sumisión a una norma impuesta, nos habla precisamente de las dificultades que ciertos seres humanos experimentan para evadir absurdas y ridículas imposiciones.
Por lo que las “buenas” novelas forman parte de esa otra educación, la de ruptura con el orden sentimental, que en la época colonial se enseñaba en silencio, discretamente, sobre entendida, soterrada con la escasa literatura prohibida, que llegaba clandestinamente a las manos de la sociedad novohispana. Dentro del índice de libros prohibidos por la Inquisición del Santo Oficio, se encontraban un gran número de novelas, sobre todo francesas.

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