ENSAYOS SOBRE LA HISTORIA, LA FILOSOFÍA Y LA SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Carmina García de León

CAPITULO III
1. Una brújula para orientar la imaginación y la fantasía: educar también es enseñar a soñar.


            Enseñar a soñar es enseñar a imaginar. El sueño es una condición imprescindible para orientar la imaginación, lo que facilita su materialización. En los sueños se descubre con claridad la relación de la fantasía con las necesidades. La imaginación aparece durante la situación problemática, en aquellos casos en que se buscan nuevas soluciones, motivadas por las necesidades de la persona. Cuando la situación problemática se distingue por alto grado de indeterminación, cuando sus datos iniciales se someten con dificultad a un análisis exacto, en este caso entra en acción la imaginación. De esta manera, la imaginación cumple con una función importante en el estudio de un problema y a menudo conduce a suposiciones maravillosas. Con la imaginación y la fantasía se diseñan nuevas e inesperadas combinaciones y conexiones, extraídos de experiencias anteriores y que son resultado intencional o no intencional de infinita cantidad de hechos, de análisis, que constituye la primera etapa de la fantasía creadora.
            La actividad creadora implica fantasía, sin embargo, el proceso de imaginación, no siempre encuentra materialización inmediata en las acciones prácticas de la persona. A menudo toma la forma de una actividad interior, que consiste en la creación de las imágenes de lo que el ser humano quisiera realizar, estas imágenes del futuro deseado se llaman sueños.
            A lo largo de la historia, los seres humanos han realizado hermosos sueños, en cada objeto, en un foco, en una pluma, en una máquina de escribir, en una hoja de afeitar, etc., podemos comprobar los sueños materializados, gracias a la imaginación de muchas generaciones que experimentaron enorme necesidad de tales objetos. El pedagogo ruso A. Petrovski nos indica que mientras más larga es la historia de algunas cosas, más variaciones ha experimentado, por lo tanto, contiene mayor cantidad de sueños humanos. El sueño hecho realidad provoca una nueva necesidad y la nueva necesidad, genera un nuevo sueño. Al comienzo, cada logro nuevo de la actividad creadora, cada cosa nueva parece perfecta, pero a medida que va siendo asimilada, se van descubriendo insuficiencias y la persona empieza a soñar en algo mejor, estimulando de esta manera el proceso de materialización.


1.1. Artesanos de los sueños


            Hace varios siglos, el vidrio común para ventanas era un sueño irrealizable, las ventanas eran cubiertas con vejigas de vacunos, que apenas dejaban penetrar la luz. En aquel tiempo sólo era posible soñar con un material transparente, como el agua o el aire, que dejara pasar la luz. Perfeccionando los sueños y la tecnología, fue posible la producción de vidrio, para obtener la ansiada luminosidad. Pero el vidrio serviría no solamente para poder mirar las calles a través de las ventanas; las miradas y los sueños volarían aún más lejos, por el universo, hasta los planetas, hasta la luna; como alguna vez en  sus sueños imaginó Galileo Galilei, que desde niño aprendió a soñar como su padre, como su abuelo, y también de  un antepasado de la familia; el muy soñador Galileo Bounaiuti, un famoso científico, que enseñó y ejercitó la medicina a comienzos del siglo XV en Florencia, del cual heredó su nombre.
            Cuando Galileo tenía diez años atravesó Toscana para unirse a sus padres y a Virginia, su hermana mayor. Al llegar a Florencia a los trece años recibió clases de gramática cerca de su nueva casa y después fue al monasterio benedictino de Vallombrosa para estudiar griego, latín y lógica. Una vez allí, ingresó en la orden como novicio con la esperanza de convertirse algún día en monje. Tiempo después cambió de idea, por lo que Vicenzio, su padre sacó a Galileo y lo llevó de nuevo a casa alegando una inflamación en los ojos del joven que precisaba tratamiento médico.
            Vicenzio planeó enviar a Galileo a Pisa, al colegio de la Sapienza, como uno de los cuarenta jóvenes toscanos que tenían garantizada la enseñanza y el alojamiento gratuitos, pero no pudo conseguir escolarización. Un buen amigo de Vicenzio en Pisa ofreció entonces hacerse cargo de Galileo en su propia casa con el fin de reducir el costo de la educación del chico.
            En septiembre de 1581, Galileo se matriculó en la Universidad de Pisa, intentando emular la trayectoria de su famoso antepasado. Aunque inició la carrera de medicina, se apasionó abiertamente por las matemáticas cuando conoció la geometría de Euclides en 1583.
Galileo empezó a soñar con la idea de ser matemático, su padre lo ayudaría a realizar su sueño, transmitiéndole sus conocimientos. Vicenzio se ganaba la vida  dando clases de música en la misma casa alquilada en que Galileo nació, tenía modestos ingresos, pero era considerado un especialista en música, en una época en que la música era entendida como rama especial de las matemáticas. Vicenzio enseñó a Galileo a cantar y a tocar el órgano y otros instrumentos, incluyendo el recientemente mejorado laúd, que acabó siendo su favorito. En el transcurso de su formación, el padre enseñó al hijo la teoría pitagórica de las proporciones musicales, las propiedades numéricas de las notas en una escala y como afinar los instrumentos aplicando sus estudios sobre la física del sonido, estableciendo una fórmula para afinar el laúd acortando los intervalos entes los trastes.
            Galileo estudiaba con atención un libro que escribió su padre Vicenzio, en el que definía la nueva técnica de afinación donde concedía más importancia a la armonía del sonido de los instrumentos que a las tradicionales y  estrictas relaciones numéricas entre las notas. Este libro desafiaba abiertamente al antiguo profesor de música del propio Vicenzio, que impidió que se publicara en 1578 en Venecia. No obstante, Vicenzio perseveró hasta que tres años después vio impresa su obra en Florencia.
            “Me parece – afirmaba Vicenzio en su Diálogo sobre la música antigua y moderna – que aquellos que recurren simplemente a la fuerza de la autoridad con el fin de demostrar cualquier afirmación sin aducir ningún otro argumento para fundamentarla actúan de un modo verdaderamente absurdo. Por el contrario, yo deseo que se me permita preguntar y responder libremente como lo hacen aquellos que buscan la verdad”.
            Galileo aprendió todas las lecciones de su padre, además de estudiar cuatro años en la Universidad de Pisa, iniciándose también en la física experimental. Posteriormente, obtuvo un puesto en la Universidad cercana a la desembocadura del río Arno. La crecida del río retrasó la llegada de Galileo al campus, de modo que perdió las seis primeras clases y recibió sendas multas por estas ausencias. Pero cuando terminó el año, las autoridades universitarias redujeron su salario por una infracción de otra naturaleza: su negativa a llevar siempre las vestimentas establecidas por la disciplina académica.
            Tiempo después murió Vicenzio, su admirado y querido padre. Al año siguiente Galileo abandonó Pisa para hacerse cargo de la cátedra de matemáticas de la Universidad de Padua, además de proseguir los estudios que había iniciado sobre las propiedades del movimiento, puesto que los sabios de ese tiempo consideraban el movimiento como la base de la filosofía natural.
            En esa época imaginaba, soñaba y diseñaba el que sería su primer invento científico: un compás geométrico. Su aspecto era el de un par de reglas marcadas con una escala graduada, unidas por una bisagra con una tuerca y con un arco móvil que permitía mantenerlo abierto hasta casi cualquier ángulo. Después de varias modificaciones, el dispositivo funcionaba como una rudimentaria calculadora con la que se podía resolver el interés compuesto y los porcentajes de los intercambios monetarios y obtener raíces cuadradas.
            Al principio entregaba el manual de instrucciones escrito de su puño y letra que servía de apoyo para el aprendizaje y uso del compás, pero en 1603 contrató los servicios de un amanuense que le ayudaba a reproducir las copias necesarias, hasta que tres años más tarde pudo publicar un folleto que se vendía con el aparato, llamó a este tratado, “Operaciones del compás geométrico de Galileo Galilei”, la portada de 1606 indica que el libro fue impreso en casa del autor.
            Siguió en Padua dedicado a la enseñanza y a sus investigaciones, soñaba con establecer los principios matemáticos de una máquina simple como el péndulo, o determinar la aceleración de los cuerpos durante la caída libre, uno de los problemas más importantes, que la ciencia de la época, aún no había resuelto.
            Galileo se aparto de sus experimentos acerca del movimiento porque en su fantasía apareció un nuevo sueño motivado por los rumores sobre una nueva curiosidad holandesa llamada catalejo o anteojo, que era capaz de conseguir que los objetos lejanos aparentaran estar más cerca de lo que en realidad estaban. Los ópticos de París los estaban vendiendo en grandes cantidades aunque el instrumento mismo, compuesto de una serie de cristales de gafas, era en su primera encarnación poco más que un juguete.
 Galileo imaginó lo que se conocería después como “telescopio”, tratando de mejorar lo que había oído sobre el catalejo para aumentar su alcance, calculó la forma y disposición ideal de las lentes, fabricó y pulió el mismo las lentes principales y continuó perfeccionando aún más el ingenio óptico, fabricando lentes de veinte aumentos.
      Galileo soñaba con alcanzar el cielo, hasta que una noche de invierno, acosado por el frío y por las dificultades de mantener fijo el telescopio a causa del temblor de sus manos y de los latidos de su emocionado corazón, limpiando las lentes de su telescopio con un paño una y otra vez, porque de lo contrario se empañaban con su aliento, con la humedad del aire brumoso o incluso con el mismo vapor que exudaba de su ojo. En esa oscura noche tuvo la oportunidad de dirigir uno de sus telescopios hacia la superficie de la luna y como algo extraordinario pudo mirarla cara a cara. Sus rasgos mellados le saludaron por sorpresa produciéndole un gran júbilo. Fascinado por sus descubrimientos nocturnos pasó la mitad del mes de diciembre haciendo una serie de bocetos detallados de la Luna en diferentes fases. “Es igual que la superficie de la Tierra – concluía Galileo - que está jalonadas aquí y allá de cadenas montañosas y profundos valles”.
            De la Luna pasó a las estrellas, dos tipos de estrellas poblaban el cielo en la antigüedad. Las estrellas “fijas” dibujaban imágenes en el cielo nocturno y giraban alrededor de la tierra con un ciclo diario (una vez al día). Las estrellas “errantes” o planteas – Mercurio, Venus, Marte Júpiter y Saturno – se movían en dirección contraria a las estrellas fijas según un ciclo muy complejo. Galileo fue el primero en describirlos. “Los planetas muestran un contorno bien definido, con la apariencia de pequeñas lunas esféricas inundadas de luz; las estrellas fijas nunca pueden verse delimitadas por un contorno circular, sino que tienen el aspecto de grandes resplandores cuyos rayos vibran alrededor de ellas y centellean muchísimo”.
            Enseguida plasmó sus descubrimientos en un nuevo libro titulado, “Sidereus Nuncios o El mensajero sideral”. Estos descubrimientos revolucionaban el estudio de la astronomía con la demostración de la verdadera disposición de los cielos y la refutación de la concepción de Aristóteles, largo tiempo incuestionada, de que todos los cuerpos celestes eran esferas completamente perfectas.
            Un nuevo sueño humano, el telescopio, que causó gran expectación junto con el libro que se vendió a la semana de su publicación, de modo que Galileo sólo pudo recibir seis de los treinta ejemplares que le había prometido el editor mientras las novedades de su contenido se esparcían rápidamente a lo largo y lo ancho de todo el mundo.
            Pocas horas después de que “El mensajero sideral” saliera de la imprenta el 12 de marzo de 1610, el embajador británico en Venecia, sir Henry Wotton, remitió una copia a su país para el rey Jaime I. “Os envío junto con esta carta, el más extraño conjunto de noticias,  que jamás habéis recibido de cualquier parte del mundo. Se trata del libro que os adjunto, aparecido este mismo día, de un profesor de matemáticas de Padua, quien, con ayuda de un instrumento óptico que al mismo tiempo agranda y aproxima los objetos, ha descubierto estrellas desconocidas. Ha encontrado también la mismísima Vía Láctea, buscada durante tanto tiempo, y, por último ha descubierto que la Luna no es una esfera lisa, sino que está cubierta de muchas prominencias y, lo que es más curioso de todo, iluminada por el Sol mediante la reflexión de la luz en la Tierra, tal como parece decir él mismo. Así que, ha derribado la astronomía anterior, debemos de encontrarnos bajo una nueva bóveda celeste. Todo esto que me he atrevido a contaros, llena por completo todos y cada uno de los rincones de este lugar. Le envío uno de los instrumentos antes citados ( un telescopio), en el próximo barco tal como ha sido perfeccionado por este ilustre hombre”.
            En Praga, el astrónomo Johannes Kepler escribió a Galileo: “Puedo parecer imprudente al aceptar vuestros descubrimientos con tanta rapidez sin ningún fundamento procedente de mi propia experiencia; pero ¿por qué no habría de creer a un matemático experimentado cuyo buen etilo acredita la sonoridad de sus afirmaciones?”
            Galileo fue nombrado maestro matemático y filósofo de la Universidad de Pisa. Galileo había señalado expresamente que se añadiera el título de “filosofo” a su nombramiento pero insistió también en que se mantuviera “matemático” porque quería poner de relieve la importancia de las matemáticas en la filosofía natural, porque el afirmaba que: ”La filosofía está escrita en ese gran libro que es el Universo y que está constantemente abierto ante nuestros ojos. Pero el libro no puede comprenderse a menos que uno aprenda antes a leer el alfabeto y las palabras con que está escrito, ya que está escrito en el lenguaje de las matemáticas y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es humanamente imposible comprender una sola palabra; sin ellos, uno vaga sin rumbo por un oscuro laberinto”.
      La Academia Lincea, expresó que se requieren filósofos como Galileo, “que ansían el conocimiento verdadero y se entreguen al estudio de la naturaleza, especialmente de las matemáticas; al mismo tiempo, no desperdician el valor de la filología y la literatura elegantes que, como graciosas prendas, adornan el cuerpo de la ciencia por entero…”.
      Se ofreció un banquete en su honor en la colina más alta para disfrutar las imágenes que ofrecía la innovación. Para despejar cualquier posible duda sobre la exactitud del aparato, Galileo dirigió la mira del telescopio hacia el muro exterior de la Iglesia de San Juan de Letrán, en el que todos pudieron leer fácilmente una inscripción atribuida al Papa Sixto V que estaba a más de un kilómetro de distancia. También tuvieron el placer inigualable de divisar barcos en el horizonte, dos o tres horas antes de que pudieran verlos las miradas de los jóvenes con la vista más aguda, mediante el soñado telescopio.
      Aproximadamente medio siglo después de que Galileo realizó sus sueños, al poder mirar la bóveda celeste, otros sueños también se cumplían: los de Hooke, Malpighi y Leeuwenhoek, cuando a través del “Microscopio” tuvieron por primera vez el privilegio de mirar el universo hasta entonces invisible, de los organismos diminutos. Robert Hooke (1635 – 1703) fue el primero en descubrir la estructura celular de las cosas vivas. Hombre de gran creatividad y laboriosidad, se hallaba ansioso de demostrar cuanto mejor puede ver el ojo humano cuando se ayuda de las lentes, utilizándola para observar con deleite todo lo que se hallaba a su alcance. Observó gotas de agua, los insectos, los copos de nieve, las hojas, las alas de la polilla y los trozos de corcho. Para sorpresa suya encontró que el corcho estaba compuesto de pequeños compartimientos “células”, de la palabra latina cella, que quiere decir pequeña habitación. En 1665 publicó su Micrografía, el primer libro dedicado exclusivamente a las observaciones microscópicas, ilustrada con dibujos memorables por su belleza y precisión en las que colaboró Crirstopher Wren. Así se cumplió también un nuevo y hermoso sueño.

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