ENSAYOS SOBRE LA HISTORIA, LA FILOSOFÍA Y LA SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Carmina García de León

CAPITULO II
1. Una brújula para orientar a los navegantes de los sueños, nostalgias y utopías


                        La educación al igual que una brújula tiene una orientación,  afirma el  pedagogo Paulo Freire; esta orientación tendría que estar dirigida hacia la realización de un sueño, señalando el camino que conduce hacia la utopía.  La  educación orienta, transmite ciertos valores, ciertos ideales y conocimientos; elige, verifica, presupone, convence, descarta, y elogia, no es neutral, sino como una brújula apunta a favor del desarrollo de un modelo de sociedad, de cierto tipo de relaciones sentimentales, de cierto tipo de ser humano frente a otro.
            A diferencia de los tiranos, que en su afán de poder y riquezas, como una pesadilla arrasan el planeta, causando sufrimiento, opresión y tristeza; así también hay navegantes que a su paso por la tierra, son inspiradores y artesanos de dulces sueños y generosas utopías.
            El dulce sueño de construir relaciones entre los seres humanos más generosas, armónicas y solidarias, ha sido como lo expresa el historiador Enrique Semo: “terreno fértil para el florecimiento del pensamiento utópico”.
            Oscar Wilde afirmaba “que un mapa del mundo que no incluye la utopía no es digno de ser mirado”. Alain Touraine escribió que “el pensamiento utópico es indispensable como estadio en el proceso de cambio social y cultural”.
            “Utopía” es un término ideado por Tomas Moro, un dulce navegante de los sueños,  que entre 1515 y 1516, diseña un nuevo modelo de sociedad, en la isla de “utopía”, que en griego significa “no hay tal lugar”, por lo que en su libro que lleva este nombre, la inventa y le da vida.     Tomas Moro no acepta las injusticias de la época, que condenaban a las personas a la pobreza, a la guerra y al trabajo agobiante, por lo que somete a una severa crítica al orden existente y eleva sus ojos hacia un mundo imaginario. En sus sueños y utopías, crea una comunidad imaginaria en donde no hay guerra y solo reina la paz y la armonía. No existe la pobreza, ni el trabajo esclavizante, lo que permite a los habitantes dedicarse al estudio del arte y de las ciencias. Aquí en esta imaginaria isla de Utopía, no existe el dinero, la propiedad de la tierra es comunitaria, la cual se cultiva colectivamente para obtener el sustento que se distribuye en forma igualitaria. En su boceto de dulces sueños y utopías, dibujaba los rasgos de una sociedad feliz, que se  pudiera recrear en la realidad. Sueños y utopías que influyeron profundamente en los movimientos sociales y culturales, incluso en la colonización de América; utopías que inspiraron sobre todo a otro artesano de dulces sueños: Vasco de Quiroga.


1.1. Ensayo de la utopía de Tomas Moro en la Nueva España, recreada por Vasco de Quiroga.


            “Hacia el Nuevo Mundo, la nación española envió los hidalgos, representantes desesperados de un feudalismo caduco, burócratas y funcionarios ambiciosos de un poder despótico; pero paradójicamente envió también a los misioneros humanistas portadores de los sueños y utopías renacentistas de una Europa en ebullición”, como nos narra Enrique Semo, en su libro “México, un pueblo en la historia”.
            Las conquistas españolas del siglo XVI casi siempre se trataban de una expedición en la cual un grupo de comerciantes o financieros suministran fondos, bardos y pertrechos, y un capitán aventurero recluta a los participantes y dirige la empresa, obligándose a compartir el botín con sus promotores. En suma, una alianza temporal accidentada y pasajera entre comerciantes e hidalgos. Los primeros buscan ganancias comerciales; los segundos quieren enriquecerse pero sobre todo, revivir la sociedad feudal de la cual se sienten herederos, en la que se acumulaban títulos, señoríos y poder, que terminada la Reconquista no pueden ya obtenerse en España.
            Cortés sabía que sus victorias militares solo eran el primer paso en el establecimiento del poder español. Por eso, ya en sus cartas de relación pidió al rey que enviara urgentemente religiosos para que se hicieran cargo de la conversión de los indios. Pidió que no se enviaran canónigos  sino frailes misioneros “de buena vida y ejemplo”. Esta solicitud fue bien recibida por Carlos V, en respuesta a una petición suya, el Papa autorizo por medio de una bula, a los franciscanos y otras órdenes mendicantes a realizar su obra misionera en la Nueva España. Fue entonces cuando llegaron los misioneros cuyas ideas concordaban estrictamente con sus hechos. La garantía de la veracidad de sus predicas serán sus propias vidas. Los frailes eran como Cortes y sus soldados, hombres blancos y barbados, pero su pobreza y humildad contrastaban profundamente con el porte soberbio y la codicia de los soldados que habían conquistado a la Nueva España. Pobremente vestidos compartiendo el alimento y la vivienda de los indios, los frailes se ganaron el respeto y la confianza de estos. Los franciscanos arribaron en 1525, los dominicos en 1526 y los agustinos siete años mas tarde. Gran parte de ellos habían sido preparados para servir como misioneros, en sus filas abundaban las personas hábiles, decididas y armadas de una resistencia física y espiritual excepcionales. Muchos de ellos habían recibido una excelente formación renacentista en las universidades de Salamanca y Alcalá, contando además con una larga experiencia de trabajo misionero entre los gentiles por lo que estaban entrenados en el estudio de idiomas extranjeros, antiguos y modernos. Además de los misioneros, llegan también, hombres excepcionales, como Bartolomé de las Casas y Vasco de Quiroga, imbuidos de los más elevados ideales humanistas, con una excelente formación renacentista. Ellos vinieron a América no para lucrar, sino para realizar sus ideales, sus sueños y utopías, marcadas por la aspiración de un regreso a los ideales del cristianismo primitivo.
            En el viejo continente europeo se desarrollo un movimiento de cristiandad renovadora,  un deseo vehemente de renovación, que empieza a manifestarse con intensidad, en protesta contra la conducta  de la Iglesia y contra las costumbres observadas por un gran número de clérigos que olvidando por completo el espíritu evangélico, se habían sumido en la corrupción.  Muchos espíritus selectos como Buenaventura, recordaban con nostalgia los viejos tiempos apostólicos en que entre los primeros cristianos “lo que tenían era en común y para ello vendían sus bienes, que se repartían entre todos según las necesidades. Aquellos cristianos habían renunciado a la mentira, a las truhanerías, a la codicia, al hurto, a la ira y a la maledicencia; querían  instaurar  en su comunidad: la bondad, la justicia y la verdad; también  la igualdad entre  todos, sin  distinción de judío ni griego, ni de sierva ni libre, ni tampoco de hombre y mujer”.
            Vasco de Quiroga estaba profundamente influenciado por este movimiento de renovación cristiana y por la Utopía de Tomas Moro, que debía según su parecer, constituir la carta magna de la civilización europea en el Nuevo Mundo. Consideraba que la tarea civilizatoria no era trasplantar el sistema social vigente en el Viejo Mundo sino crear nuevas comunidades indígenas, amalgamando  las tradiciones del calpulli, las ideas utópicas de Moro, el cristianismo primitivo y los ideales renacentistas. El historiador Enrique Semo señala que los sueños y utopías de Vasco de Quiroga, no se quedaron en papel, llegaron  a ser realidades florecientes en las comunidades que fundó en Santa Fe de México y en Michoacán a las orillas del lago Patzcuaro, en donde prosperaron durante más de treinta años, sobreviviendo cuarenta años después de la muerte de su inspirador.
            En su libro “El pensamiento de Vasco de Quiroga: génesis y trascendencia”, Julio Cesar Moran Álvarez, nos proporciona toda una valiosa información sobre el humanista del Madrigal de las Altas Torres, de sus obras y fundaciones, señalando que Vasco de Quiroga llego a la Nueva España como uno de los juristas que integraban la segunda audiencia y que en 1537 fue nombrado obispo de Michoacán, o mejor dicho el obispo de Utopía. Inicialmente Vasco de Quiroga planeo realizar sus comunidades experimentales instalándose en terrenos baldíos, pero se dio cuenta que eso no era posible porque los españoles no los dejarían florecer, y en cuanto prosperaran en alguna parte  se las quitarían a los indígenas. Era necesario agruparlos en comunidad y basar su derecho de propiedad en los usos conocidos tanto en España como en la América española.
            Sobre sus proyectos y sus adquisiciones, Quiroga informo al rey a la vez que le pidió ayuda y así el 13 de noviembre de 1535, el monarca otorgo una cedula en que ordenaba se le dieran tierras para los “hospitales” . Tal vez la intención de llamar hospitales a las comunidades de indios, haya sido la de conseguir el respaldo de las autoridades, sobre todo del monarca español. La palabra hospital aplicada a estas comunidades alude a la noción de “hospitalidad” de ayuda y buen acogimiento para quienes lo requieren.
Quiroga soñaba con extender su obra  a más indígenas, por lo que “con su propio salario  que era de seis mil maravedíes y mil quinientos de ayuda de costas empezó a comprar tierras a los españoles para entregarlas a los indígenas para formar  sus  hospitales. El 30 de agosto de 1532  compró a Pedro de Meneses dos partes de una estancia; luego una tercera parte de la estancia de Alonso Dávila. Dos años  más tarde a Juan de Fuentes le compró una estancia y al mismo Dávila otro pedazo en la misma zona, luego, Juan de Burgos le vendió “una heredad de huertas y tierras de pan y árboles de Castilla y palomar para ensanchar y engrandecer el  hospital pueblo  para albergue y reparo de indios pobres.” En 1535 Quiroga adquirió dos estancias más que compro a Alonso Paredes.
            Era patente su afán, su entusiasmo para realizar sus anhelados proyectos de comprar tierras para las comunidades indígenas, esa poderosa convicción podía llevarlo a gastar cuanto ganaba, privándose de sus salarios y aún más endeudándose, como lo confirma el obispo Zumárraga, en una carta que envía al Consejo de Indias: “Creo que el gran amor que éste buen hombre les muestra a los indígenas se prueba bien con las obras y beneficios que de continuo les hace y con tanto ánimo y perseverancia, que nos hace ventaja a los prelados de acá, que siendo oidor gasta cuanto S.M. le manda de salario, a no tener un real y vender sus vestidos para proveer a las congregaciones cristianas que tiene…”
            Algunas veces, sus amigos y compañeros intercedían para el beneficio del hospital; por ejemplo, el obispo Ramírez de Fuenleal, presidente de la Audiencia hizo una briosa defensa del hospital, cuando aprovechó la ocasión para pedir al monarca que apoyara anualmente con “mil y quinientas fanegas de maíz, que costaban mil quinientos reales”, obteniendo la merced real durante los años 1533 a 1538.
            Hay una cédula de la reina de 1535 dirigida al virrey Don Antonio de Mendoza en la que ordena repartir “entre ellos la parte de las dichas tierras que vos pareciere”. El virrey ordenó entregar dichas tierras  “para que los vecinos de dicho pueblo  la puedan romper y plantar y cultivar ahora este para siempre jamás como cosa suya, e propia”. Carlos V hizo otras donaciones de tierras y eximió de tributos a sus moradores.
            Vasco de Quiroga realizó también un viaje a España con la finalidad de conseguir ciertas mercedes para su hospital-pueblo. Y así gestionó y le fueron otorgados los mismos privilegios e indulgencias que los del hospital de la Concepción de México; obtuvo un privilegio real para que los indios que allí vivieran no fueran enviados a las minas, además de que de alguna manera quedaran emancipados de las autoridades coloniales, y sólo siguieran las ordenanzas del hospital.
            Con grandes gastos recibió cientos de familias de mexicanos, les había comprado tierras y dado orientación, para su gobierno. Vasco de Quiroga redactó todo un tratado de “ordenanzas” para el ideal funcionamiento de la comunidad, inspirado por la Utopía de Tomás Moro, orientó su organización, con base a los siguientes fundamentos:
            Comunidad de bienes: En Utopía encontramos el régimen de comunidad de bienes, en donde la distribución se realiza con arreglo a la igualdad y  la justicia. Nadie es propietario de las casas que habitan ni de sus huertos, sólo usufructuarios. Los utópicos “considerábance como simples cultivadores y no como propietarios de las tierras. De igual manera, los bienes recolectados como consecuencia del trabajo se distribuían entre todos. Cada familia entregaba los productos de su labor, los que son repartidos, según su especie, en almacenes distintos y cada uno de los padres de familia va a buscar lo que necesiten él y los suyos, y se lleva lo que sea, sin que por esto tenga que entregar dinero o cosa alguna”.
            Al igual que  en Utopía pero en Michoacán, Vasco de Quiroga en sus ordenanzas señala que: “Los frutos del trabajo común se reparten entre todos, según lo que cada uno por su calidad, necesidad, manera y condición lo haya menester para sí y su familia, de manera que ninguno padezca en el hospital la necesidad. De los bienes producidos por el trabajo debe quedar un remanente para hacer frente a cualquier eventualidad, hay que guardar aquel en una caja o cofre barreteado provisto de tres llaves donde se recoja, que no se dañe ni se pierda, el trigo o el maíz y las otras semillas y granjerías que se recogieren en común, como es dicho, para que después allí se dé y reparte por todos, como lo hayáis todos y cada uno por sí menester, como queda dicho arriba. Y en cada familia también tengáis donde, así mesmo, guardéis a buen recaudo, lo que así se os repartiere y en particular tuviere”.
            Aprendizaje del cultivo de la tierra y de las letras: Uno de los principales frutos del trabajo se obtiene de la agricultura, por lo que Vasco de Quiroga empezó dando una primordial importancia a la agricultura, que sitúa por encima de todos los trabajos, oficios, artesanías e industrias. “La agricultura es el oficio común a todos;  cada uno debe realizarlo según sus fuerzas y con toda buena voluntad y posibilidad, salvo enfermedad u otro legítimo impedimento”.
            “También a los niños que se criaren en el Hospital juntamente con letras del ABC, y con la doctrina cristiana, se les ha de enseñar la agricultura, porque todos habéis de saber bien hacer y ser ejercitados, y diestros en el oficio de la agricultura desde la niñez”.
            Su maestro debe acompañarlos al campo, llevarlos a alguna de las tierras más cercanas de la escuela, y allí realizar su trabajo “a manera de regocijo, juego y pasatiempo, una ó dos horas cada día. Lo recogido y cosechado se repartirá entre ellos de acuerdo con la edad y el trabajo realizado”.
            En las tierras que se habían adquirido, los indígenas cultivaban trigo y cebada; araban la tierra con yuntas de bueyes; plantaban huertas de albaricoques, membrillos y duraznos. Desarrollando una actividad incansable, Vasco de Quiroga aceleró la introducción de la técnica de los conquistadores en sus comunidades. Gracias a él, en Michoacán, la manzana, la pera, los cítricos, los plátanos y las uvas fueron introducidos en forma temprana. Solicitó además dos cerrillos para plantar olivos y viñas en la misma provincia, los cuales le fueron concedidos.
            Organización económica: El proyecto de Vasco de Quiroga no se contentaba sólo con poder cubrir las necesidades de alimentación básica y vivienda para todos los miembros del hospital sino que de diferentes lugares de la Nueva España traía maestros especializados, españoles e indios que realizaban dentro de los hospitales de Santa Fe su misión de enseñanza. Eran una especie de escuelas de artes y oficios. Una de las creaciones de Don Vasco más importantes fue el establecimiento de trabajos de artesanías y oficios en los hospitales, así como el impulso que supo darles en otros lugares de su diócesis en Michoacán.
            Tuvo el acierto Quiroga de percatarse y de utilizar la particular disposición que de antiguo habían mostrado los indios de Michoacán para las labores de artesanía. Efectivamente, en la” Relación de Michoacán”, se dan abundantes datos sobre la organización que los purepechas habían establecido para el desarrollo de este tipo de trabajo. Warren resalta entre las habilidades de estos indígenas el laqueado de vasijas de maderas, adornados con dibujos, los trabajos en cobre y los métodos de fundición empleados. Añade el mismo autor que entre los regalos que en 1521 envió el monarca purépecha a Cortés había muchos objetos de artesanía local, como diademas, zapatos y brazaletes de cuero, mantas de algodón y jícaras policromadas entre otros. Había, inclusive, en la organización purépecha un sistema de sucesión para los oficios semejante al que más tarde estableció Quiroga, ya que el hijo o hermano del artífice fallecido le sucedía en el oficio.
            Se encontró Vasco de Quiroga en Michoacán con una tradición artesanal, valorando enormemente estas particulares disposiciones; y les dio tan grande impulso que durante siglos constituyeron la base del sostenimiento de muchos indígenas. El sistema con el que Don Vasco organizó estos trabajos está lleno de sabiduría y prudencia. Francisco Javier Alegre relata que Quiroga mandaba traer de otros lugares arquitectos, carpinteros, herreros, fundidores y gran variedad de artífices en calidad de maestros, y a cada especialidad asignaba un pueblo o lugar determinado, de suerte que en unas comarcas se especializaban en la fabricación de loza, en otras en trabajos de hierro o de cobre o en sogas y cordeles o en telas. En diferentes lugares tenían que establecerse los curtidores, los pintores, los alfareros y los artífices en plumas. Merced a estas disposiciones era inevitable la intensificación del comercio entre unos y otros. Los conocimientos de las diferentes especialidades se transmitían de padres a hijos, llegando a constituir un verdadero patrimonio familiar.  Bravo Ugarte da más datos y nos dice que del barro corriente hacían adobes en Santa Fe de la Laguna y del fino, loza en Tzintzuntzán; del cobre fabricaban anzuelos en Janicho, fundían cazos y otros objetos en Santa Clara de los Cobres; las campanas eran elaboradas en Pátzcuaro y Valladolid. En Tiricuaro se cortaban tablas y tejamanil; en Santa Fe de la Laguna y otros lugares, se hacían sillas y muebles; baúles y jícaras en Uruapan. Fueron famosas las redes de Janicho. Los  artífices de petates, colchas, mantas y rebozos estaban diseminados por la comarca. En Paracho se hacían guitarras, en Pátzcuaro mosaicos de plumas.
            Vasco de Quiroga estableció talleres para hilar y tejer bajo la supervisión de artesanos españoles, confeccionaban varias clases de paños corrientes,  jergas, sayales, frazadas, mantas y algunas telas finas. Para proveerse de lana tenían rebaño que no alcanzaba a satisfacer las necesidades. Pedro de Solís declaró que “habían vendido gran cantidad de lana al sacerdote encargado del pueblo. Tanto los residentes de Santa Fe como los extraños, utilizaban un batán situado en la huerta”
            Organización política: Su proyecto era que todos pudieran vivir en “armonía, sin ambiciones ni querellas”. Esta armonía se podría lograr estableciendo formas democráticas en la conducción de los hospitales-pueblos, integrado por los regidores y el principal, todos ellos elegidos entre los naturales. Los padres de familia eligen al principal. El procedimiento de elección es el siguiente: las familias del Hospital se dividen en cuatro partes o cuadrillas, cada cuadrilla elige un representante, y los cuatro así nombrados, después de oír la misa del espíritu Santo, eligen mediante votación secreta a uno de ellos por principal. La duración de este cargo del elegido es por tres años. Es de la competencia de los principales y de los regidores el nombramiento de los demás cargos necesarios para el Hospital. El principal debe procurar, según palabras de Vasco de Quiroga, “ser amado y honrado por todos,  más por  razón y amor, que por temor  y rigor”.
            La persuasión, no la coacción: V. de Quiroga era un hombre ligado estrechamente a los más nobles ideales de su tiempo. Siempre demostró su inclinación hacia la búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos sociales, ajeno en absoluto a las medidas de fuerza que solían emplear otros funcionarios, y personas eclesiásticas. Logró liberar a sus hospitales-pueblo de toda intervención del poder público.
            A diferencia de la isla de Utopía, en que  el desacato a las normas se sancionaba con la intervención de los poderes públicos. En  los hospitales pueblo, la protección de las normas era competencia de la comunidad,  que actuaba mediante la persuasión y no por coacción. Don Vasco aunque jurista, aconsejaba a los indios que resolvieran sus diferencias entre sí sin acudir a los jueces. Los pleitos y quejas internas, se resuelven entre los interesados, a lo  más con el consejo de las autoridades del Hospital. Con esto, se elimina la intervención de los jueces, pues “vale más perder con paz y concordia que ganar pleiteando y aborreciendo al prójimo”.    
            También en la enseñanza religiosa se empleaba  la persuasión y no la coacción, como señala Tomás Moro, en la isla de Utopía se practica la tolerancia religiosa:”Sería temerario insensato pretender con violencia y amenazas que lo que tú crees verdadero parezca como tal a todos. Sobre todo porque si la verdadera religión es una y todas las otras son falsas, en el futuro solamente con que se procediese con racionalidad y moderación, la verdad se abriría paso de una vez, imponiéndose por su propia virtud. Si en cambio la controversia se desarrolla entre armas y combates, dado que precisamente los peores son los más obstinados, la religión mejor y más santa está destinada a ser superada en la contienda por las supersticiones más vacías, como grano entre las zarzas y los espinos”.
            Quiroga en los hospitales-pueblo, tiene un criterio similar al de Moro, coincide en que el evangelio se debe enseñar a los indios con el ejemplo y las buenas obras, con “moderación, dulzura y argumentos racionales”, eliminando la violencia y el uso de las armas; así podrían sustituir la crueldad de los sacrificios humanos, por el amor  y abrazar sinceramente la religión cristiana.  Para enfatizar  más esta  idea Quiroga se apoya también en el texto de Tomás de Vio: “Para convertir a  judíos, herejes y moros, que nunca habían sido súbditos del imperio ni habían oído el nombre cristiano, siendo señores de sus dominios y estando gobernados por reyes con un régimen de policía, señala la doctrina de que estos infieles ni de hecho ni de derechos están sujetos en lo temporal a la jurisdicción de los príncipes cristianos, ni pueden ser privados de sus dominios a causa de su infidelidad; añadiendo que ningún rey, emperador ni la iglesia romana puede mover guerra para ocupar sus tierras para convertirlos a la religión, porque no hay causa de guerra justa, ya que Jesús Cristo Rey de reyes a quien fue dada toda potestad en el cielo y en la tierra envió a tomar posesión del mundo no a ejércitos con soldados armados, sino a santos predicadores como ovejas entre lobos”.
            El Colegio de San Nicolás: Para poder consolidar su obra, Vasco de Quiroga, funda el Colegio de San Nicolás, en donde, como señala, Gonzalo Pedrero, se formarán los “cuadros” que le servirían para ir extendiendo parte de la experiencia de los pueblos hospitales a otros territorios. El número de alumnos del Colegio dependía del rendimiento de los bienes destinados a su sostenimiento. Además de las estancias de Xaripitío y sus instalaciones de molino y batán, los dos hospitales de Santa Fe reconocían la obligación de entregar trescientos pesos de oro de minas, cada uno ciento cincuenta cada año, para el pago de salarios.
            El Colegio de san Nicolás era considerado de educación superior, tenía como característica que sus alumnos elegían a su rector, lo cual sentaba una práctica democrática poco común aun para las universidades de Europa que estaban más conectadas con la ciencia y las ideas modernas. En este Colegio se formaron sacerdotes reformadores de la iglesia, con una fuerte influencia del humanismo renacentista unido a un gran compromiso social de carácter comunitario.
            El Colegio en su calidad de seminario, no solo acogía a los españoles, sino también a los indígenas, que podían ser instruidos en lo elemental y básico de los conocimientos, además tenían asignado dentro del Colegio un papel de suma importancia, de carácter que puede considerarse magisterial. Ya que Quiroga les asignó la misión de enseñar las lenguas vernáculas a los colegiales. Solamente asimilando las enseñanzas lingüísticas de los naturales, podrían salir del Colegio evangelizadores aptos para realizar el proyecto de formar una nueva sociedad como la que planeaba Vasco de Quiroga.
            En una cláusula testamentaria V. de Quiroga establece que en el Colegio de san Nicolás “se enseñe a leer y a escribir a todos los hijos de los naturales, que vayan a oír y aprender nuestra lengua y a enseñar a los de nuestra nación, la suya, así también que los colegiales aprendan también gratis todo”. Y como reconocimiento especial de la ayuda que los indios de Michoacán le prestaron en los trabajos para la fundación del Colegio, hace especial mención de ellos, disponiendo que todos sus hijos “sean perpetuamente en él gratis, enseñados así como cualquier otro heredero de Canzonci (rey purépecha)
            Julio César Morán nos señala que no olvidemos que Don Antonio Huitzimengari, hijo del último rey de Michoacán y ahijado de bautismo de Don Antonio de Mendoza, fue alumno de este Colegio, el cual llegó a tener un profundo conocimiento de las lenguas hebreas, griega, latina, castellana y michoacana (purépecha).
            El Colegio recibió como legado todos los libros de Vasco de Quiroga, esta biblioteca estaba integrada por 626 libros y por algunos mapas geográficos, ya que Quiroga era muy afecto a la cosmografía.
            El Colegio de San Nicolás, es actualmente la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.


1.3. Sueños y utopías siempre vivas


            Vasco de Quiroga con una obra de tal autenticidad y sensibilidad, influyó profundamente en su tiempo cuando erigió los pueblos hospitales siguiendo de cerca la Utopía de Moro, basta recorrer Michoacán para advertir, en muchas partes su presencia viviente, no sólo en las artesanías y en las construcciones sino en la memoria de la gente.


            Vasco de Quiroga, nos dice E. González Pedrero, no es pues, una figura de cera del museo novohispano del siglo XVI sino un hombre actual, un orientador lleno de imaginación creadora. Hereda la idea clásica de una Edad de oro, una utopía remota, situada en el principio de los tiempos, “en que había en todo y por todo la misma manera e igualdad, simplicidad, bondad; cuando el hombre se proveía, según la fertilidad que la tierra le daba”. Pero no se conforma con volver un sueño del futuro, esa felicidad del principio, quiere volverlo real aquí y ahora, en su aquí y en su ahora, es para él un proyecto y un tiempo concreto, no es otra cosa que la fundación de sus  hospitales pueblo. Todos los tiempos coinciden en el deseo humano de aplicar en su tiempo la justicia y la libertad, lo que demuestra Vasco de Quiroga es, justamente, que la Utopía o “Edad de Oro, está en nosotros, lo que dos siglos después formularía Rousseau: “La Edad de Oro que una ciega superstición había colocado atrás de nosotros, está en nosotros”. La Edad de Oro, el sueño utópico, se está rehaciendo siempre, se construye en cada instante con la humanísima esperanza de encontrar caminos mejores. Pero se hace constantemente con el aluvión del pasado; que no es peso inútil sino sedimento vivo y enriquecedor que todos podemos retomar. No se trata de copiar los modelos, sino de retomar y aplicar a nuestro tiempo y con elementos que ahora están a nuestro alcance, el espíritu y la orientación que animan los sueños, las utopías y la imaginación creadora.

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