ENSAYOS SOBRE LA HISTORIA, LA FILOSOFÍA Y LA SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Carmina García de León

CAPITULO IV
 En la amorosa amistad creativa se disfruta la armonía, la paz, la sabiduría y la concordia; lo opuesto a la agresión y la disputa.


      “Mi mente está hecha de tal modo que nada puede apreciar más en esta vida que la amistad, el valor más importante para atesorar, son los amigos” afirma Erasmo de Rótterdam. Con ellos leía, conversaba y bromeaba; con ellos se escribía cuando no estaban juntos: “Me complace el recuerdo de los amigos tan sabios y tan amables que dejé en esa tierra, de entre los cuales, eres tú, querido Tomás Moro, el primero que acudía siempre a mi memoria. Tal recuerdo, no me deleitaba menos en la ausencia de lo que acostumbra a deleitarme tu compañía, que es la cosa del mundo y bien puedo asegurarlo, que me produce un gran contento. Gracias a la increíble dulzura y afabilidad de tu condición, con todos te avienes, con todos tratas, con todos te llevas bien y con todos te diviertes…”
      La amistad, una relación sentimental donde mora la serenidad y la armonía, el intercambio cordial, el humor, la vivacidad, la amable cortesía, las maneras cultas y afables, la paz y la concordia; aparece como un sueño, como un ideal, recreada en las obras de Erasmo, (1469-1536), Moro, (1478-1535), y  Montaigne, (1533-1592). Ese ideal de vida que se presentaba a su pensamiento como un espléndido sueño, formaba parte del sueño del humanismo renacentista.
      En la obra de Erasmo, ese ideal aparece constantemente en la forma de un paseo amistoso seguido de una merienda en un jardín, un intercambio reposado, alegre y sin embargo serio, de los sabios amigos, a la sombra fresca de una casa donde mora la serenidad y la armonía bajo los árboles.
      Los humanistas anhelaban la sencillez, la paz y la libertad: “Para mí una sencilla casa rural, un nido, es más agradable que cualquier palacio, porque ahí se vive mejor que cualquier rey, ahí eres libre y se vive de acuerdo a tus ideales,” decía  Erasmo. En él se conjugaba un fuerte anhelo de una creencia noble y sencilla, el deseo de ser un buen cristiano; con la necesidad intelectual y estética del buen gusto, de la armonía, de la expresión clara y exacta de los antiguos grecorromanos, el desagrado por lo complicado y lo recargado.
      Junto a los términos “reivindicación” y “reflorecimiento” aparece repetidas veces  en sus escritos la palabra “renacimiento”. “El mundo vuelve a la vida como si despertase de un profundo sueño. Hay todavía algunos que se aferran pertinazmente, con manos y pies a su vieja ignorancia. Temen que, si renace la literatura y si el mundo se vuelve más sabio, se descubrirá su ignorancia”. Para Erasmo, el mejoramiento de la sociedad era una cuestión de ética personal y de ilustración intelectual.
      El confiaba en la educación, la buena voluntad y la razón. Concordia, paz y benevolencia era lo más valioso. Siempre escribió en defensa de la paz. “Quarela pacis”, la lamentación de la paz. “El adagio Dulce bellum inexpertis”,  la guerra es dulce para quienes no la conocen”, “Oratio depace et discordia”, y otras obras pacifistas. Uno de los personajes de los Coloquios dice de su creador:”Este polígrafo que nunca deja de combatir la guerra con su pluma”. Según una tradición recogida por Melanchton, el Papa Julio lo llamó para hablar con él acerca de sus consejos relativos a la guerra con Venecia, exigiéndole airadamente que dejara de escribir de los asuntos de los príncipes, “Usted no comprende de esas cosas”.  Pero Erasmo no abandona su idea de paz y sigue escribiendo  en contra de la guerra y la violencia: “Resistamos pero no con insultos y amenazas, no con la fuerza de las armas, ni con la injusticia, sino mediante la discreción, la cortesía y la tolerancia”.
      La paz, la libertad, la concordia, la aversión a las disputas, y la armonía en la amistad, le importan a Erasmo, más que otras consideraciones, el afirma que estos son los principales valores que guían sus acciones. “Si pudiera conservar siempre a mis amigos, a ninguno de ellos privo de mi amistad”. Basta pensar cuantos fueron los que jamás lo abandonaron, o los que después de un alejamiento temporal, regresaron a él. Moro, Gilles, Fisher, y muchos más, afirmaban: “es el más constante de los amigos, siempre capaz de inspirar los más sólidos afectos”.
Su ideal era una sociedad donde se cultivaran sólidos afectos como la amistad, un lugar donde no se fomentara la disputa, lo sórdido y la mezquindad. En donde more la benevolencia, la concordia y la paz, que es lo opuesto a la guerra, la agresión y el ataque.
      Estos ideales se reflejan también en la obra  humanista de Montaigne, en sus ensayos escribe: “Todo guardián tiene cara de guerra. Alguien se lanzará, si Dios lo permite, contra mi casa; pero ocurrirá sin que yo lo llame; en esta época de guerras civiles la defensa atrae el ataque y la desconfianza la agresión. He debilitado el propósito de los soldados, quitando a su empresa el azar y todo motivo de gloria militar que habitualmente les sirven de acicate y de excusa. Lo que se hace con coraje siempre se hace con honra, en tiempos en que la justicia ha muerto. Yo hago que la conquista de mi casa se les torne cobarde y traicionera. No está cerrada para nadie que llame a ella. No tiene más guarda que un portero de modales y cortesía a la antigua, que no atiende tanto a defender mi puerta como a ofrecerla más cordial y amablemente. No tengo guardián ni centinela aparte de los que me ofrecen los astros.
      Nuestros padres no pensaron construir fortalezas frontales. Los métodos de acometer, quiero decir sin baterías ni ejércitos, y de sorprender nuestras vivienda, aumentan diariamente más allá de los métodos de defenderse. Los espíritus generalmente se aguzan en aquel sentido. La invasión afecta a todos. Mi casa era fuerte en la época de su construcción. Nada hice para consolidarla, y temería que su fuerza se volviese contra mí; y pudiera perderla. Es difícil estar seguro, porque en cuestiones de guerras intestinas, vuestro vecino puede ser del partido que teméis. Y donde la religión sirve de pretexto, los mismos parientes se vuelven sospechosos, bajo cobertura de justicia. El erario no sostendría a nuestros guardianes domiciliarios, se agotaría. No tenemos cómo sostenerlos sino a costa de nuestra ruina y la del pueblo. La pérdida de mi situación no sería peor. Por otra parte, vuestros mismos vecinos se solazan, más que en compadeceros, en acusaros de falta de vigilancia, imprevisión e ignorancia. El hecho de que tantas casa defendidas se hayan perdido, mientras ésta se conserva, me hace sospechar que aquéllas se han perdido por lo mismo que estuvieron defendidas. Lo cual provoca el antojo y el designio en el atacante.
      Esta guerra se complace en cambiar aspectos, en multiplicarse y diversificarse en nuevos partidos; en cuanto a mí, no me muevo. Entre tantas casas bien defendidas, que hay en Francia, me parece que yo sólo he confiado al cielo, exclusivamente, la protección de la mía. Es mi retiro para descansar de las guerras. Procuro sustraer este rincón de la tempestad pública, lo mismo que hago con otro rincón en mi alma”.
      En ese sensible rincón del alma de Montaigne, florece el recuerdo de la amorosa amistad, relación sentimental que es lo opuesto a la guerra, al ataque, a la agresión, como bellamente lo expresa en sus ensayos: “En la amistad, el calor es general y universal, templado y constante; un calor seguro y tranquilo, todo dulzura y suavidad, que nada tiene de áspero ni de punzante”
      En el libro primero de sus ensayos, en el capítulo XXVIII, Montaigne lo dedica a la hermosa relación de amistad que le inspiró Esteban de la Boétie, autor de un magnífico libro en contra de “la servidumbre voluntaria”, y en alabanza a la libertad.
      “Estoy particularmente obligado a esa obra que sirvió de medio para que nos conociéramos. Pues me fue mostrada mucho tiempo antes de que yo viese a su autor, y me dio a conocer su nombre, preparando así la amistad que hemos mantenido, tan cabal y perfecta, que no es fácil encontrarla semejante, tal vez en tiempos pasados, no entre nuestros contemporáneos se ve parecida. Tantas circunstancias se precisan para una amistad como la nuestra, que es mucho si se da una vez cada tres siglos.
         Nos buscábamos antes de que nos hubiéramos visto y por lo que oímos decir el uno del otro, nos encariñaba más que el mismo trato, como designio providencial y nos abrazábamos por nuestros nombres. En nuestra primera entrevista, que tuvo lugar casualmente en una gran fiesta de una ciudad, nos encontramos tan prendados, tan conocidos, tan obligados el uno del otro, que nada nos interesó tanto como estar juntos. Escribió él una excelente sátira latina, que se ha impreso, en la cual explica la precipitación de una amistad que llegó con tal rapidez a ser perfecta. Habiendo de durar tan poco tiempo su vida y habiendo comenzado tan tarde a conocernos. En verdad nada nos reservamos que nos fuera peculiar, ni que fuese suyo o mío. Desde entonces tan unidas marcharon nuestras almas, tan cálidas, con cariño se amaron y con efectos tan intensos se descubrieron hasta lo más hondo de las entrañas, que no sólo conocía yo su alma como la mía, sino que mejor hubiera fiado en él que en mí mismo. El nombre de hermano es verdad hermoso, lleno de dilección por eso así nos llamamos La Boétie y yo.
      En sus Ensayos, libro segundo, nos habla de la amistad que surgió entre él y la Señorita de Gournay, María de Jars, la cual sintió gran admiración por el autor al conocer sus Ensayos, como lo narra Montaigne:
         “…El juicio que se formó de los primeros Ensayos, mujer de este siglo, tan joven, y tan sola en su habitación y la notoria vehemencia con que me animó y me deseó largo tiempo; la gran estima que tomó por mí antes de haberme visto, es un acontecimiento de dignísima consideración”.
      En los últimos años del autor, no se sabe por qué generosa atracción, esta joven María de Jars, ingresa en la familia, se hospeda en su casa y se convierte en una gran alegría. Ella apenas sabe un poco de latín, pero habla con él un lenguaje de amor que en su casa nadie comprende: idioma con  el  que soñó toda su vida. Además, ella se encarga de preparar, ordenar y hacer imprimir para su publicación la edición póstuma de los Ensayos de Montaigne. Las páginas más tiernas de sus Ensayos se refieren a ambas amistades, Maria de Jars, señorita de Gournay, albacea para la publicación definitiva de su obra; y Esteban de la Boétie, de quien hereda sus libros. El alma de Montaigne, florece con estas amistades, se levanta e ilumina a su contacto y su recuerdo; uno su hermano espiritual y la otra su hija adoptiva.
      “Me ha complacido publicar en numerosos sitios la esperanza que tengo en María de Gournay de Jars, mi hija adoptiva, por cierto amada por mí mucho más que paternalmente, encerrada en mi retiro y soledad, como una de las mejores porciones de mi propio ser. La sinceridad y la solidez de sus costumbres son ya suficientes, su afecto hacia mí más que superabundante y tal, en suma, que nada hay que desear, sino que la aprensión que tiene de mi fin, por los cincuenta y cinco años en que me ha encontrado, no  lo experimentara  tan dolorosamente.
      Sólo a ella contemplo en el mundo. Si de la adolescencia puede presagiarse, esta alma será capaz algún día de las más bellas cosas, entre otras de la perfección de esta bellísima amistad.”

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Por: Miguel Ángel Sámano Rentería y Ramón Rivera Espinosa. (Coordinadores)

Este libro es producto del trabajo desarrollado por un grupo interdisciplinario de investigadores integrantes del Instituto de Investigaciones Socioambientales, Educativas y Humanísticas para el Medio Rural (IISEHMER).
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