ENSAYOS SOBRE LA HISTORIA, LA FILOSOFÍA Y LA SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Carmina García de León

CAPITULO I
La  amorosa amistad creativa es una relación pedagógica  para “enseñarse los unos a los otros” con admiración y gozo


      En la amorosa amistad creativa, como señala F. Alberonni, cada quien se nutre, se retroalimenta de la creatividad, conocimiento y sensibilidad de cada uno de los integrantes de la relación.


     Una de las historias más representativas de esta forma de relacionarse fue la de Emilie Du Chatelet (1706-1749) y Voltaire, como lo ilustra Joseph Barry, en su artículo publicado en el tercer centenario del nacimiento de Voltaire (1694-1778).


      Emilie Du Chatelet fue toda pasión, todo cerebro, Voltaire la consideraba genial y la comparaba con Newton. La primera pasión de Emilie fue el estudio, al que le dedicaba muchas horas al día. Aprendió latín, en el que no dejó de profundizar y que se convertiría en su segunda lengua, aprendió italiano y nociones de inglés. Apenas llegada a la adolescencia había traducido ya la Eneida. Y poco tardó en sumergirse en las estrellas, estudiando Física y Astronomía, familiarizándose trabajosamente con la Geometría y el Álgebra, hasta llegar a ahondar en la alta Matemática. No tardó mucho en descubrir también su pasión por el teatro, especialmente la ópera, el canto, el ballet, así como por los pompons y los vestidos.


      Mientras seguía estudiando Física y Matemáticas con distintos instructores, también tenía tiempo para jugar a las cartas, asistir a representaciones de ópera y vivir una tormentosa relación con el marqués de Guébriant. Emilie se relacionaba intensamente, pero según la historia que se contaba el marqués la dejó, por lo que ella desesperada al verse abandonada por quien insensatamente idolatraba, le escribió una carta despidiéndose para siempre, diciéndole que quería morir, puesto que  él ya no vivía para ella. Guébriant, que le sabía dada a tales arrebatos, corrió a su casa. Al no franqueársele la entrada, la forzó, fue a su dormitorio y la encontró en la cama dormida, bajo los efectos de opio casi mortal. Pidió ayuda y le salvó la vida. Y ella, al no poderlo retener, pese a la equivocada y supuesta prueba de amor que acababa de darle, no podía consolarse ni sentirse feliz.
      Emilie desconocía lo que era la amorosa amistad, una relación que se goza, se disfruta y a medida que se practica, da felicidad. Una forma de vivir que le faltaba aprender, conocimiento que no formaba parte de su prodigiosa sabiduría, y que pronto conocería con un maestro que gustoso le enseñaría, un filósofo, Voltaire, que pensaba que “lo más importante para vivir es aprender a ser feliz”. Este filósofo, librepensador y pacifista, autor del “Tratado de la Tolerancia”, conocería a Emilie, que a su vez sería su maestra, la que le introduciría al conocimiento de la física y las altas matemáticas de Newton.


      Voltaire muchas veces censurado oficialmente por sus ideas y hasta encerrado durante una atenuada prisión en la Bastilla, por lo que escribía, especialmente por ser el autor de un largo poema épico, “La Henriade”, que causo gran enojo a la Iglesia. Este poema se refería a los crímenes que en nombre de la religión se habían cometido a lo largo de la historia, con especial énfasis en la Matanza del Día de San Bartolomé. Su obra tenía que ser impresa secretamente, la que una vez publicada, con gran curiosidad circulaba de mano en mano por los salones y la corte, además de ser traducido a varios idiomas, lo que lo situó entre los escritores  más consentidos del continente.
      Voltaire era un hombre mimado por los círculos sociales, toda una atracción de su época, tenía una lengua y una pluma talentosa, critica y elegante; además de tener un fino talento para el baile lo que le valía frecuentes invitaciones a fiestas, en donde conoció a la marquesa de Bernieres, con quien tuvo relaciones más o menos cercanas. Salía también con Adrenne Lecouvre, la actriz más famosa de aquellos años, por quien estuvo a  punto de ser obligado a batirse a duelo con su amante oficial, el caballero de Rohan-Chabot. Se pudo librar de este gracias a otra temporadita en la Bastilla, que se le permitió abandonar bajo la promesa de dejar Francia e instalarse en Inglaterra.


      En el país vecino Voltaire encontró tal generosidad de espíritu, tal tolerancia hacia las excentricidades y la libertad de pensamiento, que a partir de entonces, Inglaterra pasó a ser su país de referencia. Durante casi tres años residió al otro lado del canal. Allí profundizó en la física de Newton, a cuyo entierro pudo asistir. Estudio sobre  el empirismo de Locke, conoció a Pope, Gay, Swift y Congreve.


      Añoraba París, la vida social de Francia y de la Corte. Le encantaba la exquisita educación inglesa, pero el clima le parecía horroroso y la comida incomible.


      En Inglaterra cimentó una perdurable independencia económica, la edición inglesa de la Henriade le reportó 150,000 francos. Posteriormente publicó las Cartas Filosóficas o Cartas Inglesas, que fueron las primeras andanadas de la Ilustración contra la Iglesia y la Corona. En varias de ellas, ponía desafiantemente a Newton por encima de Descartes, y a Locke por encima de la revelación divina, considerando la experiencia humana como fuente de todo conocimiento.


      A su regreso a Francia, pocos intelectuales había con quien pudiese mantener siquiera una conversación sobre temas tan importantes. Los científicos y filósofos eran de un rígido cartesianismo y recelaban del nuevo pensamiento inglés. Conocer a Mme. De Chatelet, en tales circunstancias, fue como encontrar un oasis en un inexplorado desierto. Joven y apasionada, casi con veintisiete años y tres hijos, la marquesa lo impresionó con su sorprendente capacidad de penetración, con una mentalidad desusadamente metódica que sólo se regía por lo racional y lo científicamente observable. No se trataba solamente de que ella fuese capaz de comprender de que hablaba, sino que estaba en condiciones de  ayudarlo con la física y el análisis de los principios  newtonianos, que él conocía de una manera más bien elemental.


      Mme de Chatelet se expresaba con gran pasión y contundencia, algo que le gustaba mucho a Voltaire, y al oírla hablar de Newton y de Locke, de alta Matemática y poesía latina, se enamoró de ella. “¡Qué afortunado soy!, exclamó. ¡Poder admirar a quien adoro!”.


      En la primavera de 1733, cuando le presentaron a Mme de Chatelet en la Ópera, Voltaire sufría de fuertes dolores intestinales, un problema crónico que padecía. Semanas antes les escribió a unos amigos que se encontraba tan mal que apenas tenía ánimo para escribir. En ese tiempo Emilie se relacionaba con Pierre-Louis de Maupertuis, un atractivo joven de treinta y cinco años, científico y formidable matemático.


     Mientras Voltaire seguía preocupado por su enfermedad y ocupado con los ensayos de una obra, un libreto para una ópera de Rameau, y escribiendo una nueva tragedia; Mme de Chatelet siguió con entusiasmo las lecciones de álgebra, con Maupertuis. Durante todo aquel invierno ella se prendó de su personalidad, él hizo todo lo posible por enamorarla, retirándose en cuanto la hubo conquistado. A Maupertuis no le importaba Emilie, ni su amistad, ni sus conocimientos, y mucho menos sus sentimientos, por lo que otra vez Emilie no se sentía feliz.


      Voltaire al enterarse, le envió a Emile una aleccionadora carta: “Maupertuis es un verdadero científico, con un gran talento que admiro. Puede develar los secretos de las estrellas y los misterios de la naturaleza. Pero si no os ha enseñado el secreto de la felicidad, ¿qué ha podido enseñaros realmente?”.


      Emilie tenía ansias de aprender a ser feliz, ella afirmaba “No puedo creer que haya nacido para ser desdichada” y corrió a reunirse con Voltaire para que  le enseñara. No tardó en correr el rumor de que, en aquella noche de primavera, la marquesa se echó en brazos de Voltaire y lo besó apasionadamente en la boca. El salió en su defensa, hablando en todas partes de la  divina  Emilie,  por quien suspiraba. En lo que no cabe duda es que muy pronto iniciarían una creativa amorosa amistad.


      En abril de 1734, Voltaire y Emilie fueron a Borgoña para asistir a la boda del duque de Richelieu, allí en la placidez del campo, pasando muchas horas juntos, descubrieron la similitud de sus objetivos, de sus deseos y de sus gustos. Ambos sentían la misma avidez de conocimientos, el deseo de estar  juntos y de aprender el uno del otro.


      Tiempo después decidieron irse al desvencijado Castillo de Cirey, propiedad de Emilie, el que trataron de reconstruir para poder vivir ahí. La vida en Cirey se organizaba en función del trabajo de ambos, dedicados a estudiar y a escribir.


      Voltaire seguía avanzando en el “El siglo de Luis XIV”, aunque tardaría veinte años en terminar la obra. Emilie hizo rápidos progresos en Cálculo, Geometría y Física, enfocando todos los problemas con tal precisión que Voltaire llegó a decir que, ella “le enseñaba a pensar”, a razonar matemáticamente.
      Durante diez años vivieron juntos en el castillo de Cirey, estudiando, trabajando, escribiendo codo a codo con sus respectivas obras, Emilie fue traductora y divulgadora de Newton, escribió un voluminoso manuscrito titulado “ Commentaries a propos des Principia Matemática de Newton”, que constituiría la gran obra de su vida.


      Esos años en Cirey fueron un regalo, un gozo de la existencia, Voltaire seguía escribiendo sobre lo feliz que era con Emilie: “¡Oh prodigio, lo que me une a ella es que cada día a su lado, significa un nuevo descubrimiento, una nueva iluminación”.


      Era la época del “siglo iluminado”, “el siglo de las luces”,   en el que se trataba de iluminar los conceptos “oscuros y confusos”. Se alentaba al ser humano para que tuviera la decisión y el valor de ilustrarse, de hacer uso de la razón. “Atrévete a saber”, “Aude sapere” era el lema  de la Ilustración, cuya obra máxima es la “Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, artes y oficios”, que pretendía reunir todo el saber de la época. Publicado en 28 tomos, trabajándose en ella de 1751 a 1772, ofreciendo una compilación sistemática de los logros científicos de su tiempo. Entre los principales colaboradores figuran: Diderot, D’Alembert, Holbach, Helvecio, Montesquieu, Rosseau y por supuesto Voltaire. En los enciclopedistas existía un ímpetu pedagógico emancipador, coinciden en apoyarse en la razón y en la experiencia, basándose para ello en los avances de la ciencia, sobre todo la física. Además proclaman que todo ser humano tiene ciertos derechos naturales: su derecho a intervenir en el gobierno, a la igualdad ante la ley y el derecho de gozar de libertad. Escribieron a favor de la soberanía del pueblo y en contra del poder absoluto de los reyes.

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