BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

MIGRACIÓN INTERNACIONAL Y POLÍTICAS MIGRATORIAS

Julieta Nicolao




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CAPÍTULO 4: “LA POLÍTICA MIGRATORIA DEL GOBIERNO DE NÉSTOR KIRCHNER HACIA LOS EXTRANJEROS LIMÍTROFES”

I. INTRODUCCIÓN

En el capítulo 3 se puso de manifiesto que a la política migratoria restrictiva aplicada por el último gobierno de facto, le siguió la inacción de los posteriores gobiernos democráticos, que mantuvieron la vigencia de una legislación prohibitiva, introduciendo medidas de regularización excepcionales, con resultados escasos.

Lo que quedó demostrado fue que, a lo largo de estas décadas, no se reconoció el más grave problema asociado a la inmigración en Argentina: el alto porcentaje de extranjeros limítrofes en situación de irregularidad y el estado de vulnerabilidad en el que los ubicaba la carencia de la documentación requerida para residir en el país.

El nuevo milenio se inicia con un cambio de paradigma global en el cuál las cuestiones de seguridad vuelven a dominar la agenda internacional, afectando paralelamente las políticas de inmigración de los países centrales en un sentido en el cual los inmigrantes emergen prácticamente como sinónimo de terroristas y los obstáculos a la migración se multiplican por doquier. Asimismo, en el plano nacional, el país ingresa en una de las crisis más terribles de su historia, como consecuencia del modelo neoliberal aplicado desde 1976.

En este contexto internacional, en el que parecen achicarse los márgenes de los países en desarrollo ante los condicionamientos y las prioridades de seguridad que plantea la potencia hegemónica para el hemisferio, en el que la tendencia mundial casi generalizada parece basarse en el progresivo endurecimiento de las políticas de inmigración y, con un escenario interno que exige respuestas inmediatas para salir de la peor crisis de la historia del país, en Argentina asume un gobierno con una visión aparentemente reformadora, con un discurso radicalmente distinto al de los años precedentes, que plantea la imposición de un modelo de desarrollo orientado al mercado interno, integrado definitivamente a la región latinoamericana, y con el objetivo prioritario de enarbolar y hacer cumplir el principio de la justicia social.

Sorprendentemente, este gobierno va a plantear claras innovaciones en el área de política migratoria, alejadas de las tendencias predominantes a nivel mundial y marcando, a su vez, un punto de inflexión con las políticas que se venían llevando a cabo en el propio país durante las últimas tres décadas del siglo XX. El análisis de las principales medidas tomadas en este campo, conduce a pensar que el país se estaría haciendo cargo por primera vez en su historia, de su condición de principal receptor de inmigrantes provenientes de la región, responsabilizándose prioritariamente de su regularización y garantizándoles, al mismo tiempo, el goce de sus derechos fundamentales.

Este capítulo está dedicado a estudiar el accionar en materia migratoria del gobierno del Dr. Néstor C. Kirchner, Presidente de la Argentina durante el período 2003-2007. El mismo apunta a demostrar las principales innovaciones en la orientación de las medidas adoptadas, realzando paralelamente su singularidad en relación al comportamiento de los principales países del mundo en este terreno. El análisis también expone los elementos de vinculación entre éstas y otras apuestas de su administración, que en este trabajo se interpretan como fuentes inspiradoras de tales políticas. Como lo trabajado en este campo es muy reciente para evaluarse en términos de resultados concretos, se pondrá el acento, fundamentalmente, en el cambio de orientación de la política migratoria planteada por esta gestión.

II. EL MODELO ECONÓMICO DEL GOBIERNO DE NÉSTOR KIRCHNER

II. 1. Contexto internacional

A principios del siglo XXI, el orden internacional se vio sacudido por los atentados terroristas más trágicos de la historia de la humanidad, perpetrados el 11 de septiembre (11-S) de 2001 a las Torres Gemelas y el Pentágono en Nueva York y Washington, respectivamente. Además de cobrarse la vida de 3.000 personas inocentes, tal evento marcó un antes y después en la historia mundial, inaugurando la guerra contra el terrorismo que impulsó Estados Unidos, arrastrando al mundo entero en tal designio. Las repercusiones de estos hechos, aparte de las materialmente más evidentes (invasión militar a Afganistán e Irak), han sido un profundo debilitamiento del multilateralismo global y multiplicación del accionar unilateral norteamericano, y el cada vez más prioritario lugar que ocupa la seguridad en la agenda global y, dentro de ella, la “guerra contra el terrorismo”. En un mundo cada vez más interdependiente y globalizado como en el que vivimos, ningún Estado queda exento de los efectos de tal transformación.

Los acontecimientos del 11-S repercutieron considerablemente en la política migratoria del gobierno norteamericano, así como en la de los principales países receptores del mundo, profundizando la naturaleza restrictiva que habían adquirido en las últimas décadas del siglo XX. De forma resumida, a partir de esta fecha, los desplazamientos humanos se visibilizaron desde la óptica de la seguridad y la lucha contra el terrorismo, lo cual condujo al endurecimiento de los controles sobre las fronteras, implicando la construcción de muros, la persecución y expulsión de inmigrantes ilegales, la militarización de límites, entre otros. No obstante, quedan dudas respecto de las verdaderas causas que motivaron tales cambios, pues parecería que los atentados terroristas no han hecho más que proporcionar una justificación a la imposición de barreras a la inmigración en los países desarrollados, cuyos gobiernos hace tiempo se han decidido ha limitar el ingreso y las oportunidades laborales a los extranjeros procedentes del mundo en desarrollo.

Un claro ejemplo lo ofrece justamente Estados Unidos, que inmediatamente al 11-S abortó las negociaciones que se venían planteando para llegar a un acuerdo migratorio con México, identificó la problemática migratoria como un tema de seguridad nacional, mientras la militarización de su frontera sur se volvió una prioridad central en la lucha contra el terrorismo, dedicando un presupuesto extraordinario al control de la misma. Lo llamativo de este caso es que no se ha registrado una operación similar en la frontera que este Estado comparte con Canadá, en la cuál debieran existir las mismas prioridades de seguridad que en la anterior. Por lo tanto, ésta, como otras evidencias, pone en duda las verdaderas intenciones de la potencia del norte, que hace tiempo está dedicada a limitar el arribo de inmigrantes de origen mexicano a territorio nacional. A esto se le debe añadir la importancia que estos controles asumen por generar efectos visibles en una población aterrada y demandante de seguridad luego de haber padecido un golpe terrorista de esas características.

Ahora bien, ¿cómo ha afectado este nuevo contexto internacional a América Latina? Para Fuentes y Rojas Aravena (2003), las consecuencias más claras de la nueva política exterior norteamericana para América Latina han sido: la reducción de la importancia estratégica de la región para la potencia hegemónica y la securitización de la agenda hemisférica, cobrando relevancia dentro de esta última, por ejemplo, la vinculación entre terrorismo y conflicto colombiano (principal foco de conflicto armado en América), y el condicionamiento de los temas de la agenda interamericana a las prioridades de seguridad estadounidenses. Desde esta perspectiva debe entenderse, por ejemplo, el hecho de que el gobierno de George W. Bush insista y presione por un aumento en los controles sobre la Triple Frontera, donde convergen Argentina, Brasil y Paraguay, zona a la que considera un centro regional para las actividades de tráfico de armas y drogas, así como también un área de riesgo potencial en términos de terrorismo. Las autoridades estadounidenses han argumentado que la vigilancia en esta zona y los controles del tránsito de personas son insuficientes y que esta debilidad facilita diversas formas de criminalidad internacional.

Desde Latinoamérica, existe una marcada fragmentación en relación a las actitudes frente a la política estadounidense, que tiene que ver con los diferentes intereses que vinculan a los países con la potencia hegemónica. En el caso de Colombia, que ha sido uno de los primeros países en apoyar la guerra contra Irak, la administración Bush se comprometió a un nuevo paquete de ayuda económica-militar para enfrentar la guerrilla en su territorio. En el caso de los países centroamericanos, los mismos se han mostrado inclinados a firmar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, algunos de los cuales apoyaron la guerra. Pero en otros países, la inmediatez de los conflictos internos hizo menos relevantes los temas de la agenda global, y un ejemplo elocuente lo constituye la Argentina.

Sucede que el giro manifiesto de la política exterior norteamericana hacia el unilateralismo sorprendió a la mayoría de los Estados latinoamericanos, principalmente de América del Sur, en medio de un proceso de recambio de gobernantes, mutación de los discursos políticos, y un clima de creciente rechazo a las políticas de apertura y desregulación económica aplicadas durante la década de los 90’ (Botto, Delich y Tussie; 2003).

Las consecuencias de las recetas neoliberales, confirmadas en las crisis que muchos países de la región vivieron en 2000-2001, derivaron en un importante cambio en la composición de los gobiernos nacionales, como son los casos de los gobiernos de Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil (2002), Néstor Kirchner en Argentina (2003) Tabaré Vázquez en Uruguay (2004), a lo que se le suma la presencia de Hugo Chávez en Venezuela y la más tardía elección de Evo Morales en Bolivia (2006). Esto dio lugar a una verdadera renovación política y a la coincidencia temporal de líderes con una mayor cercanía de propuestas, más allá de las particularidades de cada país (Geneyro y Vázquez; 2006). Se observa, por ejemplo, una posición crítica respecto a los organismos de crédito multilaterales y sus planes de ajuste, así como también una verdadera convergencia sobre la importancia de los procesos de integración como “motor de un nuevo modelo de desarrollo para la región y como medio para su inserción internacional”. (Geneyro y Vázquez; 2006:7).


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