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LA DIMENSIÓN INMATERIAL DEL PAISAJE. UNA PROPUESTA DE DOCUMENTACIÓN, CARACTERIZACIÓN Y GESTIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL INMATERIAL

Juan Martín Dabezies Damboriarena


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SOBRE EL LUGAR DE LA ARQUEOLOGÍA

En este capítulo se expone la situación de desagregación y superespecialización que sufre la arqueología a fines del siglo XX, en el marco de la crisis de la Modernidad.

Esta propuesta camina junto a una propuesta de aplicación del conocimiento en base al poder heurístico de los conceptos que proponen Bourdieru y Passeron (2001), siguiendo la línea del pragmatismo crítico que propone Barreiro (2005; 2006). Todo esto en el marco de la coyuntura cultural, política y académica uruguaya de fines del siglo XX y principios del XXI.

En fin, se plantea cual es la arqueología que está por detrás de este trabajo. O para ser más exactos, cual es la práctica científica que, desde un posicionamiento humanístico, con una fundamentación postmoderna, pero en base a una estrategia (súper)moderna, pretendemos para poder actuar. Y se trata de una acción que tiene un horizonte de aplicación próximo y a largo plazo, un plazo que debería ser atemporal, que debería devenir en sentido común: un sentido común que debería estar en la base de una nueva racionalidad.

MODERNIDAD. ASPECTOS GENERALES.

Si bien a un nivel general se puede decir que la modernidad se define por la oposición a lo tradicional, tampoco esto se puede hacer rígidamente porque la modernidad siente nostalgia de lo tradicional. Lo niega pero lo necesita, y hasta se puede convertir en una tradición, la tradición de lo nuevo, del cambio (DOMENACH, 1995).

Según Baudelaire, la modernidad significa una ruptura con todas las formas instituidas. Un nuevo mundo está de moda pero a su vez es una moda, una moda de la moda, surge el héroe urbano, el cual es tipificado perfectamente por el poeta de la modernidad (BENJAMIN, 1995).

La modernidad significa la renuncia de la Iglesia al poder público, al político. La idea de modernidad sustituye a Dios por la ciencia, relegando la religión a lo privado. La racionalización es el principio fundamental de organización social y cultural, emancipándose la vida moral de la religión (DOMENACH, 1995; TOURAINE, 1994).

Habermas conceptualiza certeramente el proyecto moderno formulado por los filósofos del iluminismo en el siglo XVIII, basado en el desarrollo de una ciencia objetiva, una moral universal, una ley y un arte autónomos y regulados por lógicas propias. Al mismo tiempo, este proyecto intentaba liberar el potencial cognitivo de cada una de estas esferas de toda forma esotérica. Deseaban emplear esta acumulación de cultura especializada en el enriquecimiento de la vida diaria, es decir en la organización racional de la cotidianeidad social (HABERMAS, 1992).

Como vemos, el proceso de surgimiento de la modernidad tiene un origen difuso en el S XVII con las primeras críticas a “lo establecido” por parte del pensamiento filosófico que se vio revolucionado por los nuevos avances científicos (¿o técnicos?), como es el caso de Galileo y Newton. En el plano filosófico, el pensamiento de Descartes es el que reúne este estado general de la cuestión y da un fuerte y nuevo empuje al pensamiento de la época cuyas consecuencias se verán en los siglos posteriores.

Luego, en el S XVIII la Ilustración francesa conduce una férrea crítica a la Iglesia en proclama de la libertad de pensamiento, oponiendo razón y religión, y proclamando la victoria de la primera.

Luego del desmembramiento de la comunidad dumontiana, en base a la exaltación del individuo, surge un importante interés por lo político, por la organización social, la cual debe estar ordenada racionalmente. La forma mediante la cual se busca esto es a través del estudio de la legislación. Se busca la igualdad de los hombres, una igualdad natural, que debe ser encontrada mediante la forma democrática (Rousseau), despótica-ilustrada (Voltaire) o liberal-autoritaria (Montesquieu). El lugar del orden es la naturaleza, lugar de la armonía y de la razón. El hombre debe ubicarse en este lugar mediante la acción de la educación, la cual debe apuntar a formar un hombre natural. Estas propuestas de Rousseau, junto a la de Kant, cristalizadas en la ideología modernista, son los últimos intentos de unir el hombre y la naturaleza, de ver en la razón un principio de orden del hombre con el universo, más que un poder de transformación y de control (TOURAINE, 1994).

Otros factores importantes que marcaron el camino de la modernidad, fueron la Revolución Industrial, con el boom modernizador y todas sus consecuencias económicas, sociales y culturales, el pensamiento liberal inglés, fundamentalmente en lo expresado por Locke, y la Ilustración alemana, que promovía una lucha contra la religión pero sin oponer fe y razón, conocimiento y religión.

Según Touraine, es la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) que cierra ilustrativamente esta etapa trascendente en la modernidad occidental, de los S XVII y XVIII. Esta declaración presenta una oposición que no es la del holismo tradicional vs. individualismo moderno. Se ve al hombre como ciudadano, que debe sacrificar sus intereses al bien común, al bien de la nación. Pero también los individuos defienden sus valores e intereses frente a un gobierno cuyos apegos a la unidad traban las iniciativas particulares (TOURAINE, 1994).

Las revoluciones que eliminaron monarquías fueron definidas por la recuperación del pensamiento ilustrado, del dualismo cristiano y cartesiano. El individualismo burgués, combina la consciencia del sujeto personal con la razón instrumental, el pensamiento moral con el empirismo científico (TOURAINE, 1994).

Los dos siglos siguientes separaran cada vez más estos dos principios: defensa de derechos del hombre y racionalidad instrumental. El culto a la técnica ha ampliado esta separación. Pero es en el siglo XVIII, con esta declaración burguesa y jusnaturista, que el individualismo es al mismo tiempo afirmación del capitalismo y resistencia de la conciencia moral al príncipe. Es esta declaración la que trae las contradicciones que van a permear a la sociedad industrial, ya que pone de manifiesto públicamente las dos caras de la modernidad, edificada a la vez de racionalización y de subjetivación (TOURAINE, 1994).

En la modernidad triunfante se da un proceso de afianzamiento y reforzamiento del Estado, el cual además de gestionar la vida pública, expande su poder ilimitadamente, sacralizándose, ya que ahora la religión está relegada al ámbito de lo privado. Este proceso de expansión del Estado moderno demanda y es demandador de una racionalización de la administración, la cual se ve materializada en logros científico-técnicos, en la industria, la justicia (el derecho) y en la política (DOMENACH, 1995). En este sentido, Touraine (1994) se refiere a la conformación de una sociedad racional, la cual surge en gran medida por el papel cada vez más importante y extensivo de la idea de racionalización (TOURAINE, 1994).

La ideología modernista no se sostiene solamente en base a postulaciones filosóficas, sino que tiene una base material inseparable, el capitalismo, el cual según Weber, no surge simplemente como una dimensión económica, e incluso su base no es totalmente económica, ya que se debe a una ética, a un comportamiento cultural. Se trata de la ética protestante, en la cual uno de los deberes más importantes del individuo es la acumulación de capital mediante el trabajo, considerada un fin en sí mismo. Pero esta acumulación está combinada con una posición ascética en la vida, en la cual todo tipo de goce estaba era reprimido. Pero el protestantismo, además de contribuir a esta creación de un ethos favorable al capitalismo, contribuye a la formación del sujeto burgués, gracias al desarrollo de una moral de la consciencia, de la piedad y de la intimidad (TOURAINE, 1994).

La separación del sujeto racional del alma, supone un anti-humanismo que desarticula el sujeto. La moral cristiana se transforma en el principio de utilidad social, que camina en pro del bien social. La caridad se transforma en solidaridad, la consciencia en respeto a las leyes y los juristas y administradores son los nuevos profetas (TOURAINE, 1994).

En las sociedades modernas el racionalismo se torna organización de una sociedad justa, en cuanto que la mística se pierde y lleva al olvido del sujeto personal. El individualismo burgués se pierde cada vez más en un rigor capitalista, lo cual provoca un eclipse de la idea de sujeto. Esto provoca en el S XIX una eclipse del sujeto hasta que renace en base al debilitamiento de la idea de razón libetadora (TOURAINE, 1994).


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