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LA DIMENSIÓN INMATERIAL DEL PAISAJE. UNA PROPUESTA DE DOCUMENTACIÓN, CARACTERIZACIÓN Y GESTIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL INMATERIAL

Juan Martín Dabezies Damboriarena


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PATRIMONIO CULTURAL INMATERIAL DESDE LA ANTROPOLOGÍA.

El término PCI ha sido adoptado con mucho recelo. Esto se debe a que lo que denomina la UNESCO (2003) como PCI en la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial, ha sido también llamado con otros nombres, como Patrimonio Etnológico, Etnográfico, Tradicional, Inmaterial (a secas), Intangible, Antropológico, Vivo, etc. El término que actualmente está ganando cada vez más aceptación es el de Patrimonio Vivo, a tal punto que en el boletín oficial de la UNESCO, en su sección de Patrimonio Inmaterial (2006), ha sido utilizado como sinónimo de PCI (Guanche, 2008).

En castellano se ha optado por el término inmaterial, desechándose la expresión anglosajona intangible (Intangible Heritage). La definición del concepto ha sido uno de los mayores desafíos de la UNESCO, que como vimos desde fines de los 70´ mantiene reuniones periódicas con la finalidad de lograr una definición no reduccionista pero por otra parte operativa (VAN ZANTEN, 2004; KURIN, 2004).

Dos problemas clave se desprenden de la propia definición. Uno es el carácter negativo de la definición, que lo concibe como lo no material. La otra dificultad es sobre el contenido de la definición, la cual mantiene ciertas reminiscencias a los conceptos tradicionalistas, criticados por la propia UNESCO y que ha generado la mayor cantidad de problemas conceptuales de la definición (KURIN, 2004).

Otro aspecto que da lugar a varias críticas son las medidas que se proponen en la Convención, ya que ocurre una contradicción entre una serie de medidas de orden reduccionistas y una definición muy amplia. Otro problema es la forma de implementación de las medidas, aspecto que la UNESCO deja en manos de cada Estado Parte, pero que en definitiva da lugar a cierto caos operativo (KIRSHENBLATT-GIMBLETT, 2004).

Respecto al primer punto, el de la inmaterialidad del Patrimonio, se trata de un tema muy complejo, con raíces en posiciones filosóficamente opuestas y que incluso está por detrás de las dicotomías entre Ciencias Duras vs Humanidades (Guanche, 2008). También las consecuencias prácticas de admitir esta separación son muy complejas, ya que la gestión de este PCI implica gestionar a los portadores de este patrimonio, es decir a seres humanos.

Distinguir por un lado lo material, vinculado a lo objetual, permanente, y por otro lo inmaterial, vinculado a lo simbólico, acontecimal, es peligroso ya que los objetos también pueden ser acontecimientos y viceversa (Kirshenblatt-Gimblett, 2004). Pero ya es amplia la literatura antropológica que señala la relación permanente y el estado continuo que existe entre lo simbólico y lo material (BALLART, 1997; GONZÁLEZ MÉNDEZ, 2000).

Respecto al problema de la inercia tradicionalizadora de la definición de la Convención y de sus predecesoras, esto no es un problema a priori pero sí puede constituirse en un obstáculo. Todo lo tradicional puede ser patrimonio, pero todo el patrimonio no debe ser solo lo tradicional.

El interés por lo tradicional se consolida en los estudios de folklore (si bien se origina en Alemania con fines nacionalistas, luego sigue diversos caminos) los cuales se orientan al estudio de saberes populares. Esta línea de estudios se afianza con la consolidación de la modernidad (Aguilar, 1993; Prats, 2004), momento en el cual los todo lo vinculado a reliquias anacrónicas de “estadios anteriores” premodernos fue supervalorado como objetos de estudio (DIAZ G VIANA, 1996; SÁNCHEZ CARRETERO, et al, 2008).

El enfoque de lo tradicional como algo en vías de desaparición, se ha superado desde la antropología para pasar a analizar la función de la cultura expresiva en la vida diaria y el análisis de los procesos de tradicionalización (SÁNCHEZ CARRETERO, et al, 2008).

Otra dinámica similar a la de tradicionalización es la de patrimonialización, o sea transformar algo en patrimonio. Este fenómeno de patrimonialización es común a todos los patrimonios, pero en el caso del PCI se trata de un hecho metacultural que modifica al PCI muy profundamente (y que en ocasiones implica un proceso previo de tradicionalización) (SÁNCHEZ CARRETERO, et al, 2008).

También existe una línea de críticas que se centra en la Lista de las Obras Maestras del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, ya que la denominan como un mecanismo un tanto perverso, ya que termina siendo en definitiva el objetivo de la acción, el premio final de una declaración UNESCO. Según Bárbara Kirshenblatt-Gimblett (2004), se trata de una operación metacultural de translocalización y recontextualización del patrimonio local, ya que se transforma en un patrimonio que es de todos, y porque su nuevo contexto significativo es el de la propia lista, independientemente de cuál haya sido su contexto anterior (KIRSHENBLATT-GIMBLETT, 2004).

Otras críticas a esta Lista, apuntan a la incoherencia de su propuesta, ya que uno de los criterios de la UNESCO en la designación de obras maestras del patrimonio inmaterial es la vitalidad del fenómeno en cuestión: si goza de plena vitalidad, no necesita ser salvaguardado; si ya está agonizando, los esfuerzos de salvaguardia no serán efectivos (Kirshenblatt-Gimblett, 2004, pág. 57).

La lista es asimismo el modo más visible, menos costoso y más convencional de “hacer algo”, pero que tiene consecuencias materiales ya que le otorga una valor añadido a ese patrimonio beneficiado con tal nominación (KIRSHENBLATT-GIMBLETT, 2004). A su vez corre el riesgo de transformarse en un proyecto reduccionista, ya que también hay que tener en cuenta que una de las medidas principales que propone la UNESCO es la elaboración de inventarios (KURIN, 2004), otro tipo de medida con antecedentes reduccionistas y cosificadores. Como señala R. Kurin:

No es probable que las acciones encaminadas a salvaguardar unidades de producción cultural inventariadas, “materializadas”, salvaguarden debidamente las pautas y los contextos culturales inmateriales más amplios, profundos y difusos. Guardar cánticos quizá no proteja los modos de vida de sus cantores, ni la apreciación debida de los oyentes. Seguramente se requiere una acción mucho mayor, más holística y sistemática (KURIN, 2004, pág. 79).

Otro aspecto criticable de la existencia de una lista independiente para el PCI es que afirma la disociación entre los patrimonios (básicamente entre el cultural y el natural) (KIRSHENBLATT-GIMBLETT, 2004).

Vinculada a las críticas que recaen sobre la Lista de las Obras Maestras del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, están las que tocan el tema de la elaboración de inventarios. Dicho mecanismo ha sido uno de los objetivos principales de la antropología de principios del siglo XX, con resultados no muy alentadores (un ejemplo concreto es la Guía para la clasificación de los datos culturales, elaborada por Murdock en los años 30) (LACARRIEU, 2008).

La discusión sobre el rol de los inventarios en la Convención, fue tema de gran debate en las reuniones previas a la elaboración de la convención y se sabe una de las medidas más discutidas. Si bien es considerado como un paso previo a toda gestión, un paso que consiste en saber qué es lo que hay para luego saber qué hacer (KURIN, 2004), muchos detractores de esta metodología afirman que se trata de una tarea inabordable basada en una herencia cosificadora de las aproximaciones hacia el patrimonio material. Al privilegiar la cosa, el objeto, sobre el proceso, la persona5 (LACARRIEU, 2008), se afirma que se trata de una estrategia que tendría poco que ver con lo que se pretende, como si tales inventarios pudieran alentar por sí mismos la vitalidad cultural (KURIN, 2004).

Para terminar este apartado me parece adecuado sacar a luz la idea de Kirshenblatt-Gimblett (2004) de que toda intervención sobre el patrimonio lo modifica, pero el cambio es inherente a la cultura y que toda acción de protección del patrimonio intenta frenar, de una manera u otra, el ritmo de los cambios.

Esto no significa que proteger y gestionar el PCI sea un acto erróneo, o que se entienda como algo imposible. De hecho la Convención del 2003, tiene muchos puntos que significan un enorme avance en la protección y gestión del PCI, pero tampoco es perfecta. Ni ella misma ni el propio proceso metacultural de patrimonializar. Por lo tanto lo que intenté en este apartado fue también introducir algunos matices implícitos en la protección y gestión del PCI.

Por otra parte un IPCI, debe contar con un importante archivo que debe estar correctamente sistematizado, cuyo contenido sea accesible y actualizable. El archivo es parte del inventario y se convierte en si mismo en patrimonio, por lo cual es parte de la memoria de los grupos estudiados. Claro que cuanto mayor se la apertura y la flexibilidad mayores serán las posibilidades de participación de los grupos patrimonializados y mayor será su participación en los procesos de conformación de la memoria.

Incluir dimensiones que generalmente no suelen incluirse en los inventarios, como es el caso de todos los metadatos que son parte del proceso de producción de conocimiento intersubjetivo propio de la antropología, mejora ampliamente la calidad de los inventarios.


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