LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCEPCIONES SOBRE EL PROCESO DE DESARROLLO EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS MEXICANAS

LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCEPCIONES SOBRE EL PROCESO DE DESARROLLO EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS MEXICANAS

Isaac Enríquez Pérez

Volver al índice

 

 

2.- El nacionalismo económico y el patrón de acumulación taylorista/fordista/keynesiano.

Durante gran parte del siglo XX, y en especial después de 1945 con el fin de la segunda guerra internacional, el capitalismo y el modo de desarrollo industrial predominante entonces, se sustentaron en las prácticas y organización propias del patrón de acumulación taylorista/fordista/keynesiano.

La llamada “época de oro del capitalismo” fue impulsada por empresas que privilegiaron la administración científica de la producción, la cadena de montaje y el uso intensivo de las máquinas. La planeación y el control requirió de un proceso productivo realizado en un solo territorio, de una mayor acumulación de activos fijos, así como de importantes contingentes de trabajadores administrativos y manuales. La organización de la empresa se caracterizó por relaciones piramidales y verticales cuya finalidad consistió en controlar al trabajador, en sujetarlo a operaciones simples y repetitivas, y en comprimir los tiempos de trabajo muertos en las actividades productivas. Esto se acompañó del estímulo a la producción y consumo de masas, y del logro de un rendimiento del trabajo que significase el aumento de la producción por trabajador y la minimización de los costos de producción al ser incrementada la productividad. Los administradores de las empresas asumieron que con una producción estandarizada se generarían economías de escala que reducirían los costos por unidad fabricada (para mayores detalles sobre esta forma de organización empresarial véase Coriat, 1997; Reich, 1993:capítulos 2 y 3).

A decir de Castells, la racionalidad de la acción social en el modo de desarrollo industrial en aras de estructurar los procesos tecnológicos estuvo marcada por la tendencia hacia el crecimiento económico, o lo que es más claro, hacia la maximización del producto (Castells, 2002:43).

Como lo señalamos en otro espacio (Enríquez Pérez, 2003), las premisas para la construcción de mercados y la toma de decisiones empresariales ejercidas durante este periodo, tuvieron como racionalidad el producir, con el más mínimo costo y tiempo invertidos, la mayor cantidad de bienes y servicios. Para ello, las economías de escala fueron importantes y se caracterizaron por bajar los costos y por maximizar el rendimiento del proceso productivo de tal manera que en el mercado se ofertasen cantidades importantes de productos y que las empresas compitieran ofertándolos al menor precio. La finalidad del empresariado al tomar decisiones, consistió en maximizar la cantidad de los factores productivos para generar beneficios satisfactorios. Se aspiró a que la fabricación de un sólo producto estandarizado aumentase el volumen de la producción sin contratar el mayor número de trabajadores, evitando así lidiar con la imposibilidad o incapacidad de producir con rapidez una amplia gama de bienes y servicios. Las decisiones empresariales apuntaron a minimizar los gastos en investigación orientada al proceso productivo y los costos generados por la distribución y circulación de los nuevos productos, así como a aprovechar las economías de escala y a ahorrar tiempo al evitar el cambio de los productos estandarizados. La aplicación del conocimiento pretendió optimizar y eficientizar el proceso productivo, así como incrementar la escala y la rapidez de la producción con equipo y maquinaria que fuesen operados por el menor número posible de trabajadores; de esta forma, la fuerza de trabajo sería sustituida por un bien de capital. La racionalidad empresarial y el sentido de las decisiones privilegió el uso de tecnologías apropiadas para aumentar la escala, volumen y velocidad de la maquinaria y de los sistemas para fabricar productos estandarizados, masivos y con precios bajos. Como parte de la organización piramidal, fueron decisiones caracterizadas por la planificación centralizada de las estrategias empresariales y por un predominio del Director General en el mando de la compañía.

Fue una organización con poca capacidad para adaptarse a los cambios puesto que una sola modificación o innovación en los productos, por muy pequeña que fuese, implicaba redefinir totalmente todo el proceso productivo.

Los grandes sindicatos dotados de inmensas burocracias y poder de negociación se desarrollaron a la par de la empresa con organización centralizada y jerárquica. La contribución de las grandes centrales sindicales fue importante para la producción de alto volumen al emprender la inmovilización y cooptación de los obreros a cambio de prestaciones laborales y salarios satisfactorios.

Como complemento de esta forma de organización empresarial y de estructuración de los mercados que tuvo su máximo esplendor en los países industrializados, se desenvolvió paralelamente una activa intervención gubernamental en el proceso productivo. Desde las políticas del New Deal en Estados Unidos hasta el Estado benefactor europeo y las políticas desarrollistas en América Latina y en el Asia Oriental, los gobiernos desempeñaron un papel fundamental en el proceso de acumulación de capital. Las políticas expansionistas de inspiración keynesiana, a través de la inversión pública canalizada a la administración de la demanda mediante la producción de bienes y servicios, la construcción y modernización de infraestructura básica, y los estímulos fiscales; y del suministro de servicios básicos relacionados con la educación, la salud, la seguridad social y la capacitación laboral, fundamentaron la expansión del consumo masivo y la sostenibilidad y previsibilidad de los salarios reales sin que ello implicase la caída de la rentabilidad de los capitales privados, sino que más bien, la reproducción de la fuerza de trabajo fue asumida, en mayor o menor medida, como una responsabilidad de las instituciones del sector público.

El nacionalismo económico de corte liberal fue el principal ideario que inspiró y respaldó la manifestación del patrón de acumulación taylorista/fordista/keynesiano. La expansión al interior de los mismos países, el imperialismo y el desarrollo económico, impulsados todos ellos por las grandes corporaciones nacionales, fueron componentes importantes del nacionalismo económico. Se asumió pues, que los ciudadanos de una nación compartían un destino económico común, y que las grandes corporaciones –fuertes en cuanto a la definición de precios, salarios, normas industriales y métodos para la producción de alto volumen– estarían identificadas con los intereses nacionales (Reich, 1993:capítulos 2 y 3).

El proteccionismo económico, en tanto una de las principales estrategias de esta ideología, utilizó las altas tarifas arancelarias para restringir el ingreso de los flujos comerciales y de las inversiones extranjeras en los mercados internos.

En el ámbito interno, los países subdesarrollados impulsaron una convivencia, no siempre armónica, entre la corporación privada y la empresa pública. Los países desarrollados intentaron canalizar ayuda económica a las naciones pobres; además, en el mundo subdesarrollado predominó la creencia del “desarrollo nacional” para “alcanzar a los demás” o “eliminar el rezago” (Wallerstein, 1998:117). En estos programas, el objetivo declarado del aparato de Estado consistió en aumentar la riqueza de la nación y “modernizar” su infraestructura, además de despertar el ánimo por participar en el sistema interestatal.

Reich relata que durante la época de oro del capitalismo estadounidense, el gobierno no influyó en las decisiones al interior de las empresas, pero sí les permitió ejercer una labor de coordinación entre ellas para fijar los precios y rendimientos; además, desde el sector público se niveló el ciclo comercial con la finalidad de que las compañías líderes alcanzaran altos volúmenes de producción; se fomentó la preparación de los recursos humanos necesarios para satisfacer la demanda de mano de obra en el sector industrial; se subsidió el acceso a la vivienda; se construyó una red nacional de autopistas que estimuló el consumo masivo; se suscribieron contratos con las empresas dedicadas a la producción de armamento y a la innovación tecnológica; y se incentivó la expansión y transnacionalización de las empresas líderes (Reich, 1993:capítulo 5).

En general, podemos argumentar que con respecto al proceso económico, gobiernos como el estadounidense aplican pragmáticamente estrategias de mercado dirigido y gestionado o administrado, además de que ejerce amplios márgenes de intervención en la promoción del bienestar social y en la expansión y financiamiento de las actividades agrícolas, industriales y tecnológicas. La planeación de largo plazo desempeña un papel importante en la reestructuración de su economía. Como ya lo mencionamos, desde los tiempos de Alexander Hamilton, se propició el deliberado estímulo y fomento gubernamental respecto a las actividades económicas y a la protección de las incipientes industrias.

En este país, ejemplos importantes de la intervención del gobierno en la vida social y económica son el estímulo gubernamental al avance tecnológico y la canalización de cuantiosas fracciones del gasto público al aparato militar –hecho éste último que desde 1945 se justificó por los peligros latentes representados por la expansión de la Unión Soviética– que a su vez genera importantes innovaciones tecnológicas que se traducen en bienes de consumo masivo; tal es el caso de aquellos producidos en la industria electrónica entre 1940 y 1960, así como de la gestación de la Internet (véase Castells, 2002:capítulo 1).

Después de 1945, desde los gobiernos de los países de Europa Occidental se impulsó mediante subsidios o con la propiedad pública de los medios de producción, la formación, consolidación e integración de empresas nacionales líderes que compitiesen con las estadounidenses sobre todo en ámbitos como el automotriz, la siderurgia y la computación.

En América Latina, los gobiernos desempeñaron una intensa función desarrollista desde la década de los cuarenta, la cual entró en declive y redefinición hacia los años ochenta con la crisis de la deuda y con la sucesiva “década perdida”. Durante estos cuarenta años, los aparatos de Estado participaron activamente en el proceso económico a través de las empresas públicas y su producción de bienes y servicios, así como mediante el establecimiento de una estructura normativa que tendió a proteger la naciente industrialización sustitutiva de importaciones. La intervención directa de los gobiernos latinoamericanos, muchas veces de enormes dimensiones, en la acumulación de capital y en el proceso de desarrollo caracterizó este largo periodo y marcó una diferencia fundamental respecto a los gobiernos de los países desarrollados. Durante estos años se trató de un aparato de Estado no sólo regulador a partir de las inmensas burocracias que centralizaron el poder, sino también orientado a definir y precisar las necesidades y prioridades a atender en el proceso de desarrollo.

En general, el patrón de acumulación taylorista/fordista/keynesiano que a nivel mundial sustentó el dinamismo del modo de desarrollo industrial hasta la década de los sesenta, comienza su declive y entra en crisis hacia los primeros años de la década de los setenta. Al crecimiento económico sostenido y con estabilidad de precios y a la prosperidad posterior a 1945, le siguió una crisis en la productividad y un inédito desequilibrio macroeconómico que se tradujo en una recesión inflacionaria experimentada primeramente en las economías más avanzadas y exportada en lo sucesivo a los países subdesarrollados mediante la crisis de la deuda.

Los desequilibrios macroeconómicos experimentados en el capitalismo desarrollado de los años setenta consistieron en la presencia de una inflación galopante; un bajo y lento crecimiento de las economías; la aparición de crecientes déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos generado por los grandes desembolsos para importar petróleo y por el declive de la competitividad; y en el desempleo masivo (para mayores detalles véase Castells, 2002; Villarreal, 1986:capítulo I; Wallerstein, 1998).

Detrás de la caída y del estancamiento de la productividad, expresada en la disminución del ritmo de crecimiento del ingreso nacional por persona ocupada, estuvo presente el ya mencionado agotamiento del patrón de acumulación taylorista/fordista/keynesiano, causado fundamentalmente por las innovaciones organizacionales gestadas en las empresas japonesas. Esto es, la división técnica del trabajo se redefinió profundamente en las grandes corporaciones japonesas para dar paso a una organización flexible que intensifica el uso del conocimiento (capital intelectual) aplicado al proceso productivo, y que se sustenta en la empresa red y en la segmentación y dispersión territorial del proceso productivo. Esta nueva forma de organizar a las unidades productivas comienza a germinar durante los años sesenta y ya para la década siguiente profundiza su vocación expansiva en los mercados internacionales. Así pues, los principales mercados europeos y el estadounidense son saturados tanto por los bienes y servicios homogéneos y estandarizados característicos de la producción en masa propia de la organización taylorista y fordista que aún predominaba en esas latitudes, como por los productos japoneses ofertados con una mayor calidad y a un bajo precio, elaborados bajo el modelo de la organización flexible, y beneficiados por los avances y los bajos costos en materia de transporte –basado en estructuras multimodales– y de comunicación intercontinental. Dicha saturación generó un desplazamiento de las principales empresas europeas y estadounidenses –que ante la intensa rivalidad ya no podían establecer los precios–, precipitándose así la caída de la tasa de ganancia que las colocó en una situación de quiebra y en la urgente necesidad de abandonar la organización jerárquica propia de la producción en masa (véase Drucker, 1994; Reich, 1993; Castells, 2002).

Rene Villarreal explica que, como parte de la inestabilidad macroeconómica y de la caída de la productividad, entró en crisis también el sistema monetario internacional expresado en los Tratados de Bretton Woods –lo cual significó el desconocimiento del gobierno estadounidense del patrón de cambio oro y del sistema de tipos de cambio fijo–. Esto es, el aumento de la liquidez internacional aunado al déficit de la balanza de pagos de los Estados Unidos generó incertidumbre y desconfianza en la paridad del dólar respecto al oro, así como reticencias para continuar conservándolo como medio de reserva internacional de divisas, de tal forma que hacia 1968 el gobierno estadounidense se separa en los hechos del patrón de cambio oro e instaura el patrón dólar, pero es hasta 1971 cuando, de manera unilateral, la moneda norteamericana se desprende definitivamente del oro en términos de paridad y convertibilidad. Este colapso significó la reconversión hacia el patrón basado en el dólar estadounidense y el sistema de tipos de cambio flexible. Con la devaluación del dólar se inició un periodo de volatilidad, incertidumbre y desconfianza, en tanto las reservas internacionales depositadas con base en esa moneda perdieron su valor. Además, el comercio internacional entró en una fase de inestabilidad y de baja competitividad en los países industrializados, lo cual repercutió en la disminución del ritmo de crecimiento de los intercambios comerciales –en especial de las exportaciones en relación a la producción industrial– e intensificó un proteccionismo de nuevo cuño expresado en las regulaciones relativas a las barreras no arancelarias tales como las medidas sanitarias, fitosanitarias y de preservación del medio ambiente emanadas de la Ronda de Tokio (Villarreal, 1986:34-41).

Las altas tasas de interés que se presentaron y persistieron en la década de los setenta, como parte de la crisis estructural, significaron un posicionamiento del capital financiero, y, aunque en los Estados Unidos se argumentó que el gobierno frenaría la demanda y la inflación en su mercado interno y fortalecería al dólar en el ámbito internacional, lo que se generó fue una exportación del estancamiento y de los desajustes macroeconómicos al resto de los países desarrollados (Ibidem:37).

En suma, concluimos que el patrón de acumulación taylorista/fordista/keynesiano entró en crisis –entre múltiples causas– por la constante inflexibilidad de sus estructuras organizacionales para responder a los cambios que demanda la naturaleza y la gestión del capitalismo para reconstruir y propiciar las adecuadas condiciones de rentabilidad ante el aumento de las tendencias inflacionarias y la caída tanto de la productividad y del ritmo de producción como de la inversión productiva; así como por la inviabilidad e inconsistencia de las políticas de ajuste de precios relativos y de administración de la demanda para tender al pleno empleo. Aún mas, las políticas públicas de corte keynesiano resultaron insostenibles e inhibieron un mayor aumento del gasto público –asumido como indispensable para mantener niveles de pleno empleo sin emprender reformas fiscales que elevasen los impuestos–, y estimularon tendencias inflacionarias a la alza al disponer de la excesiva emisión de circulante y del financiamiento público deficitario.