LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCEPCIONES SOBRE EL PROCESO DE DESARROLLO EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS MEXICANAS

LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCEPCIONES SOBRE EL PROCESO DE DESARROLLO EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS MEXICANAS

Isaac Enríquez Pérez

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1.- La intervención gubernamental durante los albores y difusión de la forma de vida capitalista industrial.

Desde los orígenes del capitalismo, la intervención gubernamental en el proceso económico es una constante; sin embargo, adquiere sus especificidades a partir de las asimetrías de poder y de las desigualdades sociales y económicas que prevalecen en las relaciones internacionales.

Durante el siglo XVII, los gobiernos encabezados por los monarcas franceses en pleno auge del mercantilismo estimularon –mediante la construcción de infraestructura básica, el otorgamiento de subsidios, el fomento de exportaciones, la formación de compañías, y la adopción de medidas proteccionistas– la economía de su nación con la finalidad de financiar sus guerras y la expansión de sus áreas de influencia. En las colonias norteamericanas dominadas por Inglaterra, la corona prohibió la adopción de leyes para el subsidio de los zapateros de la colonia, y otras relativas a la producción de lino, puesto que se consideró inviable incentivar la producción manufacturera en los territorios dominados que dependían de las mercancías fabricadas en la metrópoli; además, se estipuló en este país europeo que sólo las embarcaciones inglesas navegarían con mercancías por el océano Atlántico. Gobiernos como los de Francia, Italia y Alemania, hacia finales del siglo XIX, ante la sobreproducción industrial protegieron sus industrias mediante el establecimiento y el aumento de los aranceles aplicados a la competencia extranjera; la finalidad fue que las empresas vendiesen las mercancías a precios altos en sus mercados internos y que obtuvieran así ganancias considerables (Reich, 1993:28, 29 y 41).

Con el nacimiento de los Estados Unidos como Estado-nación moderno, Alexander Hamilton –estadista que formó parte del primer gobierno de ese país– propuso el desarrollo de las manufacturas para aumentar los ingresos y la riqueza de la nación, crear empleos, estimular la inmigración y la atracción de inversiones extranjeras; así como la creación de un sistema de crédito público, la apertura de un Banco Central apto para controlar la emisión de moneda y su regulación, y el establecimiento de un sistema monetario basado en la fundación de una casa de moneda independiente y en la emisión de circulante respaldado en el oro y la plata. Como la industrialización se concebía a largo plazo, Hamilton consideró que sólo se lograría con subsidios y con políticas comerciales proteccionistas destinadas temporalmente en beneficio de los pequeños industriales; sin embargo, los aranceles se mantuvieron a la alza y hacia el final de la Guerra Civil el sector público contaba con crecientes superávit en sus presupuestos, los cuales en lo inmediato fueron absorbidos por las cuantiosas inversiones públicas canalizadas a la construcción de infraestructura básica y al tendido de los ferrocarriles (Ibidem:33, 34, 35 y 36). Incluso, durante las primeras dos décadas del siglo XX, el gobierno estadounidense comenzó a proporcionar créditos directos a las empresas –en especial a aquellas relacionadas con las industrias militar y petrolera, y con la banca– con la finalidad, se decía, de reorganizar la economía nacional. (Ibidem:54).

A la par del auge y difusión de la revolución industrial en Europa durante el siglo XIX, se gestaron y se profundizaron contradicciones sociales como la excesiva explotación del obrero en las fábricas y la pobreza urbana. Frente a estas circunstancias, las respuestas no se hicieron esperar: los obreros tendieron a movilizarse, a organizarse y a construir las primeras células sindicales en naciones como Inglaterra, Francia y Alemania. Son precisamente los embates del incipiente sindicalismo los que conducen a gobernantes como Otto von Bismark a ocuparse del deterioro de la mano de obra y a crear los cimientos de instituciones como el llamado Estado de bienestar a través de legislaciones sociales que protegían contra enfermedad, invalidez, vejez, accidentes laborales y desempleo.

Reich relata que desde finales del siglo XIX, los avances científicos y tecnológicos, la ampliación de los transportes y los nuevos métodos de fabricación, integraron los mercados internos de los países europeos industrializados y de los Estados Unidos. Invenciones como el ferrocarril y el telégrafo, que comenzaron a generalizarse, complementaron y estimularon la fabricación, el montaje y la unión de las partes que se realizaban en grandes series al interior de las gigantescas empresas, y facilitaron la producción en gran escala al motivar el traslado de los insumos y de los productos terminados, y al minimizar los riesgos y los costos, lo cual a su vez permitió prever y programar la entrega y la venta de mercancías directamente a los comerciantes mayoristas. El perfeccionamiento de la maquinaria –apoyado en el crecimiento de la producción de hierro y acero– y la expansión de las plantas productivas apoyaron el aumento del volumen de producción. Para incrementar las ganancias y para coordinar precios, hacia los últimos años del siglo XIX los gobiernos tendieron a reducir la rivalidad empresarial mediante la organización de la producción al interior de grandes corporaciones y conglomerados que coordinaban sus inversiones; ésta constitución de grandes empresas fue fundamental para la integración de los mercados nacionales en esos países. Con un enorme tamaño y con una gestión centralizada, estas empresas lograron controlar con facilidad y en mayor escala los mercados y las fuentes de aprovisionamiento, de tal forma que la producción llegó a concentrase territorialmente en una o dos grandes fábricas, además de que con ello se adoptó la planificación del proceso productivo a partir del equilibrio que se imprimió sobre los flujos de materia prima destinados hacia las plantas que los procesarían y de la distribución, bajo un programa previamente establecido, de los productos finales entre los comerciantes (Ibidem:38-45).

Sin embargo, las contradicciones estructurales del capitalismo que se gestaron en la fase imperialista de finales del siglo XIX y que desembocaron en la primera guerra internacional transcurrida entre 1914 y 1918, alcanzan su máxima expresión con la crisis financiera de 1929 y con la consiguiente recesión económica mundial que se experimentó durante gran parte de la década iniciada en 1930. En el caso de los Estados Unidos, las políticas del New Deal y las grandes inversiones del sector público contribuyeron ampliamente a que la economía de ese país lograra superar la recesión puesto que con ellas tanto la producción como el empleo y el consumo masivos fueron estimulados y elevados. Se inició así, un amplio periodo de intervención de las instituciones estatales en el proceso productivo y en la redistribución de la riqueza.