LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCEPCIONES SOBRE EL PROCESO DE DESARROLLO EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS MEXICANAS

LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCEPCIONES SOBRE EL PROCESO DE DESARROLLO EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS MEXICANAS

Isaac Enríquez Pérez

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4.- La intensificación de los procesos de globalización y la planeación del proceso de desarrollo en la escala nacional.

Durante la última década, son numerosos los pensadores y estudiosos de las ciencias sociales que desde múltiples y distintos enfoques y perspectivas teóricas analizan las dimensiones y manifestaciones de la globalización, en tanto proceso histórico inédito que influye en variadas esferas de la vida humana.

Recuperando este debate teórico, entendemos a la globalización como un proceso histórico inédito –si bien interactúa, incide y se inscribe en otros procesos históricos de larga duración– relacionado con la estructuración y compresión del mundo como un todo sistémico y diferenciado en dimensiones relacionadas con la expansión del capitalismo; la segmentación y dispersión territorial del proceso de producción y la movilidad de las inversiones; el dinamismo de las transacciones comerciales y financieras; los flujos de información y comunicación; la toma de decisiones transnacionales o supranacionales en materia de política económica; la demanda y organización mundiales de los movimientos sociales en relación al respeto de los derechos humanos y el disfrute del derecho al desarrollo; las relaciones sociales que se desvinculan de sus espacios físicos; las redes como nuevas expresiones organizacionales; la diversidad cultural; y, la inserción de las sociedades –por inercia, por temor o por decisión– en los fenómenos militares, geopolíticos y geoeconómicos. Definida de esta forma, la globalización consiste en relaciones virtualmente instantáneas que no son inhibidas ni reconocen fronteras geográficas y temporales, pero que sí incentivan y propician el surgimiento, la reafirmación y la diferenciación de identidades y lealtades tanto locales como regionales –fenómenos éstos que cuando llegan a manifestarse de manera exacerbada y con perfiles separatistas y fundamentalistas en las etnias y en las religiones como consecuencia de la exclusión social y económica del sistema hegemónico, conducen a una fragmentación de las sociedades nacionales, a una desintegración y debilidad de las instituciones, y a una erosión del capital social–.

En el apartado anterior señalamos la dinámica que adquiere el modo de producción capitalista a partir de la reestructuración organizacional de las empresas y del fortalecimiento de su vocación expansiva y el aumento de la interdependencia, que en su conjunto impulsan en gran medida una integración global de la economía internacional. Si bien estos fenómenos constituyen manifestaciones sumamente relevantes de la globalización, existen otras tantas –también fundantes– relacionadas con la porosidad de las fronteras –mas que la desaparición de estas–, la redefinición de la soberanía nacional, la formación de espacios globales, la mundialización del riesgo (véase Beck, 1998a; Giddens, 1990 y 2000), y la relevancia de los espacios locales como parte de la concreción y materialización de los procesos de globalización.

La intensificación de los procesos de globalización trae consigo una redefinición y una relevancia inédita de los espacios y territorios locales, muchas veces más allá de las escalas nacionales. En los espacios locales, los procesos de globalización logran estructurarse, concretarse y materializarse en una relación dialéctica, puesto que en dichos espacios se gestan las condiciones, las ventajas comparativas y las oportunidades para ocupar mercados, para el despliegue de las rivalidades en el seno de los sistemas internacionales de producción integrada y para la formación de encadenamientos mercantiles globales. La escala local se constituye en un nicho apropiado para hacer frente a los efectos sociales negativos derivados de la globalización de los mercados; además de que fundamenta el desarrollo de innovaciones institucionales y tecnológicas que desencadenan economías de aglomeración, y revalorizan las dimensiones culturales de las comunidades en aras de construir capital social orientado al diseño y ejercicio de proyectos alternativos de desarrollo endógeno. Las ventajas comparativas y su posición en el mercado se fortalecen con la convergencia de factores tanto endógenos como exógenos; y ambas, conjuntamente con la productividad, se constituyen en elementos fundamentales para la inserción ventajosa de los territorios y las poblaciones en los mercados transnacionales.

Incluso, algunos autores argumentan que lo local y lo global no se excluyen mutuamente; y que más bien lo local es un aspecto de lo global en condiciones de una relación mutua y en el contexto de un movimiento relacionado con la compresión del mundo como resultado de la frecuencia e intensidad de la interacción social (Robertson, 1992).

En los espacios locales, las políticas públicas resultan instrumentos fundamentales para la inserción y convivencia dialéctica con los procesos de globalización –sobre todo de los relacionados con la expansión e integración de los mercados–. Sin embargo, dichas políticas públicas –en el caso de países como México– son limitadas, condicionadas y estructuradas a partir de la gravitación que ejercen los procesos de globalización y las decisiones tomadas en espacios globales; esto es, no existe una autonomía plena en la definición de lo que deben ser los problemas públicos a atender por el gobierno, ni menos aún en el diseño de las políticas públicas apropiadas para ello. En gran medida, la planeación del proceso de desarrollo está influida por las decisiones y acciones de actores y agentes que no necesariamente pertenecen al espacio local en cuestión, y por el despliegue de mercados que escapan al control absoluto de los restringidos gobiernos nacionales como los latinoamericanos que ejercen intervenciones selectivas y débiles –e incluso nulas– en el proceso económico. Además, las políticas públicas y las decisiones en torno a ellas tienden a ser más receptivas y sensibles a las transformaciones y dinamismo de las relaciones internacionales y de la interdependencia transnacional. La misma acción de los actores gubernamentales y del perfil de las políticas públicas que las inspiran, están en función de los acontecimientos, de la dinámica y de las decisiones en materia de política económica que se presentan en otros países y espacios locales influyentes.

Tomando en cuenta estos procesos, resulta necesario trabajar en la descripción de la forma en que influye la globalización en la soberanía nacional. Para iniciar hay que argumentar que otra de las expresiones de la globalización consiste en una redefinición –sin que ello implique su desaparición– de lo que tradicionalmente se denominó como soberanía. La convergencia, estandarización y armonización de las políticas públicas son promovidas por los regímenes y organismos internacionales –muchas veces sin reconocer las especificidades históricas y de las estructuras socioeconómicas de los espacios locales– a través de relaciones de poder que desbordan a los gobiernos nacionales, pero que al mismo tiempo sus actores y organizaciones líderes terminan por legitimarlas al compenetrarse y al estar genuinamente convencidos de los objetivos planteados y negociados en los documentos estratégicos. La soberanía nacional es trastocada en sus fundamentos esenciales al momento en que los gobiernos mediante negociaciones, acuerdos, convenios y tratados ceden y comparten fracciones importantes de sus decisiones, funciones, facultades, poder y autoridad respecto a los regímenes y organismos internacionales y a los bloques regionales que resultan de la integración económica y política.

La soberanía, definida como el derecho a la autodeterminación de los pueblos y la capacidad para regular y controlar los territorios y poblaciones de algún Estado-nación, tiende a desdibujarse y a redefinirse con la presencia y el despliegue del poder de actores, agentes e instituciones transnacionales, supranacionales o globales que pretenden la regulación y gobernación del mundo o de sus regiones internacionales.

En opinión de Alejandra Salas-Porras, lo anterior modifica profundamente el perfil del gobierno en cuanto a sus facultades, funciones y territorios en que concentra su actividad y autoridad; además de que pierde terreno en materia de regulación de flujos comerciales y financieros; definición de derechos de propiedad y de autoría; derechos humanos sancionados internacionalmente; problemas ecológicos que desbordan las fronteras; difusión de la información; reglamentación y la sanción aplicables a las empresas transnacionales; organizaciones no gubernamentales internacionales que despliegan sus actividades en territorios locales; y, de clases, comunidades e identidades que transcienden las fronteras nacionales; e incluso, los gobiernos nacionales comparten la tarea de gobernar con los organismos internacionales, las organizaciones no gubernamentales internacionales y con otros actores y agentes privados –como las empresas calificadoras y los think-tanks que promueven la apertura de las economías– y cívicos (Salas-Porras, 1999:123 y 124).

Se argumenta también, desde una óptica crítica como la expuesta por Beck (1998b), que con los procesos de globalización, tanto el poder de la política nacional –que pierde su capacidad y potencial vinculante entre los ciudadanos al no lograr del todo la delimitación de los marcos jurídicos, sociales y ecológicos– como la soberanía tienden a diluirse entre la dinámica de la economía mundial y la individualización –que profundiza la porosidad de la sociedad y la pérdida de su conciencia colectiva–, y que en general, las instituciones se debilitan.

Sin embargo, podemos argumentar que a pesar de esta erosión de la soberanía que implica su redefinición y el compartirla con otras entidades de corte supranacional, los aparatos de Estado desempeñan un papel fundamental –tal como lo observamos en los casos descritos en el apartado anterior– en la estructuración de los mercados globalizados y en la modelación de la sociedad, adquiriendo con ello una mayor complejidad en sus funciones.