LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCEPCIONES SOBRE EL PROCESO DE DESARROLLO EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS MEXICANAS

LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCEPCIONES SOBRE EL PROCESO DE DESARROLLO EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS MEXICANAS

Isaac Enríquez Pérez

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ÍNDICE


5.1.- La concepción deflacionario/monetarista en las políticas públicas mexicanas.

Decimos que las nuevas concepciones y estrategias del proceso de desarrollo tienen una vocación deflacionario/monetarista debido a su genuina preocupación por las tendencias inflacionarias que, según este enfoque, sólo serán contenidas mediante una política monetaria contraccionista que mantenga un crecimiento fijo de la oferta de circulante para estabilizar la economía (véase Friedman, 1979, 1992a y 1992b). Este interés se gestó a raíz de la abrumadora y galopante inflación que se experimentó en los primeros años de la década de los ochenta, que amenazaba por convertirse en una hiperinflación y que fue una fuente de incertidumbre para el sistema económico en su conjunto.

Los teóricos monetaristas sostienen la tesis de que todo incremento en la tasa de crecimiento de la oferta monetaria se manifiesta en la alza de la tasa de inflación y no en algún aumento de la tasa de crecimiento real del producto (véase Desai, 1989; Friedman, 1979, 1992a y 1992b; Harris, 1985: capítulo XXI).

Según la curva de Phillips, el desempleo sólo podrá reducirse con una expansión de la demanda agregada por parte del gobierno a costa de un aumento en el nivel de precios; esto es, el aumento de la producción sólo se gestará con la presencia de una mayor inflación (Harris, 1985:capítulo XXI; Desai, 1989). Para los monetaristas, en la economía de mercado siempre existirá una tasa natural de desempleo que no es afectada por el nivel de demanda agregada, es decir, la expansión de la demanda agregada no logra reducir el desempleo, pero sí mantiene en aumento la inflación. Se afirma que la tasa natural de desempleo no depende del nivel de inflación, pero ésta solo se mantiene estable en la medida que la cantidad de desempleo es la correcta (véase Friedman, 1992b). En suma, los monetaristas inspirados en la obra de Milton Friedman asumen que es posible reducir el desempleo en el corto plazo aun a costa de una mayor inflación, pero reconocen que a la larga sólo se verá estimulado un aumento cada vez más elevado del nivel de precios sin experimentar crecimiento alguno en el empleo, por tanto, a partir de ello no aceptan activas y expansionistas políticas del aparato de Estado, sean monetarias o fiscales, que se orienten a limitar y reducir el desempleo.

Como las políticas económicas expansionistas que privilegian grandes erogaciones del gasto público –a partir del incremento de la oferta monetaria–, según los monetaristas, no afectan el nivel de desempleo –que ya de por sí es natural en su perspectiva– ni menos aún estimulan el crecimiento de la economía, sino que sólo agravan el problema de la inflación al elevarla, recomiendan políticas económicas contraccionistas caracterizadas por las restricciones presupuéstales y por una retracción del sector público en la economía en tanto agente inversor y empresarial (véase Villarreal, 1986:capítulos III y IV; Friedman, 1992b). Así pues, los monetaristas ponen en tela de juicio la relevancia de la expansión del gasto público y del intervencionismo económico del aparato de Estado, argumentando que no son eficaces para fomentar y aumentar la producción, el empleo y el crecimiento de la economía. Más aún, como se considera en este enfoque que los precios y salarios son flexibles, entonces el aparato de Estado no tiene por qué regular el mercado ni controlar los precios y los salarios, sino que éste último –el mercado– es capaz por sí mismo de asignar óptima y equitativamente los recursos. Desde su óptica, el intervencionismo estatal genera inflación con la expansión indiscriminada de la oferta monetaria y termina por obstaculizar el avance tecnológico al inhibir los incentivos a la producción y a la innovación tras impedir el libre despliegue de las llamadas leyes del mercado. Para ellos (Friedman, 1962 y 1992b), la política económica sólo debe limitarse a aumentar la oferta monetaria a una tasa constante con base en el ritmo de crecimiento de la economía, en el crecimiento deseable de la inflación y en reglas automáticas y no discrecionales del Banco Central.

Con la teoría de las expectativas racionales se suman al modelo anterior los siguientes supuestos: 1)existe una tendencia constante por parte de los agentes económicos a optimizar, y 2)los mercados tienden a ajustarse automática, instantánea y continuamente. Si se presentan estas dos premisas, entonces la economía se encuentra en equilibrio (para mayores detalles véase Desai, 1989; Villarreal, 1986:capítulos III y IV; Friedman, 1979, 1992a y 1992b).. Por supuesto, estas dos premisas resultan inconsistentes en la realidad al reconocer las asimetrías de información entre los agentes económicos, las variadas interpretaciones y usos que hacen de la misma, así como las asimetrías en la capacidad de negociación entre los actores; esto es, la racionalidad limitada termina por cuestionar fuertemente la premisa de que las expectativas son racionales y de que se busca una maximización de beneficios. Más aún, como los mercados tienden a ser imperfectos en la asignación de recursos, las funciones de las instituciones estatales en materia de generación de empleo y redistribución de la riqueza son necesarias.