UN MODELO RACIONAL DE ORGANIZACIÓN TERRITORIAL. APLICACIÓN A CATALUÑA

UN MODELO RACIONAL DE ORGANIZACIÓN TERRITORIAL. APLICACIÓN A CATALUÑA

Josep Maria Franquet Bernis

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3. RESUMEN

A través del primer modelo, o “modelo estructural”, ya expuesto en el capítulo anterior, obtendremos los datos necesarios para elaborar, en el presente capítulo, un cierto “modelo de decisión” con criterios múltiples que nos ofrezca una jerarquización y, consecuentemente, una selección clara de los municipios relevantes o “cabeceras de comarca”. Estos municipios que, de alguna manera pudiéramos considerar “afortunados” o “privilegiados” por la selección del ordenador, serán, en cualquier caso, centros de servicios, o mejor: enclaves urbanos en un contexto urbano o no. Su situación respecto al entorno comarcal se plantea en relación con la dotación actual que cada uno de ellos posee en cuanto a servicios y al movimiento comercial que polariza. Así pues, la jerarquización de los municipios obtenida merced a la aplicación del presente modelo nos permitirá, "a posteriori", escoger los "municipios de primera" o "cabeceras de comarca" atendiendo a su número y localización espacial.

No obstante, notemos que en el caso de Cataluña se instituyeron (1987) 38 comarcas que pudiéramos denominar “clásicas” (cuya delimitación inicial data de la época de la Generalitat republicana, como ya hemos apuntado en capítulos anteriores), a las que, posteriormente, se añadieron tres más, configurando las 41 actuales. Ello nos ha inducido a considerar directamente en nuestro modelo, como “cabeceras de comarca” o “municipios relevantes”, los que ya actualmente se hallan definidos y consolidados como tales (Llei 6/1987, de 4 de abril, sobre “l’Organització Comarcal de Catalunya”).

Así pues, con independencia de la conveniencia de su elaboración y aplicación en aquellos casos en que dichas cabeceras de comarca o región no tengan el nivel de significación real, histórica y administrativa del caso catalán, en este último, que es objeto del presente estudio, obviaremos la aplicación del modelo de decisión multicriterio para jerarquizar los municipios integrantes del territorio a comarcalizar y regionalizar en presencia de puntos de vista múltiples.

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(*) Dichos autores, por cierto, obtuvieron el Premio Nobel de Economía 1990, juntamente con el Profesor Merton Miller.

Aunque cabe atribuir a James Tobin (Premio Nobel 1981) algún mérito en subrayar la importancia de la diversificación de riesgos en las decisiones de inversión, no cabe duda de que fue Harry Markowitz quien dio cuerpo analítico a lo que iba a ser uno de los paradigmas más representativos de la economía financiera durante el último cuarto de siglo. Su teoría de carteras eficientes se erige en la construcción teórica más potente para el análisis del proceso de selección conjunta de inversiones con riego, y ha dado paso a su vez a varios de los modelos más contrastados de valoración de activos financieros. En un lenguaje más práctico, dicha teoría de cartera demuestra cómo una adecuada diversificación de activos financieros a incluir en una cartera de calores permite obtener una relación rentabilidad/riesgo mucho más favorable “a priori” que la concentración en un único activo financiero, por atractivo que éste parezca.

William Sharpe avanza un paso más y desarrolla una serie de implicaciones para el proceso de formación de los precios de los activos y en general para el equilibrio en los mercados de capitales, que se derivan del supuesto de que todos los inversores construyen sus carteras eficientemente, de acuerdo con los postulados de Markowitz.

La más evidente de dichas implicaciones se refiere a que debería existir una única cartera eficiente que, en equilibrio, debería coincidir con la cartera “de mercado”, que incorporaría a todos los activos financieros, ponderados por su capitalización. En lenguaje llano, que la estrategia eficiente consiste en una cartera con tanta diversificación como el índice.

El modelo de valoración de activos de capital, más conocido por sus siglas inglesas, CAPM, o “capital asset pricing model”, que se deriva de dicho equilibrio, y el conocido coeficiente “beta”, de sensibilidad de los precios de los títulos a movimientos genéricos del mercado, sintetizan la principal aportación de Sharpe. Pero no sólo en esferas académicas deben valorarse las aportaciones que ahora se han premiado, en el área de la diversificación de activos. Desarrollos institucionales como la inversión mobiliaria colectiva descansan absolutamente sobre las ventajas derivadas de una diversificación apropiada. O, por ejemplo, los índices bursátiles construidos basándose en la capitalización bursátil como factor de ponderación, entre los que cabe destacar los de todas las principales bolsas de valores europeas, llevan implícita la suposición de que los inversores diversifican con la máxima eficiencia, según el modelo de Sharpe.

Pensamos, junto con el Prof. Miguel A. Ariño, que el riesgo se puede definir como la posibilidad de sufrir daño o pérdida. Si alguien compra bonos del Estado, que dan una rentabilidad del 14% antes de impuestos, se está prácticamente seguro de que a su inversión le va a sacar un rendimiento del 14% y la posibilidad de pérdida es prácticamente nula. Su inversión carece de riesgo. Sin embargo, si uno/a compra una acción de una determinada compañía de la que es razonable pensar que va a darle una rentabilidad del 18%, esta inversión no es segura, pues esta compañía puede disminuir drástica e inesperadamente sus dividendos durante el siguiente año; el precio de esta acción puede disminuir también e incluso podría llegar a la quiebra, causando al inversor una importante pérdida. El riesgo es la posibilidad de que la rentabilidad esperada de una inversión no llegue a materializarse.

Una medida lógica del riesgo de una inversión es la variabilidad de la rentabilidad que esta inversión puede dar. Se define el riesgo financiero como la varianza o desviación estándar de la rentabilidad. Así, un activo cuya rentabilidad se desvía poco de su rentabilidad media. o de su rentabilidad esperada, se dice que es un activo con poco riesgo, mientras que un activo cuya rentabilidad de año en año es muy variable y que frecuentemente genera grandes pérdidas, aunque también genere grandes ganancias, es un activo muy arriesgado. Esta desviación estándar de la rentabilidad también recibe el nombre de "volatilidad".

La teoría de carteras tiene una importante aplicación para conocer cómo los inversores valoran las acciones. Si los inversores buscan reducir el riesgo tal como Markowitz explica, la rentabilidad de la bolsa tiene que reflejar esta reducción. William Sharpe, profesor de Finanzas en la Universidad de Stanford, derivó a partir de los trabajos de Markowitz una teoría de valoración de las inversiones conocida con el nombre de “Capital Asset Pricing Model” (CAPM) que podríamos traducir como “modelo de valoración de activos financieros”, a la cual nos hemos referido anteriormente.

Las consideraciones anteriores permiten establecer la relación entre la rentabilidad y el riesgo de una inversión. Todo el mundo está de acuerdo en que el inversor que asume más riesgo debe ser compensado con una mayor rentabilidad. La aportación de Sharpe estriba en que el riesgo que se asume al colocarse el dinero en una inversión no debe medirse por la volatilidad de la inversión, ya que parte del riesgo reflejado en la volatilidad se puede diversificar. El riesgo asumido que debe recompensarse con una mayor rentabilidad es el riesgo no diversificable, el sistemático. Este riesgo, viene medido por el "coeficiente beta de la inversión" y la relación entre riesgo y rentabilidad según el Capital Asset Pricing Model, es la siguiente:

r = rf + (rm - rf)  ,

que indica que la rentabilidad de una inversión es igual a la rentabilidad de la inversión sin riesgo más lo que la rentabilidad del mercado excede a la rentabilidad libre de riesgo multiplicado por el coeficiente “beta” de la inversión. Este modelo de precios de activos financieros tiene también aplicaciones prácticas de financiación empresarial. La concesión de este Nobel se debe a la auténtica revolución que estas teorías han causado en el mundo de las finanzas en los últimos 25 años.

Por abundar en aplicación práctica, merece constatarse, por último, el apoyo conceptual que el modelo CAPM ha aportado a los esquemas de fijación de tarifas en servicios públicos regulados en los Estados Unidos.