LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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REFORMAS AL 27: FIN DE LA REVOLUCIÓN

1991

Con las reformas al Artículo 27 Constitucional, la política neoliberal que sustenta el proyecto modernizador de nuestro país acaba de dar otro paso importante en la configuración de un nuevo modelo de desarrollo. Paso que es, quizás, el más trascendental de todos; La posibilidad de convertir al ejido en propiedad privada y el fin del reparto agrario. Ello implica, como contundente e irrevocable consecuencia, la cancelación definitiva del proyecto social y la Revolución de 1910. Ese nacionalista y revolucionario, fruto de las alianzas de los grupos políticos y militares que derrocaron al porfirismo.

Con las reformas al 27 Constitucional concluye la Revolución Mexicana. Porque ésta, al menos en el campo, no terminó en 1917. Ese año sólo marcó el fin de su etapa bélica. De entonces a la fecha la lucha continuó por otros medios, con los mismos protagonistas pero con otros nombres. Así lo prueba la disputa por la tierra durante todos estos años. Hoy ya sabemos quién perdió la Revolución.

El último de los mitos de la Revolución Mexicana ha muerto. A partir de hoy tendremos que aprender a vivir sin los fantasmas del pasado, sin fantasías ni ensueños revolucionarios. La modernidad liquida hoy al surrealismo al que fue conducido el campo mexicano por una utopía que hoy se derrumba.

No se crea, sin embargo, que las reformas constitucionales propician la muerte del ejido. No, cuando muchos vienen a ser su certificado oficial de defunción. Porque el elegido comenzó a morir desde hace mucho tiempo; no sólo a manos de sus detractores, si no también de sus defensores.

Para el nuevo modelo de desarrollo no sólo es indispensable sino vital esta transformación que se dará en el campo. Y está sustentada, además, por una lógica contundente. Hasta ahora las formas de producción capitalista habían convivido con formas de producción precapitalista como lo es el ejido. Pero el sistema no fue capaz (por diversas razones) de insertarlo en la lógica del funcionamiento del mercado. Antes bien lo marginó y se sirvió de él para crecer y consolidarse No hay que olvidar que hasta la década de los sesenta México no sólo tenía autosuficiencia alimentaria, sino que además era un exportador importante de productos agrícolas. Y que estas exportaciones sirvieron para financiar las importaciones que requería el proceso de desarrollo industrial. Y que el campo suministró a bajo precio todos los productos necesarios para satisfacer la demanda de la naciente industria y para alimentar a la población de las ciudades que, en ese entonces, presentaron un fuerte proceso de urbanización.

Hoy esas formas productivas en el campo son ya material de desecho, pues la transferencia de valor que por años mantuvo, sin que los recursos retornaran agotaron su capacidad de reproducción y con ello cancelaron la posibilidad de seguir construyendo, por las vías que lo hacían, el desarrollo del sistema mercado.

Hoy que esas formas de producción se han vuelto ineficientes e improductivas, y con ello ajenas a la economía del mercado, resulta inútil y contraproducente (desde la perspectiva del desarrollo capitalista) mantenerlos con vida. Más, cuando su ineficiencia e improductividad (que son innegables) han conducido a una de las crisis más severas en el agro mexicano.

El problema de la producción agrícola debe ser resuelto de inmediato. Pero no es tiempo ya de resucitar muertos. Y el gobierno actual ha decidido (de acuerdo con la lógica del desarrollo modernizador) impulsar el desarrollo agrícola mediante formas de producción capitalista, basadas, por tanto, en la propiedad privada de la tierra. Ya que, aunque si bien las reformas constitucionales no cancelan el ejido como forma de propiedad de la tierra, si habrá la posibilidad de que éste se convierta en propiedad privada. Esa es la intención. Su transformación es sólo cuestión de tiempo. Y, por otra parte, la intención no podría hacerse explícita. Las reformas son para ayudar al ejido o bien morir. Borrarlo de la Constitución equivaldría a despertar los fantasmas de la Revolución y a esos hay que dejarlos dormir el sueño eterno.

El desarrollo modernizador que no es otra cosa que la consolidación plena del desarrollo capitalista, no acepta ninguna forma de producción marginada a la economía de mercado, porque obstaculiza su desarrollo pleno. Pero optar por esta vía implica también renunciar a un proyecto social redistributivo e igualitario indisolublemente ligado a esas antiguas formas de organización. Ello porque no cumplen con los objetivos de la eficiencia de la economía de mercado. En la alternativa entre igualdad o eficiencia, se ha puesto esta última.

II PARTE

En fin, hoy se abre un nuevo futuro para el campo mexicano. No sabemos si benéfico o no para las grandes masas campesinas. Ante la posibilidad abierta para los ejidatarios de vender o arrendar su parcela o asociarse con inversionistas privados, lo más probable es que la fuerte expulsión de población rural hacia las ciudades se intensifique. El proceso de proletarización del campesino del que hablaba Marx, se ampliará considerablemente. Porque el proceso de transferencia de las propiedades de las tierras ejidales a los empresarios agrícolas se intensificará ahora que ya es legal. Lo mismo sucederá con el arriendo de tierras, el campesino se convertirá en peón de sus antiguas tierras. Pero no habrá empleo para todos en el campo. Sobre todo si consideramos a todos aquellos que hasta hoy solicitaban tierras y que ya no las recibirán. La proletarización del campesino (entendida como el cambio de campesino a obrero industrial) se dará a medias. Las ciudades serán (son ya) incapaces de absorber toda la mano de obra liberada por el campo. Y los problemas urbanos se agudizarán. Y no parece haber, bajo la nueva perspectiva, medidas que aseguren el arraigo de los campesinos a las zonas rurales. Resolver el problema a través de un cambio de la tenencia de la tierra sólo transferirá y ampliará los problemas a otros sectores del país. A las zonas urbanas principalmente. El problema del campo no es un problema de tendencia de la tierra, es un problema de apoyo, de asistencia. Cuando los tuvo, el ejido mostró ser productivo y eficiente, y alimentó al país. Cuando ya no los tuvo, agonizó hasta morir.

Es curioso cómo la explicación de motivos de la iniciativa de reformas al 27 Constitucional presentada por el presidente de la República, pasa por alto este último. Se habla de cómo el ejido se pulverizó y se convirtió en minifundio, y éste, en la forma más ineficiente de producción. Pero no se dice (aunque en la misma iniciativa se reconoce su existencia) que la falta de asistencia técnica y de recursos financieros que nunca llegaron al campo hizo improductiva la tierra. Que el deterioro técnico, la producción insuficiente, la baja productividad y los intercambios comerciales desfavorables, mermaron la capacidad productiva de los ejidatarios. No se dice, desde luego, que la política de precios de garantía fue el principal medio a través del cual los campesinos transfirieron una gran cantidad de recursos que los empobreció. Pues dicho precio casi nunca alcanzaba a cubrir sus costos de producción o les dejaba reducidos márgenes de ganancias. Y no se dice (aunque la iniciativa reconoce su existencia) de una pesada estructura burocrática-comercial que despojó al campesino de los beneficios de su producción y de la posibilidad de volverse eficiente.

En estas condiciones es lógico que el ejido, el minifundio sean ineficientes. Y esto es un problema técnico y político, no demográfico como lo quiere hacer ver la exposición de motivos de la iniciativa. Si la parcela no alcanza para alimentar a los que trabajan, si por ello hay mas demandas de tierras, no es porque la población haya crecido, sino porque la tierra no produce lo que debe producir.

Como efecto de estas circunstancias muchos ejidatarios optarán por vender o arrendar ilegalmente sus tierras. La iniciativa acepta que esto se da y que uno de los objetivos de la reforma es hacerlo legal, pero no dice que orilló a los campesinos a tomar tal determinación.

Se acabó el reparto agrario y con él la necesidad de la existencia de los certificados de inafectabilidad, que protegía la pequeña propiedad y el amparo de los cuales se han mantenido grandes latifundios encubierto. Latifundios que carecerán en número y en extensión con la nueva posibilidad de compra de los ejidos. Y aunque la iniciativa, románticamente, afirmó que no lo permitiría, lo cierto es que no podrá evitarlo, como no se ha podido evitar el acaparamiento de tierras desde hace años, por múltiples medios. No podrá evitarlo, menos ahora que las grandes extensiones de tierras laborables que se dedican a la ganadería y se mantienen ociosas como pastos para poder transgredir la ley, se convertirán en tierras de cultivo, con todo el apoyo de la Constitución al reformarse la fracción XV del 27 Constitucional.

La iniciativa asegura que prohibirá los contratos que en un acto de asociación ejidatario-inversionista abusen de la condición de pobreza o de ignorancia. Si durante tantos años las autoridades agrarias no han podido evitar la explotación de los campesinos a manos incluso de la misma burocracia, no se ve cómo ahora evitará que estos vuelvan a ser utilizados por los empresarios agrícolas que buscarán sacar ventaja de ellos. Lo menos que le puede pasar a un “ejidatario modernizado” es volverse prestanombres de su misma tierra.

Seguirá pesando sobre el campesino el poder del comisariado ejidal y la falta de democracia en los ejidos. Seguirán pesando sobre él los caciques regionales y la CNC, valioso instrumento de control político en el campo. La burocracia financiera y su ignorancia. Factores todos adversos para que pueda salir adelante.

Las tierras ejidales entran al mercado como una mercancía más y muy valiosa. Como en el siglo pasado, en que las leyes de Reforma incorporaron al mercado las tierras propiedad del clero y de las comunidades indígenas. El proceso de acaparamiento de tierra que ello desencadenó fue tan amplio que se convirtieron en el principal antecedente de la Revolución de 1910.

La tierra no será más de quien la trabaja, sino de quien tenga recursos y tecnología para hacerla producir.

Las nuevas reformas constitucionales se alejan tanto del proyecto emancipador de la Revolución, que en el discurso oficial el lema zapatista de “Tierra y libertad” ha sido sustituido por el de “justicia y libertad”, como si así pudiésemos cambiar la historia.