LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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PESIMISMO SOCIAL VS. TRIUNFALISMO OFICIAL

9 de enero de 1992

¿En qué sueño se nos mantiene cuando se nos dice que podremos salir de esta crisis y escapar a la pesadilla? ¿Cuándo tomaremos conciencia de que no se trata de una crisis, ni de varias crisis, sino de una mutación, y que esa mutación no es la de una sociedad, sino la muy brutal de una civilización?.

Viviane Forrester EL HORROR ECONÓMICO

Durante los últimos 13 años viene aplicando el gobierno de México, una política económica de corte neoliberal. Esta política ha desmantelado las estructuras que el Estado postrevolucionario había construido para impulsar el desarrollo y ha tratado de generar, como por generación espontánea, las estructuras de mercado necesarias e inexistentes, para propiciar el desarrollo del país sobre la lógica de una economía de mercado a ultranza.

Los resultados de esa política han sido 13 años ininterrumpidos de crisis económica. Años de deterioro del poder adquisitivo del dinero y, por tanto del poder de compra de la sociedad. Años de decremento del salario real. Años de incremento impresionante del desempleo. Años de contracción histórica del Producto Nacional. Años de retroceso de los niveles de bienestar de la población y de profundización de la concentración del ingreso. Años de incremento de la dependencia con el exterior y aumento de la fragilidad y vulnerabilidad de la economía.

Y ya cuando el discurso oficial hablaba de estar a un paso de que el esfuerzo del país se coronara con una entrada triunfal al primer mundo y el fin de nuestro mísero subdesarrollo, la crisis se magnificó como resultado de la misma política aplicada.

Durante todos estos años, el gobierno del país nos ha hablado de lo cerca que está la recuperación, de la estabilidad que se está logrando, de la pronta recuperación del crecimiento. Y a pesar de los impresionantes resultados macroeconómicos, la sociedad, las familias, las empresas no mejoran su situación, si no es que la ven empeorada. No es una minoría, en la actualidad, quien cree que las cosas no han mejorado, ni mejorarán en el corto plazo, aunque nuestros gobernantes lo digan. La crisis ha afectado a las grandes mayorías de este país, que hoy están escépticas porque les hablan de recuperación y no la ven en sus bolsillos. Y no es que pequen de pesimismo, es que hay elementos suficientes, empíricos y teóricos, como para asumir que las cosas no mejorarán lo suficiente como para alegrarse. Y eso se llama ser realista. Son realistas, no pesimistas los empresarios que a través de sus líderes expresan su descontento porque saben que no ha habido mejora en sus empresas. Y me refiero a todo tipo de empresarios. Son realistas, no pesimistas los trabajadores que, por boca de sus líderes, expresan su inconformidad con los resultados de la conducción del país porque no hay empleos y las remuneraciones siguen cayendo y con ellas el bienestar familiar. Son realistas, no pesimistas, los analistas, los investigadores, los intelectuales, la prensa, porque conocedores de la teoría y la evidencia empírica saben hacia dónde va el país. Y si nuestro futuro dependiera de la posición que adoptáramos, todo mundo querría ser optimista. O hasta triunfalista, como el discurso oficial. Pero nada se gana viviendo engañado. Nada se gana engañándose a uno mismo sabiendo la verdad. El pesimismo (que no es sino realismo) del que se le acusa a una minoría (que no es sino una gran mayoría) tiene su fundamento en una crisis de confianza que existe en el país. Porque la sociedad quisiera creer, pero sabe que de nada sirve. Quisiera estar equivocada en sus pronósticos negativos, pero no se equivoca. Y la sociedad tiene derecho a creer lo que le venga en gana y nadie habrá de impedírselo o criticárselo, mucho menos aquellos por cuyas decisiones se le ha cancelado el derecho al bienestar familiar y a la confianza en las instituciones públicas.