LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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MÉXICO: UN PAÍS DE CONTRASTES

1987

A partir de 1940 nuestro país comienza a vivir un amplio desarrollo económico-social cimentado en los cambios originados por la revolución de 1917 y el gobierno cardenista que concluyó precisamente en ese año. Un vigoroso proceso de industrialización se hizo presente entonces, en parte gracias a la coyuntura creada por la Segunda Guerra Mundial y al amplio proteccionismo que se instituyó.

En la agricultura, los avances también fueron portentosos. El amplio reparto agrario llevado a cabo por Cárdenas y la implementación de créditos y asistencia técnica incrementaron la producción ampliamente y sirvieron de sostén al desarrollo industrial y la expansión urbana, que entonces comenzaba a darse.

Eran tiempos en que los niveles de deuda externa eran muy bajos; la inflación no llegaba a dos dígitos, y la paridad cambiaria se encontraba en poco más de 4 pesos por cada dólar. Años de lo que se dio en llamar “el milagro mexicano”, en que las tasas de crecimiento anual de la economía era del 6%.

Pero el patrón de acumulación que posibilitó tal crecimiento económico comenzó a mostrar signos de agotamiento a partir de la década de los sesentas; años en que también sufre una grave crisis el orden político imperante. A partir de esos momentos la economía mexicana no podrá ya recuperar su antiguo dinamismo y se encontrará frecuentemente con crisis cada vez más graves, hasta 1979-1981 en que el “boom” petrolero permite otra vez un gran despegue económico para después en 1982 caer en la más grave recesión de la historia de ya seis años de existencia.

La causa fundamental de la persistencia recesiva ha sido sin duda alguna el hecho de que el amplio y desequilibrado crecimiento económico de que hablamos produjo y se basó en rezagos económicos y sociales que se han perpetuado por seguir manteniendo el mismo patrón de acumulación y han devenido en el obstáculo fundamental para llevar adelante, ya no se diga un desarrollo económico equilibrado, sino siquiera una reactivación económica.

El agotamiento y pulverización del ejido en manos de una política que ha privilegiado el acaparamiento de tierras y la agricultura de exportación, provoca una seria crisis de insuficiencia alimentaria en el país, que se subsana cada vez en mayor medida con la importación de alimento, poniendo en riesgo la soberanía alimentaria, además de provocar un éxodo constante del campesino a la ciudad y la violenta presión que esto ejerce sobre la demanda de empleo que al no satisfacerse genera, miseria, hambre, desnutrición y falta total de los elementos básicos para la subsistencia humana.

Por otro lado la persistencia del modelo de desarrollo industrial que ha privilegiado el crecimiento de empresas sobreprotegidas arancelariamente que han anquilosado viejos esquemas de producción, baja calidad en los bienes producidos, baja productividad, capacidad ociosa y elevados costos, al tiempo que no sólo ha permitido, sino impulsado indiscriminadamente la entrada creciente de la inversión extranjera que ha monopolizado el mercado gracias a las ventajas tecnológicas que tiene sobre las empresas nacionales y con ello ha podido funcionar sin obstáculos provocando inflación y descapitalización financiera del país ya que al contrario de lo que se supone, las empresas extranjeras se financian con recursos internos y todas sus utilidades son remitidas a sus países de origen. Además la práctica de importar gran parte de sus insumos y exportar un reducido porcentaje de su producción ha presionado durante años fuertemente a la Balanza de Pagos, provocando con ello desequilibrios difíciles de corregir. Otro rezago que ha generado este desarrollo industrial es sin duda la reducida absorción de mano de obra por la utilización de tecnología muy avanzada lo que ha provocado un mayor desempleo, sobre todo porque las empresas nacionales que sí absorben una gran cantidad de mano de obra han sido desplazadas por las grandes empresas trasnacionales.

A todo esto habría que añadirle la falta de integración de estas empresas a la economía nacional y los efectos que han causado por sus políticas de producción de mercancías para las clases de mayores ingresos, sin contribuir, por tanto, a la producción de bienes de consumo básico, cuya oferta se ve comprimida en favor de los bienes de consumo suntuario.

Las presiones que sobre la balanza de pagos han ejercido la creciente importación y escasa exportación de las empresas trasnacionales y la constante y creciente importación de bienes agrícolas ante la pérdida de la autosuficiencia alimentaria han sido los principales elementos que han provocado el gigantesco endeudamiento que hoy sufre el país. Deuda que continúa creciendo porque las causas estructurales que la provocan no han sido erradicadas.

Ese patrón de acumulación ha permitido crecientes desigualdades: una concentración excesiva del ingreso y la riqueza nacional en pocas manos; un desarrollo desigual entre el campo y ciudad llevado a extremos dantescos como en el caso de las comunicaciones indígenas chiapanecas, por poner un ejemplo, cuya situación no se compara en nada con la de cualquier ciudadano de clase media que viva en el D.F.

La crisis como se ve no tiene un origen mágico, obedece a causas estructurales internas bien definidas que hay que erradicar para poder volver a crecer sobre bases nuevas y firmes.