LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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MEXICO EN SU DISYUNTIVA HISTÓRICA

5 de Junio de 2006

A pocas semanas de las elecciones presidenciales más competidas de la historia moderna, México se enfrenta hoy a una disyuntiva histórica. Las elecciones representan un punto de inflexión en el devenir del país, la posibilidad, pero también el riesgo de decidir el rumbo y el destino de la nación.

A diferencia de otros momentos de similar naturaleza en nuestra historia, como en 1945 o en 1982, la decisión ahora depende de los electores, del voto, de la convicción social respecto a un modelo de desarrollo determinado y de las posibilidades que tiene cada una de las formas alternativas posibles de organizar las fuerzas productivas para generar crecimiento económico y mejoramiento del bienestar social.

En los últimos 23 años, ha sido prácticamente imposible sostener una dinámica de expansión de la riqueza nacional de largo plazo. De 1983 a 2005 el Producto Interno Bruto (PIB) apenas creció a una tasa media anual del 2.5 por ciento, mientras que el PIB per cápita lo hizo a una tasa de 1.1 por ciento. Esto ha ido acompañado de una reducción del gasto público y de la desaparición de las instituciones públicas que permitían un mejor reparto de la riqueza, lo cual ha traído como consecuencia una profundización de la desigualdad social. Esto quiere decir que los efectos del menor crecimiento se han profundizado como resultado de una muy fuerte concentración de la riqueza en pocas manos, lo cual ha agudizado la pobreza.

Por si esto fuera poco, el profundo proceso de reforma económica iniciado durante los ochentas, desmanteló toda la estructura institucional que servía como base para la expansión de sectores productivos, que al no poderse ajustar a los requerimientos de la competencia mundial, terminaron por desaparecer o viven una eterna agonía como el sector agropecuario. Mientras, las multitudes de desempleados expulsados del aparato productivo formal, crean nuevas formas de sobrevivencia al margen de la ley, como la piratería, el contrabando, la prostitución, el crimen organizado o el narcotráfico, propiciando una riesgosa y preocupante descomposición social.

Lo peor, lo más grave, es que estos han sido años también de estancamiento en el desarrollo de las habilidades humanas y técnicas del país para participar de manera competitiva en la economía mundial. El capital humano, la ciencia y la tecnología han sufrido las consecuencias de la austeridad presupuestal y de una miope visión que profundiza la dependencia de nuestro país y atrofia su capacidad para conducir su desarrollo y someterlo a una dinámica ajena a los vaivenes de la economía mundial y de los intereses de las grandes corporaciones trasnacionales.

La creencia de que los mercados, los agentes económicos y las personas deben estar libres de toda interferencia para que puedan actuar a voluntad, ha transitado a un peligroso fanatismo liberal, un catecismo ideológico que cree de manera ciega en la libertad como ausencia absoluta de coacción; una decante y extremista visión del mundo que ha conducido a un libertinaje económico y social que crea escenarios donde prevalecen los intereses privados (de unos cuantos por supuesto) por sobre los del país y en donde, al no haber coacción, cada quien hace lo que se le da la gana, inundándose los mercados de productos y servicios de ínfima calidad, como las importaciones chinas o los servicios educativos que prestan algunas seudo-universidades privadas o el de los bancos comerciales, que además de cobrar exorbitantes tasas de interés y comisiones, brindan un servicio abusivo por lo lento, discriminatorio e incompleto. La ley de la selva, pues.

En el pasado, México creció a una enorme velocidad. De 1960 a 1982 el PIB se incrementó a una tasa media anual del 6 por ciento y el PIB per cápita lo hizo al 3.1 por ciento.

Esto no es, desde luego, una invitación al pasado, pero si una reflexión respecto a la necesidad de recuperar, los instrumentos que permitieron esa expansión económica como son, precisamente las instituciones públicas y los instrumentos de política pública que la reforma económica de los ochenta tiró a la basura, pero que, aún ahora, muchos países desarrollados conservan y perfeccionan.

Ese es el dilema, ahí está la encrucijada: redefinir el modelo de desarrollo o mantenerse en la selva del libertinaje económico y social.