LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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MÁS ALLÁ DE LA ESTABILIZACIÓN ECONÓMICA DEL PAÍS:

1989

La estrategia de combate a la inflación implementada por el gobierno de la República en los últimos años ha producido los frutos esperados, llenando de satisfacción al propio gobierno y a cierto sector de la población, mientras que una gran parte de ésta no comparte tal regocijo y no porque el freno a la inflación no le beneficie sino porque los instrumentos utilizados para lograrlo, provocaron severas consecuencias, por no decir que dicho freno se obtuvo gracias al deterioro de las condiciones de bienestar de ellos.

Hoy vemos cómo, al menos aparentemente, la economía ha entrado en un proceso de estabilidad sin cambios bruscos en las expectativas de corto plazo y una relativa certidumbre que definitivamente estimula la inversión privada. Y digo aparente, porque al menos por el momento esa estabilidad está basada en la débil concreción de acuerdos y el equilibrio de ciertas variables económicas, cuyos, inesperados cambios pondrían en una difícil situación dicha estabilidad. Lo más importante de observar, sin embargo, de la estrategia gubernamental, hoy, a casi dos años de iniciarse en forma rígida e inflexible es que efectivamente vino a convertirse en el instrumento para iniciar la fase de estabilización y reorientación económica. Ahora, mientras que se muestra como una estrategia agotada que no puede ir más allá porque ninguna economía puede crecer y desarrollarse (como es el objetivo del gobierno) con una serie de factores económicos reprimidos. Y al plantearse la necesidad de abandonarla es que de pronto es claro que el fantasma de la inflación y por ende de la inestabilidad, sigue presente, pero es también evidente que se convirtió también en el puente para transitar hacia un sistema económico más injusto y dependiente, lo que no quiere decir, por ello, que no pueda alcanzar sus metas de crecimiento, pero si trastoca elementos clave de la situación económica del país, cuya modificación redefine nuestro destino como nación y condena por años (no me atrevo, no quiero, decir que por siempre) a un amplio sector de la población a vivir en condiciones de penuria y miseria. Uno de los más claros indicios de ello, es por ejemplo, el abandono de las metas de soberanía y autosuficiencia alimentaria, que si bien se convirtió en un lugar común en los discursos oficiales hasta rayar en la demagogia, su materialización era y es condición para asegurar la sobrevivencia de la nación. Hoy prevalece el criterio de las ventajas comparativas que aumentará nuestra dependencia alimentaria, pero no sólo ello, sino que además, obliga al abandono de cultivos, tierra y al recrudecimiento de la emigración campesina, lo que generará más desequilibrios sociales. El impacto inmediato de dicha política ha sido la caída y la incierta recuperación de la producción agrícola, la que acumuló (expresado en un PIB) una caída del 0.9% en el primer semestre del año, de acuerdo con las cifras oficiales, mientras que otras ramas efectivamente crecieron, como una prueba más de lo inequitativo y desigual que empieza a ser ya el crecimiento económico.

La reorientación económica también afecta la posición del Estado en la economía. En un afán eficientista (concepto medular de la estrategia oficial) el ejecutivo nacional ha olvidado que el Estado debe velar por el bien común, que lo que le pertenece es de la nación (del pueblo mexicano pues) y no se puede ir por ahí vendiendo el patrimonio nacional así como así, ante la mirada complaciente del poder legislativo que también es representante del pueblo y que no dice ni esta boca es mía.

Es una realidad que las empresas paraestatales son ineficientes y existe en ellas corrupción y una mafia sindical que ha socavado la situación financiera de ellas, como es el caso de Mexicana de Aviación, Teléfonos de México y Minera CANANEA, pero si el problema es el sindicalismo o la mala administración por qué no acabar con estos y crear nuevas bases de operación y funcionamiento sin tener que recurrir al ahora ya conocido expediente de quiebra y venta a particulares, perdiendo con ello el Estado, elementos económicos y financieros necesarios para la redistribución de la riqueza en esta nuestra empobrecida nación.

No estamos, apenas nos dirigimos a ese futuro prometido en el discurso oficial y ya la gravedad de la situación es preocupante. ¿Que no podría ponerse a debate nacional, a discusión pública qué tipo de desarrollo queremos, qué tipo de nación necesitamos, para así contribuir todos a construirla? Aunque cualquiera podría contestarme si no es evidente lo que el pueblo mexicano necesita.

Cualquiera podría argüir, y con justa razón, si los gobernantes no tienen esa sensibilidad política y esa preparación académica para saberlo, si no tienen ellos la obligación de saberlo. Pero una cosa es lo que creemos que el país necesita y otra lo que realmente necesita, y entre el creer y el ser, el debate de lo que queremos se torna indispensablemente necesario, ¿o no?.