LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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LA CRISIS TERMINAL DEL PRI

9 de Julio de 2006

La estabilidad y permanencia del PRI en el poder durante setenta años, fue producto de su capacidad para funcionar como organización aglutinadora de todas la fuerzas sociales y políticas representativas, incluyendo, de manera vital, la incorporación orgánica de los campesinos, obreros, clases medias y empresarios a un esquema de corporaciones, compromisos y lealtades. Esto le dio al partido un carácter de universalidad, de representatividad de toda la nación, dotándolo de legitimidad y autoridad moral para decidir sobre el rumbo del país y confundirse con el Estado.

Este aglutinamiento fue instrumentado históricamente por una “coalición dominante”, entendida como un grupo de actores que cumplen la función de liderazgo controlando “zonas de incertidumbre vitales” (factores o espacios de poder) que resultan de alianzas entre grandes grupos y coaliciones más pequeñas y que sirven para darle al partido control sobre dichas zonas.

Para mantener la cohesión, lealtad y compromiso de los miembros, el partido puso en práctica un amplio mecanismo de distribución de “incentivos organizativos” (beneficios a los participantes) constituyendo un esquema de negociación e intercambio. Así, se repartían dos tipos de incentivos: A) Los de “tipo selectivo” (beneficios de reparto desigual y sólo a unos cuantos) para mantener la cohesión de la coalición dominante y para ganar la lealtad de los líderes de los grupos sociales que aseguraban el control de sus zonas de incertidumbre. (Puestos de elección popular y cargos dentro de la administración pública) B) “Incentivos colectivos” para asegurar el consenso y aceptación de las grandes masas militantes, (el reparto agrario, la creación del IMSS, el ISSSTE, el reparto de utilidades)

La base de la fortaleza del PRI era el discurso revolucionario y nacionalista, que se sustentaba en reformas sociales para las masas, que constituían su base social. Reformas que daban legitimidad al gobierno y propiciaban armonía social. Este discurso se materializaba en la puesta en práctica de una “línea política revolucionaria” por parte del gobierno, la cual constituía la base de la legitimidad del partido. Esto representa una profunda simbiosis histórica indisoluble entre gobierno y partido que vuelve prácticamente inexistentes los límites entre uno y otro. No sólo en el ejercicio del poder, sino también en la conciencia de la sociedad y la comunidad política.

El desbordamiento de la crisis del partido va a conocer dos momentos fundamentales a partir de la consolidación del poder de los grandes capitales nacionales y extranjeros financieros y comerciales que operan en el país. El primero durante el período de gobierno de Miguel de la Madrid (1983-1988) en el que se manifiestan profundas fracturas en la coalición dominante y entre ésta y el resto de los grupos que conformaban el partido, debido al abandono de la línea política revolucionaria y la implementación de un proyecto distinto al reconocido como oficial. Esto derivó en un enfrentamiento interno de dos proyectos ideológicos y políticos distintos: el histórico revolucionario y el proyecto neoliberal que se resolvió a favor de éste último, junto con la salida del partido de un amplio contingente priísta que pasa a la oposición. Y junto con el nombramiento, como candidato a la presidencia de la República, de un miembro de la nueva élite política identificado con éste proyecto y con los grupos económicos que lo sustentan: Carlos Salinas de Gortari. Esto marcó el inicio del segundo momento de la crisis, que va a significar el desplazamiento de la antigua coalición dominante y la constitución de una nueva, de escasa militancia partidista. Esto implica el desplazamiento definitivo de una gran cantidad de líderes y grupos y el desmembramiento de antiguas alianzas que hacían posible el control, la gobernabilidad y la estabilidad política.

Como nuevo presidente la tarea primordial de Salinas fue la de implementar una nueva línea política, fundada en el proyecto neoliberal que, por carecer de base social y atentar contra el bienestar colectivo, encontró fuerte oposición en la sociedad, en el partido y al interior de la propia coalición dominante. Línea política compatible con la nueva coalición dominante que requirió la creación de nuevas alianzas con nuevos actores para crear nuevas estructuras de poder y lealtad, que permitieran remover a los grupos de poder opositores e imponer el profundo cambio en la ideología y en el discurso oficial del partido.

Pero, al desplazar a los grupos en los que se sustentaba el poder, la legitimidad y el consenso del partido, el PRI y el Estado, perdieron el control de grandes zonas de incertidumbre Esto debilitó su poder, aún mas por el hecho de que el nuevo proyecto propició la pérdida de la capacidad para producir y distribuir los incentivos organizativos necesarios para mantener la cohesión y asegurar la sobrevivencia del partido, en la medida en que el mismo gobierno impide que el gasto público siga cumpliendo esa función. Así, la nueva coalición dominante transformó las relaciones de poder basadas en el intercambio y la negociación, en relaciones de dominio.

Un tercer momento que hay que identificar como factor de crisis es la profundización de la competencia democrática. Los partidos luchand abiertamente y con reglas más claras y transparentes por el electorado, lo cual propicia un ambiente para el cual el PRI no estaba preparado.

Sin discurso ideológico y sin democracia interna y sin un gobierno que lo apoyara materialmente, el PRI se convirtió en una estructura hueca, en un cascarón vacío. Ya sin discurso, sólo quedó el puro aparato corporativizado, burocrático y autoritario. Por desgracia (para el partido) el único principio que se mantuvo firme fue el de la obediencia ciega (la disciplina y la línea) y eso los llevó a la derrota. En la debacle ya nada se podía hacer porque en el afán de conservar el poder se recrudecieron las prácticas autoritarias. Así, el PRI perdió su contenido social, sus bases sociales y por último el voto.

Esta crisis interna es lo que propicia el desplazamiento del PRI como partido gobernante y como partido hegemónico, pero no empezó el 2 de julio del 2000 o en 2006; la derrota electoral no es sino el detonante, la consecuencia inevitable de una crisis terminal que tendrá que derivar en una reconstitución armoniosa bajo un nuevo esquema y en correspondencia con su nueva realidad para convertirse en un partido competitivo frente al resto de las fuerzas políticas organizadas.