LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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EL COLAPSO ALIMENTARIO

1989

Si hoy alguien se preguntara si hay alguien a quien el actual gobierno e incluso el anterior tuviera que pedir perdón, como lo hiciera José López Portillo en su célebre último informe de gobierno, sería a las clases más pobres del país, principalmente aquellas que viven en las áreas rurales y el motivo sería simplemente el haber agudizado la caída de sus niveles de bienestar a tal grado que han pasado de su pobreza histórica a una miseria indigna e indignante.

Una de las razones fundamentales de ello es que en los últimos años debido a las políticas de estabilización se ha dado un violento proceso de polarización y concentración del ingreso. Pero también el deterioro de los niveles de bienestar que se evidencia primordialmente en una dramática crisis alimentaria, está directamente relacionada con una crisis del agro nacional, que se explica en parte como un producto de atraso histórico del sector y como consecuencia evidente de la crisis general del sistema económico, pero también por la identificación oficial en cuanto a hacia donde habrá de dirigirse el desarrollo rural y el viraje que se pretende dar a la política agrícola, en donde la llamada autosuficiencia alimentaria deja de ser el objetivo a seguir de dicha política, a pesar de que como, lo declaró el propio Secretario de Agricultura, el alejamiento del país de dicha autosuficiencia es la miseria del pueblo mexicano. Esta crisis se evidencia por una caída del PIB per cápita del sector que en 1988 fue inferior en un 16.8% al de 1981y el del sector pecuario 15.1% en el mismo año.

La alta vulnerabilidad del agro mexicano a los factores naturales debido a que cerca del 65% de las tierras cultivables son de temporal y que puede ser evitada con fuertes inversiones en riego, ha ocasionado que este año se hayan perdido 3.5 millones de toneladas en sorgo, maíz y frijol, hecho que se aúna a otros de carácter económico para impedir que las metas de producción queden lejos de alcanzarse, lo que impactará necesariamente a las compras de alimentos en el exterior, las cuales ascenderán este año a 10.3 millones de toneladas, 2.8 millones más que las realizadas el año pasado, de las cuales 8 millones son de granos básicos las que representan el 25% de la demanda nacional de maíz y el 10% de la de frijol, lo que implicará un desembolso de 3 mil 500 millones de dólares.

Sin duda alguna la caída de la producción agrícola ha sido producto también de la vertical caída de la inversión pública que en el campo en 1980 representaba el 19% del total y en la actualidad representa tan sólo el 5% y del crédito bancario al agro que era en el primer año el 14% y ahora es un poco menos del 6%. Además de que el precio de garantía de los principales productos agrícolas no han sufrido ninguna modificación desde hace más de un año, a excepción del maíz, que se incrementó un 7.25% (en términos nominales) y el trigo un 20%, cuando de 1987 a 1988 estos precios se incrementaron en 115.6 y 158.3%, aunque otros cártamos se incrementó hasta un 342.4% y la cebada 451.7%, aunque en términos reales todos los precios de garantía sufrieron una concentración en dicho período.

La misma situación prevalece en el subsector pecuario donde la sequía, el incremento en los costos de producción y la falta de apoyos gubernamentales han provocado una severa reducción de los inventarios ganaderos. Así, el inventario de bovinos para carne pasó de 31 millones de cabezas en 1985 a 25 millones en 1989 y el de porcinos de 18.5 millones a 8 millones para los mismos años.

Tomando en cuenta las crecientes necesidades de consumo de carne en una población en crecimiento, de aquí se desprende que el consumo per capita se ha reducido en los últimos cuatro años, ya que la producción no sólo se desplomó en términos absolutos, sino que se rezagó en términos relativos frente al incremento demográfico. En el renglón porcícola, para abundar un poco más, los créditos institucionales cayeron cerca del 80% en lo que va de la década y el consumo per cápita de este tipo de carne se redujo un 50%. Además en el presente año, de acuerdo a la Comisión Nacional de la Porcicultura, en el primer semestre se acumuló un aumento en los costos de producción muy amplio en los principales insumos como el sorgo y la pasta de soya, el primero de los cuales se incrementó un 20% y el segundo un 30%. Este desolador panorama del campo ha impactado seriamente en el empleo de los campesinos, de tal forma que el 47.6% de la Población Económicamente Activa (PEA) en el campo se encuentra desempleada o subempleada, mientras que de los 5 millones de jornaleros agrícolas existentes en el país (esto es el 78% de la PEA del sector) Sólo el 15% tiene un empleo permanente, motivo por el cual 3 millones de campesinos abandonan anualmente sus parcelas y emigran a las grandes ciudades o al extranjero (en promedio una emigración 8 mil 219 diariamente).

La viabilidad del desarrollo en un país debe sustentarse primordialmente en la posibilidad de que ésta pueda producir con suficiencia los medios necesarios para la subsistencia de sus habitantes, esto es, que exista una producción adecuada de alimentos que asegure un nivel de bienestar adecuado.

No puede haber desarrollo mientras no exista esta premisa. Una nación hambrienta y en la miseria no puede ser el futuro que nos espera que ya es presente. Una nación así es vergüenza para quienes formamos parte de ella, para quienes la han llevado a donde está y para quienes no han sabido corregir errores pasados y presentes y preparan un futuro para ella que no será nada halagador.