LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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DESARROLLO ECONÓMICO: LA OTRA CARA DE LA MODERNIDAD

1991

Precisemos. El crecimiento económico no propicia mejoramiento en el nivel de vida de toda la población. No al menos en un país como México. A largo plazo puede generar desarrollo económico. Pero éste generalmente es desigual. Es decir, sólo ciertos sectores de la población se benefician de dicho crecimiento.

Ello a pesar de que la dinámica económica produce procesos tales como el de industrialización y urbanización, que generalmente se identifican como factores de modernización. A pesar también, de que dichos procesos integran a un núcleo de la población cada vez mayor a actividades económicas de corte urbano.

Los países de capitalismo tardío o capitalismo dependiente (como nuestro país) tienen la característica básica de que mientras que evolucionan como sociedades hacia formas más modernas de organización y de producción desarrollan nuevas y más profundas contradicciones. Contradicciones que se reflejan en una cada vez mayor desigualdad económica y social entre la población. Lo que se maneja por un lado en una menor posibilidad para la mayoría de los habitantes del país de obtener un empleo y un nivel de ingreso adecuado. Y por otro lado en una mayor capacidad de un reducido grupo social de ampliar y acelerar su proceso de acumulación de capital gracias y acotas del resto de la sociedad.

Ello es así porque en el seno de nuestro país rigen las leyes del mercado. Lugar donde se enfrentan fuerzas de desigual magnitud. Empresarios y trabajadores. Productores y consumidores. Y donde los procesos económicos son dirigidos y controlados por su beneficio por quienes más fuerza tienen: empresarios-productores. La presencia del Estado como órgano regulador de estos procesos se justificaba, entonces, por la ausencia de mecanismos que equilibraran esas fuerzas desiguales y evitaran la profundización de las injusticias que el mercado genera. Por ello el Estado intervenía directamente en la economía. Ya que de esa manera podía ejercer influencia sobre el mercado. Esto de manera tal que la “racionalidad económica” se adaptase a una “racionalidad social”.

Sin embargo, el ejercicio de las tareas gubernamentales se vio opacado por la consolidación de una clase burocrática. Clase que a muy distintos niveles creó intereses personales y de grupo, cuyo sostén primordial era la corrupción.

Al mismo tiempo, en su afán de promover el crecimiento económico, el Estado desarrolló una política que privilegió a los grandes grupos económicos en detrimento de los intereses de las masas populares.

Desvirtuados en su totalidad los fines del Estado de bienestar, hoy se le culpa del fracaso económico de las últimas décadas. Del atraso económico y el escaso desarrollo. Sin considerar que, aunque en un elemento lo explica, no es el determinante. Ello por la propia lógica de funcionamiento del capital, produce tales resultados. Incluso sin la presencia de un Estado de la naturaleza descrita.

Hoy en el afán de corregir el rumbo se retira el Estado de sus actividades productivas y se les devuelve a los empresarios privados amplios sectores de la economía. Asimismo se moldea una política económica que permita la consolidación de los grupos empresariales más importantes del país. También se elabora una estrategia de apertura económica, según se dice, para adaptarnos a los cambios a nivel mundial, y para beneficiarnos de dichos cambios.

Todo ello sin embargo, significa en la realidad debilitar la fuerza y la capacidad de influencia de las masas populares en la determinación del rumbo del país y en la definición del tipo de desarrollo que requiere el grueso de la población.

A ningún trabajador convence el discurso oficial que habla del mejoramiento productivo y el control de la inflación, cuando los salarios sufren una fuerte restricción. Tampoco convence el argumento de la apertura comercial, cuando esto provoca cierre de empresas y reducción de las oportunidades de empleo. Y al ampliar el tamaño de la población desocupada permite mantener los salarios a muy bajos niveles.

Hoy que se habla de que la economía mexicana recupera su dinámica y su rumbo al mostrar tasas positivas de crecimiento, no podemos todavía decir que eso sea para beneficio colectivo. La riqueza crece pero su distribución es, cada vez, mas inequitativa. Es decir hay crecimiento, pero no desarrollo. Como en el pasado. En la época del “milagro mexicano”. Como en el “boom” petrolero.

No se trata, desde luego, de cantar loas al socialismo, puesto que ese es un paso que toca a las masas populares dar y decidir. Pero bien podríamos crear un capitalismo con un rostro más humano. Un sistema más justo y menos desigual. La condición básica para ello es un Estado con capacidad para regular y controlar el mercado. Y para definir con precisión y a favor de toda la población mexicana las formas de integración internacional. No podemos renunciar al crecimiento económico ni a la integración. Pero tampoco podemos aceptar como un “destino manifiesto” ser por siempre un país lleno de injusticias económicas y sociales. Siempre será tiempo para corregir los errores y enderezar el rumbo. Sólo que hay que reconocer que el error existe. El tiempo lo demostrará.